ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 21
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21: Capítulo 17 21: Capítulo 17 Capítulo 17 Kai El sol apenas comenzaba a colarse entre las cortinas, tímido y cálido.
Abrí los ojos despacio.
Noah.
Dormido entre mis brazos, con su rostro apacible apoyado en mi pecho, con labios tranquilos.
Su respiración era suave, como una melodía que me envolvía, como si el mundo no necesitara más ruido que ese para estar completo.
Acaricié su cabello con la punta de mis dedos, temiendo despertarlo, pero él se removió y murmuró, sin abrir los ojos: —Mmm… Kai… Mi corazón se derritió.
—Aquí estoy —susurré, besando su frente.
Abrió los ojos lentamente, con esos destellos miel que tanto me habían hipnotizado desde el primer día.
Me sonrió, y no hubo palabra más poderosa que ese gesto.
—Buenos días —dijo entre bostezos—.
¿Dormiste bien?
—Dormí contigo.
Así que sí —respondí, acariciando su mejilla—.
¿Y tú?
—Demasiado bien.
No soñé con nada… y por fin eso me hizo feliz.
—Quiero que todos los días empiecen así —le dije, acariciándole el cuello con la nariz—.
Con tu respiración en mi pecho y tu voz susurrando mi nombre.
—¿Sí?
—preguntó con una sonrisa feliz que se le escapó sin querer.
—Sí.
Quiero esto.
Todos los días.
Una y otra vez.
Hasta que la vejez nos arrugue las manos.
Él se hundió más en mí.
—Prometo no roncar… o al menos intentarlo.
—Prometo quererte, aunque ronques.
Pero si me pateas de nuevo por la noche, vamos a tener problemas —bromeé, dándole un beso en la mejilla.
—¡No fui yo!
—¿Ah sí?
¿Entonces quien me quitó la sábana a mitad de la noche?
—No lo sé, no soy yo.
Nos quedamos ahí unos minutos más, abrazados, sin apuro.
Nuestras piernas enredadas bajo las sábanas, nuestras respiraciones rítmicas.
Cuando nos levantamos y fuimos directo a la cocina.
Noah preparaba café mientras yo hacía huevos revueltos, y por primera vez compartimos la rutina de pareja como si fuera algo que lleváramos haciendo toda la vida.
—¿Está bien que quiera tener un perrito?
—le pregunté mientras me pasaba una taza humeante.
—Sí, si es lo que quieres sí —asintió con decisión Solté una carcajada.
—¿De verdad?
—Sí.
Yo también quiero tener un perrito.
—Va a ser muy travieso.
Rio fuerte, ese tipo de risa que solo sale cuando uno es verdaderamente feliz.
El centro quedaba a unos minutos de casa.
Entramos tomados de la mano y de inmediato nos recibieron los ladridos, los maullidos, y el inconfundible olor a virutas de madera y comida seca.
Los ojos de Noah se iluminaron como si hubiéramos entrado en un parque de diversiones.
—¡Mira ese!
—dijo señalando a un cachorro con orejas caídas.
—¿Y ese?
—apunté a otro con manchas de dálmata.
Recorrimos todos los pasillos, nos detuvimos frente a cada jaula, recibimos lengüetazos emocionados.
Pero no logramos decidirnos… Pero un pequeño ladrido llamó nuestra atención.
Así como un flechazo.
Un pequeño husky blanco y gris, de un ojo blanco y otro café, estaba recostado en la esquina de su jaula.
Tenía una expresión de tristeza tan dulce que Noah se agachó de inmediato.
—Kai… mira esos ojos.
El cachorro lo olfateó un momento… y luego dio un pequeño salto hacia la reja, moviendo la cola con fuerza.
—Ya está decidido, ¿cierto?
—le pregunté, sonriendo.
—Más que decidido —dijo con una ternura que me dejó sin aire—.
Se va con nosotros.
Y se va a llamar… Timi.
—Timi… me gusta.
Tiene algo especial.
Como tú.
Nos miramos.
El cachorro seguía ladrando bajito.
Y así fue como tres salimos de la tienda esa tarde.
Los días siguientes fueron como un torbellino de cajas, muebles, risas, ladridos, y mucho, mucho café.
Fuimos al officetel de Noah, ese pequeño rincón que había sido su hogar.
Empacamos con cuidado sus tazas favoritas, los adornos que lo hacían único, sus libros de cocina, sus libretas llenas de recetas de postres que había inventado con amor.
—¿Esto te lo llevas?
—le pregunté levantando un peluche que parecía haber pasado por cien guerras.
—¡Ese no se tira!
—Entonces tiene lugar especial en casa.
Lo vi sonreír mientras enrollaba los cuadros con cuidado.
Después fuimos a una tienda de decoración.
Noah elegía plantas pequeñas, estanterías de madera clara, lámparas vintage.
Yo me encargaba de cargar las bolsas y pagar, aunque él siempre intentaba evitarlo.
—Déjame pagar al menos una planta.
—No mientras esté respirando —respondía yo entre risas.
Al llegar a casa comencé llevando todo lo que compramos al estudio de Noah.
—Hoy no salimos de aquí hasta terminar—dije, apoyando un rodillo de pintura en su hombro.
Noah sonrió y asintió emocionado.
—Si logramos salir de aquí sin estar cubiertos de pintura, me sentiré decepcionado.
