Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 53

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ
  4. Capítulo 53 - Capítulo 53: Capítulo 48
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 53: Capítulo 48

⚠⚠⚠

Capítulo 48 ⚠

Kai

Y así sin darnos cuenta había pasado casi una semana desde que llegamos a Hawái.

Estábamos empacando nuestras maletas para nuestro próximo destino. Noah doblaba con esmero las camisas, aunque sabía que de todas maneras las desordenaría buscando qué ponerse. Lo observaba en silencio desde la puerta, con los brazos cruzados, memorizando cada movimiento suyo. Había una serenidad en sus gestos, como si se despidiera del mar, pero con la certeza de que podía regresar cuando quisiera.

Esa era la libertad que quería darle.

—¿Listo, amor? —pregunté, extendiéndole la mano.

Me sonrió, asintiendo mientras tomaba mi mano con fuerza.

Fuimos al aeropuerto, riendo y recordando los momentos más bellos de esos días. Me encantaba verlo hablar de esos recuerdos, sus ojos brillaban, su voz se llenaba de una emoción tan genuina que me hacía querer capturar cada instante para siempre.

Subimos al avión.

Esta vez, el viaje no era tan largo, pero el ritual seguía siendo el mismo. Primera clase, asientos juntos, ventana para Noah. Él se acurrucó en mi pecho. Jugaba con el botón de mi camisa, concentrado en la película. Yo acariciaba su cabello mientras pedíamos servicio; Noah señalaba los más ridículos solo porque el empaque le parecía adorable. Y claro, no podía decirle que no.

Debimos quedarnos dormidos. Ya que cuando abrí los ojos el piloto estaba por hablar y anunció la llegada, supe que Noah despertaría en cuanto escuchara el nombre.

—Bienvenidos a Japón.

Como si fuera un resorte, Noah abrió los ojos, emocionado.

—Kai, Kai, quiero ir a las aguas termales —dijo, casi rogando.

Lo que él no sabía es que ya lo había preparado todo.

Bajamos del avión y nuestras maletas ya nos esperaban. Afuera, un auto negro nos aguardaba, impecable, y de él bajó uno de mis hombres asignados en Japón. Hizo una reverencia respetuosa, entregándome las llaves.

Subimos al carro. Noah me miraba, esperando que soltara alguna pista, apoye mi codo en el respaldo de su asiento, acercándome lo suficiente para que escuchara mi voz como un susurro.

—Amor, dime, ¿quieres ir a un onsen público… o prefieres nuestro onsen privado?

—¡Privado! —casi gritó la respuesta.

No pude evitar soltar una risita, atrapando su mentón con suavidad, acercándolo a mí para robarle un beso fugaz en la comisura de sus labios.

Conducía despacio, disfrutando de cada mirada emocionada que Noah lanzaba por la ventana. Era de noche y pronto llegamos a nuestro destino.

Un onsen privado, rodeado de naturaleza, alejado del ruido.

Noah apenas bajó del auto, comenzó a saltar de alegría, corriendo hacia la entrada como un niño pequeño.

—¡Kai, Kai, mira esto! ¡Es nuestro!

Yo solo sonreía mientras descargaba las maletas, sacando el teléfono de mi bolsillo.

—Sí, necesito que envíen tempura, la mejor que tengan. Sí, es urgente. Es para Noah.

Mientras él correteaba dentro del lugar, riendo y explorando cada rincón, yo organizaba todo para que la cena estuviera lista. Sabía que en cuanto lo probara, sus ojitos brillarían de felicidad.

Esa noche sería solo el comienzo.

Fuimos al cuarto y Noah no esperó a ponerse su yukata. Que por cierto a duras penas tapaban las marcas de nuestro anterior encuentro.

Caminábamos por el pasillo de madera hacia la sala.

—Amor… vas a cansarte si me sigues cargando así —dijo, pero no hizo el mínimo intento por bajarse.

—Noah, tú te aferras a mí como si la vida se te fuera, ¿cómo podría soltarte? —susurré en su oído, provocándole esa risa suave que me volvía adicto.

Llegamos a la mesa baja, donde nos esperaban los platos de tempura recién traídos. Lo senté cuidadosamente sobre el tatami, pero antes de que pudiera alejarme, sus dedos atraparon los bordes de mi yukata, atrayéndome de vuelta.

