ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 56
- Inicio
- Todas las novelas
- ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ
- Capítulo 56 - Capítulo 56: Capítulo 51
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 56: Capítulo 51
Capítulo 51
Noah
Nunca imaginé que hacer las maletas pudiera ser algo tan emocionante.
Estábamos en la habitación de la casita de París, rodeados de ropa desordenada, las maletas abiertas sobre la cama, y cada vez que intentaba doblar una camiseta, Kai venía por detrás a abrazarme y besarme el cuello, murmurando cosas como:
—Amor… Me encanta como se ve el anillo en tu dedo.
Y yo, débil, le extendía la mano con la sonrisa más boba del universo.
—Amor… si me sigues distrayendo no vamos a empacar nunca.
—¿Y eso es malo? —resopló, apoyando la barbilla en mi hombro—. Podríamos quedarnos aquí, solos, de luna de miel adelantada.
Me giré para verlo, acunando su rostro con mis manos.
—Kai… quiero ir de la mano contigo… Estoy pensando en involucrarme en la organización para ser tu apoyo.
Sus ojos brillaron con esa intensidad que me hacía sentir que el corazón me latía en todo el cuerpo.
—Entonces te apoyaré y protegeré.
Para cuando nos dimos cuenta, las maletas estaban listas, pero ahora no éramos simplemente dos novios viajando, éramos prometidos. Eso le daba otro peso a todo, otro significado.
El trayecto al aeropuerto fue una mezcla de nervios, emoción y risas suaves. Íbamos tomados de la mano todo el camino. Yo no podía dejar de mirar mi anillo. Lo levantaba contra la ventana, dejando que la luz jugueteara en su superficie, y cada vez que lo hacía, Kai me miraba con esa sonrisa orgullosa, apretando más fuerte mi mano.
Subimos al avión como si fuera la primera vez que viajábamos. Cuando el piloto anunció por los altavoces: “Bienvenidos a Nueva York”, sentí que el estómago se me llenaba de mariposas.
Me giré hacia Kai con los ojos tan abiertos como un niño entrando a una juguetería.
—¡Kai! ¡Nueva York! —me lancé a abrazarlo—. ¿Cómo haces para siempre sorprenderme?
Kai me miró con una sonrisa arrogante.
Salimos del avión tomados de la mano. El auto ya nos esperaba a la salida, pero yo seguía pegado a Kai.
—Amor… —le pregunté mientras subíamos al auto—. Esta vez… ¿qué tienes planeado? ¿Un hotel? ¿O una casa?
Kai se giró hacia mí con una sonrisa traviesa, de esas que me dejaban el corazón temblando.
—Prometido mío… —dijo teatralmente, entrelazando nuestros dedos—. ¿Tú quieres ir a un hotel como simples mortales… o prefieres que vayamos a nuestro penthouse?
Mis ojos se abrieron de par en par. Podía sentir cómo mis mejillas se incendiaban.
—¿Nuestro… penthouse?
Kai se acercó, rozando su nariz con la mía. Me guiñó un ojo y me robó un beso antes de añadir, en un susurro embriagador
—Quiero verte correr por cada rincón de ese lugar… descalzo, con mis camisas, arruinándome la cabeza con solo existir.
Me derretí. Literalmente. Apreté su mano con fuerza, escondiendo mi rostro en su cuello para no gritar de la emoción.
—Vamos al penthouse. —Murmuré, intentando mantener la compostura, aunque sabía que sonaba como un niño al que acababan de regalarle su propio parque de diversiones.
El auto arrancó, y el trayecto fue tranquilo.
Cuando llegamos y subimos al penthouse, abrí la puerta con un nudo en la garganta. Era un lugar cálido, elegante, pero a la vez… se sentía como nuestro.
—Bienvenido a casa, Noah. —dijo Kai, abrazándome por la espalda mientras admirábamos la vista de la ciudad desde las enormes ventanas.
—Amor… si seguimos abrazados aquí, nos vamos a morir de hambre.
Kai no respondió. Solo me apretó más fuerte contra su pecho.
—Kai… —reí, escondiendo la cara en su cuello.
—No —Su voz vibraba en mi oído, ronca y deliciosa—. Ahora eres mi prometido, te tengo que abrazar el triple.
Reí, sintiendo cómo mi corazón estaba a punto de explotar de tanto amor.
