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1. Let's Play - Capítulo 86

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Capítulo 86: Extra I

Cumpleaños… ¿feliz?

Ya no se juegan cartas. Se juegan imperios

Rush

El pequeño cofre plateado lo seguía moviendo despacio, de mano en mano. A pesar del peso que conllevaba mi decisión, no había dudas de que era lo correcto; sentía que era lo correcto. Nunca antes había querido algo con tanta desesperación.

Habíamos pasado por muchas cosas; el proceso era innegable, así como el cambio. A ella la amaba, la amaba por sobre todas las cosas, y la necesidad de tenerla a mi lado por toda la vida era un sentimiento mucho más arrollador de lo que podía describir.

La idea se había abierto paso en mi cabeza desde que pude volver a estrecharla en mis brazos. Sin embargo, por todo el proceso y el cambio que conllevó mi llegada de vuelta al búnker, esa idea, pese a no abandonar mi mente, disipó su insistencia. Volvió a resurgir con fuerza semanas atrás y no lo pensé dos veces antes de salir con una hermana bastante fisgona a elegir y comprar.

Diría que el proceso de “elegir y comprar” fue sencillo, pero resultó mucho más complicado de lo que imaginé.

No quería cualquier anillo. Su mano no estaba hecha para portar cualquier baratija.

Por eso, llevar a Mila conmigo no terminó siendo una mala idea después de todo. Mi hermanita se colocó a mi lado con un ojo tan analítico como el mío, porque sabía que, en efecto, mi futura esposa no era mujer para portar anillos ordinarios.

Las joyerías en Calabria no se ajustaban a mis estándares; por ende, para empezar la búsqueda, tuvimos que salir de allí y volar a Roma. Al llegar, Cartier fue la primera opción de Mila, seguido de Tiffany cuando ninguno de los diseños que decoraban las vitrinas nos llamó la atención. Seguimos así, recorriendo tienda tras tienda, hasta que llegaba la hora de volar de regreso para evitar levantar sospechas con mi princesa. Aun así, cada vez que regresábamos a casa, Rise, Riden y su propio escuadrón élite la mantenían lo bastante entretenida como para que no notara mi ausencia, ni siquiera la de Mila.

Nos llevó cuatro días encontrar el lugar indicado, uno que trabajara con la visión que tenía del objeto que iba a decorar el dedo anular de mi mujer. Me sorprendió confiar en la joyería de Harry Winston cada detalle que rondaba por mi cabeza, pero tenían diseños que se asemejaban a lo que buscaba y, lo más importante, no me salieron con mierdas de que tenían algo mucho mejor que mi idea, como había hecho cada establecimiento anterior.

Las consultas iniciales, las reuniones con los diseñadores y la selección de materiales no llevaron tanto tiempo. La idea había estado tan fija en mi cabeza que solo necesité papel y lápiz para plasmarla, dejando a Graciela, la diseñadora asignada, genuinamente sorprendida con el diseño que quería. Mila fue quien complicó un poco más la elección de la piedra, incluso yendo a la joyería por su cuenta para asegurarse de que el anillo quedara justo como yo lo tenía en mente.

Al principio, Graciela dijo que el tiempo estimado para tener el anillo listo era de casi dos meses, debido a la disponibilidad del material, el equipo de fabricación y la complejidad del diseño.

No me servía.

En ese momento, necesitaba la joya en dos semanas. Así que, después de balbuceos inútiles, excusas estúpidas y aclaraciones que nadie necesitaba, pagué una suma de dinero lo bastante generosa como para cerrar el pico de todo el maldito mundo y asegurarme de que el anillo estaría listo cuando yo lo había previsto.

Mila fue quien lo retiró por mí, encargándose también de mi segundo regalo. A mi princesa le dio por ponerse sentimental el día de ayer, así que no pude moverme a ningún lado. Se convirtió en mi garrapata personal, acompañándome incluso a reuniones con el nuevo consejo armado, algo que detestaba con toda su vida.

Aun así, no me quejé.

Disfrutaba su compañía mucho más que la de los viejos del consejo. Y si cada reunión terminaba con ella sentada sobre mi escritorio, con las piernas abiertas para mí y sus gemidos llenando el despacho como una deliciosa canción, entonces era más que bienvenida a acompañarme a cada maldita reunión que surgiera.

Creí que ese apego era solo un capricho pasajero, algo propio del día anterior, pero me sorprendí cuando quiso pasar el día de hoy conmigo también. No salió ninguna queja de mi boca. Sin embargo, necesitaba un momento a solas con Mila para poner en orden el caos de hoy y dar el visto bueno a todo lo que había pedido para la noche.

Gracias a Dios, Rise se encargó de distraerla el tiempo suficiente para que pudiera encerrarme en mi oficina y llamar a mi hermana, que dejó mi lugar de trabajo horas después con una sonrisa de oreja a oreja, insistiendo en que estaba preparando, y cito, “el momento más feliz de mi promiscua vida”.

No rebatí.

Con mi mujer reclamando mi atención a cada segundo, me habría sido imposible revisar los detalles pendientes en el restaurante. Así que acepté su oferta y le delegué todo sin pensarlo dos veces. Riden también la ayudaría, lo que me quitaba un peso de encima y me daba el tiempo justo para estar con mi mujer antes de que mi hermana la arrastrara a su “tarde de chicas”.

Volví a colocar el cofre plateado dentro de la caja donde se encontraba mi segundo regalo y lo guardé en una de mis gavetas justo cuando la puerta se abrió, revelando a una radiante y bronceada princesa con un overol holgado que mi hermana le había regalado en Año Nuevo, y que se había convertido en su prenda favorita para los días soleados en la playa y los no tan soleados en casa.

Aunque el búnker seguía a nuestra disposición, a Arabella se le hacía más llevadero soportar las horas quietas si podía respirar aire fresco. Por eso, pese a que apenas llevábamos unas semanas aquí —después de haberlo discutido con Harrison—, lucía un bronceado espectacular que resaltaba aún más su piel trigueña que llamaba la atención de todo el mundo.

La cascada de sus ondas azabache caía por su espalda, haciéndola lucir adorable como el infierno. Más aún cuando llevaba una sonrisa amplia y un plato de arándanos con crema hasta el tope.

Como de costumbre, se sentó a horcajadas sobre mí. No discutí. Me encantaba cuando hacía ese tipo de cosas sin pedir permiso. Lo que sí hice fue robarle un beso largo. Era la segunda vez que la veía en el día y me gustaba tomarme los saludos en serio.

—Hola para ti también —rió ella, dejando un poco de espacio entre los dos.

Le guiñé un ojo y luego bajé la mirada a su plato.

—Te estás tomando muy en serio esa nueva dieta —dije, arrebatándole una de las bayas de los dedos. Me gané una mirada de reproche cuando la tragué—. Ni un solo huevo te he escuchado pedir, princesa.

Su sonrisa se amplió y asintió con rapidez.

—Mantener este cuerpo no es fácil, lo sabes, bebé —rió, manchándome la nariz con crema—. Además, los arándanos no son tan malos una vez que te acostumbras.

—Encerrarte en cada habitación disponible de la mansión para sacarte gemidos tampoco lo es, pero ahí sí escucho tus quejas cada vez que lo propongo —dije, cerrando el espacio y repartiendo besos por cada centímetro de piel que encontraba.

Su risa burbujeó y me dieron ganas de provocarla así todo el maldito tiempo.

—Espera, espera —jadeó entre risas—. Tengo que hablar contigo.

Le di un último beso en la boca y le concedí el espacio que pedía.

—Más te vale que sea importante —le dije, acariciando su mejilla—. Tengo entre ceja y ceja volver a follarte como en la mañana, y mi autocontrol es nulo cuando imagino tu culo al aire en distintas tonalidades de rojo.

La forma en que sus orbes, ya oscuros, se oscurecieron aún más en un parpadeo casi me hizo olvidar todo. Pero me contuve. Ella quería hablar. «Hablar, Rush». Noté que lo quería en serio porque, pese a mi mirada sugerente, desvió la vista y permaneció sentada sin estremecerse como solía hacer.

Alcé una ceja, aunque no lo vio porque escondió el rostro en mi pecho.

—¿Recuerdas lo que quería decirte anoche? —preguntó contra mí.

Deslicé los dedos por sus mechones azabache mientras tarareaba en afirmación.

Ayer había pasado algo similar, aunque no tan evidente. «No, miento», pensé, recordando todas las veces que, en distintos momentos de los últimos días, me pidió hablar. Siempre con esa urgencia en la voz. Pero con todo lo que cargábamos, lo único que tuvimos fue tiempo para posponer.

Sabía que era importante para ella. Cada vez que alguien nos interrumpía y lo dejábamos para después, la inquietud se quedaba rondando. La cabeza me daba vueltas, pero me era inutil retomar la conversación; ella ya estaba rendida en la cama para cuando quería tocar el tema.

—Bueno, ¿podemos reanudar esa conversación? —sacó su cabeza de mi pecho y me miró de frente. Esos orbes oscuros reflejaban una seriedad que respaldaba su petición—. De verdad necesito hablarte de…

Los golpes en la puerta la interrumpieron.

Soltó un gemido de frustración y volvió a apoyarse en mí.

—¿Bells?

La maraña de cabello de mi hermana apareció antes que su rostro. Me tragué las ganas de mandarla al carajo. Si estaba allí, significaba que el tiempo corría.

—Me niego a jugar a las decoraciones contigo otra vez, Mila —gimió mi mujer, haciéndome reír por lo bajo.

Milanna rodó los ojos mientras abría la puerta de par en par.

—Tienes que dejar de pasar tanto tiempo con Riden. Se te está pegando su mal genio.

Arabella le dio la cara con una sonrisa divertida.

—¿Qué quieres, mujer? —Mila señaló el pasillo. Arabella entendió la indirecta, pero no cedió—. ¿Es muy importante? Rush y yo estábamos a nada de tener una…

—No me digas que “conversación importante” —la cortó—. La definición de eso no es tener sexo en…

—¡Espérame afuera! —exclamó mi princesa, ya irritada.

—Si te dejo, no vas a venir, así que… —volvió a señalar el pasillo.

Mi mujer frunció el ceño, pero terminó cediendo y se bajó de mis piernas —con cierta dificultad— más por curiosidad que por otra cosa.

Mi hermana entrelazó su brazo con el de ella y dejó la oficina, cerrando la puerta tras ella, no sin antes guiñarme un ojo.

Pensé que por fin estaría solo.

Error.

La puerta volvió a abrirse momentos después y Rise entró con esa sonrisa que siempre anunciaba que venía a joder.

—¿Qué se siente estar a punto de ser un hombre prohibido? —se burló al momento de colocar su culo en la silla frente a mí.

—Lo mismo que sientes tú al ser un hombre estúpido: felicidad —ignoré su bufido. Mi cabeza tomó otro rumbo—. ¿Qué es lo que Arabella lleva tiempo queriendo decirme?

Saber que Rise tenía conocimiento de lo que ella quería decirme no me tomó mucho esfuerzo, la verdad. Sin embargo, no había presionado en sonsacarle la información porque estaba hasta el cielo con deberes que tenían mi nombre escrito por todas partes.

Hoy era diferente.

Ya me había hartado de las ganas de la vida en joder con lo mismo.

El que mi hermano se congelara por nanosegundos antes de negar con la cabeza, fue lo que retomó mi atención.

—No es algo que me corresponda a mí decírtelo, Rush.

—Todo lo que tenga que ver con ella me compete, Rise.

Chasqueó la lengua.

—Deja de ser un bastardo posesivo de las cavernas y concéntrate en lo de hoy —extendió la mano—. Mila me mandó por las llaves. Quiere que mueva tu regalo.

