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ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 44

Capítulo 44

Kai

Otro día más comenzó.

El amanecer había teñido de oro las cortinas de nuestra habitación, pero nada podía compararse al calor que tenía entre mis brazos. Noah, con su pegado a mí, dormía profundamente, sus manos entrelazadas con las mías, justo sobre su corazón. Cada latido me recordaba por qué hoy, más que nunca, tenía que cerrar de una vez por todas el ciclo de sangre que había marcado a nuestra familia.

—Cielo… despierta —susurré, acariciando su mano—. Iré a la oficina. Volveré en la noche. Dejaré hombres en la puerta.

Noah se removió, frotándose los ojos lentamente.

—No quiero guardias —protestó con la voz ronca, mirándome de reojo—. Si los pones, que sea lejos de casa.

Suspiré, besando la comisura de sus labios.

—Está bien, mi amor. Los pondré lejos, pero tienes que prometerme que me dirás todo lo que pase.

Noah se giró hacia mí, con una sonrisa perezosa que sólo él podía regalarme en medio del caos.

—Está bien… Te amo, Kai. Vuelve pronto, ¿sí?

Noah, me esperaba con sus labios entreabiertos, sonriendo como si me estuviera atando al alma. Solté una risa, atrapando su boca en un beso lento y tierno.

Me vestí rápidamente y, antes de salir, dejé en el salón su lista de reproducción favorita sonando en volumen bajo.

La oficina estaba llena de tensión. Mi abuelo me esperaba en el centro de la sala, de pie, como el general que siempre había sido. A su alrededor, nuestros socios más leales estaban sentados, cruzando los brazos, esperando el veredicto.

Me planté frente a todos ellos, la mirada fija, mi sombra alargada por la luz del ventanal.

—Es momento de limpiar la porquería dentro de la organización —solté, directo, sin dar rodeos—. No más juegos, no más traiciones. Hoy decidirán si continúan conmigo… o si se retiran.

El silencio fue absoluto.

El más antiguo de los inversionistas, el señor Han, se levantó con dificultad. Su bastón resonó en el suelo, golpe tras golpe, mientras se acercaba hasta quedar a pocos pasos de mí.

—Tu padre fue un cobarde, Kai. Pero tú… tú eres un león. Yo confío en tu juicio.

Uno a uno, los inversionistas comenzaron a levantarse. Algunos con palabras de apoyo, otros con miradas de respeto. La sala se llenó de una tensión casi palpable. Hasta los que no decían nada sabían que no había otra opción.

—Desde este momento, cada registro, cada información de cada trabajador pasará por mis manos. No más infiltraciones. No más traidores. Me aseguraré de que los nombres de mi familia no vuelvan a ser manchados.

Mi abuelo me observaba con un leve gesto de orgullo en su rostro. Era un leve movimiento de la comisura de sus labios, pero para mí, significaba más que cualquier aplauso.

—Cada uno de ustedes me informará directamente. No habrá movimiento sin que yo lo sepa. Y si alguien siquiera piensa en traicionarme…

El ambiente estaba cargado de una mezcla de miedo y respeto. Y eso era exactamente lo que necesitaba.

Las horas pasaron entre revisiones, firmas y llamadas. Cada nombre en esa lista significaba un posible traidor o un nuevo aliado. Compré voluntades. Pisé gargantas.

Y mientras lo hacía, mi mente volvía, una y otra vez, a la imagen de Noah durmiendo, sus labios susurrando mi nombre, sus manos aferradas a mí como si el mundo fuera a desplomarse.

Lo hacía por él. Por nuestros pequeños. Por nuestra familia.

—Kai, tenemos movimientos extraños en la zona portuaria. Algunos de los que apoyaban a su padre están intentando reorganizarse —informó uno de mis hombres, entrando apresurado.

—Pero si ya está muerto y aún interfiere con mis planes. —Suspiré— Quiero sus nombres. Y quiero saber dónde viven sus familias. Si quieren jugar, lo harán bajo mis reglas.

Los inversionistas me miraron con una mezcla de respeto y miedo.

—Eres un maldito lobo, Kai —murmuró uno de ellos.

—No es un león —dijo otro.

—Así es caballeros. —Me levanté, acomodando el saco mientras recogía la carpeta—. Y este es mi territorio.

Antes de salir. Mi abuelo se acercó, colocando su mano sobre mi hombro.

—Es hora de volver a casa, nieto. Tu trono ya está en su lugar. Yo seguiré mientras estás en casa.

—Gracias abuelo.

—Este es mi trabajo después de todo.

Salí del edificio con la certeza de que había tomado el control. El sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un naranja profundo. Cada paso que daba era más ligero.

Ya era hora de volver a casa. A sus brazos.

Noah

El peso cálido de Timi saltando sobre la cama me despertó.

—Mmm… Timi, déjame dormir un poquito más… —murmuré, aunque mi tono de voz no era nada convincente. —Está bien, tú ganas…

La cama aún estaba tibia. Giré un poco la cabeza, sabiendo que el lado de Kai ya estaba vacío. Pero entonces noté algo más… Una suave melodía que se colaba desde la planta baja.

Era mi canción favorita. Ese gesto me estrujó el corazón de ternura. Kai siempre encontraba maneras de estar cerca, incluso cuando no estaba físicamente conmigo.

