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ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ - Capítulo 7

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7: Capítulo 5 7: Capítulo 5 Capítulo 5 Noah — Parte I —Hoy abriré tarde la cafetería.

Todavía con el cuerpo envuelto en el sabor de una noche intranquila.

Había algo más importante que un turno de café: quitarme de encima el peso que me ardía en el bolsillo.

Ese billete de quinientos dólares.

Me vestí sin ganas, con lo primero que encontré.

Sudadera negra, jeans viejos, chaqueta de mezclilla.

No tenía energía para pensar en estética.

Mientras terminaba de arreglarme busqué un sobre.

Pues pensaba en meter el billete en el mismo ya que es de mala educación devolver algo así a la ligera.

Me di el tiempo de estirar el billete meticulosamente para después meterlo en el sobre y sellarlo sin ninguna arruga.

Lo guardé.

Suspiré cansado.

Esperando que con esto termine todo.

Pero en el fondo, lo sabía.

Nada volvería a ser como antes.

Tomé el metro hacia la dirección escrita en la tarjeta: una zona exclusiva de Gangnam, demasiado elegante para alguien como yo.

Al salir de la estación, me encontré con una torre imponente, de cristal azul oscuro y acero pulido, elevándose como una espada contra el cielo.

Tragué saliva.

Entré.

El vestíbulo era amplio y silencioso, con mármol brillante, luces blancas estratégicamente colocadas.

En el fondo, tras un escritorio alto de madera negra y vidrio, estaba la recepcionista.

Una mujer de rostro severo, cabello recogido en una trenza perfecta y un vestido que resaltaba.

Mantenía la vista fija en su pantalla cuando me acerqué.

—Buenos días —saludé con una inclinación leve—.

Vengo a entregar esto…

—levanté el sobre con la tarjeta.

Ella me miró de reojo.

Sus ojos bajaron de inmediato a mi ropa.

Su ceja se alzó apenas, y su voz se volvió cortante.

—¿Tiene cita?

—No, pero…

es importante.

Solo necesito ver a la persona que me dio esta tarjeta —extendí la mano.

Ella soltó una risa corta, sin alegría, sin mirar la tarjeta.

—¿Una tarjeta sin cita?

¿Sabe cuántos vagabundos como usted vienen a este edificio cada semana con un “mensaje importante”?

—me escaneó de pies a cabeza, y no disimuló su desdén—.

No puede entrar sin autorización previa.

—Por favor, solo mire la tarjeta —insistí, ya sintiendo el calor en mis mejillas.

Ella suspiró con fastidio, como si le estuviera haciendo perder tiempo valioso.

Tomó la tarjeta de mala gana…

y entonces su rostro cambió.

Sus ojos se abrieron apenas un segundo, luego volvió a cerrarlos con rapidez, tragándose la sorpresa.

De pronto se enderezó en su silla, pulsó algo en su panel y se levantó.

—Un momento, por favor.

Desapareció por una puerta lateral.

El ambiente se volvió más tenso que antes.

Me sentí fuera de lugar.

Como si mi sola presencia ya estuviera manchando ese espacio pulcro.

Cuando la recepcionista regresó, venía con una expresión completamente distinta.

Más fría.

Más robótica.

—Puede subir.

Piso nueve.

Oficina 9F —dijo sin mirarme a los ojos.

Me devolvió la tarjeta con ambas manos, en gesto formal—.

Lo están esperando.

—¿Quién me espera?

—pregunté, confundido.

Ella titubeó.

—El subdirector general.

Eso no aclaraba nada.

Solo asentí con una falsa seguridad que no sentía y me dirigí al ascensor.

Mientras subía, mi pecho latía con fuerza.

Todo era demasiado silencioso.

Como si ya supieran que vendría.

Como si…

alguien lo hubiera previsto.

Kai — Parte II El silencio en la oficina era pesado, aún con la camisa medio desabotonada y los puños de la manga arremangados hasta los codos.

La corbata yacía tirada sobre una de las sillas, olvidada como todo lo demás Una de mis manos sostenía mi cabeza, mientras con la otra mano sostenía la tarjeta que le había dado a ese chico.

—Noah.

Apretaba el pedazo de cartón entre los dedos como si su vida dependiera de ello.

No había logrado dormir.

