ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 Capítulo 35
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40: Capítulo 35 40: Capítulo 35 ⚠⚠ Capítulo 35 ⚠ Noah El cuchillo brillaba bajo la luz mortecina.
Era un cuchillo elegante, de esos que uno esperaría encontrar en un restaurante de lujo, no en la mesa donde mi vida pendía de un hilo.
Mi pierna, temblorosa, se sujetaba bajo la mesa a su pierna.
Como si soltarlo fuera lanzarlo a un abismo sin retorno.
Como si mi toque pudiera anclarlo al mundo real, nuestro mundo real.
Al otro lado de la mesa, el hombre que había destruido todo seguía cortando su filete con una calma inhumana.
—¿Ven?
—dijo, sin alzar la vista—.
Esto es lo que nunca entendió tu padre, Kai.
El poder no se ostenta con gritos o con violencia.
El poder verdadero está en el control.
—Cortó un trozo de carne y lo llevó a su boca—.
En hacer que tu enemigo se siente contigo a cenar, incluso cuando desearía arrancarte la garganta.
Kai no respondió.
No apartó la vista de su plato.
Yo sabía por qué.
Nuestros peluditos… Allí, al otro extremo de la sala, dentro de una jaula pequeña, estaba Timi, en posición de alerta, con el cuerpo tenso, gruñendo en silencio.
Mochi y Daifuku, acurrucados uno sobre otro, temblaban, con los ojos clavados en nosotros.
Y alado mi pequeño Tempu.
—¿No vas a comer, Noah?
—La voz de Lyra era dulzona, como el veneno envuelto en miel—.
Es una cena especial.
No todos los días se tiene a toda la familia reunida.
Esas palabras me revolvieron el estómago.
No respondí.
Solo apreté más la pierna de Kai.
Lyra sonrió, se levantó de las piernas de Kai, se inclinó por la mesa, con su copa de vino en la mano.
—¿Sabes qué me irrita de ti, Noah?
—dijo, su tono danzando entre la burla y el desprecio—.
Que tú, un simple barista, un tipo que huele a café y galletas, te creas capaz de desafiar lo que nosotros construimos durante generaciones.
—Lyra —interrumpió Kai, con la voz áspera—.
Cállate.
El silencio que siguió fue denso, como una niebla negra.
El padre de Lyra soltó una leve carcajada.
—Kai, Kai…
—dijo, dejando su cubierto sobre la mesa con delicadeza—.
Sabes que me caes bien.
A pesar de la estupidez de enfrentarte a tu propio padre, todavía veo en ti la madera de un líder.
Pero insistes en cargar con… —me señaló con la cabeza— con este lastre.
Kai apretó la mandíbula.
—¿Saben qué es lo más irónico?
—prosiguió el hombre, limpiándose los labios con una servilleta—.
Que ustedes aún creen que tienen elección.
De pronto, un hombre se acercó.
Su andar era rápido, con la cabeza gacha, pero en cuanto llegó junto al padre de Lyra, le susurró algo al oído.
El cambio fue inmediato.
Los ojos del hombre se entornaron.
Una sonrisa casi divertida le curvó los labios.
—Interesante…
—dijo, levantándose despacio—.
Parece que la vieja leyenda de los Kim aún tiene colmillos.
El abuelo ha llegado a Rusia.
Y viene directo a nosotros.
Kai alzó la vista.
Sus ojos, por un instante, se encendieron con un brillo de esperanza.
Pero esa esperanza fue arrancada de raíz.
—¡Llévenlos al sótano!
—ordenó el hombre, con un tono seco y letal—.
No podemos darnos el lujo de visitas indeseadas.
El caos fue inmediato.
Dos hombres se abalanzaron sobre mí.
Yo forcejeé, me retorcí, aferrándome a Kai, pero uno de ellos me golpeó en el abdomen con tanta fuerza que el aire me abandonó en un gemido ahogado.
—¡Noah!
—gritó Kai, intentando levantarse.
Pero antes de que pudiera hacer algo, sentí el borde de la mesa estrellarse contra mi cabeza.
El dolor fue agudo, punzante, y por un momento, todo fue confusión.
La sangre caliente me bajaba por la frente.
—¡Suéltenlo, malditos!
—gritaba él, con una furia que me desgarraba.
—¡No les hagan daño a los peluditos!
¡Se los ruego!
—logré gritar antes de que un trapo húmedo me cubriera la cara.
El olor.
Un químico fuerte… Formol.
—Duérmete, pequeño barista.
—La voz de Lyra fue lo último que escuché—.
Al menos servirás de saco de boxeo para mis hombres.
Mis ojos, ya pesados, buscaron a Kai.
Vi su silueta.
