ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 27
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31: Capítulo 27 31: Capítulo 27 Capítulo 27 Kai El reloj de la pared sonaba como una bomba de tiempo.
El abuelo estaba sentado en el sillón de la oficina, sus dedos cruzados sobre su bastón.
La expresión en su rostro no era severa, pero tampoco era suave.
Era la mirada de alguien que sabía que venía una tormenta y que ya no había forma de evitar mojarse.
—Kai, siéntate.
Tenemos que hablar.
Sabía que no iba a gustarme lo que me diría, pero obedecí.
Crucé los brazos y me dejé caer en el sillón frente a él.
—Tu padre ha estado moviendo piezas —comenzó el abuelo, sin rodeos—.
Lo hemos estado siguiendo desde la última reunión, aunque no quise decirte nada hasta tener pruebas sólidas.
Pero ya no podemos seguir callando.
Tragué saliva, apretando los puños.
—¿Qué clase de piezas?
El abuelo suspiró, apoyándose en el bastón.
—Está reclutando a antiguos contactos.
Gente peligrosa.
No los típicos matones de barrio.
Hablo de hombres que no dudan en secuestrar, torturar, desaparecer a quien sea necesario.
Y no sólo eso… —me miró directamente a los ojos— …hemos confirmado que esos hombres los han estado vigilando a ti y a Noah.
Sentí cómo el aire se iba de mis pulmones.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de su viaje.
Se movieron con cuidado, pero no lo suficiente para engañar a mis hombres.
Un temblor me recorrió.
La imagen de Noah y mis niños en nuestras vacaciones recientes.
—¿Qué pretende mi padre?
—pregunté con la voz áspera.
El abuelo se inclinó hacia adelante, como si su siguiente frase pesara toneladas.
—Quiere que vuelvas a su lado, quiere su puesto de regreso.
Kai.
No le importa cómo.
Si es necesario destruir tu vida, a Noah, a esos pequeños… lo hará.
Es la única manera que conoce de “recuperarte”.
Él piensa que, si te quita todo, no tendrás más opción que regresar… Talvez es venganza por darte el puesto de presidente.
Un fuego negro me invadió el pecho.
—No… —murmuré, sacudiendo la cabeza—.
No lo permitiré… no si puedo destruirlo primero.
—Lo sé —dijo el abuelo, firme—.
Por eso tenemos que actuar.
Pero Kai, escucha bien, no dejes que la rabia te ciegue.
Tu padre juega sucio.
Si lo enfrentas sin pensar, no sólo tú perderás.
Me levanté de golpe.
—¡Entonces actuemos!
—golpeé la mesa con ambos puños—.
¡Movilicen a todos!
A los hackers, a mis hombres más antiguos.
Si esos bastardos siguen vivos es porque nadie les ha puesto una bala en la cabeza.
Llamé a mis hombres con voz de trueno.
Los más antiguos, los leales hasta la médula.
Sabía que podía confiar en ellos.
A los más nuevos, ni los miré.
No podía darme el lujo de confiar en rostros desconocidos.
—Desde hoy, ustedes son la sombra de Noah.
Donde él vaya, ustedes irán.
Se harán pasar por clientes, por turistas, por lo que sea.
Pero si alguien le toca un solo cabello, ustedes me responden con su vida.
Asintieron sin dudar.
A la par saqué mi teléfono y mandé un mensaje a mis hombres que trabajaban con Noah, ellos eran los que tenían más cercanía a él y tenía que advertirles antes de que piensen en traicionar mi confianza.
Pero eso no era suficiente.
—¡Ustedes!
—me giré hacia los hackers, que parecían estar pegados a sus pantallas—.
Dejen de rascar la superficie.
¡Quiero cada centímetro del mundo virtual bajo sus ojos!
Cámaras, cuentas bancarias, movimientos sospechosos… No me importa si tienen que hackear a la policía.
¡Encuentren a mi padre!
—Señor, no hay rastro.
Ha desaparecido de las redes.
—¡NO ME IMPORTA!
—grité, golpeando la pared con tal fuerza que mis nudillos sangraron—.
¡Busquen más hondo!
¡Él no es un fantasma, es un maldito monstruo, y yo sé cómo cazarlos!
El abuelo me observaba en silencio, con esa expresión de quien ha visto a todo.
