ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 3
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3: Capítulo 1 3: Capítulo 1 Capítulo 1 Noah En “El Rincón del Expresso” las ventanas murmuraban con la lluvia.
Afuera el cielo lloraba, adentro yo estaba a salvo del frío: el calor del local y el olor del café me mantenían intacto.
La gente llega al ver que es un lugar cálido y tranquilo para refugiarse de la tormenta.
Todo era…casi perfecto.
El delicado olor a café.
Tazas limpias.
Sonrisas blandas.
Despacha pedido tras pedido.
Un “bienvenido” casi automático que se perdía entre el vapor y las voces bajas de los clientes.
—Gracias, Noah —me dijo una clienta habitual, como cada tarde al recoger su latte con leche de avena y canela.
Le sonreí con ternura.
Disfrutaba de esas pequeñas interacciones.
Desde la barra, observaba cada movimiento como si estuviera en una película.
Las tazas que tintineaban, la máquina de expreso expulsando vapor con un siseo constante, las pequeñas cucharas golpeando la porcelana, el bullicio, clientes mirando los menús, conversando por teléfono o tomando fotos a los cafés humeantes sobre sus mesas.
Yo solo podía estar satisfecho.
Todo era rutinario.
Predecible.
Seguro.
Perfecto.
Y entonces cuando más estaba metido en mi mundo sonó la campanilla.
Un sonido fuera de lo normal.
No sentí que fuera el mismo de siempre.
Este era algo más brusco.
Y sin embargo nadie más lo noto.
Sentí el golpe del aire frío como si de una cachetada se tratara.
Mi mirada buscó rápido la puerta.
Un hombre alto, apuesto.
Como salido de otra escena.
Otro guion.
Otra vida.
Otra categoría.
Alto, impecable tanto su rostro, peinado y ropa, perfectamente vestido, con un porte que gritaba control, pero sin necesidad de arrogancia.
Su cabello con gotas de agua.
Su gabardina negra parecía esculpida en su cuerpo, húmeda solo en los bordes, como si la lluvia no se atreviera a empaparlo del todo.
Y entonces algo más profundo me golpeó.
Dios sus ojos…
Tan oscuros.
Tan directos.
Tan penetrantes.
No era la de alguien que observa.
Era la de alguien que escoge, alguien que decide.
Sentí que me anclaban al suelo.
Como cuchillas envainadas en terciopelo.
Me miró.
Solo a mí.
No al lugar.
No al menú.
No a los clientes.
Me miró como si yo fuera parte de un plan que ya tenía tiempo en marcha.
Y sentí, literalmente, cómo me apretaba el pecho.
Él no pestañeó.
No sonrió.
Ni siquiera se sacudió los restos de la lluvia en su cara ropa.
Caminó hacia la barra.
Y yo me quedé quieto, paralizado.
Mudo.
Algo en mi interior —algo visceral y primitivo— sabía que ese momento iba a marcarme.
Y no tenía idea de por qué.
No podía apartar la vista de él.
Pues no era solo guapo.
Había algo más.
Una energía.
Un magnetismo controlado.
Como un depredador que no necesita moverse rápido porque ya sabe que la presa no va a escapar —¿Qué puedo ofrecerte?
—pregunté al fin, cuando mis labios por fin recordaron cómo hablar.
Él ladeó apenas el rostro.
Su mirada seguía fija, como si leyera algo en mi piel.
Algo que ni yo sabía que miraba en mí.
—Lo que tengas que valga la pena quedarse.
Cada palabra salió como un secreto compartido.
Sin apuro, sin sonrisa.
Dios.
Mi pulso se aceleró sin razón alguna.
¿Cómo una frase podría sonar tan profundo?
Sentí como si esas palabras me hubieran tocado justo en la grieta más profunda.
Hace tiempo nadie me había hablado así.
Tragué saliva.
Mi cuerpo actuó instintivamente, pero mis manos…
mis manos temblaban apenas.
Y mis dedos lo sabían.
Lo sabían incluso antes que mi cabeza —¿Expreso doble está bien?
Asintió con la mirada puesta en mí.
El silencio entre nosotros era denso, pero no incómodo.
Estaba expectante.
Como si estuviéramos a punto de intercambiar secretos que aún no sabíamos que teníamos.
—¿Primera vez por aquí?
—intenté suavizar la tensión en el ambiente.
—La primera de muchas.
—La primera vez…
siempre deja huella, otras se borran ¿no?
—Otras se graban muy hondo —alzando una de sus cejas como si supiera algo más.
Me miró directo.
Sin parpadear.
Apreté el filtro de café con más fuerza de la necesaria.
Mis manos estaban húmedas, pero no por el vapor de la máquina.
—¿Eres tú el dueño?
—…
Si.
—Interesante.
—¿El lugar?
—me giré para verlo.
—Tu.
No pensaría que pudieras preparar café.
Lo miré.
No había burla en su voz.
Solo observación.
Precisión.
Una mirada llena de intriga.
—Y tú no pareces alguien que entra a los cafés normales por antojo.
Un atisbo de sonrisa se dibujó en su boca.
Era apenas una línea de sombra.
—Tocado —lo dijo afirmando.
Serví la taza con cuidado.
La coloqué frente a él.
Nuestras manos no se rozaron, pero lo sentí como si lo hubieran hecho.
