ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 65
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Capítulo 65: Capítulo 60
Capítulo 60
Noah
El 27 de enero amaneció con un brillo especial, como si el sol supiera que hoy era el cumpleaños de Kai. Mientras él salía temprano para resolver asuntos de la organización, yo tenía mi propio plan maestro para sorprenderlo.
Quería que fuera algo sencillo, pero lleno de amor, de esos momentos íntimos que a Kai le hacían brillar los ojos.
Lo primero fue sentarme en la mesa del comedor, con una hoja de papel y mi pluma favorita, para escribirle una carta al abuelo.
“Abuelo, hoy una personita va a cumplir un año más de vida. Me gustaría que vinieras esta noche a compartir con nosotros. Te esperamos en casa. Noah.”
Doblé la carta con cuidado y llamé a uno de los hombres de Kai.
—Llévasela al abuelo, por favor, es importante.
—Con gusto, señor Song.
Una vez enviado el mensaje, me preparé para salir de compras.
—Niños, papá sale y vuelvo pronto. Cuiden la casa, ¿sí?
Timi me miró desde el sofá, moviendo la cola. Mochi y Daifuku se hacían un ovillo en la manta. Me reí bajo y salí de casa, con la lista de ingredientes en el teléfono y una emoción vibrante en el pecho.
Hoy Kai tendría su fiesta.
El supermercado estaba lleno, pero eso no me detuvo. Llené el carrito con los ingredientes que necesitaba: algas para kimbap, pollo fresco, arroz, vegetales para el bibimbap y, por supuesto, varias botellas de soju.
Kai amaba la comida coreana casera, y si podía preparársela con mis propias manos, sería el mejor regalo.
Sin embargo, la tranquilidad no me duró mucho.
—Mira quién tenemos aquí —la voz áspera y venenosa me recorrió la espalda.
Me giré lentamente y ahí estaban: mi tío y mi primo. De pie frente a mí, como si hubieran estado cazando su presa todo el día.
—Noah, la vergüenza de la familia Song. —escupió mi tío—. Por tu culpa, tus padres están muertos. Lo sabes, ¿no? ¡Ellos murieron por tu asquerosa desviación!
—¿Cuánto te pagó ese hombre para quedarte como su mascota? —añadió mi primo, con una sonrisa torcida.
—Si tu madre levantara la cabeza te escupiría.
—¡Deberías haber muerto tú en su lugar!
Estaba tan concentrado en la fiesta de Kai que no me importaba el veneno que me botaban.
—Qué asco das, Noah. Vergüenza de sangre.
—No vales ni la sombra de tu padre —gruñó mi primo.
Me incliné en una reverencia elegante, educada. Una sonrisa tranquila adornó mis labios mientras ignoraba cada maldición que escupían.
Pero no los culpo, pues no todos entienden de respeto.
Sentí la mano de mi primo agarrar mi muñeca, fuerte, intentando obligarme a girar.
Lo que no esperaba fue que, con el mismo impulso, mi mano se alzara y le diera una cachetada tan sonora que todo el pasillo se quedó en silencio.
—No vuelvas a tocarme —dije, firme, sintiendo el calor en mi palma.
Los guardias de seguridad de Kai aparecieron de inmediato, con expresión imperturbable.
—Señor Song, ¿algún problema?
—Estos hombres me están faltando el respeto.
Los guardias se posicionaron entre nosotros.
—Les pediremos que se retiren de inmediato.
—¡Noah, maldito engendro! —vociferaba mi tío, mientras los alejaban—. ¡Tú y tu sangre podrida! ¡Que caiga una maldición sobre ti!
—Señor Song —dijo uno de los guardias, con una reverencia—. Sentimos las molestias.
Asentí.
—No quiero que informen esto al presidente, no hace falta.
—Lo siento, señor, pero no podremos cumplir esa orden. El presidente fue claro, todo informe debe hacerse, incluso si usted se niega.
Suspiré con resignación, pero una pequeña sonrisa se asomó en mis labios.
—Buen trabajo, muchachos. Me siento en buenas manos.