—Está bien, señor prometido, pero si quieres cenar esta noche, tienes que dejarme ir a la cocina.
Kai suspiró, como si fuera a soltarme con todo el dolor del mundo.
La cocina era un sueño. Una isla central enorme, alacenas de madera clara, electrodomésticos de última generación… y la vista de la ciudad iluminada en cada rincón. Era como estar cocinando en las nubes.
—Este lugar es perfecto, Kai.
Me robó un beso fugaz mientras abría la nevera—. ¿Qué quieres cocinar hoy?
—Algo sencillo, pero especial… —pensé en voz alta—. ¿Qué te parece pasta? Con una salsa casera, como te gusta.
Kai me miró como si le hubiera dicho que le acababa de regalar el universo.
—Noah… me vas a arruinar, ¿sabes? Si sigues así, no voy a dejarte salir de casa nunca más.
—Lo dices como si fueras a dejarme salir ahora. —Bromeé, dándole un codazo juguetón.
Empezamos a cocinar.
—Kai… si te comes toda la salsa a cucharadas, no va a quedar para la pasta.
Terminamos cocinando entre caricias, besos. Cuando la pasta estuvo lista, llevé los platos hasta la isla central, pero Kai me detuvo.
—No, Noah. Esta noche es especial. —Se acercó, tomó los platos y me hizo caminar hasta el ventanal—. Vamos a cenar aquí, mirando la ciudad.
Nos sentamos en el suelo, con la espalda apoyada en los cristales, y comimos mientras nuestras piernas estaban entrelazadas. No había música, ni velas, ni decoraciones ostentosas… pero no necesitábamos nada de eso. La forma en que Kai me miraba, era suficiente para que todo brillara.
Cenamos tranquilos, de vez en cuando tomaba la mano de Kai que tenía el anillo y la ponía a la luz. Como si mi cerebro aún no asimilara todo.
El primer rayo de sol se coló entre las cortinas.
—Buenos días —susurró de repente, su voz ronca por el sueño, como si me hubiese leído la mente.
—Buenos días. —Me giré, encontrándome con esos ojos oscuros que brillaban con ternura.
Kai me acarició la mejilla, deslizando su pulgar por mi labio inferior.
Este día nos espera con ansias.
El bullicio de Nueva York nos envolvía. Caminábamos tomados de la mano. Kai tenía esa sonrisa traviesa que me derretía el alma, y yo… bueno, yo no podía dejar de mirar mi anillo cada dos minutos.
—Noah, si sigues mirando el anillo así, la gente va a pensar que te lo acabo de dar. —Kai se inclinó a besar mi mejilla.
Terminamos entrando a un restaurante acogedor, uno de esos lugares donde el aroma a carne asada invade desde la puerta. Nos sentaron en una mesa junto a la ventana, con la vista perfecta de la calle.
Fue entonces que apareció la camarera.
Alta, rubia, con una sonrisa que parecía un comercial de pasta dental… y ojos que solo miraban a Kai. Literalmente, me ignoró.
—Buenas tardes… ¿Qué desea almorzar, caballero? —preguntó ella, inclinándose un poco más de lo necesario.
Kai no la miró. Siguió sosteniendo mi mano sobre la mesa, como si no existiera nadie más.
—Para mí, dame una carne en tres cuartos… —dijo con voz suave, apretando mis dedos—. Y para mi prometido… Perdón, amor, ¿qué querías almorzar?
Sentí como si mi cara hubiera explotado en rojo vivo.
—Yo… quiero una chuleta de cerdo, amor… —contesté, con un hilo de voz, porque entre su mirada y cómo dijo “prometido” me dejó sin oxígeno.
La camarera me miró, como si recién me notara, con una expresión de molestia. Pero Kai no le dio oportunidad a más.
—Retírate, nos incomodas o llamo a tu jefe y te despida y yo mismo me encargaré de que no encuentres trabajo en lo que te resta de vida. —Soltó con media sonrisa.
La mesera anotó el pedido y se alejó con pasos acelerados y la piel pálida.
—Noah, no permitiré que nadie te haga sentir inseguro. No mientras yo exista.
Yo solo pude apretarle la mano, sintiendo que el corazón se me desbordaba.
Almorzamos entre risas, miradas cómplices, y pequeños gestos que hacían temblar mi alma.
Salimos del restaurante. Kai no me soltaba. Su mano sujetaba la mía con una firmeza casi posesiva.