Solo había cerrado los ojos por unos minutos, exhausto, hasta que la tensión lo venció.

—¿Por qué no me temiste o al menos no lo hiciste evidente?

—¿Por qué siento que al mirarme me viste?

—¿Qué demonios me pasa?

—Mi cabeza repasaba expresión atónita de Noah cuando vio la cantidad de la propina.

El rubor en sus mejillas.

Y esos ojos, tan limpios.

Tan fuera de lugar en mi mundo.

El golpe seco en la puerta logró sacarme de mis pensamientos.

—Vicepresidente Kim, disculpe la intromisión —La secretaria, Jisoo, con su tono habitual de eficiencia contenida—.

Su prometida quiere pasar.

Alcé la cabeza y masaje el puente de la nariz.

—¿Qué hora es?

—Casi las siete Y tiene veinte minutos antes de su reunión con el director inversionista Yoon —añadió.

Me incorporé incomodo.

Acomodé un poco mi camisa.

Desde que me comprometí con Lyra, mis mañanas eran pesadas, por las obligaciones.

—Hazla pasar —dije finalmente, mientras soltaba un suspiro de cansancio.

La secretaria asintió con un leve gesto y salió con la misma eficiencia con la que entró.

Lyra entró como si fuera su oficina.

Su abrigo crema caía sobre sus hombros con una elegancia medida, el cabello impecable y el perfume dulce y caro llenando la estancia con una fragancia fría.

Sus tacones resonaban en el mármol como un metrónomo.

—Dormiste aquí otra vez, ¿cierto cariño?

—dijo sin molestarse en sentarse primero.

—Tenía cosas que hacer —respondió en tono seco.

Lyra con muecas se sentó en uno de los sofá frente al escritorio.

—Por Dios vengo de Rusia y lo primero que veo al llegar es a ti con cara de muerto —Lo dijo con una mueca marcada.

—Solo tengo veinte minutas antes de una reunión importante… ¿Qué haces aquí?

—Mi padre dice que deberíamos anunciar la fecha del compromiso en la gala de caridad del próximo mes.

Tu padre está de acuerdo.

Y yo también, supongo.

—¿Y tú qué piensas?

No lo que se esperan.

Lo que tú realmente piensas.

Lyra me miró.

Por un segundo, su expresión se ablandó.

—Creo que ambos sabemos que esto no es una historia de amor.

Es un trato.

Un pacto.

Nuestras familias necesitan estabilidad.

Poder.

Y nosotros somos la garantía —Dijo sin importancia, ella también quería el poder que podíamos darle.

Yo sabía que era verdad.

Era lo que había aceptado desde que era adolescente.

Desde que supe que no tendría el lujo de enamorarme.

—Pero eso no significa que no podamos llevarnos bien —continuó Lyra, tomando su bolso y sacando su teléfono para revisar mensajes —Podemos aprender a tolerarnos.

A fingir.

Lo haces tan bien en tu trabajo y en las reuniones de inversionistas.

Me levanté, me dirigí al sillón frente a Lyra y me dejé caer en el sillón, el cansancio marcado en mis ojeras.

—He estado fingiendo toda mi vida.

No sé si me queda energía para seguir haciéndolo.

Ella no contestó de inmediato.

Pero justo cuando iba a decir algo más, la puerta se abrió de nuevo.

El guardia de seguridad apareció, esta vez con el ceño fruncido, claramente incómodo.

—Disculpen… hay alguien que insiste en verlo.

Está en recepción.

Dice que es urgente.

No tenía cita y, sinceramente, no parecía alguien… importante, al principio.

Pero trajo esta tarjeta.

Suya.

Alcé una ceja.

—¿Quién es?

—No quiso dar nombre.

Solo dijo que necesitaba devolverle algo.

Venía con un sobre en la mano.

Vendrá en unos minutos.

Estaré pendiente para hacerlo pasar Señor.

Con permiso.

Me incorporé con brusquedad, no quería ver a nadie más, teniendo mis pensamientos estaban desbordados.

Lyra arqueó una ceja.

—¿Esperas a alguien?

No respondí.

No sabía quién podía ser mucha gente viene por préstamos.

—Como sea siguiendo con el tema.