Gruñí. Tanto por las exigencias de mi hermana como por el secretismo que se traían los otros dos.

Aún así, en un movimiento rápido, las saqué y se las dí.

No iba a poder sacarle nada. No cuando teníamos un día largo, productivo y delicado que seguir.

—Ya, ya. Anímate —se levantó y me palmeó el brazo invadiendo mi espacio personal—. Faltan horas para que seas oficialmente un hombre fuera del mercado… si es que dice “sí quiero”.

Salió de mi vista antes de que tuviera la oportunidad de tronarle el cuello.

«Maldito imbécil», pensé, irritado, antes de abandonar la oficina con demasiadas cosas rondándome la cabeza.

♦ ♦ ♦

Arabella

Ya.

Lo.

Sé.

¿De acuerdo? Ya lo sé. Guárdense sus reclamos; mejor no me digan nada porque ya me lo he dicho todo yo misma. Les prometo que no había frase que pudieran lanzarme que no me hubiese repetido antes frente al espejo. Y así como les prometo eso, también les juro que no es que no se lo he dicho porque no haya querido.

La verdad es que no había tenido un solo maldito momento para hacerlo. Entre tomar las riendas que el control absoluto de la pirámide exigía, crear nuevas reglas, la maldita cacería del Boss —sí, aún sigue. Y peor, si me lo preguntan, pero ese es otro tema que discutiremos en otro instante— en mi trasero y el jodido topo que aún respiraba, contaba con la agenda más apretada de mi vida.

Dormía a duras penas, respiraba con dificultad y veía al espécimen por escasos minutos en todo el día. Una conversación con un asunto del tamaño de un iceberg no era para tenerla en minutos; se tenía en horas. Con tiempo suficiente para explicarle todo y las puertas bien abiertas, por si decidía matarme por haberle guardado el secreto más de lo que debía.

Y no, Jesús, no estaba esperando “el momento indicado” ni nada de esas mierdas. El infierno sabía que no. Lo intenté, incluso con los pocos minutos que nos quedaban libres al vernos. Pero cada vez que abría la maldita boca, alguien nos interrumpía y, para mi bendita desgracia, no podía mandarlos a la mierda porque siempre era algo urgente.

Así que, aquí estaba, semanas después, sintiéndome de la mierda por continuar con esto.

—Vuelvo en cinco minutos, ¿de acuerdo? No te pierdas, Bells. En serio necesito hablar contigo —pidió Mila, antes de dejarme sola en el pasillo que ella misma me había hecho recorrer.

Le dediqué una mirada de pocos amigos. Bueno, a su espalda. ¿Cuál era la necesidad de interrumpir mi conversación con el espécimen si iba a dejarme a la deriva?

Suspiré con pesadez. Renuente, me dispuse a pasear por la mansión; volver a la oficina de Rush para retomar el tema era un “no”. Una gran y clara negación del universo si lo que quería era que volvieran a interrumpirme una vez más.

Estaba segura de que, si pasaba una vez más, me lanzaría de un puente.

O del lindo balcón que se había vuelto mi lugar favorito los últimos días y que estaba recibiéndome con bonitos rayos de sol y un aroma espectacular a salitre al llegar. Me concentré en inhalar y exhalar al compás de las olas para cuando alguien decidió arruinar mi tranquilidad.

—No has comido —regañó esa voz que me había alegrado escuchar los primeros tres días de su regreso. ¿Ahora? ¿Después de casi pasarse mis deseos por el culo e irse de bocón con Rush sobre mi elefante en la habitación porque, para él, yo le “estaba dando muchas vueltas al asunto”? ¡Ja! La quería en el octavo círculo del infierno, gracias.

Cerré los ojos, mentalizándome en llegar hasta diez.

Para mi desgracia, cuando llegué a veinte y me volteé, el bastardo seguía ahí, de pie, con su habitual mirada desaprobadora.

—Te hacía en Varsovia ya —repliqué de mal humor, pasando de él, solo para estirarme de largo a largo en una de las tumbonas que Rush mandó a instalar una vez que descubrió que este era mi lugar para esconderme de todos cuando las cosas eran demasiado.

—Levine está arreglando el jet —reveló a regañadientes, volviendo a posicionarse frente a mí para clavarme todo el poder de sus zafiros helados—. ¿Ya le dijiste?

Quería creer que, con la urgencia que necesitaban a Harrison en Polonia, las cosas estaban a nada de dar un giro. Cuestión que me daba tarjeta verde para desquitarme con el Boss por haberme arrebatado a mi mitad; con Zacharias Anderson ardiendo en el infierno más rápido de lo que debió, alguien más debía pagar.

También me daría las respuestas que necesitaba. Eso de saber quién diablos estaba filtrando información sobre envíos, entregas, cargamentos —que sólo controlaba el nuevo consejo— y que, además, se las daba de listo al remover aguas del pasado, me era imprescindible.

Pero no.

Harrison aún no se dignaba a darme lo que quería porque los datos que le daban no llegaban a ninguna parte.

¿Nos frustraba a los dos? Por supuesto.

¿Podríamos hacer algo? Sí: seguir escarbando. Él moviéndose desde las sombras y yo…

«¡Ja! ¿Tú qué, cariño? Si de milagro y te permiten respirar», se carcajeó mi subconsciente.

Quise molestarme por eso, pero tenía razón. Mis días aquí se dividían entre tareas que Rush necesitaba que hiciera, entrenamientos que tenía que mantener con mis soldatos, citas obstétricas con Justine y tratar de no matar a Rise. Todo fuera de eso, el Massey mayor no me lo permitía.

Por eso mismo, Harrison tenía la libertad de moverse mucho más que yo: iría a confirmar información en Varsovia y, si no conseguía nada, su culo volvería a Moscú para continuar jalando hilos.

Sin embargo, pese a todo lo que él estaba haciendo, eso no quitaba que me di la tarea de cruzar las piernas al tiempo que me pellizcaba el puente de la nariz y murmuraba por paciencia infinita, porque… ¿qué diablos les había picado a todos hoy? Primero Rise con su insistencia, luego el mundo con sus obstáculos, ¿y ahora él? Dios mío.

—Tienes tres días, Ekaterina —soltó bastante molesto, haciendo que lo mirara al instante. «¿No que te instalarías en Moscú?», gruñí internamente—. Esa mierda de que “le quiero decir, pero no he tenido tiempo” se acaba en tres días, o te juro por Dios que, en cuanto vuelva a pisar el maldito suelo italiano, se lo diré yo, y me importará tres hectáreas de mierda cómo se lo tomará y las consecuencias que eso te acarreará.

Bendito Cristo.

—¿Por qué diablos siquiera te metes en mis asuntos, Harrison? —pregunté con irritación.

—Porque desde que “tus asuntos” superan lo que puedes manejar, se volvieron mis problemas. No te considero apta para nada ahora mismo, Arabella.

—¿Más de lo que…? ¿Siquiera te estás escuchando?

—¿Cuándo fue que comiste algo decente por última vez? —iba a abrir la boca, pero su mirada me obligó a volver a cerrarla—. Algo que no fuesen esos jodidos arándanos —quise decirle que no era su puto problema, pero no me salió nada y por eso él me regaló su mejor resoplido—. Te estás volviendo a descuidar, Ekaterina. Te saltas comidas, no duermes y tienes un humor de mierda que no me conviene por ocultarle estupideces al otro bastardo que bien tendrías que decirle y él las tomaría como el hombre que es.

—Harrison…

—Si le das a elegir, él tomaría la opción de que le hubieses dicho tú, antes que de enterarse por la boca de un tercero —me interrumpió, dándome la espalda, listo para marcharse y dejarme con mi miseria—. Tres días, Arabella —repitió, sin siquiera darme una última mirada antes de desaparecer por completo de mi vista.

Quería maldecirlo en todos los idiomas que sabía. Y gritar. E iba a hacerlo. Ambas cosas. Solo que el universo decidió que yo podía soportar aún más mierda de la gente: Rise llegó con un brillo jocoso en la mirada… que desapareció al momento de examinarme de arriba abajo.

—Tienes que dejar de agarrar…

Había escuchado tanto el “tienes que dejar de agarrar tantos enojos, Bells” los últimos días que gemí. No me contuve. Solté el gemido de frustración más largo que tenía almacenado y le dediqué mi peor mirada al hijo de perra que tenía al frente, seguido de un:

—Vete al diablo, Rise.

¿Creen que se inmutó?

—Tienes cita con Justine en la tarde —continuó, pese a que resoplé de la forma más audible posible. Rodó los ojos y se cruzó de brazos—. Quién debería ser un dolor de culo ahora soy yo, Bells. No tú con tu humor de mierda. Más cuando sé que tus vitaminas siguen con ella y no has comido algo decente.

Abrí la boca para hacerle saber a todo el maldito mundo que los arándanos sí eran comida honrada, pero Rise se echó a reír entre dientes.

—¿Algo que quieras compartir con la clase? —cuestioné a regañadientes.

—Tu humor ciertamente se ha vuelto más horrible desde que te empeñaste en querer decirle todo a Rush. Súmale dos puntos más cuando el universo ha decidido colocar obstáculos para evitar tal confesión y… bueno.

Se encogió de hombros, bastante divertido con mi situación de mierda.

Colocando la cita con mi doctora favorita de primer lugar en mi lista de qué hacer hoy, de mala gana me levanté de la tumbona y me dediqué a salir de “mi lugar de paz”, no sin antes escuchar otra risa. Esta vez más clara que la anterior.

—Vete, en serio, al diablo, Rise —repetí, de muy, muy mal humor.

¿Y ya ven? Sí había estado queriendo decirle a Rush todo. Solo que, en efecto, el universo se había puesto creativo en joderme cada oportunidad. Así que, no era mi culpa. Quizás era solo la vida dejándome pistas para mantener la boca cerrada con todo este asunto, pero como a mí me encantaba desafiar los principios universales cada que podía, insistía.

—Me gusta cuando me haces caso —rió esa voz cantarina cuando me la topé en el vestíbulo.

—¿Qué es eso que me tienes que decir? —suspiré, yendo al grano.

Mientras más rápido hablara, más rápido yo podría llegar a mi habitación y enterrar mi cabeza en la almohada mientras los odiaba a todos en silencio.

—¿Por qué tan de malas? —preguntó en su lugar, ladeando la cabeza—. Es un día bonito, no tuviste que hacer mucho hoy, estuviste con Rush…

—Mila, que el señor Jesucristo me ayude, ¿qué diablos era tan importante que no me querías decir delante de tu hermano y decidiste sacarme de su oficina? —la interrumpí, tratando de mantener a raya mi mal humor.

Enseguida sus ojos chisporrotearon lástima, seguido de una pequeña pizca de sorpresa; nunca le hablaba así. ¿A sus hermanos? Todo el tiempo, ¿pero a ella? Jamás.

—Yo solo… Solo quería tener una tarde de chicas —murmuró con un puchero entre palabras—. Ya sabes, como en los viejos tiempos. Has estado ahogada en mucho estrés y tuve la idea de pasar tiempo juntas, pero sí no quieres yo…

—¿Por qué pones palabras en mi boca que nunca he dicho? —balbuceé con rapidez, bajando mi humor e intentando con todas mis fuerzas de subirle los ánimos. Necesitaba que esa mujer dejara de mirarme tal cual como lo estaba haciendo o de verdad yo sería muy capaz de lanzarme de un puente por provocarle tanto malestar—. ¿Qué tienes en mente?

No había terminado de hablar para cuando sus ojazos verdes volvieron a brillar en una alegría tanto adictiva como problemática para cada persona en la mansión. Más si era yo.

—¿Prometes dejar a un lado tu reticencia y complacerme si te lo digo?