—¿Te apetece un paseo por Central Park? —me preguntó, inclinándose hacia mi oído.
—Sí.
Cuando entramos al parque, las risas de los niños, el canto de los pájaros y el viento acariciando los árboles nos envolvieron. Todo parecía más brillante, como si el mundo quisiera ser testigo de nuestra felicidad.
—Kai, quiero un helado. —Le jalé la manga, como un niño emocionado.
—Entonces vamos por tu helado.
Nos acercamos a un carrito de helados, y mientras escogía el sabor, sentí las miradas. A lo lejos, un grupo de hombres nos observaba con desdén, susurrando entre dientes, con gestos de burla y desprecio. Uno de ellos nos miró con asco evidente, como si nuestro amor fuera algo que debía esconderse.
Kai lo notó. Su agarre en mi mano se hizo más firme, protector.
—Noah, mírame. —me pidió, con voz baja—. Que te importe lo que diga, sería regalarle nuestro día. Y tú y yo no regalamos nada.
Unos pasos más adelante, noté a un grupo de jóvenes que nos miraban con ojos de envidia, señalaban y se hacían pucheros entre ellos, reprochando, incluso llegué a escuchar. “Yo necesito uno como esos”, “Si, yo quiero uno como él—señalándome— tiene una cara muy tierna, necesito alguien que me mire así”. Y muchas conversaciones similares que me hacían ruborizar.
Kai me susurró al oído:
—Ves, todos te quieren incluso sin conocerte. Pero eres mío.
De pronto, mi helado se derritió más rápido de lo esperado, dejando una mancha de chocolate en la punta de mi nariz.
—¡me ensucié! —me quejé, intentando limpiarme con la servilleta, pero él me detuvo y en lugar de usar la servilleta, deslizó sus labios sobre mi nariz, lamiendo suavemente el helado.
Sentí que me derretía más que el helado.
La gente seguía mirando. Algunos reían con nosotros, otros fruncían el ceño, pero en ese instante, la única mirada que importaba era la de Kai, que me miraba como si fuera el mayor de los tesoros.
La ciudad de Nueva York parecía un mar de luces titilantes parados en medio de Times Square. El lugar era mucho más bonito en, persona que en las películas.
El lugar estaba repleto, apretados entre tanta gente era fácil perderse y separarse si ibas con alguien y eso pasó. En un cruce un niño que corría en dirección contraria nos choco y Kai fue arrastrado por un lado y yo por otro con el niño aferrado a mi pierna.
Busqué con la mirada a Kai, pero no lo vi. El niño me jaló y en ingles me pregunto si yo había visto a su mami. Le dije que no, pero que lo ayudaría a encontrarse con su mamá solo que primero iba a buscar a alguien. El entendió y se pegó más a mi pierna como si tuviera miedo de separarse y volver a perderse.
Saqué mi teléfono y ya había varias llamadas perdidas de Kai. Le regresé la llamada en ese momento.
—Noah, ¿Dónde estás? Te separaste y no sé dónde estás.
—Tranquilo Kai, estoy parado justo debajo de un cartel de chocolates. Hay un semáforo de chocolates también.
—Ok, se donde estás. Por favor no te muevas de allí. Ya voy contigo.
—Está bien te espero aquí. Adiós, te amo.
Me agaché a la altura de niño y le pregunté si sabía alguna información de su madre. Como su número de teléfono o algo. El negó. Lo cual me frustró. Ahora como iba a encontrar a su madre. Alcé al niño en mis brazos para que no se pierda de nuevo.
Kai llegó unos cinco minutos después. En cuento me vio aceleró aún más el paso. Estaba por abrazarme, pero se detuvo al ver al niño en mis brazos.
—Noah, ¿Y ese niño?
—No lo sé fue él quien me separó de ti. Dice que no encuentra a su madre.
—Ya veo.
Kai acarició la cabeza del niño y le hablo en inglés.
—Hola niño, ¿Dónde está tu madre? O dime donde te perdiste de tu madre.
El niño apretó su puño en mi camiseta y comenzó a sollozar.
—Tranquilo, pronto encontraremos a tu madre. —Le dije acariciando su cabello revuelto por el viento.
—Noah, deberíamos llevarlo a la policía, talvez su madre lo está buscando allí.
—Tienes razón Kai, será más fácil así.
