ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 54
- Inicio
- Todas las novelas
- ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ
- Capítulo 54 - Capítulo 54: Capítulo 49
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 54: Capítulo 49
⚠⚠⚠
Capítulo 49 ⚠
Kai
La semana en Japón había volado.
Noah no dejaba de sonreír, de encontrar belleza en cada rincón. Y yo… yo sólo podía mirar cómo ese brillo en sus ojos se hacía cada vez más intenso.
Pero ahora, un nuevo destino nos esperaba.
Noah estaba en la habitación, arrodillado junto a la cama, armando las maletas con una emoción.
—Kai, ¿me dirás a dónde vamos ahora? —preguntó, otra vez, mirándome desde el suelo con una sonrisa traviesa.
—No.
—Dame una pista, por favor —insistió, levantándose para abrazarme, rozando su nariz contra mi cuello.
—Tendrás tu pista cuando estemos aterrizando —respondí, disfrutando de su desesperación.
El camino al aeropuerto fue un desfile de intentos fallidos de adivinanzas. Noah no se rindió ni un segundo. Me hacía preguntas encadenadas, intentaba descubrirlo. Pero yo sólo sonreía y negaba con la cabeza.
En el avión, se acurrucó en mi pecho, resignado pero expectante. Sus dedos jugaban distraídamente como si pudiera arrancarme la verdad con caricias. Y cuando la voz del piloto sonó por los altavoces, su cuerpo se tensó de inmediato.
—Bienvenidos a París, Francia.
Noah saltó en su asiento, como si el avión fuera a aterrizar en ese instante.
—¡Kai! ¡París! —susurró emocionado, sus manos aferradas a las mías—. ¡Vamos a París!
Asentí, acariciando su mejilla, disfrutando cada destello de su emoción.
Aterrizamos ya en la tarde, justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de naranja, hora perfecta para tocar la ciudad del amor. Afuera, el auto ya nos esperaba, discreto, como si formara parte del paisaje parisino. Noah, sin embargo, me miraba con esos ojos grandes, llenos de sospecha.
—No me lo digas… ¿hotel privado o residencia secreta? —preguntó con picardía.
—Amor… —apoyando el codo sobre su asiento para mirarlo de cerca—. Dime, ¿quieres ir a un hotel privado o a nuestra casita en el centro de la ciudad?
—¡Casa, casa, casa! — Noah no dudó ni un segundo y gritó, rebotando en su asiento.
Arranqué el auto con una sonrisa satisfecha. Su felicidad era adictiva.
Cuando llegamos, apenas pude estacionar. Noah ya estaba intentando salir, mirando la fachada con ojos brillantes. Era una casa discreta, elegante, con ese encanto francés que hacía que todo pareciera sacado de una postal.
Entramos, dejamos las maletas en la entrada y, sin perder tiempo, volvimos a salir. Noah quería encontrar una cafetería, un restaurante, cualquier lugar donde pudiéramos empezar a saborear la ciudad. Caminamos sin rumbo, tomados de la mano, hasta que el camino nos llevó a un restaurante con una vista directa a la Torre Eiffel, iluminada en el crepúsculo como si nos diera la bienvenida.
Todo era perfecto.
O casi.
—Señor Kim —escuché una voz a mi lado, áspera, con ese acento que no podía ignorar.
Un hombre de traje impecable, sonrisa cortés y mirada afilada, se acercó a nuestra mesa. Noah, al verlo, entendió de inmediato. Sacó su teléfono y desvió la mirada con elegancia, dándome espacio.
—Qué coincidencia encontrarte aquí —dijo el hombre, tomando asiento sin ser invitado.
—Qué coincidencia, Yannick —respondí, sonriendo con cortesía, pero irritado.
La conversación fue rápida, precisa. Hablamos de cargamentos, de rutas seguras por el Mediterráneo, de la nueva presión policial en Marsella que complicaba la distribución. Mencionó con discreción los nombres de ciertos políticos que estaban bajo su nómina y los ajustes necesarios en los próximos envíos de armas. Yo asentía, asegurándome de que entendiera que cada movimiento seguía bajo mi control.
Noah, mientras tanto, deslizaba su dedo por la pantalla de su teléfono, pero podía sentir su atención en mí, en cada palabra que pronunciaba.
Finalmente, se despidió con una sonrisa calculada.
—Es un placer verte, Kai. París siempre te recibe con los brazos abiertos.
Cuando se fue, giré hacia Noah, dispuesto a disculparme.
—Amor, lamento la interrupción… De nuevo
Noah me tomó la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
—Está bien, Kai. Es tu trabajo. Sé que es inevitable… pero gracias por mantenerme siempre a salvo.
Sus palabras me golpearon suave, como un bálsamo. Noah entendía, siempre entendía.
—Me aseguraré de que nadie más nos moleste en nuestro viaje.