—Mis bebés. ¿Vamos a empezar el día? —les pregunté, bajando la voz. Las colitas de los tres comenzaron a menearse.

Mientras bajaba las escaleras. La música seguía flotando en el aire. Caminé descalzo por la madera, con los peluditos siguiéndome, como si fuéramos un pequeño ejército.

El primer paso fue la cocina. Siempre era la cocina. Allí, donde la vida cotidiana se transformaba en pequeños rituales. Abrí las ventanas, dejando que la luz del sol acariciara suavemente el interior.

—Hoy, vamos a hacer un desayuno especial. —Comenté mientras me ponía el delantal.

Después del desayuno, limpié la cocina. La escoba se deslizó por el suelo mientras Mochi y Daifuku perseguían las motitas de polvo como si fuera un juego.

La tarde se la dedicaría a la repostería. Preparé dos bandejas de pastelitos: unos de chocolate y otro de vainilla. La cocina se llenó de aroma dulce. Cuando saqué la bandeja del horno, los pastelitos estaban perfectos.

—¡Victoria! —anuncié, dándole a Timi una mini porción. Los gatitos se relamían, esperando su turno.

Dejé que la música siguiera sonando, moviéndome suavemente al ritmo mientras mimaba a los pequeños. Miré hacia la puerta de entrada y sonreí para mí mismo. Hoy, cuando Kai regresara, tendría la casa oliendo a pasteles y música suave… Kai estaría de regreso en cualquier momento.

—Vamos, niños. Papá Kai está por llegar. Le vamos a dar la bienvenida más bonita del mundo.

Kai

Desde el momento en que doblé la esquina y vi la fachada de nuestra casa, todos mis problemas y obligaciones del día se esfumaron. Sonreí cansado del día mientras apagaba el auto. Tomé aire, cerré la puerta del auto y di los primeros pasos hacia la entrada. Cada paso era un latido más cerca de él.

Cuando abrí la puerta, el aroma me envolvió como un abrazo cálido. Vainilla, mantequilla, y algo más… un perfume suave que reconocía de la piel de Noah. Era como si la casa me hubiera esperado, viva, latiendo.

—Kai —La voz de Noah me llegó como un estallido de alegría al fondo del pasillo.

Y entonces, una avalancha de patas, colitas y bufidos suaves se lanzó hacia mí. —¡Timi! —Solté cuando me saltó encima, sus patas apoyándose en mis piernas mientras me daba lengüetazos ansiosos.

—¡Mochi! ¡Daifuku! —apenas logrando mantener el equilibrio, ya que se enredaron entre mis piernas, maullando y frotándose contra mis tobillos con una urgencia desbordante.

—¡Bienvenido! —Noah apareció en el marco de la puerta del salón, con la sonrisa más luminosa que le había visto en días. Traía el cabello revuelto.

—¿Qué es todo esto…? —pregunté.

—Queríamos sorprenderte, señor presidente —Noah caminó hacia mí, con esos ojos suyos que decían más que cualquier palabra.

Me quedé quieto, sintiendo cómo Timi me rodeaba las piernas y los gatitos insistían en trepar por mí. Era imposible no agacharse, no rendirse. Caí de rodillas en medio del pasillo, y ellos me envolvieron.

Noah se agachó a mi lado, y sin decir palabra, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Fue un beso dulce, tibio, lento. Nos quedamos allí.

—¿Sabes? —susurré contra su cabello—. Me gusta regresar a casa y encontrarlos a ustedes.

—Me alegra —me dijo con una sonrisa pícara—. Prepare pastelillos.

Noah

La cocina estaba impregnada de dulzura. No solo por el aroma a vainilla y que flotaba en el aire, sino también el aroma de Kai que había llenado cada rincón.

—Sabes… —dijo mientras tomó el tenedor, pero antes de llevarlo al pastel, estiró la mano y atrapó la mía. Me miró con esos ojos que sabían cómo desarmarme.

Y ahí se quedó, sosteniéndome, como si fuera su ancla. —Noah… —susurró, con la voz más suave—. Hoy fue la última vez que alguien dudó de mí… de nosotros.

Kai apretó mis dedos, y vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa que era más que orgullo. Era la seguridad, la certeza, de quien había reclamado su lugar sin temblores.

—Hoy… todos. Uno a uno. Entendieron que el apellido no les pertenece. Me pertenece a mí. Y por extensión… te pertenece a ti.

—Kai —susurré.

—Nadie volverá a acercarse a ti, Noah. Nadie. Si quieren llegar a ti, tendrán que cruzar un océano de consecuencias. —Su mirada era fuego tierno, ese calor que nunca quema, pero que te abraza y te envuelve para siempre—. Me tomaría de idiota quien siquiera lo intente.

—Creo que quisiste decir que si quieren llegar a mí tendrán que pasar por un niño celoso.

—Si puedes tomarlo así. —Dijo orgulloso.

—Estoy orgulloso de ti —Brindándole una sonrisa grande

—¿Sabes qué pensé hoy mientras volvía? —continuó Kai, sin soltar mi mano, acariciando mis dedos como si fueran los hilos que lo mantenían unido al mundo—. Que te mereces volver a respirar lejos de todo esto. Que quiero verte caminar descalzo por alguna playa, solo tú y yo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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