Y con el niño en brazos fuimos a la comisaría que estaba a unas cuadras de allí. Cuando entramos en recepción registramos al niño como perdido en medio del cruce en Times Square.
Nos quedamos sentados allí mientras llamaban a otras comisarías para ver si alguna mujer está buscando a su hijo.
—Valla forma de casi terminar nuestras vacaciones, ¿No crees Kai?
—Ni que lo digas, no tenía pensado que esto pudiera pasar.
—Ahora lo más importante es encontrar a la madre de este niño para poder volver a casa.
Pasaron varios minutos, incluso me atrevería a decir que pasaron horas. El niño ya estaba dormido en mis brazos. Y la verdad a mí también ya me estaba ganando el sueño. Kai estaba hablando con los policías en la oficina. Supongo que aprovechó el momento para sus negocios.
En ese momento las puertas se abrieron con un fuerte estruendo. Entró una mujer joven, probablemente de unos veinticuatro años. Buscaba algo con desespero. Hasta que sus ojos pararon en el niño en mis brazos y vi como su mirada se relajó. Mientras se acercaba desperté con cuidado al niño.
—Pequeño, mira quien está aquí por ti.
Sus pequeños ojos se abrieron lentamente, hasta que vio a su madre a lo lejos y sus ojitos brillaron y se llenaron de lágrimas.
—Mami. —Soltó casi en un susurro.
Se levantó y corrió junto a su madre llorando. Ella lo tomó en brazos y ambos calmaron su llanto en los brazos del otros, como si todo lo que tuvieran en la vida es el uno al otro.
Un momento conmovedor de madre e hijo. Y a la vez algo se movió en mi interior, una sensación de necesitar algo así.
Digamos que pasaron varias horas. Y cuando Kai salió de la oficina ya estaba yo solo sentado en la recepción.
—Noah, me hubieras avisado que ya vinieron por el niño y hubiera salido antes.
—Está bien, estabas haciendo negocios por lo que no te iba a interrumpir.
—Volvamos a casa.
Kai
Llegamos al penthouse y sentí que algo pasaba por la cabeza de Noah. Estaba algo distraído o mejor dicho pensativo. Dejó sus cosas en la entrada y se sentó en el sillón mirando la tele apagada. Me preocupé mucho, nunca antes lo había visto con esa expresión. Así que me senté junto a él.
—Amor, ¿Sucedió algo que no me has contado?
—No… Bueno… Si… Pero no.
—Me gustaría que me cuentes que sucedió para darle una solución cielo.
—Sentí algo cálido cuando vi el reencuentro de la madre con su hijo. Hizo que algo dentro de mí se volviera a encender.
El silencio duró unos minutos hasta que él volvió a hablar.
—Kai, quiero tener una familia contigo. Me gustaría tener un hijo. Pero se que no podemos ambos somos hombres y es imposible.
—Amor haré todo para formar nuestra familia. Pero ahora tienes que ir a descansar, fue un día muy largo para ti amor.
El asintió con la cabeza y se abrazó a mi cuello. Yo lo alcé y sus piernas se enrollaron en mi cintura.
Lo llevé al cuarto donde lo acosté en la cama y el se durmió inmediatamente.
—Creo que fueron muchas emociones por hoy. Descansa Noah.
Esa noche realicé una búsqueda exhaustiva en internet. Haría todo para cumplir todo lo que Noah me pidiera.
⚠⚠⚠
Capítulo 52 ⚠
Noah
La semana pasó como un suspiro. Cada día fue una nueva experiencia.
Las vacaciones fueron perfectas. Pero sabíamos que era hora de volver… Volver a Corea. Volver a casa.
—Noah… —Kai rompió el silencio mientras doblaba una camisa, lanzándome una sonrisa juguetona—. ¿Por qué siento que estás metiendo más peluches de los que trajimos y si no mal recuerdo solo teníamos uno?
—¡Son los que has ganado para mí! —le respondí, haciendo puchero.
Kai soltó una carcajada baja, se acercó a mí y me robó un beso, uno de esos que me dejaban sin fuerza en las piernas.
—Eres demasiado tierno, Noah. Vas a malcriar hasta a los peluches.
—No estaría mal. —susurré, escondiéndome en su cuello, robándole otro beso.
Cuando por fin llegamos al aeropuerto, Kai entrelazó su mano con la mía y suspiró.