—Tú solo quieres excusa para embarrarme de azul, ¿verdad?
—No necesito excusas para eso, Kai.
Eso viene en el contrato de “novio oficial”.
Nos miramos un segundo, esa clase de segundos que contienen horas de cariño no dicho, y luego, como si alguien diera una señal invisible, comenzamos.
Noah eligió un tono gris ratón para la pared principal, Mientras pasaba el rodillo en líneas largas y suaves, Noah iba detrás de mí con una brocha más pequeña.
—Oye, perfeccionista —dije, girándome—, si sigues corrigiendo cada pincelada, vamos a tardar hasta la próxima primavera.
—No me importa.
Tiene que quedar perfecto —respondió, dándome un golpecito de brocha en la nariz.
Sentí el frescor de la pintura.
—¿Acabas de declararme la guerra?
—pregunté, acercándome con el rodillo levantado.
—Eso parece… —dijo, dando un paso atrás, sonriendo con picardía.
No tardó ni un minuto en convertirse en una batalla de pinceles y carcajadas, hasta que logré atraparlo contra la pared, dejándole un trazo gris en la mandíbula.
—Ahora sí eres parte de tu propio estudio —dije triunfante.
—Tú también —susurró, y de repente sentí su brocha de pintura en la camiseta.
Nos quedamos así, riendo, jadeando un poco por la mini-guerra, y luego vino el silencio más bonito de todos: ese en el que no hace falta decir nada porque todo está dicho.
Seguimos pintando, esta vez en calma, con Timi correteando por nuestros pies, ladrando cada vez que alguien dejaba caer una gota.
A cada rato, Noah se agachaba para acariciarle las orejas, dejándole pequeñas manchas de pintura que Timi parecía llevar con orgullo.
—Timi va a terminar siendo el husky más artístico de la ciudad —comenté mientras Noah lo cargaba.
Después de varias horas, la pared principal quedó terminada.
Noah se quedó mirándola en silencio, con los ojos llenos de luz.
Lo miré, y sin pensarlo, tomé su mano y la apoyé en la pared recién pintada.
Presioné suavemente su mano contra la pintura aún fresca, dejando una huella.
Luego hice lo mismo con la mía, justo al lado.
Noah rio y luego tomó la patita de Timi, que estaba feliz de ser incluido, y la estampó justo en medio de las dos.
—Perfecto —susurró.
Luego llegó la parte de adornar.
Noah tenía mil ideas: repisas flotantes para sus libros de recetas, plantas en los rincones junto a su escritorio.
Timi no tardó en unirse Mientras Noah estaba concentrado colgando una repisa, Timi encontró su momento de gloria: su cola se enredó con el cable del rodillo de pintura y, en un abrir y cerrar de ojos, lo volcó todo.
—¡Timi, no!
—gritó Noah, pero era demasiado tarde.
El bote de pintura cayó de lado, y un río gris comenzó a deslizarse lentamente por el suelo.
Timi, ajeno a cualquier tipo de desastre, se metió de lleno en el charco y comenzó a correr por el estudio, dejando huellitas por doquier.
Tratamos de atraparlo, pero Timi estaba corría como loco.
Hasta que se detuvo para rascarse y finalmente, conseguimos acorralarlo entre los dos.
—Estás bajo arresto, jovencito —dije, atrapándolo entre mis brazos.
—Y te espera una ducha, y no de espuma —añadió Noah, dándole un beso en la frente.
Minutos después, los tres estábamos en el patio trasero, armados con una manguera, toallas y mucha paciencia.
Un chorro de agua salió disparado, mojando a Timi, que al principio intentó huir, pero al ver cómo las gotas volaban bajo el sol, cambió su estrategia: empezó a saltar y a morder el agua, como si fueran rayos de luz.
El patio se convirtió en un parque acuático improvisado.
En un momento de descuido, Noah tomó la manguera y apuntó directo a mí.
—¿Qué haces?
—pregunté, retrocediendo.
Rio, antes de apretar la manguera y empaparme de pies a cabeza.
—¡Noah, eso fue un acto de guerra declarado!
—respondí, intentando arrebatársela.
La escena terminó con los tres mojados.
Cuando por fin logramos dejar a Timi relativamente limpio, nos sentamos en el suelo del patio, exhaustos pero felices.
Timi se acurrucó entre nosotros, aún jadeante de tanta emoción, pero feliz.
Su pelaje seguía algo húmedo, pero no parecía importarle en lo absoluto.
Entramos para sacarnos y ponernos algo seco.
Y volvimos al estudio.
Aun faltaba instalar más repisas, limpiar el piso, desempacar sus libros.
Instalar la nueva computadora.
Y así pasamos el resto de la tarde.
Pasamos horas acomodando, moviendo cosas de un lado a otro, discutiendo si esa lámpara se veía mejor a la izquierda o a la derecha (spoiler: Noah siempre tenía razón).
Pero en ningún momento dejó de sentirse como un juego, como si estuviéramos dibujando un mapa.
Cuando finalmente terminamos, nos sentamos en el suelo, espalda contra espalda, mirando el estudio transformado.
—¿Sabes?
—dije—.
Creo que este es el mejor lugar de la casa.
—Se ve muy bien —respondió Noah.
—Valió la pena el cansancio.
—Valió totalmente la pena.
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