La cena continuó entre risas, hablando de nuestros peluditos, de cuánto me moría por verlos corretear por París en un futuro. La Torre Eiffel nos observaba desde la ventana, pero mis ojos sólo podían enfocarse en él.
Después, buscamos helado.
Noah quería un sabor exótico, así que terminamos con un par de conos enormes de lavanda y pistacho. Caminamos hasta el puente de los candados, entre luces tenues y reflejos dorados sobre el río Sena.
Frente a la barandilla, saqué un pequeño candado dorado.
—Amor, ¿me haces una promesa? —le dije, mostrándoselo.
Noah me miró, con esos ojos tan llenos de amor que me desarmaban.
—Siempre contigo. Hasta el último aliento.
Colocamos el candado juntos, nuestras manos unidas, y sellamos la promesa con un beso que sabía a eternidad.
La noche en París tenía un romance hermoso.
Noah… caminando descalzo por la casa, con una de mis camisas puesta, su cuerpo apenas cubierto, como si lo hubiera hecho a propósito sólo para provocarme.
Y funcionaba.
Estaba recostado en el marco de la puerta, observándolo moverse de un lado a otro, sin prisa. Sus piernas desnudas brillaban con la luz cálida de la lámpara, y cada vez que se agachaba a recoger algo, la camisa se deslizaba peligrosamente por sus muslos.
—Kai, ¿te gusta esta casa? —preguntó, dándome la espalda mientras se asomaba al ventanal, contemplando las luces de la Torre Eiffel.
—Me gusta más otra cosa —respondí, sin poder ocultar el tono ronco en mi voz.
Noah sonrió, como si hubiera estado esperando justo esas palabras.
Caminé hacia él, despacio, disfrutando cada paso, como un cazador que saborea el momento antes de atrapar a su presa. Me detuve detrás de él, dejando que su espalda se apoyara en mi pecho.
—Mira qué hermosa está la ciudad —susurró, sus dedos jugando con los míos, entrelazándolos con suavidad.
Pero yo no podía mirar otra cosa que no fuera su reflejo en el vidrio. Su cuerpo, su piel, su expresión dulce y provocadora. Su respiración más profunda, cuando mis labios rozaron la curva de su cuello.
—Noah… ¿sabes lo que me haces cuando te pones mi ropa? —le susurré, mordiéndole suavemente la oreja.
Él se estremeció.
—Quizá… pero me gusta cuando pierdes la calma.
Mi mano se deslizó bajo la camisa, acariciando la piel de su abdomen, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada roce. Sus dedos se aferraron a mi nuca, como si el contacto no fuera suficiente, buscaba provocarme más. Su sonrisa era de inocente, pero sus movimientos me gritaban lo contrario.
Lo levanté en brazos y él rodeó mi cintura con sus piernas, sus caderas buscando encajar contra las mías. Caminé con él hasta el sofá, dejándolo caer suavemente, pero sus manos no me dejaron ir.
—Kai… —susurró, jalándome de la camisa.
El juego entre ternura y deseo era un equilibrio peligroso. Podía sentir la manera en que su cuerpo se rendía y al mismo tiempo me desafiaba a llevarlo más allá.
La noche estuvo recargada de emociones. Y por fin llegó la mañana, con su brillo entrando por las ventanas.
Desde que salimos de la casa, Noah no había soltado mi mano ni por un segundo. Cada rincón era muy hermoso, su risa resonando entre las flores de los balcones y su mirada curiosa deteniéndose en cada escaparate.
—Kai, mira esos macarons… parecen de juguete —dijo, pegándose a mí.
—Te los compraré.
Entramos en la pequeña pastelería, donde una anciana nos recibió con una sonrisa tierna. Noah eligió una caja con colores. Pagué mientras él me miraba desde la vitrina, dándome esa sonrisa cómplice que usaba cuando tramaba algo.
Salimos de la tienda, y Noah no perdió el tiempo en sacar uno de los macarons y llevármelo a la boca.
—Ábrela, Kai —ordenó, en un tono de juego.
Obedecí. Él se estiró, poniéndolo en mis labios, pero en lugar de dejarlo, presionó suavemente su dedo índice en mi boca, sabiendo perfectamente lo que hacía. Mordí, dejando un beso fugaz en su dedo, lo que provocó su risita traviesa y un leve rubor en sus mejillas.
Seguimos caminando.
Nos detuvimos en un pequeño puesto de flores. Noah estaba embelesado viendo los ramos de peonías y lavanda.
—Quiero llevar unas a casa —dijo acariciando una flor.
Mientras él escogía, yo simplemente lo observaba. El sol iluminaba su rostro, con esa dulzura que guardaba fuego.
—¿Te quedarás mirándome todo el día o vas a ayudarme a elegir? —preguntó, girando hacia mí con una sonrisa que era puro veneno.