—Fuerte, amargo.
Justo como luce tu día —dije.
Él bajó la mirada por un segundo, y luego la subió otra vez.
Había algo distinto ahora.
Algo entre desconcierto e interés.
—¿Y el tuyo?
—preguntó— ¿Cómo luce tu día?
Tardé un segundo en responder.
—Tranquilo y…Silencioso.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende de que persona lo rompa.
—Puedo notar que tienes muchos secretos guardados en ti.
¿No es así?
Me quede en silencio, impactado de cómo me leía sin conocernos.
El prácticamente estudiaba mis ojos y mis expresiones en busca de una respuesta más concreta a las preguntas que parecía que tenía en la cabeza.
—A veces uno solo necesita mirar una vez…
para darse cuenta de todo.
Se quedó en silencio.
Y entonces, se sentó lejos de la barra.
No sabía por qué, pero necesitaba volver a hablarle.
Me acerqué, pretextando revisar una servilleta en una mesa desocupada.
Pero sonó su teléfono.
Supongo que no era una llamada deseada ya que hizo una mueca nada discreta y contestó.
Me quedé paralizado con lo poco que pude escuchar.
Me alejé a penas.
—¿No vas a probarlo?
—Todavía no.
Me gusta anticiparme.
—¿Y si se enfría?
—Entonces será un buen café con una mala elección de tiempo.
Asentí.
Y entonces volví a alejarme.
Volviendo a mi pequeño espacio tras el mostrador.
Desde su mesa, junto a la ventana, parecía un retrato.
Un hombre detenido en el tiempo.
El vapor del café dibujaba la silueta de su mirada, y aunque no lo bebía todavía, lo sostenía como si fuera algo importante.
Yo fingía trabajar.
Pulía tazas ya pulidas, ordenaba bandejas, hacía inventario en mi cabeza.
Pero la verdad era que no podía dejar de mirarlo.
Su apariencia era adictiva.
Y no porque fuera guapo —que lo era—.
Sino porque su presencia alteraba mi espacio.
Como si con él se hubieran filtrado cosas que yo llevaba tiempo intentando mantener fuera.
Y más aún después de escuchar su llamada.
El murmullo del local seguía, pero ahora se sentía lejano.
Como si todos los demás se hubieran vuelto personajes extra en el fondo del fondo en una historia.
Solo él estaba enfocado.
Solo él…
y mi torpe necesidad de entender por qué.
Finalmente lo vi probar el primer sorbo.
Cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, los dirigió hacia mí otra vez.
Me acerqué.
—¿Te gusta?
—Bien hecho.
—Limpié la mesa de alado más de lo necesario.
—Gracias.
Asintió.
—¿Tú estás cansado de trabajar aquí?
—¿Tú siempre haces preguntas tan personales?
—Solo cuando alguien me interesa.
El corazón se me detuvo en un parpadeo.
Luego latió tan fuerte que creí que lo oiría.
—¿Y…
te intereso?
Sus ojos se clavaron en los míos.
Sin pestañear.
Me apoyé en la mesa.
Tenía que sostenerme de algo.
—¿Y Noah?
¿Qué haces tú cuando no estás…
observando a extraños en cafés?
—¿Cómo?
—Tienes una etiqueta con tu nombre en el delantal — Señalando con la mirada Lo había olvidado.
Reí, incómodo.
Torpe.
—Pensé que sabías algo más…
—Tal vez sí.
Silencio.
—Responde.
—Bien…Depende.
A veces intento no ser observado yo.
—¿Y te está funcionando?
—Esta vez sí sonrió.
Apenas un destello.
—Contigo, parece que no.
No has apartado tu mirada de mi desde que pasaste el café.
Aclaré mi garganta.
No quería que los demás clientes me vieran con la atención clavada en un desconocido.
Pero la verdad…
no podía evitarlo.
Pasaron varios minutos.
Lentos.
Densos.
—¿Y tú?
—me atreví— ¿Cómo te llamas?
—No te lo diré Noah — Con un tono que me hizo sonrojar Junto al vaso vacío puso un billete de quinientos dólares y una tarjeta negra.
Sin nombre.
Solo un número y dirección en relieve.
—Cuando te canses de lo amargo…
llámame.
—Dijo mientras me guiñó el ojo.
Mi corazón palpitaba tan fuerte que podía sentirlo en las muñecas.
La verdad no reaccioné a tiempo.
Cuando quise hablar, ya iba saliendo por la puerta.
Vi cómo se alejaba bajo la lluvia, sin abrir paraguas, sin apurarse.
Como si la ciudad se apartara para dejarlo pasar.
Tomé la tarjeta.
Y la sostenía entre los dedos como si ardiera, aún caliente por el contacto con su mano.
No sabía quién era.
Pero algo en mí, algo muy profundo, me gritaba que nada volvería a ser igual después de hoy.
Esa noche, cerré el café más tarde de lo habitual.
No porque hubiera clientes.
Sino porque no podía dejar de pensar en él.
En sus ojos…
Había algo en él que me desarmaba.
Que me inquietaba.
Que me obligaba a enfrentar preguntas que yo había enterrado hacía años.
¿Y si no era un extraño cualquiera?
¿Y si él también estaba buscando…
algo…
o a alguien?
Como si nuestras soledades se hubieran conectado en medio del ruido del mundo.
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