ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 26
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26: Capítulo 22 26: Capítulo 22 Capítulo 22 Noah Cada amanecer traía consigo la rutina más simple.
Kai siempre era el primero en despertar.
Lo sabía porque, antes de abrir los ojos, sentía el roce de sus labios en mi frente y un susurro que ya era parte de mí.
—Nos vemos luego, amor.
Y entonces Timi, como si se supiera parte del ritual, lanzaba un ladrido chiquito, como si me dijera “¡cuídate papá!”.
La casa quedaba en un silencio suave, de esos que no pesan.
Yo me estiraba, acariciaba a Timi detrás de las orejas y comenzábamos nuestro día.
Las clases de repostería online eran mi universo.
Me gusta, aunque a veces es un desafío.
Siempre he sido bueno haciendo café, pero no pasteles.
Había veces que todo iba bien y me salía rápido, pero a veces no era fácil… a veces la crema se cortaba, el merengue no subía, o el profesor en la pantalla hablaba tan rápido que me daba ganas de tirar la espátula.
—Timi, si esto sigue así, vamos a tener que abrir una pastelería de galletas para perros, porque eso si me sale rápido —le decía al cachorro, que me miraba ladeando la cabeza, como si en verdad lo considerara.
Pero el mejor momento del día siempre era el mismo: la noche, la hora en que la cerradura de la puerta giraba, y Kai volvía a casa.
—Ya llegué —decía, en voz baja, como si no quisiera romper la paz del lugar.
Yo salía disparado de la cocina, todavía con el delantal puesto y las manos llenas de harina, y lo abrazaba como si hubiera pasado una eternidad.
Para mí es raro tener una relación así.
Porque cuando estaba con mi ex, no quería ni que llegue a la casa porqué inconscientemente lo rechazaba automáticamente.
—Día difícil —preguntaba, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba contra el mío.
—Larguísimo —respondía él, enterrando su rostro en mi cuello—.
Ser presidente es más trabajoso.
Me hacen salir, ir de un lugar a otro, Reuniones casi diario.
—Suspiro— Pero ya pasó.
Ya estoy en casa.
Y entonces Timi se unía al reencuentro, saltando entre nuestras piernas, ladrando, exigiendo su dosis de mimos.
Las noches eran nuestras.
El sofá, la manta compartida, las tazas de té que Kai insistía en preparar, aunque llegara agotado.
—¿Seguro no quieres que lo haga yo?
—le decía.
—Si me quitas esta tarea, no sabría que más hacer —Respondía, guiñándome un ojo.
—Pero llegas cansado del trabajo.
—Pero llegar aquí me recargan la energía.
Y así, entre series que no terminábamos porque nos dormíamos abrazados, o películas que pausábamos mil veces para hablar de cualquier tontería, la vida se sentía completa.
Aunque, claro, no todo era calma.
—¡Timi, no!
—gritaba yo más de una vez, viendo cómo el travieso husky intentaba escalar la mesa como si fuera el Everest tan solo para robar comida.
—Déjalo, solo es un bebé —decía Kai, desde el sofá, con esa risa que siempre, siempre, terminaba traicionándome.
Y entonces, ¿Qué podía hacer yo?
Con Kai mirándome así, con Timi moviendo la cola como si nada hubiera pasado… el enojo se evaporaba antes de existir.
A veces me encontraba a mí mismo observándolos sin que ellos lo notaran.
Kai, con el cabello desordenado y la corbata medio floja, tumbado en el sofá con Timi acurrucado en su pecho.
Y me daba cuenta de que, en algún momento, sin buscarlo, había encontrado un mundo donde podía ser yo mismo, sin máscaras, sin soledades.
—¿Qué piensas, Noah?
—me preguntaba Kai, notando mi mirada.
—Pienso que ti y en mi niño.
—Espero que lo que estés pensando sea el hecho que te amamos.
—Sí… obviamente —respondí, con una sonrisa que me llenaba el pecho.
Nos gustaba hacer pequeños planes antes de dormir, aunque supiéramos que cambiarían al día siguiente.
—¿Cuándo terminas el curso?
—decía Kai.
—No lo sé, supongo que cuando deje de pagar.
—Dame la cuenta, te pagaré el curso para que sigas haciendo postres deliciosos.
—Quien diría que te gusta tanto lo dulce.
—¿Es tan extraño?
—Si, un poco, siempre tienes cara seria cuando estás en el trabajo.
—Pero contigo soy diferente.
—Eres más dulce, por eso me gusta… me gusta ser el único que conoce como eres realmente.
—Lo sé Nos reíamos hasta quedarnos dormidos, con Timi a nuestros pies o, muchas veces, aplastado entre nosotros.
Las semanas se volvieron meses, y sin darnos cuenta, cada detalle de esa rutina se transformó en un ritual sagrado.
Cada “buenos días”, cada “te extraño”, cada “cuida de Timi”, eran hilos invisibles tejiendo este hogar que era nuestro y de nadie más.
Quizá desde fuera pareciera simple.
Pero para mí, para nosotros, era muy gratificante.
Porque no importa cuántos meses pasaran, días cansados, o cuántas medias desaparecieran misteriosamente… al final del día, cuando la puerta se cerraba y éramos solo nosotros tres, sabía que estaba justo donde siempre había querido estar.
Kai Dicen que cuando tienes un cachorro, ningún día es igual al anterior.