—Quédate cerca, Kai. Solo un poco más. —Sus ojos brillaban, tan pícaros como siempre.

Me senté junto a él, cruzando las piernas, pegados como si no existiera el concepto de espacio personal entre nosotros. No lo necesitábamos.

—¡Kai, mira esto! —dijo emocionado, tomando un bocado de tempura y mostrándomelo como si fuera un tesoro—. ¡Esto es lo que más me gusta de Japón! Bueno, además de ti.

Reí, porque esa última frase la soltó como si fuera lo más natural del mundo, como si no acabara de incendiarme por dentro.

Lo observaba mientras comía. Cada vez que tomaba un bocado, hacía esos pequeños sonidos de satisfacción. Hablaba sin parar, contándome todo lo que quería hacer en Japón: visitar los templos, caminar por las calles iluminadas de Kioto, comprar dulces extraños en las tiendas de barrio.

Yo lo escuchaba en silencio, asintiendo, porque no había una sola cosa que él pidiera que yo pudiera negarle. Era imposible. Su voz, sus risitas, sus ojos brillando de ilusión… todo en él me tenía rendido.

Al notar mi mirada él se sonrojó, bajando la mirada, pero sus dedos buscaron los míos bajo la mesa, enredándolos.

Seguimos cenando despacio, sin prisa, compartiendo bocados. Cuando terminamos, lo levanté en brazos otra vez. Me miró, riendo.

—Eres adicto a cargarme, Kai.

—Lo soy —confesé—. Es que te ves perfecto así, Noah.

El cielo comenzaba a clarear, el amanecer había llegado. Noah dormía en mis brazos, con el rostro hundido en mi pecho, sus dedos enredados en la tela de mi yukata.

Nunca dormía completamente profundo si no estaba tocándome. Mis manos recorrían su espalda con suavidad, como un hábito, como si de alguna forma pudiera memorizar cada línea de su cuerpo solo con el tacto.

Me acerqué a su oído.

—Noah… despierta, amor. Está amaneciendo.

Gruñó bajito, pegándose más a mí, intentando enterrarse en mi cuerpo como si fuera a protegerlo de cualquier cosa que osara interrumpir su descanso.

—Cinco minutos más, Kai…

Reí por lo bajo, besando su sien. Pero mis manos no se detuvieron, seguí acariciándolo, provocándolo despacio.

—Si no te levantas, voy a tener que cargar contigo hasta el onsen. —Mi voz fue apenas un murmullo provocador.

Eso lo hizo sonreír en medio sueño.

—Dices eso como si fuera algo que no te encanta hacer.

—Exacto. Me conoces demasiado.

Abrí el yukata de Noah con suavidad, deslizando mis dedos por su cintura, trazando círculos perezosos en su piel hasta que sus suspiros comenzaron a mezclarse con suaves risitas. Sus ojos se entreabrieron, brillantes, desordenados, tan Noah.

—Eres un tramposo, Kai.

Lo vi estirarse como un gato, desperezándose encima de mí. Me dio la vuelta y se acomodó, apoyando su mentón en mi pecho, mirándome con esa expresión que me hacía perder la razón.

—¿Nos vamos al onsen? —preguntó, ya sabiendo la respuesta.

Le acaricié la mejilla, atrapándolo con la mirada—. Quiero verte perderte en el vapor.

Su sonrisa se volvió peligrosa.

—Kai… no vas a dejarme salir de ahí en todo el día, ¿verdad?

—Ni siquiera pienso dejarte vestirte.

Se rio, mordiendo su labio, y se levantó de la cama arrastrándome con él. Caminamos descalzos, con los yukatas apenas ajustados, hacia la terraza que daba al onsen.

Noah corrió hacia el borde, se detuvo, y me miró por encima del hombro.

—Ven, Kai. Quiero que me atrapes otra vez.

Y claro que lo hice. Lo alcancé, lo rodeé con mis brazos desde atrás, y nos sumergimos juntos en el agua caliente. Y como lo predijo no lo dejé salir del agua.

El día siguiente. El aire de la mañana en Japón tenía algo especial. Era fresco, pero cargado de ese aroma a incienso y madera antigua que solo se siente cerca de los templos. Noah caminaba a mi lado, ajustándose el yukata con torpeza mientras tomaba fotos de todo. Sus ojos brillaban. Siempre era así con él. Todo era nuevo.