Los guardias me reverenciaron de nuevo y se llevaron a mis familiares, que seguían gritando e insultando a lo lejos.
Pagué la compra y volví a casa dejando atrás ese mal momento. No dejaré que eso arruine este día, ni ninguno más.
—Bien, niños. Hoy probablemente papá Kai llegará tarde, así que podemos hacer la comida con tranquilidad —dije al entrar, acariciando la cabeza de Timi.
La cocina se llenó de aromas deliciosos y me sentí pleno.
De repente, sonó mi teléfono.
—Amor, ¿estás bien? —la voz de Kai sonaba alterada—. Me llegó el informe de que tuviste un encuentro con tu tío y primo. ¿Te hicieron algo?
Reí, con una tranquilidad que supe que se transmitiría a través de la llamada.
—Estoy bien, cielo. Le di una cachetada a mi primo, y tus hombres actuaron rápido. No tienes de qué preocuparte.
Un silencio al otro lado, y luego su voz grave, llena de orgullo.
—Bien hecho, amor. Les daré un bono a esos chicos. Pero… iré a casa algo tarde.
—Está bien, cielo. Te espero. Te amo.
—Te amo, Noah.
Colgué, suspirando con una sonrisa tonta en los labios.
La tarde se fue tan rápido que apenas me di cuenta. La casa olía a kimbap, japchae, bulgogi, kimchi y bibimbap. Los peluditos estaban cepillados, y con pequeños moñitos en sus pechos.
Había colocado la mesa con cariño, sin exagerar.
Eran casi las ocho de la noche cuando escuché el sonido inconfundible del auto en la entrada. Timi corrió a la puerta, moviendo la cola como loco, mientras Mochi y Daifuku lo seguían dando saltitos.
—Ya viene papá —les dije, acomodando los últimos detalles.
La puerta se abrió, y ahí estaba él.
Kai entró con su usual presencia, llevando el abrigo al hombro, desordenando su cabello con la mano. Pero en cuanto sus ojos se toparon con la escena, algo en su expresión se suavizó. Sus labios formaron una media sonrisa que, sin decir palabra, me hizo saber que el día había valido la pena.
—Feliz cumpleaños, amor —dije, caminando hacia él.
Timi no le dio tiempo de responder; saltó sobre él, empapándolo de lamidas. Los mininos trepaban por su pantalón, y Kai soltó una carcajada mientras intentaba controlarlos.
Cuando logré quitarle a Timi de encima, lo tomé de la mano.
—Ven, te he preparado una pequeña cena.
Kai me miró con esos ojos que siempre parecían leerme el alma.
—Si tú lo preparaste, sé que es mejor que cualquier banquete, mi vida.
Nos sentamos a la mesa, el abuelo estaba cómodo, sirviéndose un vaso de soju con una sonrisa satisfecha, él había llegado antes.
—Feliz cumpleaños, mocoso. —dijo el abuelo, levantando su vaso.
—Gracias, viejo terco. —Kai alzó también el suyo, sonriéndole con complicidad.
La cena fue exactamente como la había imaginado: cálida, relajada, llena de bromas. El abuelo se quejaba de lo picante que estaba el kimchi mientras se servía más, Kai me contaba alguna anécdota de la oficina.
—Noah, ¿este japchae lo hiciste tú? —preguntó Kai.
—¿Quién más si no? —respondí riendo.
—Creo que oficialmente jamás volveré a comprar en otro lugar.
La noche pasó entre risas, conversaciones ligeras y miradas que lo decían todo sin necesidad de palabras.
Saqué un pastel con las velas ya encendidas. Kai cerró los ojos unos segundos, luego sopló la vela sin pedir ningún deseo en voz alta.
La hora marcaba las 11:56 p.m. y el abuelo se retiró. Mientras para nosotros la noche terminó en el sofá. Con besos, caricias cuidadosas. Kai me llevó al cuarto cargándome.
—Noah —dijo en mi oído—. Tienes que darme mi regalo. —Fue lo último que dijo antes de envolverme en besos.
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