Pero ese día… ese día Timi decidió que la calma no era una opción.
Todo comenzó como una mañana cualquiera.
—Hoy toca limpieza general —dije, estirándome en la cama mientras Noah, medio dormido, se acurrucaba más en las sábanas.
—¿Limpieza?
Qué palabra tan fea para un sábado —murmuró él, con la voz ronca y preciosa de recién despertarse.
—Vamos.
Timi, saltó a la cama y empezó a lamerle la cara a Noah con emoción.
—¡Vale, vale!
Me rindo.
Me levantó.
¡Timi, detente, invasor de espacios personales!
Así empezó la misión.
Música a todo volumen.
Yo iba pasando la aspiradora en el suelo, Noah sacudiendo las cortinas al ritmo, pero alguien estaba persiguiéndome gruñendo a la aspiradora como si fuera su peor enemigo.
—¿Sabes?
Esto debería ser ilegalmente divertido —dijo Noah, girando conmigo en medio de la sala.
—Esto es terapéutico.
Pero claro… Timi no estaba de acuerdo.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Mientras Noah estaba en la cocina, organizando los frascos de especias, y yo acomodaba los cojines del sofá, Timi encontró… la bolsa de harina.
Abierta.
Y a su merced.
—Kai… —llamó Noah desde la cocina con un tono sospechoso.
—¿Sí?
—¿Tú dejaste esto… abierto?
—¿El qué?
Pero no necesitó decir más.
Bastó con girar la cabeza y ver a Timi, convertido en una nube de harina con patas, corriendo por el pasillo como si fuera su desfile triunfal.
—¡Timi, no!
—gritamos al unísono.
Pero era tarde.
El pequeño torbellino blanco se lanzó al sofá, dejando huellas de harina como si decorara él mismo, luego pasó a la alfombra, sacudió el cuerpo y creó una tormenta de polvo blanco que se extendió como si estuviéramos en plena nevada… dentro de la casa.
—¡Nuestro bebé se convirtió en un polvorón gigante y está ensuciando lo que ya limpiamos!
—gritó Noah.
—Timi, detente, ¡para!
Intentamos atraparlo, pero cada vez que nos acercábamos, Timi pensaba que era un juego.
Giraba, corría, saltaba sobre nosotros, dejándonos a ambos cubiertos de harina.
En menos de diez minutos, el suelo parecía un campo de batalla.
Noah resbaló intentando alcanzarlo, y yo, al intentar ayudarlo a levantarse, terminé con harina en la cara, en el cabello, incluso dentro del bolsillo del pantalón.
¡Ni idea de cómo llegó ahí!
—Esto… esto es la guerra —jadeé, tirado en el suelo, mientras Timi me daba lengüetazos de victoria.
Noah cayó a mi lado, riéndose a carcajadas.
—No quiero imaginar cómo explicaremos esto si alguien toca la puerta ahora.
Nos miramos, cubiertos de harina, con Timi brincando sobre nosotros como un niño hiperactivo, y empezamos a reír.
—¿Sabes qué es lo peor?
—dijo Noah, limpiándose las mejillas con la manga—.
Que no puedo enojarme contigo, Timi.
Porque eres como un niño y eres demasiado tierno.
Y entonces, tras asumir que la limpieza había fracasado rotundamente, tomamos la mejor decisión posible.
—A la ducha, los tres —declaré.
Pero Noah tenía una idea mejor.
—No, al patio.
Vamos a disfrutar este desastre hasta el final.
Armados con la manguera, salimos al jardín.
El sol era cálido, el cielo estaba claro, y Timi, al ver el chorro de agua, pensó que era el mejor invento del mundo.
—¡Vamos, Timi!
¡Hora del baño!
—gritó Noah.
Cada vez que lograba mojarlo, Timi saltaba emocionado y se sacudía, salpicándonos aún más.
Cuando terminamos entramos exhaustos y caímos en cuenta que Timi ya estaba con el pelaje tan largo que parecía un pompón andante.
Cada vez que corría, sus orejas caídas se perdían entre mechones rebeldes, sus uñitas hacían “clic-clac” en el suelo de madera, y sus se asomaban como dos luceros entre tanto pelo.
—Kai, no podemos seguir así —dijo Noah, levantando a Timi y tratando de verle las orejas—.
Tiene escondites secretos de pelusa hasta en las orejas.
¡Esto ya es negligencia estética!
—Pero está tan bonito… —protesté, acariciándole la barriga mientras Timi se retorcía de gusto.
—Tan bonito que ya no sabemos si es un husky o una nube con patas.
La solución era evidente.
Teníamos que llevarlo a la peluquería.
Era su primer gran “día de spa”, como dijo Noah, y aunque sabíamos que era lo mejor, no dejó de sentirse extraño dejarlo ahí.
Y así nos encontramos, por primera vez en meses, solos en casa.
Solo nosotros dos.
Sin ladridos.
Sin carreras.
Sin Timi.
—¿Sabes qué significa esto?, ¿verdad?
—dije, sacando una manta grande del respaldo del sofá.
—¿Qué?
—Noche de cita.
Aquí.
Solo nosotros, sin interrupciones peludas.
Noah me sonrió como si le acabara de regalar un planeta.
Se acomodó entre mis piernas, dejándose envolver en la manta, con la cabeza apoyada en mi pecho.
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