—Amor, detente un segundo, te vas a tropezar. —Le sujeté la muñeca, obligándolo a dejar de caminar sin mirar al frente.

—Pero, Kai, ¡mira esos farolillos! Son preciosos…

Llegamos al templo principal, donde las personas hacían fila para leer su omikuji, la predicción de su suerte. Noah se emocionó al ver el ritual.

—Quiero hacerlo, Kai. Vamos, leamos nuestra suerte juntos.

Nunca fui supersticioso, pero si eso hacía sonreír a Noah, estaba dispuesto a hacerlo.

Nos acercamos al puesto de una anciana que ofrecía lecturas personalizadas. Su cabello era tan blanco como la nieve y su mirada, aunque oculta entre arrugas, parecía leer más de lo que decía. Nos observó con detenimiento, especialmente nuestras manos entrelazadas.

—Ustedes dos… —dijo la anciana, con un tono bajo y enigmático—. El hilo rojo del destino los ata tan fuerte que ni la muerte podría cortarlo. Y siento que su destino ha sido unido con una flecha especial.

Noah me miró sorprendido, sus labios entreabiertos.

—¿De verdad cree eso? —preguntó él, emocionado.

La anciana sonrió con un dejo de misterio.

—No lo creo. Lo sé. —Nos tendió dos pequeños amuletos de la suerte (omamori)—. Llévenlos juntos. Cada vez que duden, tóquenlos y recordarán que están destinados a caminar uno al lado del otro. En esta y en otras vidas.

Noah apretó el amuleto contra su pecho y me abrazó sin previo aviso. Su ternura era capaz de desarmarme incluso en los lugares más sagrados.

Continuamos recorriendo el templo, haciendo sonar la campana, dejando ofrendas, y finalmente amarrando nuestros omikuji juntos en la cuerda de la fortuna.

Esa tarde nos dirigimos a un pequeño festival tradicional que se celebraba en un pueblo cercano. El lugar estaba adornado con faroles de papel que flotaban como luciérnagas en la noche, y el olor a takoyaki y yakitori llenaba el aire.

Noah no dejaba de brincar de puesto en puesto, jalándome de la manga como un niño emocionado.

—Kai, ¡ven! Vamos a jugar en esos puestos de disparos.

—Sabes que voy a ganar, ¿cierto?

—¡No me importa! Si ganas, me darás el premio. Y si pierdes… te burlaré toda la noche.

Acepté el reto con una sonrisa torcida. Le disparé a todos los blancos y gané un peluche pequeño de un kitsune, un zorro blanco. Lo coloqué en sus manos.

—Para ti, mi pequeño zorro.

—Eres un tramposo, Kai. Pero gracias —Noah sonrió como si le hubiese entregado un tesoro.

Seguimos caminando entre los puestos, comiendo dulces tradicionales. Noah me daba de comer dango, pero lo hacía a propósito de manera torpe, manchándome los labios con salsa para luego limpiarme con sus dedos, disfrutando de verme reaccionar.

—Eres incorregible, Noah.

Nos detuvimos junto al río, donde las linternas flotaban sobre el agua. El reflejo de las luces danzaba sobre su rostro.

El silencio en el auto de regreso era engañoso. Noah sentado a mi lado, con el kitsune de peluche abrazado a su pecho, mirando por la ventana como si estuviera absorto en las luces de la ciudad. Pero sus dedos, esos dedos traviesos, no dejaban de acariciar mi muslo, subiendo y bajando con descaro, como si no supiera lo que estaba provocando.

Lo sabía. Por supuesto que lo sabía.

Apreté el volante con fuerza, conteniendo la sonrisa torcida que amenazaba con asomar en mis labios. Noah estaba jugando, pero él también sabía que al final, yo siempre ganaba esos juegos.

Cuando llegamos a la residencia privada, lo cargué en brazos apenas bajó del auto.

—Kai… puedo caminar, ¿sabes?

—No me importa. Quiero llevarte. Porque ahora… —Me incliné a su oído, dejando que mi voz se hiciera más grave— ahora no vas a escapar tan fácil.

Su cuerpo se estremeció contra el mío.

Entramos a la villa, las luces tenues creaban sombras largas sobre las paredes de madera. Caminé directo hacia nuestro onsen interno.