Tenemos que mandar a hacer las tarjetas de invitación para la boda, hay que anunciar nuestro compromiso lo más pronto posible ya que pronto volveré a Rusia mientras tú preparas la recepción —Dijo poniéndose de pie.

Noah — Parte III Ding.

La puerta se abrió directamente al noveno piso.

Un solo pasillo.

Una sola puerta: 9F.

Sin nombre.

Sin logo.

Sin recepción.

Toqué.

Nada.

Toqué de nuevo, más fuerte.

Nada.

Suspiré hondo.

Probablemente no haya nadie dentro y yo haciendo el ridículo aquí.

Estaba por tocar una tercera vez cuando la puerta se abrió sin aviso, revelando a un hombre de traje.

Alto.

Con ojos sin expresión.

Me observó un segundo y luego, sin palabras, se hizo a un lado para dejarme entrar.

Entré.

El interior era moderno, elegante.

Paredes grises, muebles de diseño minimalista, grandes ventanales que dejaban ver la ciudad bajo una luz grisácea.

El aire olía a cuero caro y a algo más…

un perfume fuerte, tal vez.

Estaba de espaldas.

Sentado en un sofá frente a una ventana inmensa.

Y no estaba solo.

Frente a él, una mujer elegante, aunque contenido.

Él tenía la cabeza baja.

Escuchando.

No vi su rostro aún, pero algo en su postura…

algo en la forma en que el aire parecía tensarse a su alrededor…

me hizo saberlo.

Era él.

El hombre de la cafetería.

El de los ojos oscuros.

El del billete de quinientos dólares.

Pero yo aún no sabía su nombre.

El murmullo entre ellos de su conversación no llegaba del todo hasta mí, pero el lenguaje corporal lo decía todo.

Probablemente fue una conversación incomoda.

Ella, de pie, impecable.

Traje beige entallado, tacones altos, brazos cruzados con uñas pintadas en un rojo carmín que parecía peligroso.

Di un paso dentro.

El sonido de mis suelas sobre el suelo de madera fue suficiente para hacer que ella se girara con lentitud.

Sus ojos me recorrieron en un segundo.

Y frunció el ceño.

—¿Y este?

—dijo en tono seco, mirando al guardaespaldas que aún custodiaba la puerta.

Kai levantó la cabeza al oír su voz.

Nuestros ojos se encontraron.

Y de nuevo fue como un latigazo Eran los mismos.

Los mismos malditos ojos que me habían dejado sin aliento en la cafetería.

Oscuros.

Intensos.

El tipo de mirada que se mete debajo de la piel y no se va.

Me quedé quieto, con el sobre en la mano, torpe, incómodo, como si me hubieran empujado al escenario de una obra sin saber el guion.

Kai se incorporó lentamente.

No dijo nada al principio.

Solo me miró, como si no esperara verme, pero tampoco pareciera sorprendido del todo.

Como si hubiera imaginado este momento.

Como si…

me hubiera estado esperando.

Parece que noto mi nerviosismo por lo que una sonrisa se dibujó en sus ojos.

—¿Quién eres?

—preguntó la mujer, caminando hacia mí con elegancia fría, como si cada paso estuviera medido para intimidar.

—Yo…

soy Noah.

Él…

—apunté con el sobre— me dejó esto en mi trabajo.

Solo vine a devolvérselo.

Ella extendió la mano, esperando el sobre, como si yo fuera un mensajero.

No se lo di.

—No es para usted —aclaré, sin poder evitar sonar un poco firme.

No por orgullo.

Por defensa.

La mujer abrió los ojos un poco más, como si no pudiera creer que le hablara así.

Abrió la boca para responder, pero Kai la interrumpió con una sola palabra.

—Suficiente.

Su voz fue baja.

Grave.

Como un trueno controlado.

Ella giró hacia él, indignada.

—¿Perdón?

¿Suficiente qué?

Kai avanzó hacia mí.

Lo vi con claridad por primera vez bajo la luz natural.

Sin abrigo, con una camisa negra arremangada y el rostro despejado.

Estaba más joven de lo que recordaba.

Más peligroso también.

Sus ojos pasaron del sobre a mi rostro, y algo se quebró ligeramente en su expresión.

No era sonrisa.

Pero tampoco enojo.

