ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 63
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Capítulo 63: Capítulo 58
Capítulo 58
Kai
Hoy era el día. La junta de accionistas. Con todos los bastardos del mundo bajo.
Los regalos a petición de Noah ya estaban listos.
Pero lo más importante no era la mesa de negocios, ni las alianzas, ni los contratos que todos querrían firmar esta noche.
Lo más importante… era Noah.
Él sería presentado hoy como lo que era, mi prometido, que estaba prohibido de tocarlo en Corea y en cualquier maldito país donde respirara.
Me encontraba frente al espejo, ajustando con precisión la camisa negra.
Detrás de mí, el caos.
—¡Kai, esto es un desastre! —gritó Noah desde el ropero, con una montaña de camisas y pantalones a sus pies—. No quiero verme aburrido con un traje negro, pero tampoco quiero parecer un semáforo combinando cualquier cosa.
Sonreí de lado, mirándolo por el reflejo del espejo. Su cabello estaba un poco despeinado. Noah soltó un bufido, cruzándose de brazos, mirándome como si no creyera ni una palabra.
—Te verás bien con cualquier cosa. —Dije mirándolo por el espejo.
—Tú, podrías ir en pijama y seguirías imponiendo respeto. Yo quiero…—suspiró—, quiero que todos entiendan desde el primer momento que no soy invisible. No ahora que comenzaré indirectamente en la organización.
Me giré lentamente, caminando hacia él.
—Noah, tú nunca has sido invisible. —Tomé su mentón con delicadeza.
Sus ojos miel me miraron. Lo jalé de la mano, guiándolo al espejo junto a mí.
—Mira lo hermoso que eres. Es imposible que alguien no te note.
El desvió la mirada, estaba rojo por mis palabras, besé su mejilla. Me acerqué al perchero y saqué un conjunto que había mandado a hacer hace semanas, en secreto.
—Lo sabía… es perfecto —musité, mostrándoselo.
Era un traje de corte ajustado, azul medianoche, con detalles en dorado pálido en los bordes internos de la chaqueta. No era el clásico traje aburrido. Era elegante, distinto, impecable. En la parte interna, el forro tenía bordadas pequeñas constelaciones, el cielo que estaba dispuesto a regalárselo.
Noah se quedó mudo.
—Kai… esto es…
—Tuyo. Solo tuyo.
Al final lo ayudé a colocárselo, ajustando cada botón. Cuando estuvo completamente vestido, retrocedí un paso, observándolo como si fuera la obra maestra.
—Noah —susurré—. Estás hermoso.
Noah sonrió con una mezcla de orgullo y emoción. Me acerqué, sujeté su cintura y le di un beso suave, profundo, como un pacto silencioso.
El trayecto en auto fue silencioso. Noah no soltaba mi mano. Su pulgar dibujaba pequeños círculos en mi piel.
Cuando llegamos al edificio principal, los empleados ya nos esperaban en la entrada.
—¿Estás listo? —pregunté al oído de Noah, antes de entrar al gran salón.
—Más listo que nunca —respondió, apretando con fuerza mi mano.
Entramos.
Y el silencio fue absoluto.
Todos los ojos giraron hacia nosotros. Algunos con sorpresa, otros con desdén.
—Señores, les presento a Noah —dije, con la voz firme—. Mi prometido. El único que puede hablarme sin permiso.
Un murmullo recorrió la sala, pero no me importó. Guie a Noah hasta la mesa principal y lo senté a mi derecha. No era un lugar decorativo. Era un asiento de poder.
—Empecemos la junta —dije, apoyando las manos sobre la mesa.
Mientras los socios discutían números y estrategias, mis ojos no dejaban de observar la forma en que Noah escuchaba, atento, con una calma que desafiaba a cualquiera. Sus dedos buscaban los míos bajo la mesa. Nos volvimos cómplices del momento.
La junta había terminado. Y terminó en victoria absoluta. Los contratos estaban firmados, las alianzas selladas. Los accionistas habían caído uno a uno bajo el peso de la evidencia, de las cifras, de mi autoridad… y de Noah.
No había hombre en esa sala que no hubiese sentido el peso de su mirada dulce, pero firme. Su presencia era elegante, inquebrantable, como un sello invisible”.
Y ahora… la celebración comenzaba.
El salón principal del edificio se había transformado en un evento de gala, con candelabros de cristal iluminando las mesas, copas de vino sirviéndose sin pausa, y un piano de cola llenando el ambiente con melodías suaves. Todo era lujo, pero toda la sala estaba concentrada hablando de Noah.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —pregunté, inclinándome hacia él mientras estábamos sentados en la mesa principal.
Noah ladeó la cabeza, confundido.
—¿Qué hice?
—Acabas de hipnotizar a toda la puta sala, amor —sonreí, tomando su mentón y acercándolo a mis labios—. Te lo advertí, nadie aquí puede dejar de mirarte.
Noah rio, bajando la mirada con esas mejillas encendidas que siempre me hacían perder la compostura.
Los socios esperaban el clásico baile de los inversionistas, donde las esposas trofeo hacían acto de presencia y la hipocresía se respiraba en el aire.
Pero no hoy. Me levanté de mi silla, tirando suavemente de la mano de Noah.
—Kai, espera… yo no… —su mirada se clavó en la pista de baile—. Todos nos están mirando.