—Listo, es hora de volver a casa. Pero prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—Que seguirás aceptando mis sorpresas.
Reí, apoyando mi cabeza en su hombro.
En el avión, nos acomodamos juntos en la ventana. Kai sacó su teléfono y deslizó las fotos que habíamos tomado: selfies en Central Park, fotos mías comiendo un cupcake con la nariz llena de crema.
Seguimos bromeando, emocionados por regresar, pero en el fondo, yo estaba ansioso. Extrañaba a mis bebés. Extrañaba esa sensación de abrir la puerta y ser recibido con saltos y lametazos.
Cuando aterrizamos, ya el auto nos estaba esperando.
—Preparado —me dijo Kai, apretando mi mano.
—Lo he estado desde que subimos al avión.
El trayecto a casa fue corto, pero mi ansiedad lo hizo parecer eterno. Apenas el auto se detuvo frente a la puerta, Kai salió primero y me ayudó a bajar, nuestras manos nunca se soltaron.
—Listo, Kai. Es hora de la tormenta.
Abrí la puerta.
Y en ese instante, una bola de pelos empapada de agua salió disparada hacia nosotros.
—¡TIMI! —grité justo antes de que nos embistiera, lanzándonos a ambos al suelo.
—¡POR DIOS! —Kai exclamó, mientras Timi nos mojaba por completo.
Y no estaba solo. Mochi, Daifuku venían corriendo detrás, toda chorreando agua, brincando sobre nosotros como si fueran un escuadrón de peluditos al ataque.
—¡Agh, nos están mojando! —Kai dijo, tratando de sentarse mientras Daifuku le mordía la manga como si fuera una cuerda de juego.
Entonces, vi al abuelo de Kai en la puerta, de brazos cruzados, observándonos con esa sonrisa oculta bajo su ceño fruncido, mientras los empleados detrás de él parecían buscar rutas de escape.
—¡Señor, con su permiso, nos retiramos! —y sin esperar respuesta, él y el resto salieron huyendo. No corriendo. Huyendo. Y el abuelo también salió.
Reí.
—¡Kai! Tenemos que terminar de darles un baño ahora mismo. No puedo dejar que anden por la casa chorreando agua.
—Entonces al baño. —Kai se levantó, cargando a Mochi como si fuera un saco de papas.
Tomamos a Timi, Mochi y a Daifuku, y fuimos directo a la bañera grande del cuarto principal.
Llenamos la bañera con agua tibia. Metimos a los bebés con nosotros, Kai de un lado, yo del otro. Timi intentaba saltar fuera, pero Kai lo sujetó con firmeza. Terminamos de bañarlos entre salpicaduras. Y cuando salimos de la bañera, Los envolvimos en toallas, con el secado de cabello los dejamos secos y esponjosos. Los tres terminaron totalmente rendidos en nuestros brazos.
La casa por fin estaba en silencio. Acomodamos a los peludos en sus camas y Kai y yo terminamos tumbados en el sofá. La televisión estaba encendida, pero no prestábamos atención. La única imagen que llenaba mi mente era la de Kai, con el cabello aún húmedo, recostado con una expresión de paz tan pura.
—¿Sabes? —susurré, acariciando su mandíbula con la yema de mis dedos—. Ahora podemos relajarnos en casa.
Kai sonrió, entrelazando su mano con la mía. Mis ojos bajaron a sus labios. Lo necesitaba. Necesitaba sentirlo.
—Kai… —mi voz salió como un suspiro, cargado de intención—. Vamos al cuarto.
Kai me miró, sus ojos oscureciéndose, entendiendo al instante. Se levantó.
—Vámonos, Noah. —su tono era bajo, cálido.
Caminamos juntos, sin soltarnos. La atmósfera había cambiado, era suave, densa, como si el aire nos envolviera con hilos invisibles que solo existían entre nosotros. Al entrar al cuarto, la puerta se cerró detrás de nosotros, aislándonos del mundo.
Kai se acercó a mí, sus manos apoyándose a cada lado de mi cintura, acorralándome suavemente contra la pared. Sus labios rozaban los míos, apenas, jugando con la tensión, haciéndome desearlo más.
—Noah… —murmuró, su aliento acariciándome la piel—. ¿Sabes cuánto te extrañé?
Mis manos buscaron su cuello, acercándolo más.
—Entonces, demuéstramelo, Kai.
