ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 54
Capítulo 54
Noah
Pero antes de preocuparnos por eso. Teníamos que pasar por navidad. Nuestra primera navidad.
Quince días habían pasado desde nuestro viaje, y aún me parecía increíble que estuviéramos celebrando juntos, sin preocupaciones más allá de encontrar el árbol navideño perfecto.
El centro comercial estaba lleno de luces doradas, música suave y un aroma a canela y chocolate que nos seguía a cada paso. La gente iba y venía con bolsas, bufandas de colores y sonrisas alegres. Kai iba caminando a mi lado, sujetando la correa de Timi, mientras yo llevaba a Mochi en su mochila, bien abrigado. Daifuku iba en la mochila del abuelo, asomando solo la cabeza, observando curioso todo lo que pasaba a su alrededor.
—¿Cómo puede ser que todos los árboles se vean… casi perfectos, pero ninguno me convence? —pregunté en voz alta, observando la larga fila de pinos que adornaban la sección principal del centro.
Kai soltó un suspiro, mirando a su alrededor con ese ceño fruncido de concentración que le salía de forma natural.
—Porque tú eres demasiado perfeccionista. Y si no te convence ninguno no lo compraremos.
El abuelo rio detrás de nosotros, acomodando la mochila donde Daifuku observaba con sus ojitos brillantes.
—Noah tiene razón, muchacho. El árbol debe ser bien elegido.
—Gracias, abuelo —dije, sonriendo—. Aunque en este momento, creo que el único que está disfrutando el paseo es Timi.
El peludito levantó la cabeza, ladrando contento, como si supiera que hablábamos de él.
—Timi está disfrutando porque piensa que vinimos a buscar juguetes para él —dijo Kai.
—Y no está tan equivocado —agregué, acariciando la cabecita de Mochi, quien parecía a punto de dormirse.
Caminamos un poco más, entre risas y pequeñas discusiones sobre cuál pino tenía las ramas más bonitas o cuál sería el mejor para decorar.
—Bien, creo que ya encontré nuestro árbol —dije deteniéndome frente a un enorme árbol que parecía salido de una postal. Kai no dejó esperar más y fue a pagar en ese instante.
—Propongo algo. Vamos a separarnos un rato. Buscaremos los regalos.
Kai me miró, entrecerrando los ojos.
—Eso suena a una trampa muy bien planeada para que no me entere de lo que me vas a comprar.
—Si, no sería sorpresa si supieras que es —respondí con una sonrisa traviesa.
El abuelo se rio a carcajadas. —¡Perfecto! —exclamó—. Entonces quedemos en el café que está en la esquina, dentro de una hora. Allí nos encontramos todos.
—Hecho —dijimos Kai y yo al unísono.
El abuelo asintió satisfecho, dándonos unas palmaditas en la espalda.
—Ahora sí, muchachos, ¡a gastar dinero! La Navidad es solo una vez al año.
Nos despedimos, cada uno tomando dirección contraria.
Ya había dado vueltas por el centro comercial por más de una hora. Pensé en talvez comprarles camas a los peludos.
Pero no era suficiente. Faltaban los regalos más importantes. El de Kai. Y el abuelo.
Podía ir a la joyería y comprarle un reloj carísimo. Podía ir a la tienda de lujo y conseguirle un traje a medida. Pero no. Eso no era lo que buscaba.
Quería algo que hiciera que Kai sonriera de verdad. Esa sonrisa suave, ladeada, la que solo me mostraba, cuando bajaba la guardia. Ese era el regalo que quería darle.
Suspiré, apoyando la frente en el vidrio de una tienda. La gente pasaba, las luces de navidad tintineaban, y yo estaba atascado. Hasta que… algo en mí se encendió. Como un tirón, un flechazo.
Caminé sin pensar, guiado por un impulso extraño, hasta que me encontré frente a una papelería antigua, de esas que parecían fuera de lugar entre las tiendas modernas.
Empujé la puerta, una campanita sonó.
—Bienvenido —dijo una mujer mayor, acomodando unas plumas de tinta—. ¿Buscas algo especial?
La miré, y en ese momento lo supe. El regalo de Kai estaba aquí.
—Sí… estoy buscando algo para escribirle a alguien que lo es todo para mí. Y talvez una caja, elegante pero sencilla, para guardar cartas, fotos.