Tuve que tragarme las palabras de negación al momento en que la muy maldita me dio su mejor mirada de perro atropellado, después de entender mi silencio largo de “Dios mío, no”. Suspirando despacio, meneé la cabeza y solté un gemido de exasperación.

—¿Qué traes en mente? —terminé repitiendo, muy a mi pesar.

Mila solo esbozó una sonrisa más grande, atrapó mi mano y me arrastró escaleras arriba, soltándome solo cuando llegamos a la habitación que había tomado y decorado como suya, dejándome en la cama de un empujón gentil.

Se propuso atacar su clóset antes de que pudiera preguntar mierda.

—Jesús, hija, ¿qué diablos traes en mente? —insistí, esquivando una chaqueta voladora, que iba a parar en mi cara si no me hacía a un lado.

—Oh, ya sabes. Solo… ciertas actividades —dijo sin dejar de lanzar prendas de ropa tras ropa hacia la cama.

—Mila —advertí, con cierto miedo y ganas de lanzarle un almohadazo por loca.

—¡Lo encontré! —me ignoró, alzando un par de ganchos que, si los juntabas, armaba un conjunto que…

—No —dije de inmediato, lista para salir de la maldita habitación en cuanto se lanzara de cabeza al closet una vez más.

—Prometiste que ibas a complacerme en todo —replicó, sin darme oportunidad de salir de aquí—. “Todo” también incluye el vestuario, porque no sería una buena cuñada si te dejara salir así —su dedo índice señaló lo que llevaba puesto con cierto… recelo.

No fingí ni una sola gota de la indignación que cruzó por mi rostro.

—¡Esto me lo regalaste tú! —exclamé, en efecto, indignada.

—Para estar en casa, Bells. Solo para estar en casa —rió la muy cabeza de chorlito, dejando el conjunto que transpiraba dinero que yo no tenía en mi cuenta de banco—. Lo que vamos a hacer hoy requiere de otro… eh, estilo.

Levanté una ceja y, en serio, quería enterrar en esa cara bonita un buen almohadazo porque, ¿qué diablos íbamos a hacer hoy?

—A lo que me digas que vamos a otra gala tan fastidiosa como la de Nueva York, Mila…

—Te dije que era tarde de chicas, ¿no? —ella rodó sus bonitos ojos verdes y me señaló la puerta del baño—. Se supone que cuando es “tarde de chicas” se comparten los intereses, tonta. No te voy a arrastrar a algo que odias con toda tu vida.

Me crucé de piernas y entrecerré los ojos, ignorando su orden silenciosa. Ella entendió qué quería y soltó un suspiro largo y exagerado.

—Spa, peluquería, mani y pedi, compras rápidas, campo de tiro y comida —enumeró por fin, volviendo a señalarme el baño—. ¿Puedes apurarte y hacer lo que te pido ya?

Me moví. No porque la frase “campo de tiro” hubiese activado la adrenalina en mí. Lo que hizo que moviera mis pies —arrastrara, mejor dicho— al baño, me cambiara a regañadientes la ropa y saliera de la mansión sin resoplar cuando vi el jet encendido y esperándonos fue la culpa.

Sí, culpa.

Con el pasar de los días, había estado con casi todo el clan Massey: Rise estaba todo el día encima de mí, ayudaba a Riden en el búnker cuando lo requería y me arrastraba con Rush a reuniones interminables que, por mi salud mental, requerían de folladas bien merecidas en su oficina antes de que acabara volviéndome loca por tanta información.

Con Mila, las cosas habían sido distintas. La veía de vez en cuando y cada vez que cruzábamos miradas, era por nanosegundos antes que nuestras agendas les diera la gana de explotarnos en la cara y requerirnos para cosas que ni al caso.

Por eso, traté de poner buena cara y cambiar mi humor.

Eso a cherv’ pareció gustarle. Más cuando su tía decidió, al aterrizar en Roma —nada más y nada menos— y llegar al centro comercial más enorme que había visto en mi vida —y había visto demasiados gracias a Kendall—, hacerme picotear cosillas sabrosas cada que salíamos y entrábamos en tiendas.

—¿Así o falta algo más? —las prendas de ropa que me pasó por la cortina casi se estrellaban en mi pecho sin aviso previo—. Tienes un gusto muy raro, Bells.

Riendo, las acepté cuando reparé en ellas.

—Que mi gusto sea más discreto que el tuyo, estúpida, no significa que sea “raro” —resoplé, burlona.

—Lo que digas —escuché su voz a lo lejos.

Saqué la ropa de los ganchos y sí. En definitiva, ya estábamos hablando mi idioma.

No tardé en colocarme todo y sonreír cuando mi reflejo me saludó. Dejé caer las ondas largas de mi cabello hacia adelante y, luego de pasar mis manos por mi vientre —demasiado plano para contar ya con cuatro meses de embarazo— con rapidez solo porque me hacía feliz, salí del vestidor.

—Bueno, lo acepto —sonrió la Massey menor, escaneándome de arriba abajo—. Tú sí sabes lo que te queda mejor.

Me eché a reír, volviendo a encarar uno de los varios espejos que decoraban el lugar apartado solo para nosotras dos.

El conjunto era un vestido tejido en tono camel cálido de tela acanalada fina, vertical, que me estilizaba el torso y me marcaba la cintura sin oprimirla.

Lo elegí porque la parte superior era off-shoulder, dejando los hombros completamente al descubierto. No de forma provocativa, sino más… elegante, como si el diseño supiera que la clavícula era más poderosa que cualquier escote profundo.

Sin embargo, lo que más me gustó fueron las mangas largas y ligeramente acampanadas al final. No eran exageradas, solo lo justo para que cuando alzara el brazo se viera delicado.

Deslicé la mirada por la cintura, definida por un cinturón delgado y discreto en el mismo tono, marcando mi silueta sin necesidad de estructura rígida. La falda caía con suavidad, con vuelo ligero, terminando a mitad del muslo. No demasiado corta, pero lo suficiente para que las piernas fueran protagonistas cuando se combinara con…

Sí. Medias negras translúcidas.

Ese negro hacía que el camel resaltara aún más y me diera un aire europeo, elegante, ligeramente invernal.

—Puedes llevarlo puesto si tanto te gusta —la voz de Mila cortó mi inspección.

Tuve que parpadear un par de veces para que su reflejo en el espejo dejara de ser borroso y le di mi mejor sonrisa, no sin antes maravillarme de que, con catorce semanas, mi cuerpo siguiera como si nada estuviese creciendo en mi interior, descontrolando cada cosa siempre que tenía oportunidad.

Lo agradecía como no tenía idea, pero a veces, solo a veces, quería verme con esa tripita hinchada en vez de imaginármela cuando tenía tiempo.

Hoy era uno de esos días.

—Le harían falta algunos accesorios para que brilles con ganas, claro está, pero puedes llevártelo así.

El hecho de que Mila se encogiera de hombros me trajo de vuelta a la realidad. Sacudí con suavidad la cabeza y me concentré en mi reflejo.

—No lo sé… —murmuré al fin, algo insegura, colocándome de costado para verme mejor.

—Déjamelo a mí.

Antes de que pudiera negarme, esa mujer saltó del sillón y se dispuso a saltar de un lado a otro, buscando Dios sabría qué, impidiendo que me moviera de donde estaba.

Para cuando conté hasta mil, la tenía detrás de mí, alzando varias prendas que, cómo no, combinaban con lo que tenía puesto.

—Vamos a complementar tu bonito look con esto —alzó una bolsa algo estructurada en cuero marrón cognac, rectangular, con una cadena dorada fina como correa—, seguido de un buen y bonito collar. Déjame ver ese cuello, Bells.

Esbozando una mínima sonrisa, hice lo que me pidió. No tardó mucho en abrocharme el collar. Solté mi cabello para cuando una cadena mínima, fina, probablemente de oro, exigía atención en la línea del cuello expuesta.

—Unas botas a juego y un maquillaje no tan cargado y… ¡voilà! Preciosa cómo siempre —dijo, bastante orgullosa de su trabajo.

—Sí a las botas, no a lo que sea que esté pasando por tu cabeza con tocar mi cara.

—Veremos.

De nuevo, antes de que pudiera insistirle que no era necesario, Mila salió y regresó con… solo el calzado, gracias a Dios.

Tarareé en aceptación cuando mi reflejo volvió a saludarme, luego de haberme puesto las botas que hicieron maravillas con mi altura.

—Me encanta.

Mila, ya de vuelta en su lugar, sonrió y alzó una ceja.

—¿Acaso dudabas de tus habilidades para vestirte?

Resoplé, divertida, y me di la vuelta.

—De lo que dudo es ser capaz de pagar cada cosa —caminé hacia ella, justo cuando colocaba los ojos en blanco—. ¿Qué? —pregunté, sentándome en uno de los sofás bonitos de terciopelo.

—Estás lo que le sigue de idiota si piensas que te dejaré pagar algo. No lo has hecho con mis hermanos, menos lo empezarás a hacer conmigo.

—Mila, pero…

—Pero nada, tonta —vació la copa que tenía entre manos de un trago—. Mucho menos te lo permitiría en un día tan especial como este. Quiero decir, ¿qué clase de cuñada sería?

—¿Una normal? —murmuré por lo bajo, tomando de la mesilla de vidrio mi vaso de zumo de manzana.

Mila rió, tomando la tarea de volver a rellenar su copa vacía de champagne.

—¿Qué es lo que sigue en tu lista? —pregunté, cortando lo que sea que iba a decirme para luego tomar un sorbo del zumo—. Hemos salido y entrado en tiendas distintas, llenando más tu clóset de lo que creía posible, así que…

Esa mujer no respondió. Tan solo me dio una de sus clásicas miradas optimistas, me apresuró a tragar el jugo para pagar por todo y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estábamos saliendo de un sauna, solo para reposar en una camilla de masajes, obteniendo los mejores treinta minutos de manoseadas de mi vida.

Después de ahí, mi vida pasó con agonía durante dos horas. Estuve pegada en una silla de un salón de belleza demasiado refinado para mi bolsillo, eligiendo cómo quería mi cabello mientras Mila decidía qué forma tendrían mis uñas.

—¿Ovaladas?

—Almendradas —me corrigió el pequeño demonio, pasando las hojas del muestrario de esmaltes.

—¿Semi permanente? —el tono de mi voz la hizo colocar los ojos en blanco.

—Así no tendrás que salir conmigo de nuevo por otras dos semanas —replicó con toda la paciencia de un santo—. Además, no te daña la estructura de la uña natural. Deja de arrugar el ceño. No queremos arrugas aquí —presionó mi entrecejo, haciéndome reír—. Eso —dijo, complacida—. Y, vele el lado bueno. No tardaremos mucho. Tienes unas uñas naturales preciosas.

Me señaló las manos. Las miré sin mucho decoro. Sí, las tenía más largas que de costumbre, pero…

—Ondas —le ordenó a mi estilista, pasando de mí y de mi silencio—. Más marcadas. Y no le toques el largo. Solo… basta con darle forma y cortarle un poco las puntas.

—¿De qué tipo de forma estamos hablando? —cuestionó Gabriel, el hombre a cargo de mi cabello.

Mila arqueó una ceja, esperando, quizás, que soltara los tipos.

—Es un larga melena, algo maltratada, pero bonita —dijo, toqueteándome las puntas—. Le podría quedar el butterfly cut para capas que requieran movimiento, el wolf cut, si lo que quieres es aportar textura, volumen y el…

Me desconecté. Tuve que hacerlo. Por mi salud mental cerré los ojos y dejé todo en manos de esa mujer diabólica. ¿Por cuanto? Solo Dios sabría. Yo solo abría los ojos para picotear una que otra cosa, asentir con la cabeza, quejarme entre dientes por los jalones de pelo y matarla mentalmente de vez en cuando, cuando saltaba de esmalte en esmalte.