—Noah —Repitió mi nombre, como si lo estuviera saboreando—.

No pensé que vendrías —Dijo levantándose y acercándose a mí.

—Solo vine a devolverle esto —dije, extendiéndole el sobre.

—No puedo aceptarlo.

Él no lo tomó de inmediato.

Sus dedos rozaron los míos, pero no lo quitó de mi mano.

En vez de eso, dio un paso más cerca.

Demasiado cerca.

Tan cerca que podía oler su perfume.

—No es necesario que lo devuelvas —dijo con tono bajo— No hice nada que no mereciera ese café.

O esa sonrisa tuya.

Sentí que mi estómago se hundía.

¿Acababa de…?

—¿Qué diablos está pasando aquí?

—la mujer explotó, cruzando el espacio entre nosotros—.

¿Kai quién es este niño y por qué habla contigo así?

Kai la miró sin decir palabra.

Por un segundo creí que la ignoraría.

Pero entonces se volvió completamente hacia ella.

—Él no es un niño.

Y lo que pase entre él y yo…

no es asunto tuyo.

Un silencio brutal se extendió como una sombra.

Ella parpadeó, atónita.

—¿Qué dijiste?

—Te pedí tiempo —dijo él—.

Y tú apareces aquí, sin avisar, exigiendo.

Ella lo miró como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho.

Su cara reflejaba pura rabia.

—¿Estás enamorándote de alguien como él?

¿Un barista de segunda?

Yo apreté el sobre entre las manos.

Sentí que mi rostro se encendía.

Kai respondió sin dudar: —Sí.

Al menos no finge ser algo que no es.

La bofetada fue sonora.

La mano de ella golpeó su mejilla sin previo aviso.

Kai no se movió.

Ni siquiera parpadeó.

—Estamos comprometidos, Kai.

¡Comprometidos!

¿Y te enredas con un desconocido que ni siquiera conoce tu influencia?

Kai la miró, con desagrado.

—Justo por eso —Dijo señalando su mejilla y soltando un suspiro burlón.

Ella retrocedió un paso.

Me miró con cara de desagrado total.

Con asco total.

Recogió su bolso y se fue azotando la puerta.

El silencio volvió.

Un silencio demasiado incómodo pero necesario para la intensidad de lo que pasó antes.

Y entonces Kai se volvió hacia mí.

Su expresión cambió de nuevo.

No sé si fue con dolor, pero también había alivio en sus ojos.

Como si algo que llevaba tiempo pudriéndose se hubiese arrancado de raíz.

—Noah…

no tenías que venir —dijo por fin— Pero me alegra que lo hayas hecho.

Yo aún tenía el sobre en la mano.

—No quiero problemas.

Solo quería devolverte esto y… olvidarme de todo.

Él bajó la vista.

Por un instante, sus ojos reflejaron algo que no entendí del todo.

¿Decepción?

¿Decepción por un rechazo?

Pero de un instante al otro rio pícaramente se acercó a la altura de mi oreja que se sonrojó por el movimiento.

—Es demasiado tarde para eso —susurró.

Sonó la puerta.

Cuando se abrió estaba la chica que me había atendido en la recepción.

—Señor, perdón que lo interrumpa en este momento…Pero el inversionista ya lo espera en el tercer piso para su reunión.

Suspiró decepcionado, como si no quisiera irse.

—Que lástima…quería quedarme contigo unos minutos más.

Acaricio mi cabeza.

Acomodando mi cabello.

—Quédate con el dinero.

Puedes invertirlo en tu cafetería.

Por cierto, puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.

Y no te preocupes por la cafetería.

Lo mejor será que no abras hoy.

Y desde hoy puedes entrar al edificio y a mi oficina cuando quieras.

Puedes venir aquí a sentarte.

La vista desde aquí es muy bonita.

Y la próxima si quieres darme algo puedes traerme un delicioso café para disfrutarlo juntos.

Me coqueteo sosteniendo y acariciando mi rostro con suavidad.

Por instinto mis manos se colocaron con cuidado en sus muñecas, pero no tenían intención de alejarme, sino era sentir sus manos.

Por instinto me besó en la frente.

Me dio una sonrisa dulce.

Me quede sorprendido por sus acciones.

Pero a la vez estaba… ¿satisfecho…?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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