Y justo cuando sus labios atraparon los míos, intensos, desesperados, sentimos un salto en la cama.
Thump.
—No puede ser… —Kai murmuró con una mueca, sin apartarse de mí.
Giré mi cabeza y ahí estaba Timi, sentado como un rey en medio de la cama, moviendo la cola con descaro.
—Timi… cariño, es hora de dormir en tu camita. —pero mis palabras quedaron en el aire cuando Mochi y Daifuku decidieron unirse a la rebelión, brincando tras él.
Kai soltó una risa ahogada, su frente pegada a la mía.
—Creo que nuestros bebés tienen un radar anti momentos íntimos.
—Kai, no puedo con ellos. —reí, escondiéndome en su cuello.
Kai se separó a regañadientes, girándose hacia la cama con las manos en la cintura.
—Muy bien, escuadrón peludo, hoy papá Kai es el malo. Los tres, afuera.
—Kai, no les hables así, míralos… son adorables. —dije, aunque mi sonrisa traicionaba mis palabras.
—Adorables o no, Noah… —Kai tomó a Timi en brazos, mientras Daifuku intentaba agarrarse de la sábana—. Esta noche papá tiene que hacerle saber a tu papi Noah cuánto lo ama.
No pude evitar reír a carcajadas, tapándome la boca cuando vi a Kai cargar a Mochi bajo el brazo, mientras Daifuku mordía sus pantalones.
—Kai, ¿Necesitas ayuda?
—No, amor. Esto es una misión en solitario. —Kai me lanzó un guiño travieso—. No dejaré que interrumpan de nuevo.
Mientras Kai salía con los bebés en brazos, protestando y moviendo las colas, aproveché.
Mis manos fueron directas a los botones de mi camisa, desabrochándolos lentamente. El reflejo en el espejo me devolvió la imagen de mis mejillas sonrojadas, mi respiración agitada y el deseo dibujado en mis labios. Dejé caer la camisa al suelo, quedándome con el pecho descubierto, sintiendo cómo el aire me acariciaba. Deslicé mis manos hasta la cintura de mi pantalón, jugueteando con el botón, mientras escuchaba a Kai negociar con los peluditos en la puerta.
—Timi, no me mires así. ¡Solo por hoy! Noah necesita cariño especial… ¡Y tú ya tuviste tu baño de espuma!
Me mordí el labio, conteniendo la risa y la ansiedad. No podía esperar a que volviera. No hoy. La luz cálida iluminando la habitación, dejándome bañar en ese ambiente que solo pertenecía a nosotros.
La puerta se cerró.
—Amor… —Kai llamó con esa voz que me hacía temblar—. ¿Qué travesura estás planeando mientras no estoy?
Se giró y vio cómo mis pantalones ya estaban desabrochados, la camisa en el suelo, y mi sonrisa más descaradamente inocente.
—Te estaba esperando, Kai. ¿Vienes o tengo que ir yo por ti?
Kai soltó una risa baja, esa que se me erizaba la piel.
—Noah, amor de mi vida, ven aquí… pero te advierto algo.
—¿Qué?
—Esta vez, aunque Timi me derribe la puerta… no pienso detenerme.
La puerta se cerró con un leve clic. En cuanto lo escuché, mi respiración se agitó. No por nervios… sino por la necesidad contenida que me oprimía el pecho. Lo había esperado tanto. No la intimidad física, sino la intimidad de tenerlo así, solo para mí, sin sombras acechando, sin prisas.
Kai estaba ahí, apoyado contra la puerta, mirándome. Esa mirada. Oscura, intensa, profunda. Como si cada centímetro de su ser estuviera diciéndome sin palabras cuánto me necesitaba. Su camisa aún seguía empapada en algunas partes y su cabello mojado caía rebelde sobre su frente, dándole ese aspecto de hombre peligroso… que me encanta.
—Noah… —susurró mi nombre con una suavidad que me hizo estremecer—. Eres cruel, ¿lo sabías?
Me reí bajito, deslizando mis manos por mi propio torso, sintiendo mi piel erizarse bajo la atenta mirada de Kai.
—¿Yo? ¿Cruel? Solo estaba esperándote… pacientemente.
Kai caminó hacia mí, lento, con la sonrisa torcida que me volvía loco. Su silueta era la de un depredador juguetón.
Cuando llegó a mí, no me tocó de inmediato. Simplemente se arrodilló frente a la cama, dejando sus manos a los lados de mis muslos, con su rostro peligrosamente cerca del mío.
—No tienes idea de lo que provocas en mí, Noah. Ni la más mínima idea.
Acaricie su cabello, hundiendo mis dedos en esos mechones oscuros.
—Dímelo, Kai. Quiero saberlo.
Kai sonrió, apoyando su frente en mi vientre.
—Provocas que me olvide del mundo. Que quiera perderme aquí, contigo, hasta que no exista nada más. —levantó la cabeza, mirándome—. Provocas que quiera adorarte lento, sin prisa… como si el tiempo fuera solo nuestro.
Su voz, su cercanía, sus palabras… era demasiado. Sentí el calor trepar por mi cuello hasta mis mejillas.
—Entonces hazlo, Kai. Hazlo ahora.
Kai se levantó, y sus manos fueron directas a mi cintura, empujándome suavemente hasta recostarme en la cama. Se acomodó a mi lado, sin romper el contacto visual. Sus dedos tocaron mi mejilla, acariciando con una delicadeza que me hizo contener la respiración.
—Eres hermoso, Noah. No solo por fuera… —sus labios rozaron mi sien, descendiendo hasta la comisura de mis labios—. Eres hermoso por dentro.
Su confesión me golpeó directo al pecho. Lo abracé, fuerte.
Nuestros labios se encontraron en un beso suave, lento, cargado de una emoción que nos sobrepasaba. No había urgencia. Sino un amor puro, cálido, envolvente.
Kai rompió el beso solo para hablar contra mis labios.
—Hoy no quiero que sea solo deseo, Noah. Quiero que esta noche recuerdes mi amor.
Mis manos se deslizaron bajo su camisa, sintiendo su piel caliente al tacto.
—Cada segundo contigo es un recuerdo. Pero esta noche… quiero más. Quiero que no quede duda de cuánto te pertenezco.
Kai rio suavemente.
—Noah, amor mío… —se inclinó, sus labios rozando mi cuello, dejándome un beso suave como una caricia—. Yo ya sé que me perteneces. Pero esta noche… te lo voy a recordar, lentamente.
Cada palabra suya era una caricia en mi piel, un fuego que me llenaba de deseo. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una paciencia que me volvió loco. No era un toque apresurado.
Entre susurros, risas suaves y roces de piel, el tiempo dejó de existir. No había prisa. No había interrupciones.
Hasta que…
Rasqueteo en la puerta.
Kai detuvo sus labios en mi clavícula, soltando un resignado.
—No puede ser…
La puerta vibró ligeramente. Luego, un pequeño gemido.
—¿Timi? —pregunté abrazando a Kai.
Kai apoyó su frente en mi pecho, ahogando una carcajada.
—Lo voy a encerrar en la oficina con Mochi y Daifuku. Te lo juro, Noah. No dejaré que nos arruinen el momento.
—Kai… —le tomé el rostro entre mis manos, mirándolo con la sonrisa más dulce que pude darle—. No me importa si tenemos que intentarlo veinte veces más. Solo quiero estar contigo. Así.
Kai me besó, un beso cargado de amor.
—Eres demasiado perfecto, Noah. Pero esta noche, es nuestro. Aunque tenga que vigilar la puerta yo mismo.
—Entonces ve a tratar de solucionarlo.
—Eso haré. No te muevas. Iré a negociar con ellos.
—Suerte señor presidente —Reí burlonamente.
Se levantó, yendo a hablar con los peluditos, negociando en voz baja mientras yo lo observaba, tumbado en la cama, sintiendo el corazón lleno, hinchado de amor.
Esa era nuestra vida. Caótica. Loca. Interrumpida por patas y colitas.
Cuando Kai volvió, cerrando la puerta con seguro y apoyándose en ella con la sonrisa más traviesa del universo, supe que esta vez, el momento sí sería solo nuestro.
—Ahora sí, Noah… —dijo, caminando hacia mí—. No hay más interrupciones.
Y en su mirada… supe que esa noche, nos amaríamos como si el tiempo no existiera.
Kai exploraba con cariño cada rincón de mi cuerpo. Marcándome y esperando ansioso mi reacción.Los peludos no volvieron más, no sé qué magia hizo Kai, pero los dejó tranquilos.
Y nos dejaron disfrutar de nuestra noche especial.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com