La mujer sonrió de una forma cálida, como si hubiese estado esperando escuchar esas palabras.
—Creo que tengo exactamente lo que buscas —susurró, guiándome hacia una estantería al fondo—. Esta caja fue hecha a mano, de abedul, con decoraciones marcadas por el fuego. Es única. Perfecta para recuerdos que no se deben olvidar.
Tomé la caja con cuidado. La textura, el peso, todo en ella gritaba “Kai”. No necesitaba nada más. Porque no eran las cosas materiales lo que quería regalarle… Era mi corazón, palabra por palabra.
—Me la llevo —dije, sin dudarlo.
La mujer sonrió, como si entendiera más de lo que yo decía.
Salí de la tienda abrazando la caja contra mi pecho. Ahora sí. Entré a la tienda de mascotas, donde busqué juguetes que aún no tenían, ya que conociendo a Kai el compraría camas, desde hace tiempo ya lo había dicho.
Kai
Mientras Noah desaparecía en la multitud, yo tomé otro camino con un único propósito: encontrar el regalo perfecto para él. Sabía que Noah era sencillo, pero esta vez quería algo especial. Entré a una tienda de papelería fina y pedí un cuaderno, un diario y un bolígrafo con su nombre. ‘Para que escriba todo lo que le pase por su cabecita’, pensé.
Después, en una joyería pequeña, encontré una cadena fina con un pequeño dije en forma de grano de café. ‘Este es perfecto para él’. Recordé su sonrisa. Pedí que le grabaran ’30/11/2023′ en miniatura. La fecha que le pedí ser mi esposo
No podía olvidarme de nuestros peluditos. Entré a una boutique para mascotas y encargué tres camitas nuevas, personalizadas con sus nombres bordados. Una con forma de donut para Timi, y dos pequeñas cestas para Mochi y Daifuku, con mantas que hacían juego.
Nos encontramos frente a la fuente central. Noah venía con las bolsas y una sonrisa traviesa.
—Ni se te ocurra preguntar qué traigo —me dijo apenas me acerqué.
—Entonces tú tampoco me preguntes —le respondí, envolviendo su cintura con mi brazo.
Me dio un beso en la mejilla, sin importarnos las miradas de la gente, y nos sentamos en la cafetería.
—Sabes —dije mientras apretaba su mano—, esta será nuestra primera navidad.
—Sí, la primera—respondió Noah
Estábamos sentados en una de las bancas en la cafetería, rodeados de bolsas de regalos para nuestros peluditos… y ahí, justo ahí, fue cuando me di cuenta.
—Mierda —solté, enderezándome de golpe.
—¿Qué pasó? —preguntó Noah, girándose hacia mí preocupado.
—El abuelo. ¡El abuelo, Noah! No compré nada para él.
Fue como si una alarma interna explotara en ambos, porque en ese mismo instante, los dos abrimos los ojos como platos y Noah gritó:
—¡AAAAAAH, EL ABUELO!
La gente a nuestro alrededor se giró, algunos sorprendidos, otros riendo bajito al vernos alterados.
—¿Cómo se nos pudo olvidar? —bufé, pasándome la mano por el cabello—. En toda mi vida nunca le he dado un maldito regalo al viejo.
—Talvez… —susurró Noah, pero sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa—. Entonces… ¿qué tal si le damos un regalo juntos?
Dijo esto tomando mi mano, entrelazando nuestros dedos con una naturalidad.
—¿Un regalo de los dos? —repetí, apretando su mano—. Me parece perfecto.
Nos levantamos, las bolsas colgando de nuestros brazos, y comenzamos a caminar sin rumbo fijo, pensando qué demonios podría gustarle a un viejo como él.
—¿Un puro cubano? —pregunté.
—No, eso ya tiene. Además, no queremos que fume más ¿Un arma de colección?
—Noah, el abuelo tiene su propia bóveda de armas. Literalmente, armas más viejas que tú y yo juntos.
Nos detuvimos frente a una tienda de antigüedades. Allí, en una vitrina, había un reloj de bolsillo antiguo, con grabados finos en oro blanco. Pero no era un reloj cualquiera, no. Era de esos relojes que parecían tener historia, elegancia… legado.
—Noah —dije, apuntando con la barbilla al reloj—. Ese.
—Es perfecto —susurró Noah, acercándose a la vitrina como si el reloj fuera un tesoro.