—Quédate aquí. Voy a preparar todo. —Lo dejé sentado en el borde, pero antes de alejarme, deslicé mis dedos bajo su barbilla, haciéndolo mirarme—. No te muevas, Noah.

Preparé el baño. Cuando me giré, ya se había deshecho del yukata, quedando solo con la tela resbalando por sus hombros.

—Kai… ven ya.

No necesité más invitación. Me deshice de mi ropa. La tensión entre nosotros era como una cuerda a punto de romperse. Me acerqué a él, bajando hasta quedar a su altura, nuestras frentes tocándose, respirando el mismo aire.

—¿Sabes lo peligroso que es provocarme así? —susurré.

—Lo sé… y me encanta.

Lo levanté en brazos y lo llevé al agua caliente, hundiéndonos juntos en el onsen. Mis manos recorrieron su espalda lentamente, delineando cada curva, cada músculo. Noah se aferró a mi nuca, sus labios rozando la línea de mi mandíbula, dejando besos suaves que se transformaban en mordiscos juguetones.

—Kai… tócame más.

No necesitaba rogarme. Mis dedos se deslizaron por su cintura, aferrándolo con firmeza, mientras lo atraía a mi regazo, nuestras respiraciones se mezclaban en jadeos ahogados. El agua se agitaba a nuestro alrededor, pero no nos importaba. Lo único que existía en ese momento eran sus gemidos bajos, la manera en que sus uñas se clavaban en mis hombros, y el modo en que nuestros cuerpos se buscaban, encajando de manera perfecta.

—Noah… eres mío —murmuré contra su oído, dejando que la humedad de mi aliento le erizara la piel.

Nos movimos en el agua como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante, a esa conexión que iba más allá del placer físico.

Cuando finalmente nos calmamos, lo mantuve abrazado contra mi pecho.

—Te amo, Kai.

La respiración de Noah se relajó indicando que había caído en un sueño profundo. Lo cargué hasta el futón. Donde lo acomodé en mi pecho, para ambos dormir.

El sol apenas despuntaba sobre las montañas cuando abrí los ojos.

Deslicé mis dedos por su cabello, acomodando con delicadeza los mechones rebeldes que caían sobre su rostro. Era hermoso. Siempre lo había sido, pero verlo así, en la tranquilidad de un amanecer japonés, con la luz dorada bañando sus rasgos, lo hacía parecer irreal.

—Despierta, amor —susurré, rozando sus labios con los míos.

Noah murmuró algo ininteligible antes de esconderse más en mi cuello, pero cuando deslicé mi mano por su cintura, lo escuché soltar una risita perezosa.

—Kai… aún es temprano…

Lo dejé sentado en un cojín, asegurándome de que estuviera cómodo, antes de entrar a la cocina. No era una gran hazaña preparar un desayuno sencillo japonés. Cuando regresé con la bandeja, Noah estaba con las piernas cruzadas, mirando los peces koi nadar con una expresión de paz.

—Huele delicioso, Kai —dijo, sus ojos brillando de alegría mientras me acomodaba junto a él.

Compartimos un momento de paz en el desayuno.

—¿Sabes qué quiero hacer hoy? —me preguntó de repente, inclinándose hacia mí.

—Dime.

—Quiero que recorramos Tokio, quiero y necesito nuevos animes. Ya leí todos los que tengo como tres veces.

— Y encantado te llevaré ¿Está bien?, y me alegra que sepas hablar japones.

—Lo hice por los animes, no quería leer subtítulos. —Se frenó en seco. —¿Y tú como sabes que hablo japones?

—Bueno antes de conocernos oficialmente, mi padre te investigó y luego el informe llegó a mis manos.

—Espera, ¿Por eso sabías donde vivía?

—Si la verdad sí. Además, me enteré de otras cosas.

—Qué vergüenza —Se tapó la cara —. ¿Cómo qué?

—Como que antes ibas al gimnasio.

Soltó una carcajada. —Amor jamás he pisado un gimnasio.

—Pero hay fotos de registro.

—Debe ser cuando iba a visitar a mi ex novio. El trabajaba allí en las noches.

—Ya veo espero que no vuelvas a ir allí.

—Jamás si te tengo a ti. Ahora cuéntame todo lo que había en el informe. —Me miró de mala manera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo