ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - Capítulo 51: Capítulo 46
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Capítulo 51: Capítulo 46
Capítulo 46
Noah
Kai intentaba concentrarse, pero cada vez que yo me acercaba para pasarle una camisa, nuestras manos se rozaban con una intención nada inocente.
—Esto es una trampa, Noah.
—¿El qué?
—Tú, aquí, doblando ropa conmigo, con esa carita de que me vas a besar cada dos segundos. No puedo concentrarme.
Poco a poco, entre caricias y robos de besos, la maleta fue cediendo. Cuando terminamos de cerrar la maleta, Kai me atrapó entre sus brazos y me hizo girar, riendo como un niño.
—Noah —él me abrazó más fuerte, su voz bajando a un susurro lleno de ternura—. Nos vamos de viaje, amor. Esta vez de verdad. Solo tú y yo.
Reí
—Vamos, Timi. Mochi, Daifuku… vamos a poner a prueba a los adultos —murmuré mientras bajábamos las escaleras con las maletas.
El abuelo estaba en la cocina, con sus ayudantes formando un semicírculo alrededor de la mesa, como si planearan como cumplir las instrucciones.
—A ver, atentos, porque no quiero tener que contestar sus llamadas desde otro país porque olvidaron una tontería —soltó Kai y más de uno tragó saliva.
La hora había llegado.
Nuestro primer destino nos esperaba en la noche, pero debíamos salir ya si queríamos llegar a tiempo. Y, sin embargo, ninguno de nosotros parecía listo.
Sobre el sofá, Timi reposaba con la barbilla apoyada en el cojín, mirándome con esos ojos enormes y profundos que parecían decir: “¿De verdad vas a dejarme aquí?”. Mochi estaba enrollado en sí mismo como una bolita, pero su oreja giraba cada vez que me movía, vigilando cada paso. Daifuku, más descarado, estaba en la puerta, bloqueando el camino, con su pancita expuesta y las patitas alzadas.
—No me lo están haciendo fácil, chicos… —murmuré, dejándome caer de rodillas frente a ellos.
Kai estaba en la entrada, dándonos espacio. Sabía que necesitaba este momento.
Timi se acercó primero.
—Timi, mi niño bonito… vas a cuidar la casa, ¿de acuerdo? Vas a cuidar al abuelo, a Mochi, a Daifuku… y vas a esperarnos. No tardaremos, te lo prometo. —Le susurré, sintiendo cómo su cola golpeaba lentamente el sofá.
Pasé a Mochi, levantándolo con ambas manos como a un peluche precioso. Lo abracé fuerte, sintiendo su ronroneo vibrar contra mi pecho. —No hagas travesuras con las cortinas, ¿me oyes? No quiero llegar y encontrarlas todas rotas. Te amo, Mochi, sé bueno.
Él, por supuesto, decidió que la mejor respuesta era morderme la barbilla suavemente.
Daifuku fue el más difícil.
—Mi pequeño escandaloso… sé que quieres venir, pero esta vez debes quedarte aquí ¿vale? —Le acaricié la pancita, rascándole suavemente hasta que empezó a patalear suavemente.
Kai se acercó en silencio, arrodillándose a mi lado. Sus manos grandes rodearon las mías cuando me aferré al cuerpo de Daifuku.
—Nosotros volveremos —susurró Kai, con esa voz. —Pero ahora es su turno de cuidar la casa y atormentar a mis hombres.
Timi lanzó un leve gemido, como si entendiera perfectamente lo que le pedía.
El abuelo apareció en el umbral.
—No te preocupes, Noah —dijo, extendiendo los brazos. —Estos bribones estarán en las mejores manos.
Me acerqué al abuelo, abrazándolo fuerte. —Gracias por cuidar de ellos.
—Está bien muchacho. Ahora vayan a vivir su vida, yo me encargo de este cuartel general —me susurró, dándome unas palmadas en la espalda.
Kai abrazó al abuelo con esa mezcla de respeto y cariño que sólo ellos dos sabían compartir. No dijeron palabras, pero el apretón de manos al separarse fue suficiente.