Apreté su mano. Sí, ese era el regalo perfecto. Timi ladró con aprobación.
Entramos a la tienda, compramos el reloj. Y ya teníamos el regalo perfecto que representa al viejo.
Y así, con las manos llenas de bolsas, nos dirigimos al punto de encuentro.
Abuelo
—Maldición, esto es más difícil que tomar una fortaleza rusa —susurré mientras caminaba entre la multitud, acariciando a Daifuku y mirada fija en esos dos tontos de allá adelante.
Noah estaba colgado del brazo de Kai, hablando, riéndose de cualquier tontería, mientras ese nieto mío lo miraba como si tuviera el sol en los ojos. Lo seguía viendo como cuando era un crío, se parece a su madre.
Nos habíamos separado hace unos minutos para buscar regalos, pero yo decidí darles ventaja… En verdad no sabía que regalarles.
—Veamos, viejo… piensa —mascullé mientras entraba en una tienda de artículos tradicionales.
Lo primero que vi fue una vitrina con una katana ornamentada. Me detuve. No era un arma para usar, pero sí para mostrar. En ese momento, la imagen de Kai sosteniéndola, colgándola en su oficina como símbolo de su mando, se dibujó en mi mente.
—Esa será para ti, mocoso. Un símbolo de que ahora eres el jefe —murmuré, asintiendo mientras el vendedor empacaba.
Salí con el paquete, satisfecho, pero todavía me faltaba lo más complicado. Caminé hasta una tienda especializada en mascotas. Vi un rascador gigante en forma de árbol para los mininos. Pero para Timi, sin embargo, quería algo especial.
—¿Tienen chalecos tácticos para perros? —pregunté.
El vendedor sonrió.
—Sí, señor, incluso podemos bordar su nombre.
—Perfecto. Quiero que diga “Timi, jefe de seguridad”.
Me entregaron los paquetes.
Para Kai ya lo había solucionado: la katana ornamentada. Un símbolo de liderazgo, algo digno de colgar en su oficina. Para los peluditos también. Pero Noah… ese niño me estaba haciendo trabajar el doble.
Sabía que podía comprarle un reloj de lujo, una chaqueta, incluso un auto deportivo. Pero no. Noah era un sentimental, un romántico hasta los huesos. Quería algo que le hablara al corazón, no a la billetera.
—Piensa, viejo, piensa… —mascullé, hasta que mis pasos me llevaron frente a una pequeña tienda de artesanías.
Había cosas de madera, joyeros, esculturas, marcos de fotos. Pero nada de eso me atrapaba.
Hasta que la vi. Un artesano estaba tallando un portarretratos múltiple, para poner varias fotos. Y había un grabado pequeño “familia”
—Ese es… —señalé—, ¿es personalizable?
El artesano, un hombre mayor de manos firmes, sonrió.
—Sí, puedo cambiar algo que no le guste y grabar cosas como, nombres, fechas, lo que quiera.
—Quiero que lo cambie de color. Puede hacerlo blanco.
El artesano me miró, asintiendo con respeto.
—En seguido lo traigo señor.
Mientras esperaba pensé. Noah podría guardar allí las fotos que quiera, serán recuerdos y talvez momentos tontos.
Salí de la tienda con la caja envuelta. Lo único que me quedaba era ir al punto de encuentro. Kai y Noah sentados, riéndose por cualquier tontería, ignorando el mundo. Era imposible no sentir orgullo al verlos.
Caminé lentamente hacia donde habíamos quedado, y como era de esperarse, ellos venían apurados, con caras de susto.
—Uff, casi nos olvidamos del abuelo. —Dijo Noah.
Me acerqué con sigilo y solo me notaron cuando hablé.
—¿Y ustedes dos qué traman ahora?, ¿eh? —pregunté, fingiendo seriedad.
—Nada, abuelo… solo cosas que no te diremos aún —respondió Noah, con esa sonrisa de ángel que era capaz de desarmar a cualquier soldado.
—Eso espero, porque el viejo lobo todavía tiene colmillos —dije, dándoles una mirada severa, aunque por dentro no podía estar más feliz.
Era la primera Navidad en mucho tiempo donde no planeaba una operación de guerra.
—Maldición, encontrarle algo a Noah es más difícil que convencer a Kai de no meterse en problemas —Brome y ambos rieron.
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