—Mirarte es parte de mi trabajo. Pero claro, puedo escoger flores contigo.
Terminamos comprando un ramo de peonías blancas, y seguimos nuestro paseo, ahora con Noah aferrado a mi brazo.
Llegamos a una librería antigua.
Noah caminaba deteniéndose a hojear libros de poesía, sonriendo cada vez que encontraba una línea que le gustaba. En un momento, lo vi esconder un libro tras su espalda y acercarse a mí.
—Kai, si te leo algo, ¿me lo comprarás?
—No tienes que leerme nada para que te compre todo, Noah.
—No es lo mismo —insistió, con ese puchero que me derretía.
Abrió el libro, y con voz suave, me recitó un poema sobre almas destinadas a encontrarse, sobre hilos invisibles que cruzaban océanos para unir corazones. Sus ojos no se apartaban de los míos mientras lo leía, como si me estuviera haciendo una promesa.
Lo compré, por supuesto. Pero lo más valioso era su sonrisa.
Ya caída la tarde, caminamos de vuelta a casa.
—Kai… ¿te diste cuenta de que todos nos miran? —susurró, deteniéndose a contemplar el río.
—Que miren, amor.
Cuando volvimos a casa la puerta se cerró con un suave clic, Noah mientras se descalzaba en la entrada, dejando todo sobre la mesita.
Fuimos al balcón de la casa. Su espalda contra mi pecho.
—Estoy agotado —dijo, aunque su sonrisa decía lo contrario. —¿Sabes qué quiero ahora? —preguntó, con ese tono travieso que ya conocía demasiado bien.
—Sentarnos aquí afuera, con unos quesos, uvas y vino. Conversar de nosotros.
—Tus deseos son órdenes.
Lo dejé sentado en una silla reclinable.
Fui a la cocina a preparar una tabla de los quesos favoritos de Noah, Encontré uvas y cerezas frescas. Las dejé en un plato junto a los quesos. Y pique unas peras al tamaño ideal para que Noah no se atore al comerlas. Y mientras preparaba todo vi como Noah entró, me sonrió y se acercó al bar de la casa, donde había varios vinos.
—Amor puedo elegir un vino.
—Noah, no necesitas mi permiso, elige el que quieras probar. —Dije tomando lo que preparé y llevándolo al balcón.
Atrás de mí llegó Noah con el vino, dos copas y una cobija para cubrirnos.
Y así pasamos otra noche más en Francia, solo él y yo. Sin interrupciones.
Al cabo de unas dos horas el reloj marcaba las diez de la noche. Noah bebió bastante vino y casi se acaba todo lo que traje. Al final Noah se acomodó en mi pecho y ambos caímos dormidos en el balcón.
El sol de París me despertó. Noah seguía acurrucado en mi pecho, respirando con suavidad.
—Amor… —susurré, inclinándome para besar su frente— despierta, hoy nos espera un lugar que vas a amar.
Sus pestañas parpadearon lentamente, y una sonrisa.
—¿A dónde vamos? —preguntó, frotándose los ojos, su voz aún rasposa por el sueño.
—Versalles y sus jardines.
Noah se incorporó de inmediato, esa chispa de emoción iluminando su rostro. Lo vi correr hacia la maleta, sacando una de esas camisas de lino claras que tanto le gustaban, acompañado de un pantalón ligero. Yo no podía apartar la mirada. Verlo así, feliz me bastaba.
—Kai… ¿por qué me miras así? —preguntó, coqueto, mientras terminaba de abotonarse.
—Porque cada vez me gustas más —le respondí, disfrutando de la forma en que se sonrojaba.
La carretera hacia Versalles fue un paseo en sí mismo. Noah tarareaba. Llegamos poco después del mediodía. Los jardines de Versalles se extendían ante nosotros como un cuadro vivo. Caminábamos de la mano, sin prisa, deteniéndonos cada tanto para que Noah pudiera admirar las fuentes, las esculturas, las flores.
—Kai, este lugar es hermoso.
—Me alegra que te guste.
Sus risas fueron música. Pero, como era su costumbre, no tardó en empezar con esas provocaciones. De pronto, mientras caminábamos por un sendero más oculto, se detuvo frente a mí, tirando suavemente de mi camisa para acercarme.
—Kai… me siento perdido… —susurró, sus labios peligrosamente cerca de los míos— creo que necesito un guía personal para no perderme en estos jardines.
—¿Ah sí? —sonreí, atrapando su cintura con firmeza— Pues te advierto que mi tarifa es alta, señor.
—¿Con qué puedo pagar? —susurró, y antes de que pudiera responder, dejó un beso fugaz en la comisura de mis labios.
Seguimos caminando, hasta que encontramos un pequeño claro donde extendimos una manta. Nos recostamos, contemplando el cielo. Su mirada, de ternura y picardía, era la que realmente me volvía loco.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com