Volví la mirada hacia mis peluditos, que ahora se habían apostado en fila, me incliné para besar a cada uno por última vez.
Kai tomó las maletas. Yo tomé su mano. Y juntos, sin soltarnos, salimos por la puerta.
El sol de la tarde nos envolvía, dorado y cálido, y mientras caminábamos hacia el auto, nuestras manos se entrelazaban. Sabiendo que esto era solo el comienzo de otra de nuestras aventuras.
El motor del auto ronroneaba suavemente, mezclándose con la brisa cálida de la tarde. El cielo estaba teñido de tonos melocotón y lavanda.
Kai conducía con una sonrisa escondida en la comisura de los labios, de esas sonrisas suyas que me volvían loco porque sabían más de lo que yo sabía. Yo estaba acurrucado en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas sobre el asiento y el cuerpo completamente girado hacia él.
—Kai… —empecé, arrastrando el nombre, dándole toda la dulzura de la que fui capaz— ¿no piensas decirme a dónde vamos?
Él solo alzó una ceja, sin despegar la vista de la carretera.
—Es un secreto —respondió, como si eso fuera una sentencia inapelable.
—Kai… —volví a insistir, ahora dándole toques en el brazo con mi dedo—, vamos, solo una pista. ¡Una pequeñita! ¿Es al norte? ¿Al sur? ¿Voy a necesitar botas? ¿Traje de baño?
Kai soltó una risa, esa risa grave y suave. Burlándose de mi insistencia.
—No necesitas nada más que esa sonrisa tuya. —Le di un empujón mientras él se burlaba.
Me rendí con un suspiro dramático, dejándome caer contra el respaldo. Pero la verdad era que no me importaba no saberlo.
El viaje fue una mezcla de canciones tontas que ponía en la radio, tarareos y conversaciones ligeras sobre cualquier cosa.
—¿Sabes algo? —le dije, apoyando la frente contra la ventana, mirando cómo la ciudad pasaba a nuestro lado—. Siento que este viaje va a cambiar algo en nosotros.
Kai me miró de reojo, su sonrisa agrandándose con ternura.
—¿En serio? ¿Qué crees que puede cambiar?
—No lo sé, solo sé que será algo bueno
Cuando finalmente el auto comenzó a ascender una colina, el paisaje cambió. Los edificios se fueron espaciando, el aire se sentía más fresco, y la ciudad quedaba poco a poco bajo nuestros pies. En el horizonte, entre los árboles, empezó a dibujarse una figura que reconocí de inmediato.
—Kai… —susurré, como si temiera romper el hechizo—. ¿Es lo que creo?
Él solo sonrió, deteniéndose frente a la explanada de la Torre Namsan.
La luz del atardecer la cubría de un tono rosado suave, como si el cielo mismo le estuviera rindiendo homenaje.
—No es solo la Torre, Noah. Es la ciudad entera. —Kai bajó del auto, rodeó el vehículo y abrió mi puerta, extendiéndome la mano como si fuéramos a entrar a un baile de gala—. Esta noche, todo esto es solo para nosotros.
Bajé del auto. Me dejé guiar por Kai, quien entrelazó nuestros dedos mientras caminábamos hacia el mirador. El viento nos envolvió suavemente, revolviendo nuestros cabellos, jugando a ser cómplice de esta sorpresa.
—Kai… es hermoso… —apreté su mano.
Kai se colocó detrás de mí, abrazándome por la cintura, apoyando su mentón en mi hombro. Mientras a nuestros pies se extendía Seúl.
—Cuando estábamos atrapados… solo pensaba en este momento. En traerte aquí. Solo nosotros, viendo el mundo y sabiendo que ya nadie puede tocarnos.
Me giré, abrazándolo con fuerza, hundiendo mi rostro en su pecho.
—Lo lograste, Kai. Nadie puede tocarnos. Esta ciudad es tuya, este momento es nuestro…
Era nuestra primera noche de libertad.