Vi el cielo cuando mi tortura decidió terminar.

Ni siquiera me di un vistazo. Solo arrastré a Mila lejos de todo para cuando terminó de pagar, luego de haberme opuesto unas diez veces.

—Bien, aguafiestas —Mila rió, entrelazando su brazo con el mío al estar dentro de, gracias a Dios, la parte trasera de la camioneta—. No más centros comerciales. Queda a tu criterio si quieres ir al campo de tiro o darle una comida adecuada a tu estómago.

Si era por mí, estaba a punto de soltarle que quería aparecer en mi cama y no salir de ella por lo que me restaba de vida. Sin embargo, el sonido tan desvergonzado que produjo mi estómago fue lo que me hizo desistir, encerrarme debajo de una piedra y morir de pena. Mila, por otro lado, se partió de la risa por unos buenos quince segundos antes de suspirar, entretenida.

—Bien. Comida será —miró a nuestro chofer del día y habló—: al Riflessi di Luna, Gino, por favor.

Fruncí la nariz e iba a rebatir al escuchar el nombre que detonaba lujos, refinamiento y platos diminutos que no llenaban ni mierdas, pero la mirada que me dio me obligó a tragarme el reproche.

Mila negó con la cabeza cuando lo único que hice para demostrar mi desacuerdo fue resoplar de forma bastante audible. Escuché su risita cantarina al momento de voltear la cabeza y mirar por la ventana polarizada. Las calles de Roma me brindaban un bonito paisaje: alumbradas, limpias y con aire bastante acogedor. El sol del atardecer le daba un toque aún más único, cosa que, de pronto, activó mis ganas de estarlas viendo con mi espécimen mientras me contaba historias dignas de un guía turístico.

«Solo un par de horas más, Bells. Solo un par más», me repetí mentalmente, conteniendo un suspiro lastimoso.

Pasé un rato largo observando por la ventanilla hasta que la camioneta se estacionó frente al restaurante. De nuevo, volví a tragarme mis reproches cuando salté fuera. Con Mila a mi lado en un parpadeo, caminamos hacia el interior del sitio.

Me dediqué a detallar todo después de que la pequeña Massey diera su apellido abrepuertas.

El lugar no era el tipo de restaurante que abrumaba con ostentación. Era el tipo que te hacía sentir que pertenecías allí, incluso si jamás habías pisado algo tan elegante.

El piso era de mármol crema con vetas suaves color miel, brillante sin ser… exagerado. Las paredes combinaban piedra clara y paneles de madera nogal cálida, iluminadas por lámparas redondeadas que proyectaban una luz dorada, acogedora, casi romántica sin siquiera intentarlo demasiado.

Había flores frescas en arreglos discretos: lirios blancos y pequeñas rosas color durazno. No rojas. No dramáticas. Delicadas y bonitas.

Las mesas estaban vestidas con lino marfil y centros de mesa bajos que no interrumpían la vista. Sillas tapizadas en terciopelo beige claro invitaban a quedarse horas hablando. Nada era intimidante. Todo era refinado.

Para mi sorpresa, el lugar estaba completamente vacío.

Pero no se sentía frío.

Olía a albahaca fresca, pan caliente y vino recién servido. Una melodía instrumental suave —piano y cuerdas, creía yo— flotaba en el aire, aportando un toque íntimo sin volverse invasiva.

El maître nos condujo hasta el fondo, donde una puerta de cristal se abría hacia el exterior.

El balcón.

Una terraza amplia, iluminada con guirnaldas de luces cálidas que serpenteaban con discreción sobre la estructura superior. No parecían de fiesta; parecían estrellas atrapadas a propósito. La baranda de cristal permitía una vista de la ciudad que comenzaba a encenderse bajo el cielo que se teñía de azul profundo y destellos violetas. A lo lejos, la cúpula iluminada del Vaticano se alzaba majestuosa, y las calles serpentinas brillaban como hilos de oro líquido.

Incluso la luna comenzaba a reflejarse en los techos y ventanales lejanos, justificando el nombre del lugar.

En el centro del balcón había una sola mesa.

Redonda. Vestida con lino blanco impecable. Dos copas ya servidas. Una pequeña vela dentro de un cilindro de cristal proyectaba luz temblorosa, cálida, nada exagerada. A un costado, un arreglo sencillo de flores claras.

Y detrás de esa mesa… él.

De pie. Traje oscuro —sí, de traje—, pero no intimidante. Azul noche. La camisa blanca resaltando bajo la luz dorada. La corbata ligeramente floja, como si hubiera intentado lucir formal y al mismo tiempo recordara que no quería parecer alguien que no era.

No era un escenario teatral.

Era íntimo.

Pensado.

Sus ojos grises reflejaban las luces y la ciudad detrás de él. No parecía dueño del lugar. Parecía un hombre que había elegido cada detalle pensando en si a mí me gustaría.

Todo el escenario era uno de esos con los que había fantaseado con Kendall cuando decidíamos colocarnos creativas y románticas.

Pero esta vez era real.

Increíble.

Mío.

Era uno de esos escenarios que hacían que mi cerebro decidiera morir y que mis piernas —en especial mi coño— decidieran no funcionar.

Tuve que parpadear un par de veces para dejar de ver a aquel espécimen forjado en el infierno, vestido para hacerme babear, solo para rebuscar a Mila con nerviosismo por el espacio despejado.

Nada.

La muy escurridiza había desaparecido y, al parecer, sin dejar rastros.

¿Me pareció extraño? Bastante. Pero deseché el pensamiento cuando mi sonrisa favorita de mi espécimen me saludó. Me derretí, ¿de acuerdo? Por eso tuvieron que pasar varios minutos para que mis piernas decidieran moverse en respuesta al gesto que él hizo.

—¿No creíste que este día iba a ser como los demás, cierto? —preguntó cuando llegué a su altura.

No salió nada.

De mi boca no salió ni “mu”. No podía. ¿Cómo diablos podría? La situación era demasiado para mi cerebro ya atrofiado.

Rush aprovechó para reírse con soltura, cerrar el espacio que nos separaba y adornar mis labios con un beso caliente y desvergonzado.

—Estás hermosa —susurró contra mi boca, luego de comérsela entera.

—Mila tenía unas ideas, yo otras, pero muchas gracias —respondí, recuperando un poco de movilidad en las piernas—. Con esto pensé en evitar un bochorno ante gente rica, luego de que Mila compartiera sus planes para hoy.

Rodó los ojos con esa media sonrisa que siempre anunciaba que estaba a punto de decir algo indebido.

—Aun con un saco horrible y sucio de papas puesto, dudo que alguien dejaría de mirar en tu dirección. No tienes idea de lo que provocas cuando decides existir.

—Ay, por favor. Si alguien decidiera mirarme del modo en que lo haces tú, empezaría a cobrar cada pestañeo. Incluso a ti.

—Pagaría con gusto.

Por supuesto que lo haría. El hombre pagaría por verme respirar si le diera la oportunidad.

Separó la silla para mí con un gesto demasiado formal y esperó a que me sentara antes de tomar su lugar frente a mí. Desde esa distancia, con la luz cálida acariciándole el rostro y Roma encendiéndose detrás, parecía casi… tranquilo.

Casi.

Un mesero apareció con la carta. Elegante. Silencioso. Desapareció tan rápido como llegó.

—¿Por qué decidiste tráeme a un sitio donde las porciones son microscópicas? —murmuré mientras abría el menú—. Juro que estaría igual de feliz con una hamburguesa grasienta en casa.

—Confía en mí.

—Eso suena justo como algo que diría alguien que planea matarme de hambre en un día “especial”.

—Te prometo que saldrás satisfecha.

Alcé una ceja. Él sostuvo mi mirada sin parpadear.

—Estoy hablando de comida, cariño.

—Yo también.

«Mentiroso», quise decir, pero mantuve la boca cerrada solo para no darle el gusto.

Revisé la carta con atención. No había nombres impronunciables diseñados para aparentar sofisticación vacía. Cada plato parecía pensado, estructurado. Risotto de trufa blanca. Raviolis rellenos de ricotta y espinaca fresca. Filete en reducción de vino tinto con hierbas.

—Si esto no está tan bueno como se lee, voy a fingir un desmayo para arruinarte la noche.

—Si finges un desmayo, te cargo hasta el coche y me agradeces después.

—¿Ves? Así empiezan las películas de secuestros románticos.

—No tendría que secuestrarte. Tú siempre vuelves —me regaló mi sonrisa favorita.

«Hijo de…».

Pidió vino. Primero una entrada ligera —burrata cremosa con tomates asados y aceite de albahaca que no sabía que era el cielo— que prácticamente se derretía al contacto. Luego el risotto que olía como si alguien hubiera decidido encapsular Italia en un plato.

La conversación fue ligera. Demasiado ligera para lo que el escenario prometía.

Me contó una anécdota absurda —en la que me reí hasta llorar— de como casi mataba a Rise hoy por imbécil y bocasuelta. Me reí aún más cuando llegó a la parte en dónde su trasero terminó dentro de la piscina de la mansión. Él se burló de mi intento fallido aquella vez que jugué voleibol con Riden sin terminar tragando arena por una mala sacada. Le lancé una servilleta. Él la atrapó sin despeinarse.

Todo era fácil.

Fluido.

Natural.

Como si la ciudad entera fuera un simple fondo y nosotros lo único real sobre esa terraza suspendida.

El segundo plato llegó. El filete estaba perfecto; jugoso, suave, con esa salsa que obligaba a cerrar los ojos un segundo para apreciarla mejor. Sin poder detenerme, le robé un trozo del suyo cuando había terminado el mío. Cherv’ lo exigía, en todo caso.

Mi espécimen fingió indignación.

—No pediste eso.

—Decidí aceptar compartir tus bienes desde que decidiste existir en mi vida.

—Entonces debería empezar a cobrar intereses.

—Inténtalo y duermes en el sofá.

—Mataría por verte intentando dejarme en el sofá.

Sonreí, satisfecha con mi victoria.

Cuando retiraron los platos principales y nos dejaron solos otra vez con el vino y la noche ya del todo instalada sobre Roma, sentí que algo en el ambiente cambiaba. No de forma brusca. Sutil. Como si el aire se hubiera vuelto un poco más denso.

Rush dejó la copa a un lado. Metió la mano en el interior de su chaqueta y mi curiosidad ardió con la fuerza de mil soles.

Sin embargo, mi cerebro decidió colapsar durante medio segundo al notar un… control.

Negro. Liso. Sin símbolo. Genérico. Frío incluso bajo la luz cálida.

Lo colocó frente a mí sobre el lino blanco.

—¿Qué es esto? —pregunté, mirándolo como si pudiera explotar en cualquier segundo.

—Un regalo.

—¿Un control?

—Para después.

Fruncí el ceño.

—¿Después de qué?

Su sonrisa fue lenta. Casi peligrosa.

—Después del postre.

Entrecerré los ojos.

—Rush.

—Confía en mí.

Otra vez esa frase.

—Eso es justo lo que dice alguien antes de hacer algo ilegal.

—Te prometo que es del todo legal. Costoso, pero legal.

«Uh, oh».

—Eso no me tranquiliza.

Lo tomó de nuevo, lo giró entre los dedos con calma estudiada y volvió a dejarlo frente a mí.

—Solo guárdalo. Te va a gustar.

Me crucé de brazos.

—Si es un yate, te juro que no sé manejarlo.

—Aprenderías.

No rebatí, pero sí suspiré, tomando el control de una buena vez y colocándolo junto a mi bolso. No sabía qué tramaba, pero el brillo en sus ojos me decía que estaba disfrutando demasiado mi desconcierto.

Como si estuviera esperando algo.

El mesero apareció con el postre.