Vi cómo lo derribaban, cómo lo sujetaban entre varios, su cuerpo retorciéndose, su voz gritándome algo que ya no alcancé a entender.
Los peluditos chillaron en la jaula.
Timi ladró con desesperación.
Mochi y Daifuku maullaban, erizados, aplastados contra las rejas.
Todo se volvió oscuridad.
El frío me despertó… No fue un frío común, sino uno que se colaba entre las costillas, que arañaba la piel como si estuviera hecha de papel mojado.
No había luz.
Solo una humedad pegajosa que se adhería a la garganta cada vez que intentaba respirar.
—Kai… —mi voz era apenas un susurro, áspera, quebrada.
Intenté moverme.
El cuerpo respondió con un estallido de dolor que me hizo gemir entre dientes.
Las costillas, el abdomen… cada parte de mí era un campo de batalla.
Pero lo que más me dolía era la incertidumbre.
—Timi… Mochi… Daifuku… —repetí, cada nombre una súplica.
Algo se movió en la oscuridad.
Un gemido bajo, como un suspiro.
Arrastré el cuerpo hacia el sonido, la frente pegada al suelo áspero de concreto, hasta que mis dedos tocaron algo cálido y tembloroso.
Timi, Moche y Daifuku gimieron cerca.
Y entonces, lo sentí.
Una presencia.
—Kai… —susurré, girando la cabeza.
Y ahí estaba.
Tirado contra la pared opuesta, la cabeza ladeada, los cabellos desordenados, con sangre seca cubriendo parte de su rostro.
Quise arrastrarme hasta él.
Pero el sonido de la puerta metálica abriéndose detuvo mi cuerpo.
Dos sombras entraron.
Grandes, pesadas.
Uno de ellos pateó la jaula donde estaban los peludos, haciendo soltaran un chillido agudo.
—¡No!
¡Déjalos!
¡No les toques!
—grité, forzando mi cuerpo a levantarse, pero el otro hombre fue más rápido y su bota me hundió de nuevo al suelo.
—Hoy estás muy hablador, cafecito —la voz era la misma que había escuchado en el secuestro, burlona, despreciable.
—¿Qué quieren de nosotros…?
—escupí, sintiendo el sabor a hierro inundando mi lengua.
—Lo que siempre han querido los poderosos.
Juguetes.
—El otro hombre soltó una carcajada.
Me arrastraron de nuevo hasta la pared, donde podía ver a Kai, inconsciente, pero vivo.
Mi alma se aferraba a esa imagen.
Aunque su cuerpo estuviera destrozado, aunque apenas respirara… seguía ahí.
Cuando cerraron la puerta, la oscuridad volvió a tragárselo todo.
Pero no a mí.
No esta vez.
Me acerqué al transportín y lo abracé.
Luego lo solté y fui a las rejas.
—Kai… —mis dedos se aferraron a la reja—.
No te mueras.
No me dejes solo.
Pero no hubo respuesta.
Solo ese maldito silencio.
No sé cuánto tiempo pasó.
En la oscuridad no existen las horas, solo los latidos.
La ansiedad se multiplicaba con cada minuto.
Tenía que mantener la mente activa.
—Kai y yo tenemos planes, ¿saben?
—susurré, a los peludos.
Una risa amarga salió de mis labios.
Una risa de ironía.
Un sonido.
No venía de la puerta.
Era un susurro.
Apenas perceptible, pero ahí estaba.
—Noah… —el nombre, mi nombre, dicho como una plegaria.
Me arrastré con la desesperación de un moribundo.
Y ahí, al otro lado de la reja vi la silueta de Kai incorporándose, tambaleante.
—¡Kai!
—grité, conteniendo las lágrimas—.
Hyung, estás bien, estás aquí.
—Estoy aquí, amor… —su voz era ronca, como si cada palabra le desgarrara la garganta—.
¿Estás bien?
¿Los peluditos…?
—Estamos juntos —Quise tocarlo, pero había una reja entre nosotros.
—Te sacaré de aquí, Noah.
Lo juro.
—Sus ojos brillaban con esa furia protectora que siempre había visto en él.
—Kai, prométeme… prométeme que no arriesgarás tu vida a lo tonto.
Él sonrió.
Una sonrisa triste, rota, pero sonrisa al fin.
—Prometo ser más astuto.
Pero nunca voy a dejar de protegerte, Noah.
Nunca.
Los pasos volvieron.
Y la luz invadió la celda.
Dos hombres entraron.
—Se acabó la hora del sentimentalismo.
Al jefe no le gusta que los esclavos tengan esperanzas.
Nos separaron a empujones.
Intentamos resistirnos, pero recibimos golpes que nos hicieron retroceder.
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