Con un toque de orgullo.
—Kai, si te dejas consumir, él ganará sin disparar una bala.
—Lo sé abuelo no tienes que repetirlo.
Se como casarlo y destruirlo sin matarlo.
—¿Pero?
—Pero, no voy a dejar que toque a Noah —dije, con la voz tan grave que ni yo me reconocí—.
No después de todo lo que hemos construido.
Mi cabeza giraba en círculos.
La imagen de mi padre, esa sonrisa cínica, me perseguía como un demonio.
—El negocio… —susurró el abuelo.
Me detuve.
Volteé hacia él.
—¿Qué negocio?
—Tu padre vive de deudas.
De las cadenas que pone en los demás.
Aún busca en sus deudores anteriores.
Si alguno de ellos lo está ayudando, ahí estará su rastro.
La chispa encendió un incendio en mi mente.
—Tráiganme las listas de deudores.
Horas pasaron.
La mesa se llenó de papeles, nombres, cifras nuevas y las cifras que ya conocía.
Hasta que, al fin, lo vi.
Préstamos millonarios, escondidos en documentos que no habíamos visto antes.
Dinero que fluía hacia las sombras a cuentas con otras identidades.
—Aquí estás, maldito infeliz —susurré, apretando la hoja como si fuera el cuello de mi padre y una sonrisa victoriosa como un gato que ya cazó al ratón.
Llevé la información a los hackers.
En minutos, las pantallas parpadearon con un nombre.
Min Hae-Yeon una de las deudoras de mi padre que poseía propiedades en Busan.
En el puerto comercial.
Antiguo depósito.
Tomé mi saco, mi pistola.
No dejaré que esto siga.
—Vamos.
El abuelo se levantó, apoyándose en su bastón, pero con los ojos tan afilados como los míos.
—Kai, tu padre nunca ha jugado limpio.
No esperes un enfrentamiento justo.
—No me importa.
Esta vez, abuelo, uno de los dos no saldrá de ese puerto.
Y te juro, no seré yo.
—Más te vale o Noah me matará Quién diría que habría momentos de humor por parte del abuelo en plena guerra interna Noah Salí de la cafetería a las tres de la tarde, dejando a los muchachos a cargo del lugar.
En casa tuve tiempo de bañarme, de alimentar a los niños, limpiar la casa, preparar la cena y Kai no aparecía ni en mensajes a pesar de que dejé varios mensajes.
El sol hace horas comenzó a bajar dando el paso a la luna, pero el reloj seguía su avance de las siete de la tarde a las once, de las once a la una, de la una a las dos, a las tres.
Como si se burlara de mí.
El tic-tac era lo único que llenaba el silencio de la casa… ese, y mis propios latidos que retumbaban como golpes sordos en mi pecho.
La desesperación de no tener noticias comía mi cabeza.
Llamé a Kai nuevamente, pero la operadora me mandó directamente a buzón.
Llamé al abuelo, pero tampoco recibí respuesta.
Mi estrés y preocupación comenzaban a crecer.
Timi estaba recostado a mis pies, su cabeza sobre mis pantorrillas, sus ojos levantándose de vez en cuando, observándome con esa mirada penetrante que parecía decir: “Sé que estás mal, pero estoy aquí.” Mochi y Daifuku estaban en mis brazos, como si supieran que necesitaba sostener algo, cualquier cosa, para no desmoronarme.
Y Tempu subido en mi pecho ronroneando al ritmo de mi corazón.
Kai no había vuelto.
Y lo peor de todo era que no me había actualizado de su reunión.
No era la primera vez que se no me daba detalles.
Pero esta vez… esta vez fue distinto.
Siempre me dice si llegará tarde o temprano… siempre llega a casa antes de la una.
—Amor, iré a la oficina.
Regreso pronto, lo prometo.
—me había dicho, besándome la frente.
Pero sabía que algo le preocupaba.
Lo conocía demasiado bien.
—¿Dónde estás, Kai?
—susurré al techo, apretando los gatitos contra mí.
Mochi levantó su cabecita, y me dio un pequeño lengüetazo en la mejilla, como si quisiera limpiar mis pensamientos.
—Lo sé, Mochi… lo sé, amor.
—acaricié su suave lomo.
Timi levantó la cabeza, se estiró, y caminó hasta sentarse frente a mí.