Pero Kai tenía esa sonrisa traviesa que siempre escondía algo más.
—Ven conmigo, Noah. Aún no hemos terminado. —Dijo, guiándome hacia la parte trasera del auto.
Me indicó que subiera al asiento trasero en vez del delantero. Apenas cerré la puerta, Kai se giró, presionando un botón en el panel de mando.
—¿Qué estás tramando, Kai…?
Mi pregunta quedó suspendida cuando el techo del carro comenzó a abrirse lentamente, las placas de cristal deslizándose con suavidad hasta desaparecer, como si el carro le diera la bienvenida al cielo. La noche, inmensa y despejada, se vertió sobre nosotros. Las estrellas titilaban descaradas, como si hubieran estado esperando este momento.
—Listo para las mejores vacaciones de tu vida, Noah —Kai murmuró, con una sonrisa que no sabía de límites mientras se acomodaba a mi lado, cruzando una pierna sobre el asiento.
Pasamos toda la noche conversando de cualquier cosa.
Y entonces, sin darnos cuenta, el cielo comenzó a transformarse. Las primeras pinceladas de rosa y dorado se deslizaron sobre el horizonte.
El amanecer se anunciaba tímido, cubriendo la ciudad con un velo de luz suave.
Kai saltó al asiento delantero del coche con esa energía suya que siempre me arrastraba. Lo seguí, claro que lo seguí. Siempre lo hacía. Siempre lo haré.
—Ahora sí, mi vida, ¿listo para salir de aquí? —preguntó, con esa manera suya de decir “vida” como si la palabra solo me perteneciera a mí.
—Sí —respondí, con la emoción desbordándome en la voz. No necesitaba saber más. Solo necesitaba estar a su lado.
El trayecto al aeropuerto fue un suspiro envuelto en risas tontas y miradas cómplices. Kai se negaba a decirme nuestro destino, y yo ya había dejado de insistir. El no iba a decir ni una palabra.
Cuando llegamos al aeropuerto. No tuvimos que pasar por registro, no hubo filas, solo miradas curiosas. La gente simplemente se apartaba.
—Todos los trabajadores parecían saber quién eres, Kai —susurré, sintiendo una extraña mezcla de orgullo y ternura.
—Y por eso nadie se atreverá a tocarte —respondió, entrelazando sus dedos con los míos.
Esa seguridad, ese muro invisible que siempre me rodeaba cuando estaba a su lado, me hacía sentir… invencible.
Subimos al avión y nos condujeron directamente a nuestros asientos en primera clase. No cualquier primera clase. Era de esos aviones que tienen cabinas privadas para dos personas, como pequeños nidos flotantes.
Kai, como siempre, me cedió el asiento junto a la ventana.
—¿Sabías que siempre me das el asiento de la ventana? —le pregunté, fingiendo una queja.
—Para poder verte dormir con la mejor vista del mundo —me dijo, como si fuera lo más normal del universo.
Mi corazón hizo un giro completo en el pecho. No le respondí. Nos acomodamos en nuestro espacio, y antes de que el avión despegara, Kai ya estaba bajando la pared corrediza que nos aislaba del resto. Nuestro pequeño refugio.
No sé cuánto tiempo pasó, pero en cuanto sentimos el suave impulso del despegue, mis ojos comenzaron a cerrarse. Fue automático y simplemente me dejé vencer por el sueño. Pero antes de sumirme por completo, sentí sus manos ajustándome el cinturón, como si fuera su tarea más importante. Luego, se acomodó él también.
El vaivén del avión era como una cuna que dormí profundamente.
No sé por cuánto tiempo. Pero una turbulencia caprichosa, me arrancó del sueño. Mi cuerpo se tensó, pero apenas parpadeé, ya tenía a Kai sujetándome con una firmeza que disolvió cualquier alarma.
No sé cómo lo hace, pero siempre que yo despierto, él está listo para mí.
El altavoz del avión chisporroteó un segundo, y luego, la voz del piloto se deslizó con esa calma ensayada:
—Bienvenidos a Hawái.
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