Y ahí el ambiente terminó de transformarse.

No fue dramático. No bajaron luces de golpe ni comenzó una canción evidente. Fue más… íntimo. Más concentrado.

El postre era sencillo en apariencia: una esfera de chocolate oscuro sobre un plato blanco, acompañada por frutos morados frescos y una línea delicada de salsa de frambuesa. El mesero vertió una crema caliente sobre la esfera y el chocolate comenzó a abrirse con lentitud, haciendo que cherv’ exigiera cada pedazo de eso, pero para ayer.

El vapor dulce y el aroma intenso. Dentro, pequeñas piezas de fruta caramelizada y una base cremosa de vainilla.

Entendí a cherv’ de inmediato. Esperé que nos volviéramos a quedar solos para hincarle el diente.

—¿Sí sabes que estoy malditamente enamorado de ti? —preguntó el muy idiota, de la nada.

Casi me atraganto con el dulce. Carraspeé varias veces. Tanto para bajar el postre como para concentrarme en no permitir que el sonrojo me nublara las mejillas.

Choqué la mirada con la suya y negué con la cabeza mientras tarareaba en afirmación. Eso lo hizo sonreír, por lo que siguió, decidido a querer matarme.

—¿Y que eres mi vida?

—Rush…

—La futura madre de mis hijos.

¿Se dieron cuenta que él ya estaba enloqueciendo o solo yo lo noté?

—Rush —volví a advertirle.

No porque no quisiera escucharlo, sino porque necesitaba que dejara de soltar cosas así. Mi autocontrol para evitar las lágrimas pendía de un maldito hilo si él continuaba hablando, Cristo.

—El oxígeno que necesito para seguir respirando. La mujer que colocó mi mundo de cabeza. Esa que, sin saber lo que hacía, se coló en mi lista de prioridades, colocándose en el tope con tan solo un par de miradas. La misma que planeo amar hasta que el infierno decida que es suficiente y, aun así, seguir haciéndolo porque para mi nunca sería demasiado.

Bendito. Cristo. Señor. Redentor.

—Sí, sí —jugueteé entre risas. Era mejor soltar a reír con una pizca de histeria que llorar como estúpida.

—Te amo, Arabella.

Sus manos tomaron las mías y las apretó con cariño.

Estaba nadando en una felicidad absurda cuando le contesté un simple:

—Lo sé.

Sin embargo, de improviso, la forma en que sus ojos me sostenían ya no era juguetona.

Era firme. Decidida.

La ciudad seguía brillando detrás de él. La luna reflejada en el cristal. La vela temblando entre nosotros.

El aire se volvió peligrosamente escaso, y de pronto, mi cabeza decidió empezar a trabajar.

Me estaba cayendo el veinte cuando repasé cada elección, cada detalle, cada gesto demasiado pensado. Todo empezó a tener un peso distinto y…

—Sé que lo sabes, pero no me pesa repetírtelo. Hoy, mañana, dentro de un mes… No me pesa, princesa. Nunca lo haría. Desde que llegaste a mi vida y decidiste cambiar todo a tu antojo, entendí que la vida, pese a que pensaba que me jodería lo que me restaba de años, me estaba dando una oportunidad de ser feliz.

»No lo sabía en ese entonces, claro está. Pero con el pasar del tiempo lo fui entendiendo: eras para mí. Eres para mí. Me tuviste al momento en que decidiste patearme en aquella terraza, y me seguirás teniendo hasta que te hartes de mí, y aún así lo hicieras, no habría rincón en el mundo en donde pudieras esconderte porque iría tras de ti. Es decir, ¿cómo no? Eres única, Arabella. De pies a cabeza. Y no sabes lo agradecido que estoy con la maldita vida de colocarte en mi camino.

»Princesa, sé que no soy el hombre más sencillo del mundo. Nunca lo fui. No supe jugar limpio al principio, mucho menos quererte como merecías en dado punto. Pero lo arreglé y aprendí de ello. Aprendí porque tú me obligaste a hacerlo. Porque te miré ese día y entendí que, si no cambiaba, te perdía. Y perderte… jamás fue una opción.

»Contigo entendí que el amor no es debilidad. Es decisión. Es levantarse aun cuando duele. Es quedarse cuando todo arde. Y tú te quedaste. Incluso cuando yo no sabía cómo sostenerte. Incluso cuando la vida parecía empeñada en probar cuánto podíamos resistir.

»No quiero prometerte días fáciles, mi amor, porque sabes que conmigo nada lo es. Pero sí puedo prometerte algo mejor: voy a estar. En cada caída. En cada miedo. En cada duda que se te cruce a las tres de la mañana. Voy a estar cuando el mundo intente romperte, y también cuando seas tú quien quiera hacerlo.

»No quiero una vida sin ti. No quiero imaginar un futuro donde no sea tu mano la que aprieto cuando algo me asusta. No quiero despertar un solo día preguntándome qué habría sido si te hubiera dejado ir.

»Eres mi hogar, Arabella. No un lugar… un refugio. El único sitio donde bajo la guardia sin miedo. El único lugar donde no necesito ganar nada, porque ya lo tengo todo.

»Y si alguna vez dudas de lo que eres para mí, recuerda esto: no sólo eres la mujer que amo. También eres la mujer que elegí. Y te elijo todos los días. Incluso en los días en que no me soportas. Incluso cuando me desafías. Incluso cuando pateas puertas y mi paciencia.

»Fuiste hecha para mí en todo el sentido de la palabra. Y justo por eso…

Se movió.

Y lo vi.

El muy maldito se estaba arrodillando.

El aire se me fue del cuerpo como si alguien lo hubiera arrancado a la fuerza. Mis manos temblaron dentro de las suyas, y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué decir.

—Justo por el hecho de que no puedo imaginarme una vida sin ti —continuó, con la voz más firme de lo que yo habría podido tener—. Porque cada versión de mi futuro te incluye. Porque cuando pienso en hogar, pienso en tu risa, en tus arranques, en tu maldito carácter imposible. Porque incluso cuando me odias, sigues siendo lo único que quiero.

Sacó la pequeña caja sin dramatismo exagerado. Como si aquello fuera lo más natural del mundo.

—No quiero seguir llamándote “la mujer que amo” como si fueras algo pasajero. Quiero llamarte esposa. Quiero que lleves mi apellido. Quiero discutir contigo sobre trivialidades absurdas durante los próximos cincuenta años. Quiero ver cómo envejeces conmigo y seguir pensando que eres lo más extraordinario que me pudo pasar.

Su pulgar acarició mis nudillos.

—No te estoy preguntando si me amas. Eso ya lo sé. Te estoy preguntando si estás dispuesta a apostar el resto de tu vida conmigo.

Levantó el anillo.

—Princesa, ¿podrías hacerme el honor de casarte conmigo?

Oh.

Señor.

Bendito.

Sabía lo que debía decir.

Sabía lo que quería decir.

Sin embargo, mi cerebro murió, y con él, todas las palabras que iba a soltar porque esto… Esto no estaba pasando.

Yo estaba soñando.

Y era un sueño hermoso: la cena, los postres, las risas, él soltando palabras que cualquier mujer mataría por escuchar, solo para después hincarse y…

Dios mío.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho como si quisiera salirse y arrodillarse también frente a él. Sentí el pulso en la garganta, en las sienes, en las manos que aún sostenía entre las suyas. Todo el ruido de la ciudad desapareció. El murmullo lejano de Roma se convirtió en un zumbido distante. Solo existía él. De rodillas. Con esa mirada que no tenía rastro de duda.

Y yo.

Yo, que había sobrevivido a tormentas, a pérdidas, a fantasmas con nombre y apellido… estaba paralizada por un hombre sosteniendo una pequeña caja abierta frente a mí.

No era miedo.

Era incredulidad.

Era esa sensación absurda de que la vida, por una vez, no estaba preparando el siguiente golpe. Que no había trampa. Que no había giro cruel escondido detrás del momento perfecto.

Mis ojos bajaron al anillo apenas un segundo, pero no pude sostener la imagen demasiado tiempo porque si lo hacía, iba a romperme ahí mismo. No de dolor. De algo peor.

De felicidad.

—Esto no… —murmuré, y mi voz salió quebrada. Ni siquiera sabía qué estaba intentando decir. ¿“No es real”? ¿“No puede estar pasándome a mí”? ¿“No soy la clase de mujer a la que le pasan estas cosas”?

Porque esa era la verdad que nadie veía.

Yo no estaba diseñada para finales felices. No crecí creyendo que alguien algún día se arrodillaría ante mí con la intención de quedarse. Estaba hecha para resistir, para pelear, para sobrevivir.

Y él estaba allí, ofreciéndome algo que no tenía nada que ver con sobrevivir.

Estaba ofreciéndome vida.

Me reí. Una risa pequeña, temblorosa, del todo incapaz de contener lo que estaba sintiendo.

—Te odio tanto… —susurré, llevando una mano a mi boca porque las lágrimas ya estaban ahí, odiosas y traicioneras, cayendo sin pedir permiso.

Las sentí deslizarse por mis mejillas y no intenté detenerlas. No esta vez.

Lo miré.

Y vi todo.

El hombre arrogante que me desesperó. El hijo de puta que quise asesinar más de una vez. El idiota que aprendió a amar a golpes de realidad. El hombre que se quedó cuando lo fácil habría sido irse. El que me sostuvo cuando yo no sabía cómo sostenerme sola.

Vi al hombre que eligió ser mejor por mí.

Y entendí algo con una claridad brutal: no tenía miedo de casarme con él. Tenía miedo de ser tan feliz.

Respiré hondo, tratando de ordenar el caos dentro de mi pecho. Mi cerebro seguía intentando convencerme de que despertaría en cualquier momento, que la terraza desaparecería, que la luna se apagaría y Roma dejaría de brillar.

Pero él seguía allí.

Esperando.

Sin presión.

Sin inseguridad.

Solo… seguro.

Solté una exhalación que me vació por dentro y, con las manos aún temblando, me incliné un poco hacia él.

Supe que estaba llorando y riendo al mismo tiempo, una mezcla ridícula y honesta que solo él podía provocarme.

—Sí —susurré primero, solo para él. Íntimo. Sagrado.

Pero no era suficiente.

Me incorporé un poco, limpiándome las mejillas con el dorso de la mano sin dejar de sonreír.

—Sí, quiero discutir contigo durante los próximos cincuenta años. Sí, quiero envejecer a tu lado y que sigas molestándome incluso cuando tengamos el cabello lleno de canas. Sí, quiero tu apellido, tus arranques, tus decisiones impulsivas y tu maldita manía de creer que siempre tienes razón.

Solté una pequeña risa entre lágrimas.

—Sí, idiota. Me caso contigo. Me quedo contigo. Te elijo. Hoy, mañana y todos los días que me queden.

Y cuando por fin extendí la mano para que colocara el anillo en mi dedo, ya no sentí miedo.

Sentí certeza.

Por primera vez en mi vida, no estaba sobreviviendo.

Estaba eligiendo.

Y él… era mi elección.

—Por un segundo creí que me dirías que no —bromeó, levantándose del suelo, tan solo para encararme.

—Eres tonto —reí entre lágrimas, saltando a sus brazos sin pensarlo, apretándolo con ahínco.

—Feliz cumpleaños, princesa —murmuró al fin, haciendo que mis lágrimas brotaran con más fuerza.

Sí.

Podía estar en consonancia de que, en efecto, este era el segundo mejor feliz cumpleaños que alguien me había dado.

♦ ♦ ♦

Rush

Mi futura esposa.

Era mía.

Malditamente mía.

Con anillo o no, ya lo era, pero quería darme el gusto de restregárselo a cualquiera que osara mirar en su dirección. Por eso, atarla a mí de manera legal iba a disfrutarlo toda mi puta vida.