Sus grandes ojos me observaban con una intensidad que me rompió por dentro.
—¿Tú también lo sientes, verdad, Timi?
—le pregunté, mi voz quebrándose.
Movió la cola una vez, bajó la cabeza y apoyó su frente contra mi rodilla.
—Vuelve pronto amor mío… Mi mente viajaba sola.
Las imágenes de Kai sonriendo, abrazándome mientras hacíamos el desayuno, jugando con Timi, cargando a los gatitos en el café, besándome en la playa, mostrándome su hermosa sonrisa… Todo eso, todo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo, ¿y si de pronto desaparecía?
“Kai… vuelve a casa.” Me levanté, bajando a Mochi y Daifuku de brazos y tomando a Tempu quien al sentir que lo apartaba me gruñó para no soltarse me mí.
Sonreí de lo tierno que era lo abracé más cómodo, y me acerqué a la ventana.
La calle estaba vacía, como si la ciudad también estuviera conteniendo la respiración.
—¿Timi, crees que esté bien?
—pregunté, sabiendo que era cruel decirlo en voz alta.
Pero era peor guardarlo.
Timi se puso de pie, moviendo la cola con un ritmo firme, y luego fue directo a la puerta.
Se sentó frente a ella, alzó la cabeza y soltó un pequeño gruñido, como si dijera: “Él está bien.” Me dejé caer al suelo, junto a la puerta, abrazando a los tres mininos.
Mochi se acurrucó en mi regazo, Daifuku trepó a mi hombro, ronroneando sin parar Tempu ronroneó aún más fuerte, y Timi se acostó a mi lado, poniendo su cabeza sobre mi muslo.
El reloj marcó las tres y media de la mañana.
El silencio era tan denso que cada pequeño sonido hacía que mi corazón diera un salto.
Los faros de un auto que pasaba, el viento golpeando la ventana, el crujido de la madera bajo mis pies… todo era una tortura.
—Kai, cuídate… que te estamos esperando en casa —cerré los ojos con fuerza.
Mochi maulló, como si estuviera de acuerdo.
Timi, con su respiración cálida, como si me anclara al presente.
Tempu, Mochi y Daifuku, con sus suaves ronroneos, construyendo una burbuja de calma en medio del caos.
—Ustedes tres… son mi ejército, ¿lo sabían?
—les dije, forzando una sonrisa—.
Vamos a cuidar este hogar.
Vamos a protegerlo hasta que Kai vuelva.
Timi ladró suavemente moviendo su colita.
No sabía cuánto tiempo pasó.
No supe si me quedé dormido o si simplemente me rendí por unos minutos.
Pero cuando abrí los ojos, la manija de la puerta giró.
El corazón se me detuvo.
Timi se levantó, pero no ladró.
Se quedó quieto, con la cola moviéndose lenta, expectante.
Los mininos corrieron a su lado maullando fuertemente.
La puerta se abrió.
Kai estaba ahí.
Su figura recortada por la luz del pasillo, su saco colgando de un hombro, el cabello despeinado, gotas de sudor resbalando por su frente.
Nuestros ojos se encontraron.
Y, por un segundo, todo el miedo desapareció.
Corrí hacia él.
—Kai… Pero antes de que pudiera decir algo más, me atrapó entre sus brazos.
—Volví, amor.
Estoy aquí.
Estoy contigo.
Perdón por asustarte.
—Tonto, Idiota… Lo abracé tan fuerte que temí romperlo.
Sentí su corazón latiendo desbocado contra mi pecho.
—Nunca más me hagas esto —susurré, con lágrimas escurriendo—.
No vuelvas a dejarme así, esperando en la oscuridad.
—Lo sé, mi vida.
Lo sé… —me besó el cabello, sus labios temblando—.
Ya terminó.
Estoy en casa.
Timi saltó entre nosotros, empujándonos, como si quisiera asegurarse de que era real.
Tempu, Mochi y Daifuku se frotaron contra las piernas de Kai, maullando como locos.
—Vaya… parece que pasó más tiempo del que pensé —bromeó, pero su voz estaba quebrada.
Nos quedamos en el suelo, abrazados, los cinco.
Como si ese abrazo pudiera salvarnos de todo.
Y comenzó a contarme de lo que sucedió.
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