—Perfecto, que miren.
La música comenzó, y lo guie al centro de la pista. Un silencio denso cayó sobre el salón. La gente apenas respiraba.
Noah estaba nervioso al principio, su mano conforme di el primer paso, su cuerpo se adaptó al mío como si siempre hubiese estado ahí. Tomé su cintura con firmeza, con mi otra mano sujeté su mano con delicadeza, y comenzamos a movernos.
—Relájate, Noah —susurré contra su oído—. Aquí solo estamos tú y yo.
Él me miró. Y sonrió. Y el mundo dejó de existir.
Girábamos lentamente, sus mejillas ruborizadas, sus labios mostrando emoción, y sus ojos miel solo me veían a mí. El murmullo crecía a nuestro alrededor, pero no importaba.
Cuando la música cambió a un compás más íntimo, lo acerqué más a mí, pegando su cuerpo al mío. Mi mano subió de su cintura a la línea de su espalda, recorriéndolo con reverencia.
—Noah, mírame. —Levantó la mirada.
—Eres mi mayor logro. No hay contrato, cifra o victoria que supere lo que siento cuando te tengo aquí —susurré.
Y sin dudarlo, lo besé. Cuando nos separamos, el salón estaba en un silencio sepulcral. Hasta que el abuelo, desde nuestra mesa, comenzó a aplaudir.
—¡Así se hace, carajo! —gritó con esa voz poderosa, haciendo eco en el lugar.
Y uno a uno, los socios empezaron a aplaudir, aunque no todos con gusto, pero lo hacían. Sabían que no había marcha atrás.
Kai, el nuevo presidente y Noah.
Me acerqué a su oído una última vez.
—¿Ves, mi amor? Este imperio ahora es tuyo.
Noah sonrió, apoyando su frente en la mía.
La fiesta había llegado a su fin.
—Kai, abuelo, los quiero aquí, de pie, en la entrada. —La voz de Noah era firme … lo decía completamente en serio.
—Amor, eso no es necesario —resoplé, ajustándome la manga de la camisa mientras veía a los invitados que comenzaban a recoger sus pertenencias—. No tengo que estar ahí sonriendo a esos parásitos. Ellos son quienes deberían ganarse nuestro respeto, no al revés.
—Kai —canturreó Noah, cruzando los brazos frente a mí, con una sonrisa que ya me anticipaba tormenta—. Eres el anfitrión, nos guste o no. ¿Quieres que la gente vea un presidente arrogante?
—Sí, sinceramente sí —dije sin filtros, encogiéndome de hombros—. ¿Por qué debería fingir?
Noah me dio un golpe en la cabeza. No fuerte, pero sí con toda la intención.
—Kai, no seas idiota —dijo con la voz tranquila —. Hoy tú y tu abuelo son la cara de la organización. Deja de actuar como si pudieras vivir en tu burbuja conmigo y los peluditos todo el tiempo. Eres el presidente.
El abuelo con su tono burlón, disfrutando de cómo Noah me tenía completamente domesticado.
Solté un suspiro largo, dramático, como si acabara de ser condenado a muerte. —Está bien. Pero sólo porque eres tú.
Noah sonrió satisfecho, subió de puntitas y me dio un beso en la mejilla.
—Gracias.
Nos colocamos en la entrada, flanqueados por los empleados que traían los whiskys. Cada invitado se acercaba, recibía uno y nos daba su falsa gratitud con sonrisas de plástico.
—Deberías cobrarles por recibir esto —susurré a Noah, inclinándome para hablarle al oído mientras entregaba otro whisky a un socio que apenas sabía pronunciar mi nombre.
—Kai, por favor —susurró, entrecerrando los ojos con una sonrisa que me decía “contrólate”—. Solo aguanta hasta que se vayan. Luego te recompensaré.
Ese “te recompensaré” fue suficiente para mantenerme quieto. Noah siempre sabía cómo ganarme.
El abuelo, a nuestro lado, sonreía divertido viendo mi lucha interna.
—Te dije que algún día te tocaría ser el anfitrión, Kai —se burló, despidiéndose de los viejos capos—. Pero mírate, con tu esposo aquí te comportas como un niñito bueno.
—No empieces, viejo —dije gruñendo entre dientes, pero me mordí la lengua porque Noah me miró de reojo. Otra vez esa mirada de “Kai, compórtate”.
Así estuvimos… hasta que el último parásito se fue.
El salón se vació, quedó solo el eco de las copas apiladas y los restos de conversaciones en el aire.
Noah se dejó caer en una de las sillas, agotado. El abuelo también. Y yo… bueno, aflojé mi corbata como si me hubiera quitado una cadena del cuello.
—Lo hicimos. No sé cómo demonios, pero lo hicimos —dije, cerrando los ojos mientras me recostaba hacia atrás.
—Les dije que funcionaría —canturreó Noah, moviendo sus piernas cansadas bajo la mesa.
—Funcionó —intervino el abuelo, con un tono que era mezcla de orgullo y satisfacción—. Hoy, todos que el respeto se construye. A veces a balazos, a veces con elegancia.
—¿Vamos a casa, amor? —susurró Noah.
—Vamos a casa.
Mientras nos levantábamos, vi cómo el abuelo sonreía satisfecho. Todo había salido perfecto.
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