Empezando desde hoy. Disfrutando el vuelo de regreso a casa. Sintiéndome feliz de verla estremecerse por cada palabra que le decía al oído, observando la felicidad brotar de ella al tener su mano entrelazada con la mía e incluso deleitándome con esas pequeñas lágrimas que aparecían cuando miraba la sentencia que pesaba en su dedo anular.

Me regocijé en cada cosa. En cada sensación. Más aún cuando se le notaba que le gustaba el anillo tanto como me gustó a mí crearlo.

Porque me había esmerado.

El anillo estaba montado en una banda de metal blanco pulido y contaba con un acabado impecable: frío, perfecto. La estructura no era gruesa ni exagerada; era firme, elegante, diseñada para sostener protagonismo sin competir con la piedra central.

La protagonista era una gema negra de corte ovalado. Oscura. Profunda. No era un negro plano; tenía brillo interno, casi como si absorbiera la luz en lugar de reflejarla. Aquello la volvía magnética. Misteriosa. Intensa.

Tenía tanto significado como historia.

—¿Te gusta? —murmuré en su oído, tomándola desprevenida. Aún tenía la mirada fija en su mano izquierda.

—¿Cómo no? —dijo entre una risilla nerviosa. Giró un poco la cabeza para encararme—. Sin embargo, me causa curiosidad.

Casi esbocé una sonrisa, pero me contuve.

—Lo elegí sabiendo que ibas a preguntar.

Amé como arqueó su bonita y perfecta ceja, volviendo a mirar el anillo.

—No es… tradicional.

—No —admití sin titubear—. Tampoco tú lo eres.

Sus ojos chocaron con los míos otra vez. Aproveché para tomarle la mano con cuidado, deslizando el pulgar sobre la gema oscura.

—Todo el mundo espera un diamante blanco enorme. Perfecto. Transparente. Algo que brille desde lejos. Pero tú nunca fuiste eso, princesa.

Inhalé con suavidad, preparado para seguir soltando verdades.

—Eres intensidad. Eres profundidad. Eres esa parte de la noche que asusta… pero que también calma. La obsidiana no refleja la luz como los demás; la absorbe, la transforma. Es fuerte, es resistente. Se forma del fuego. De la lava que explota y luego se enfría. Y tú te formaste del caos, mi amor. De todo lo que dolió. De todo lo que ardió. Y aun así saliste entera. Más fuerte. Más hermosa.

Podría haberme reído cuando no me interrumpió, pero continué, aprovechando su silencio.

—La obsidiana también se usa para proteger —seguí, bajando la voz—. Dicen que absorbe energías negativas. Que es escudo. Y eso eres para mí. Un escudo sin siquiera intentarlo —bajé los dedos hacia la banda—. Y los diamantes… —respiré profundo— no están ahí para opacarla. Están ahí para rodearla. Para sostenerla. Para recordarte que, aunque seas oscuridad elegante y tormenta contenida, siempre vas a estar rodeada de luz.

Entonces la miré. Aquellos orbes oscuros me devolvieron la mirada, reflejando cada sentimiento no dicho, cada lágrima que luchaba por no caer.

—La mía —susurré, sin dejar de observarla—. No quería un anillo que gritara dinero. Quería uno que hablara de ti. De lo que eres. De lo que significas. Algo que no fuera frágil. Algo que no necesitara parecer delicado para ser precioso —me incliné un poco más hacia ella—. Y si te soy honesto, el negro me gustó porque combina con todo. Especialmente conmigo.

Sonreí con ganas cuando soltó un resoplido divertido, bastante ruidoso.

—No te iba a dar un diamante clásico, princesa. No después de todo lo que rompimos y reconstruimos. Nuestro amor nunca fue transparente. Fue real. Fue crudo. Fue fuego. Y sobrevivió —empleé el tono más suave que tenía en mi arsenal cuando añadí—: Quería que cada vez que lo miraras recordarás que no te elegí por lo fácil. Te elegí por lo auténtico. Y lo auténtico no siempre brilla, pero siempre permanece.

Quería besarla. Tanto como quería follarla en la cabina de servicio si me daba la oportunidad. Pero me conformé con un pico en esos indecentes labios.

Apenas un roce.

Fue suficiente para que mi autocontrol se estabilizara y pudiera continuar.

—Quería hacer un anillo para mujer que no necesita parecer frágil para ser amada —otro roce de labios tan solo porque quise—. Y justo eso es lo que decora tu dedo, cariño.

Ella no preguntó nada más. Yo tampoco pude decir otra palabra.

No porque no quisiera.

Sino porque no me dejó.

La manera en que sus labios se movieron sobre los míos impidió cualquier intento de discurso. Arrasó con todo lo que tenía en mente, y aunque me tomó por sorpresa la ferocidad con la que me besó, le respondí con gusto.

Quisiera decir que las cosas se descontrolaron a partir de ahí, pero no. Después de besarme como si no hubiera un mañana, se apartó antes de que pudiera arrancarle la ropa de un solo movimiento.

—Te amo —dijo entre risitas.

Resoplé por lo bajo, entrelazando nuestras manos.

El resto del vuelo pasó rápido y ameno. Disfrutaba la felicidad que desbordaba mi mujer cuando llegamos a casa.

Tenía pensamientos nada decentes al cruzar la entrada de la mansión, pero…

—¡Feliz cumpleaños, Arabella! —gritaron al unísono cada una de las personas por las que pondría a temblar el infierno si alguna vez alguien se atrevía a tocarlas.

Exceptuando, quizá, a Roelle.

Sabía que Mila se encargaría de la decoración, pero debí imaginar que “un par de cosillas aquí y allá” significaban algo más grande. Globos dorados por todas partes, la mesa preparada, el pastel centrado sobre la superficie caoba y la música suave saliendo de algún rincón invisible era mucho más de lo acordado.

Demasiado para un grupo pequeño de personas.

No creí que fuera posible que mi princesa sonriera más… pero, una vez más, esa mujer hizo que me retractara de todo cuando casi no cabía en su propia felicidad.

Si ella era feliz, yo también.

Por eso mandé a la mierda mis planes de follarla en cada posición que tenía en mente y me limité a disfrutar el momento.

—¿Y bien? ¿Dijo que sí o el anillo que brilla en su dedo te lo aceptó por pena? —apareció Rise, divertido, palmeándome el hombro mientras Morien abrazaba a mi prometida.

—Imbécil —decidí decir, sin reprimir una sonrisa.

Soltó a reír, dándome un abrazo rápido.

—Eres un bastardo con suerte.

—Lo soy.

—Y tú… —se giró hacia mi princesa. Ella alzó una ceja, aún al lado de Morien—. Pensaba que eras más lista. Pudiste haberme tenido a mí, pero elegiste al cretino egocéntrico.

Arabella rodó los ojos, pero compartió la risa con todos.

—Ya conociéndote, el infierno gozaría de tu presencia primero antes de que siquiera cumpliéramos el mes de novios, cariño.

Rise soltó un jadeo de indignación fingido, pero no rebatió.

No tenía por qué.

Arabella tenía esa envidiable tendencia de estar soltando verdades. La que acababa de soltar era una de las mayores que había dicho.

—Por lo menos las risas no hubieran faltado —bromeó Roelle, ganándose un bufido de Riden.

Arabella salió del lado de Morien solo para saltarle en un abrazo al cascarrabias de mi hermano. Él la recibió sin mucho entusiasmo, rodando los ojos cuando mi futura esposa se dispuso a decirle algo —únicamente para sus oídos que después me contaría— al aceptar la pequeña caja que él le tendía.

—Es perfecta para ti —susurró mi nana, exigiendo mi atención en un abrazo.

—Lo sé —respondí, correspondiendo su gesto.

—No tienes idea de lo agradecida que estoy con ella por traer de vuelta a mio piccolo corvo. No la pierdas, cariño.

—No planeo hacerlo, mamma.

—¡A verlo, a verlo! —escuché el alarido de mi hermana, más emocionada que cualquiera.

Morien terminó el abrazo en el momento justo que Mila arrebataba a mi futura esposa del lado de Roelle.

—Tú ya lo viste, Mila —reñí, intentando de apaciguar a la pequeña bestia.

—¡Pero no en su dedo! —replicó, casi que arrancándole la mano a Arabella para observar lo que ya había visto unas doce veces en total antes que decorara el dedo anular de la mujer con quien me iba a casar.

Mi princesa solo sonrió ante el escrutinio intenso del demonio que tenía como hermana. Esa sonrisa se hizo mucho más grande cuando Mila soltó un chillido que me dejó malditamente sordo.

—¡Te queda precioso, Bells! —siguió chillando a los cuatro vientos.

—Milana, meteré tu cabeza en un maldito balde de agua fría si no te callas la puta boca de una buena vez —gruñó Riden malhumorado desde el sofá.

Morien no esperó dos segundos para darle una mirada de reprimenda, mientras que Mila se encargaba de ignorarlo con todas sus fuerzas.

La fiesta siguió su curso un rato; conversaciones amenas, risas agradables y recuerdos vergonzosos que Roelle y Morien se enfrascaron en sacar a luz, hasta que Milanna tuvo suficiente de todo, sacando a relucir su escaso autocontrol.

—Bien, listo. Ya se acabaron las felicitaciones, ¿no? —recorrió el lugar con una mirada que exigía bocas cerradas. Sonrió cuando nadie se atrevió a cuestionarla y saltó del sofá, aplaudiendo como niña pequeña—. Excelente. Vamos, Bells —le extendió una mano a mi mujer, sosteniendo una cinta en la otra.

El mensaje estaba más que implícito, por lo que Arabella miró a mi hermana con la palabra “desconfianza” grabada en cada parte de su rostro.

—Te prometo que te va a gustar. Es solo que está afuera y no sería divertido no obtener tu reacción verdadera, Bells.

Mi princesa tarareó en respuesta, pero se dejó hacer por Mila. Ella no esperó dos segundos para sacarla de mis piernas y hacerla caminar. Momentos después, ya estábamos fuera de la casa, admirando el segundo obsequio que le había preparado a mi mujer.

—¿Estás lista? —rió Mila, tras ella.

—¿No crees que es demasiado para ella? —cuestionó Roelle a mi lado.

Iba a responderle que no conocía a mi mujer, pero Mila hizo de las suyas. No esperó por nadie y le quitó la venda.

Todos esperábamos que Arabella se congelara en el lugar y que babeara al, por fin, ver lo que le estuve escondiendo por días.

Pero no hizo eso.

En su lugar, un chillido tan estridente como los que daba Milanna siempre que abría la boca, nos dejó a todos sordos y bastante sorprendidos.

—¡Rush, no! —exclamó mi mujer, más allá de lo extasiada, casi que lanzándose al interior del deportivo—. ¡Definitivamente no lo hiciste!

Cuando me recuperé, solté a reír con ganas. Esa, sin dudas, no era la reacción que esperaba de ella.

El sonido del motor cobrando vida me arrancó otra sonrisa. ¿En qué momento Mila le había lanzado las llaves? Mi princesa solo tenía el control bajo su poder, pero si obsequiarle un bien merecido Maserati iba a tenerla así de emocionada, ¿quién era yo para no consentirla?

El gesto que le hice a Roelle cuando la volví a ver la hizo reír.

—Sí, sí. Tienes razón.

Arabella hizo ronronear el motor del auto unos minutos más hasta que se bajó de un brinco. Con una sonrisa radiante, me tacleó en un abrazo arrollador. Abrazo que respondí con gusto.

—Muchas, muchas, muchísimas gracias, espécimen. Es el segundo mejor regalo del universo —dijo contra mi pecho.

No pregunté el regalo de quién ocupaba el primer lugar en su lista. No hacía falta.

—Compartimos bienes desde que existo en tu vida, ¿no? —repetí, divertido, lo mismo que me había dicho en el restaurante.

Su risa burbujeante me llenó el corazón de maneras indescriptibles y quise congelar el momento para toda la vida.

—¡Hora de cantar cumpleaños! —gritó mi hermana, subiendo las escaleras de la entrada de dos en dos.

Sin más, tuvimos que seguirla. Más por no querer escuchar sus reproches más tarde que por otra cosa.

Al entrar, Mila arrastró a mi prometida por el lugar hasta posicionarla detrás la mesa, justo encima de las velas del pastel de chocolate oscuro.

La canción empezó segundos después, desordenada, como empiezan siempre las cosas que importan. Mila arrancó demasiado alto, Roelle entró en otro tono completamente distinto y alguien —probablemente Rise— decidió aplaudir fuera de ritmo. Pero a Arabella no le importó nada de eso.

Mi princesa estaba en medio de todos, con las mejillas encendidas, las manos cubriéndose la cara como si quisiera esconder la sonrisa enorme que no podía controlar. Sus ojos brillaban más que las velas del pastel, y el anillo en su dedo capturaba la luz cada vez que intentaba apartarse el cabello detrás de la oreja.

Se veía… feliz.

No feliz como cuando le añadía una maceta más a su colección absurda de plantas. No feliz como cuando me ganaba una discusión y presumía durante horas. Era una felicidad distinta. Más profunda. Más tranquila. La clase de felicidad que se instalaba en el pecho y decidía quedarse.

Cantaron su nombre al final, alargando la última sílaba solo para fastidiarla, y ella rodó los ojos, riéndose, negando con la cabeza como si estuviera rodeada de completos idiotas. Y lo estaba. Pero eran sus idiotas.

Cuando sopló las velas, cerró los ojos apenas un segundo. Lo suficiente para que yo me preguntara qué demonios estaba pidiendo. Lo suficiente para que me prometiera a mí mismo dárselo, incluso si el universo decidía negárselo.

Aplaudimos. Mila casi la empujó contra el pastel. Arabella chilló, escandalizada, y luego empezó a corresponder abrazos como si el mundo se fuera a acabar a medianoche.

La observé hablar con cada uno. Con Roelle, gesticulando como siempre. Con mi hermana, intercambiando alguna broma que terminó con ambas riéndose como cómplices. Incluso con quienes más dejaron que disfrutara su momento —Morien y Riden— les dedicaba su atención completa, esa mirada intensa que te hacía sentir que, por un instante, eras lo único que existía.

Eso era lo que más me desarmaba de ella.

No era solo mi mujer. Era luz. Y verla rodeada de personas que la querían —que la celebraban— me dio una satisfacción extraña, poderosa. Como si hubiese hecho algo bien. Como si, por una vez, el caos que era mi vida hubiese construido algo bueno en vez de destruirlo.

Pasó un rato entre risas, brindis y anécdotas que terminaron exageradas a propósito. Hasta que la vi. Ese pequeño gesto que nadie más notó. El bostezo discreto, la mano cubriéndose la boca, los hombros cediendo apenas un poco.

Sonreí.

Me levanté del sillón y arrastré su pequeño cuerpo hacia mi pecho, importándome menos las miradas de fastidio de las mujeres con quienes estaba hablando.

—Te toca dormir —susurré en su oído.

No había ni terminado la oración para cuando comenzó a negar con la cabeza.

—Puedo aguantar un poco más. Aún es temprano —replicó, atrayendo la atención de mi hermana y Roelle.

Ambas sonrieron y se quejaron un poco, pero lograron convencer a mi terca prometida para que se fuera a dormir, sin permitirle tocar ni un solo plato.

Las despedidas fueron ruidosas y llenas de promesas de desayunos tardíos al día siguiente. Cuando por fin subimos, Arabella caminaba pegada a mi costado, su mano dentro de la mía, el pulgar rozando mis nudillos en un gesto ausente.

Ya en la habitación, la ayudé a quitarse los zapatos. Se dejó caer en la cama un segundo, mirando el techo como si todavía estuviera procesándolo todo.

Me incliné sobre ella, dejando un camino de besos desde su mandíbula hasta el punto sensible bajo su oreja.

—¿Qué deseaste? —le pregunté en voz baja, dejando un camino de besos en su cuello.

Rió, suave, casi adormilada.

—Contar los deseos es de mala suerte, mi amor.

Bufé contra su piel, fingiendo indignación, pero no insistí. Si había algo que respetaba eran sus pequeños rituales absurdos.

—No te preocupes. No fue nada malo —rió antes de que me separara, regalándole un guiño.

Fui al baño. El agua fría ayudó a bajar la adrenalina que todavía me corría por el cuerpo. Había sido un día largo. Demasiado. Pero había valido cada instante.

Tomé una ducha corta, pero para cuando salí del baño, no me sorprendió encontrarme con mi prometida ya rendida al sueño.

Estaba de lado, abrazando una almohada como si fuera yo, el cabello desparramado sobre la sábana, la respiración lenta y profunda. El anillo brillaba tenuemente bajo la luz cálida de la lámpara.

Riendo entre dientes, terminé de secarme, colgar el paño en donde iba, vestirme con un simple pantalón de pijama y saltar a la cama con ella. La acomodé contra mí, deslicé la sábana sobre los dos y besé su coronilla.

Sonreí cuando un suspiro de satisfacción salió de sus labios.

—Buenas noches para ti también, princesa —mascullé contra su frente, antes de seguirla en sueños.

♦ ♦ ♦

Sentí el vacío antes de siquiera abrir los ojos.

No me gustó.

Solté un suspiro largo al girar la cabeza y encontrarme de frente con el reloj en la mesa de noche.

Casi las cuatro de la mañana.

—Tengo que colocarle un cascabel —dije, un tanto divertido por el pensamiento.

Como volver a dormir sin ella no era una opción, me levanté sin pensarlo mucho y fui a buscarla, algo ansioso.

Si ella se había levantado así, quería decir que sus pesadillas volvieron a atormentarla, pero era demasiado gentil como para levantarme por “tonterías”, según ella. Le había reiterado varias veces que “tonterías mis huevos”, haciéndole prometer que me despertaría si pasaba otra vez, pero…

Arabella era Arabella.

Y gracias al infierno, yo contaba con un jodido sexto sentido cuando se trataba de esa mujer, así que cuando intentaba luchar con sus demonios sola, ahí entraba yo, listo para acompañarla toda la existencia si era necesario.

Fui al lugar que ella había bautizado como su escondite, primero. No estaba. Fruncí el ceño y me dispuse a recorrer la mansión.

No la encontré.

Después de una hora rebuscando, estaba a nada de rendirme. Había aprendido, a regañadientes, que cuando a mi mujer se le metía entre ceja y ceja atravesar su dolor sola, no podía hacer nada más que darle espacio. Sin embargo, el ruido mínimo en mi oficina me llamó la atención al pasar por el pasillo.

Me devolví. Abrí la puerta con sumo cuidado y la imagen de ella de espaldas, apoyada en el parapeto de piedra, con la cascada azabache cayendo con la cascada azabache cayendo libre sobre su espalda y vistiendo solo una camisa mía que le llegaba a mitad de los muslos, me recibió, dejándome fuera de base.

Se había arremangado sin darse cuenta y el algodón descansaba suelto sobre su cuerpo, delineando apenas las curvas que yo conocía de memoria. El viento nocturno jugaba con la tela, pegándola y soltándola, como si incluso el maldito aire necesitara tocarla para confirmar que era real.

Había visto a esa mujer desnuda.

Con ropa.

Furiosa.

Llorona.

Demandante.

Jodiendo por cosas que sabía perfectamente que no iba a obtener… y aun así intentándolo.

La había visto reír hasta quedarse sin aire. La había visto sangrar. La había visto romper cosas. Y romperse.

Pero esto…

Esto era distinto.

Su perfil se dibujaba bajo la luz de la luna como si hubiese sido esculpido con paciencia enfermiza. La nariz ligeramente levantada, el mentón firme, esa postura que incluso en soledad gritaba que no era una víctima del mundo, sino una mujer que lo desafiaba.

El oscuro mar detrás parecía rendirse ante ella. La espuma blanca rompiendo contra las rocas hacía eco con el movimiento suave de su cabello, que caía como tinta líquida hasta más abajo de la mitad de su espalda. El contraste con su piel bajo la luz fría era obsceno.

Parecía irreal.

Demasiado perfecta para pertenecer al mismo mundo que yo.

Y lo peor era que no estaba haciendo nada extraordinario. No estaba posando. No estaba intentando seducir. No sabía que la miraba.

Solo estaba existiendo.

Y eso bastaba para desarmarme.

Sus piernas desnudas asomaban bajo mi camisa. Mis ojos bajaron sin permiso. La forma en que apoyaba el peso en una cadera, la curva suave de su muslo… todo en ella tenía intención incluso cuando no la buscaba.

«Soy un bastardo con suerte», pensé, bebiéndome cada detalle como si fuera a desaparecer.

Porque había algo profundamente íntimo en verla así. Vulnerable sin darse cuenta. Envuelta en mi ropa. En mi espacio. Bajo mi techo. Y aun así, sintiéndose infinitamente libre.

Parecía una maldita diosa.

No la clase de diosa que se arrodillaba ante nadie.

La clase que exigía sangre si era necesario.

Y yo…

Yo estaba más que dispuesto a rendirle culto, a construirle templos con mis propias manos si eso era lo que quería. A arrodillarme frente a ella en privado y levantar imperios en su nombre en público.

La noche jugaba a su favor. La luna la adoraba. El viento conspiraba con descaro, moviendo su melena lo suficiente para provocarme. Hasta el océano parecía susurrarle secretos que solo ella entendía.

Y por un instante, lo reafirmé con una claridad brutal: si el mundo decidía tocarla, ardería. Porque esa mujer ahí, parada en mi balcón como si dominara todo lo que alcanzaba la vista… Era mía.

«Y si el infierno quería discutirlo, que viniera a buscarme».

Debido al sonido del oleaje y la distancia que nos separaba, no podía oír lo que desde luego hablaba con Kendall. Por cómo sus hombros se movían y su cabeza estaba ladeada hacia arriba con sutileza me daba la pista necesaria.

Iba a darle su espacio después de observarla unos cuantos minutos más; sin embargo, mi cuerpo reaccionó en el segundo en que un chillido —que no me dio tiempo de interpretar bien— salió de ella.

Crucé la habitación en cuatro zancadas y la apretujé contra mi pecho desnudo.

—¿Qué es? —dije en voz baja.

Supe que me había reconocido cuando inhaló despacio y profundo.

—Creo que te había dejado dormido —masculló, sorbiendo por la nariz. Sacudió la cabeza, algo molesta, al limpiarse las lágrimas que corrían por su rostro cuando la giré para encararla—. No es nada, lo prometo —soltó cuando cruzó la mirada con la mía.

El cómo no arrugó la nariz ni titubearon sus ojos me hizo creerle… aunque no del todo.

—¿Kendall? —pregunté con suavidad.

—Entre otras cosas —accedió a decir, después de segundos largos de silencio.

Levanté una ceja, apartando un mechón de cabello rebelde de su rostro.

—¿Es sobre lo que llevas queriendo decirme?

Mi prometida asintió y respiró hondo. Sus labios se movieron, soltando un: “estoy…”, pero un sonido que llevaba tiempo sin escuchar irrumpió en el interior de la oficina.

Arabella gimió, maldijo entre dientes y luego se tensó cuando reconoció la melodía.

Creí que lo dejaría pasar, pero…

—Ugh.

Con eso, salió de mis brazos y se adentró en la oficina. Riendo entre dientes, me quedé apoyado en el marco de las puertas del balcón, observándola abrir y cerrar cajones mientras se desesperaba.

Después de verla enloquecer con la cuarta gaveta vacía, opté por ayudarla. Caminé hacia el librero y saqué lo que buscaba del primer cajón.

Me dio un agradecimiento mudo cuando le tendí el celular. Luego contestó y lo colocó en altavoz.

—¿Qué me tienes? —habló con rapidez, dejándolo sobre el escritorio.

Esperamos. Solo una leve distorsión de la línea llenó el silencio. Ella no se tensó de inmediato. Asumió normalidad. Sabía que Harrison había tenido que irse por temas que yo quería resueltos para ayer, por ende, era comprensible que, al estar en otro país, lejos, las conexiones fallaran.

Pero…

Miré el teléfono con una sensación desagradable instalándose en el pecho. Porque no lo compraba. Harrison era muchas cosas, pero alguien que no tuviera todo bajo control no era una de ellas.

Cuando una respiración pesada se filtró por el altavoz, su cuerpo reaccionó antes que su mente: se enderezó apenas, hombros rígidos, mandíbula tensándose.

—¿Hola? —dijo, cuidando de no pronunciar ningún nombre porque su mente así funcionaba. Así había sido entrenada.

El silencio volvió a extenderse otros veinte segundos que parecieron minutos. Sus ojos buscaron los míos y supe que ya estaba pensando lo mismo que yo. Alerta. Preparada.

Entonces la voz habló, empleando el tono justo y frío que necesitaba uno de los idiomas con los que yo había crecido y que, para mí mujer, era su lengua natal.

—Había escuchado que trabajabas a mis espaldas, pero… te creía más inteligente.

No necesité traducción. Comprendí cada palabra. Comprendí la intención.

Vi cómo el color abandonaba ligeramente el rostro de Arabella y maldije entre dientes. Mucho más cuando tomó tres respiraciones profundas. Tres con exactitud. Aquello lo había visto lo suficiente con el pasar de los meses para reconocer que ese era su mecanismo antes de bloquearse por completo.

Sabíamos que, en algún punto, tendríamos que hacerle frente al maldito. Por venganza y porque formaba parte del plan que tenía entre ceja y ceja para protegerla. Sin embargo, que se presentara así de rápido, usando como vía el medio de una de las personas más importantes para mi mujer…

Bueno, aceleraba el juego.

—Muy mal, Ekaterina. Muy mal —suspiró, denotando decepción en cada palabra.

—Boss —respondió, como pudo, en el mismo idioma.

—No, no. Así no me debes de llamar tú. Muestra respeto y llámame por lo que soy.

Sus dedos apretaron el teléfono con fuerza. La vena en su cuello marcaba el pulso acelerado, pero su voz salió afilada como siempre.

—Nunca te he llamado de otra forma, pero si quieres que fabrique otro apelativo, ¿qué te parece “hijo de perra”?

La risa del otro lado heló el ambiente de por sí ya tenso. No por volumen, sino por lo que implicaba: diversión.

Le lancé una advertencia con la mirada. La entendió. No la obedeció.

—No estoy para tus mierdas. ¿Qué quieres?

La risa se cortó de golpe. El silencio posterior ya no fue burla. Fue cálculo. Nikolay Nóvikov no hablaba por hablar. Cada pausa, para él, era una herramienta. Lo había estudiado, lo había conocido y lo estaba cazando. Sabía cómo funcionaba, me lo había demostrado varias veces. Cada una de esas había sido al tocarle su cadena —Harrison había hecho su parte— y al continuar con la cacería al culo de mi prometida.

—Enseñarte por qué no debes de tocarme las malditas pelotas.

Hubo otro silencio, esta vez más largo.

Arabella sudaba en nerviosismo, pero se mantuvo muda, sin darle el gusto.

—Había creído que con el diamante habías aprendido la lección. Me demostraste que no —chasqueó la lengua, con fastidio—. Entonces tuve que cambiar de táctica, con la espera de que está vez sí entiendas mi mensaje y dejes de jugar a la indestructible. ¿No es así, Harrison?

Admiré cada onza de fuerza que ella sacó para no perder los estribos y soltarse a llorar porque él no…

—Tú…

—¿Yo no qué, Ekaterina? —la cortó, luego de que unos gruñidos de resistencia se escucharon de fondo—. ¿Yo lo qué? Ustedes dos se encargaron de fastidiarme. Por revolver aguas que no tenían por qué tocar, se dignaron a quemar, matar y secuestrar a mi propia gente, buscando cosas que tenían que dejar que siguieran su curso.

»¿Qué esperabas que hiciera? ¿Qué me quedara sentado, observando cómo jodían todo? ¿Esperar que a ti te diera la gana de aparecer aquí por las buenas? Creo que me conoces mejor que eso, Ekaterina.

Si la tensión estaba por el techo, con la rabia repentina de Arabella, las cosas escalaron hasta la estratósfera. Quise advertirle que no cayera en su juego porque eso era lo que quería, pero ella se apagó todo. Fijó la vista en ese móvil y lo miró con tanta intensidad que, si pudiera, lo hubiese incendiado.

—A lo que le pongas una mano encima, te juro que… —empezó a gruñir, rabiosa.

Sin embargo, el sonido repentino del disparo rebotó dentro de las cuatro paredes.

Me congelé por medio segundo antes de reaccionar; creí que Arabella tocaría el piso por cómo sus piernas flaquearon, pero no.

Se aferró con uñas y dientes al filo del escritorio, aturdida.

—No puedes amenazarme, Ekaterina. No puedes —dijo, echándose a reír por el silencio de conmoción que había causado.

—Tú. No. Lo. Hiciste —siseó, luchando con todas sus fuerzas para que su voz no temblara de rabia.

Falló y eso Nikolay lo disfrutó.

—No doy oportunidades, niña. Se las di al bastardo de tu amiguito porque contaba con la suerte suficiente de formar parte de una jugada más grande. ¿Sí recuerdas cómo jugamos aquí, no? Y para tu desgracia, en la Bratva nada se deja a medias. Mucho menos cuando decidiste dártelas de estúpida y jugar con los límites de mi paciencia.

—¡Pues te las desquitas conmigo, hijo de perra! —rugió, perdiendo los estribos—. ¡Así como te llenas la boca de mierda, soltando amenazas vacías, puedes salir de tu maldito escondite y desquitártelas conmigo frente a frente! ¡No usando personas que son inocentes! Sabes dónde estoy, sabes dónde me ubico. Me tienes fichada de los pies a la cabeza. Pero no. Decides ser una maldita rata y actuar desde las sombras como el puto cobarde que eres.

La risa seca de él se volvió a escuchar, haciendo eco en la habitación.

—Debo de reconocer que ese temperamento volátil lo sacaste de mí. Sin embargo, esa… impulsividad es gracias a tu madre.

Arabella se movió. Furiosa, rápida. Con un desplazamiento veloz, tomó el celular y lo apretó entre sus manos tanto que sus nudillos se colocaron blancos.

—Te lo advertí, Ekaterina. Incluso te di el tiempo necesario para que dejaras de ser estúpida y aceptaras lo que tu apellido demanda, pero no lo hiciste. Preferiste esconderte y dejar que los demás dieran la cara por ti.

»Me harté. No entendiste por las buenas, así que me toca que entiendas por las malas. Cruza los límites de mi paciencia, haz lo que te dé la gana otra maldita vez, y mi meta personal será quitarte a las personas que amas una a una.

—Vas a pagar por esto de la misma forma en que Alexey pagó, maldito bastardo.

—Alexey cometió el desliz de confiar en su hijo. Yo, en cambio, no confió ni siquiera en mi sombra, Ekaterina —replicó, burlón—. Ahora, estás escalando peldaños muy rápido, hija. Pero no los suficientes. Si quieres jugar conmigo, tienes que jugar de frente. Sin embargo, recuerda que eso no le salió bien a la mafia italiana la última vez que lo hizo.

Sabía que era en vano hacer que Arabella reaccionara. Por eso, cuando me dio una mirada rápida, no abrí la boca.

Estábamos jugando en las grandes ligas desde hacía algún tiempo, no obstante, no nos habíamos metido de lleno. ¿Pero ahora?

—Tienes que decir las palabras mágicas, Ekaterina —se burló Nóvikov, cuando de mi mujer no salió ni un siseo.

Respiré profundo. Todos teníamos entendido cómo funcionaban las cosas en la Bratva. Se sabía que las palabras eran promesas y ahí no se las tomaban en vano. Mucho menos las que Arabella tenía planeado enunciar, aún pese que Harrison le prohibió hacerlo cuando le explicó lo que ella era para la mafia rusa.

Pero la conocía de pies a cabeza.

A este punto, lo que el viejo le había prohibido o no, le sabía a mierda. Ella no seguiría permitiendo que le arrebataran a más personas de su lado. No sin su permiso. Por eso…

—Kak vasha zakonnaya naslednitsa, kak glavny preyemnik Bratvy, kak vasha pervenets i yedinstvennaya doch’, segodnya ya ob”yavlyayu vam voynu —pronunció aquellas palabras con deliberada lentitud, llenándolas de ira pura.

«Cómo tu legítima heredera, cómo principal cabeza sucesora de la Bratva, cómo tu primogénita y única hija, hoy te declaro guerra».

—Bienvenida de nuevo al juego, moya malen’kaya naslednitsa —declaró el otro hijo de puta, extasiado—. Que el mejor de los dos gane —colgó.

Apreté los dientes.

No estaba molesto con ella. El infierno sabía que no. Estaba molesto con el maldito que se encargaría de reactivar la parte oscura de mi mujer a costas de su estabilidad mental.

Y pese a que ella disfrutaría cada paso que daría en su dirección, que se aseguraría de deleitarse con quemar y derrumbar todo lo que a él le había costado construir, todo lo que le había costado tener, conseguir y mantener… Yo me estaba preocupando por cuánto eso iba a tomar de ella.

Esa preocupación no fue exagerada. Me demostró que tenía razón al inquietarme cuando, con todas las emociones negativas con las que estaba luchando, rompió el tenso silencio momentáneo y aplastó el celular contra el suelo, soltando un centenar de maldiciones y lágrimas en el proceso.

—Princesa —la llamé, sin moverme ni un milímetro de mi lugar. Abrumarla más era lo último que necesitaba.

Limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, me encaró con una nueva y furiosa determinación recorriendo su rostro.

—Empezamos a jugar por el poder de las ligas mayores —anunció y no repliqué.

Porque mientras Arabella sostenía su posición sin titubear, mientras abrazaba con orgullo el título de heredera que siempre había tenido, pese a que, desde que se enteró, nunca le interesó accionarlo, yo ya había tomado esa decisión silenciosa.

No había interrumpido, no le había quitado el teléfono en su momento, no rebatí nada. Pero fue porque el hombre que estuvo al otro lado de la línea acababa de reactivar algo que, por su bien, tuvo que haber dejado enterrado.

Si él quería recordarle quién era, estaba en su derecho.

Pero, si pretendía tocar lo que era mío, acababa de cometer el mayor error de su vida.

Seee que dije que lo que faltaba para concluir con Let’s Play era un epílogo, pero como verán, me emocioné mucho y terminé escribiendo de más. Peeeero, en mi defensa, esto era algo que ustedes querían y yo había escrito hacía tiempo, solo que faltaba pulir algunos detalles.

¿Qué opinan? ¿Valió la pena la espera? Jiji.

Por otro lado, ¡graaacias por su paciencia, señores! No tienen ni idea de lo feliz que fui escribiendo cada cosa. Ahora, ¿nos leeremos pronto? Quien sabe. Probablemente sí… o quizás no.

¡Los jamón con queso a toditos!

P.D. Me encantan los finales abiertos, por si no se han dado cuenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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