[+18] El Esclavo de mi Padre - Capítulo 26
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26: Legado 26: Legado Sus palabras no tuvieron sentido para mí, pero les di vueltas durante toda la noche en los ratos en los que el sueño se me escapaba.
¿Qué eran las ninfae?
¿Qué eran las ménath?
En ningún libro ni historia había escuchado sobre eso.
Hasta donde sabía, solo existían los humanos y los taur.
Y eran enemigos mortales desde que sus mundos se toparon.
Históricamente, llevábamos al menos unas 10 generaciones de Reyes y Reinas en el que habíamos llegado a ese continente, y desde esos días, el choque entre humanos y taur se había dado ferozmente por buscar más territorio para los humanos.
Técnicamente, nosotros éramos los invasores y ellos tenían todo el derecho a defenderse, pero ellos tampoco habían dado señales de comprender nuestro idioma y buscar la coexistencia.
Su naturaleza era agresiva, territorial y antes de nuestra llegada ya estaban divididos entre sí por clanes, motivo por el cual pudimos ganar guerras y forjar el reino al punto en el que era hoy en día.
Pero eso había cambiado hace uno o dos siglos, quizás algo en el medio.
Los quentaur se habían unido bajo un solo estandarte.
Un Regente que gobernaba sobre los demás.
Y aunque se sabía que ese mismo Regente cambiaba según la fuerza – no era un reinado por sangre como los humanos – se había mantenido de esa forma a través de los últimos años y una nueva guerra había explotado.
Esta vez, no habíamos ganado fácilmente.
Mucho tuvo que ver con la nueva transformación de los taur.
Algo nunca antes visto.
Quentaur que no solo dejaban atrás su forma humana.
Se convertían realmente en bestias de dimensiones descomunales, de poderes extraños.
Ya no les afectaba fácilmente el hierro y solo las balas podían atravesar una armadura invisible que no permitía la entrada de flechas y espadas.
Si no era con fuerza bruta o la ridícula velocidad de las diminutas esferas que cargaban las armas, era prácticamente imposible derribar a un transformado.
Por eso es que era tan importante la noticia que habían matado a un transformado.
Por eso había bajado tanto la moral del enemigo.
Pero si Dulce tenía razón y solo había sido una mentira…
Tal vez no nos estaba yendo tan bien como esperábamos.
Y los quentaur esclavizados lo sabían.
Pero en ningún momento se mencionaba ninguna otra especie.
Ninguna otra criatura.
A menos que fueran…
De las tierras más lejanas del este.
Aquellas tierras desconocidas que aún no habíamos podido conquistar debido a la barrera natural de las montañas; el Espinazo de Dragón.
Si lo pensaba así, no sería extraño que al otro lado hubiera todo un mundo que no conocíamos.
Y a como les había ido a los quentaur de este lado de las montañas, no me sorprendería que nadie más quisiera cruzarlas.
Pero entonces…
¿Por qué de repente aparecía otra especie?
¿Algo como…
Yo?
¿Como mamá y mi abuela?
Apenas amaneció, yo me levanté con el primer rayo de luz.
Ni siquiera Martha llegó tan temprano.
Me bañé con agua caliente, masajeando mis aún doloridos músculos y me vestí antes de que se pudieran ver las pequeñas marcas que aún mantenía alrededor de mis muslos y mi cintura.
El collar aún fue necesario, pero al menos los brazos ya no tenían ni rastro de marcas.
Cuando salí de la ducha, Martha me veía con sorpresa desde la puerta de la habitación.
—Milady, ¿De nuevo ha despertado temprano?
¿O no ha podido dormir?
—No sabía si confiar en ella.
Le había dicho todo a mamá antes.
Sé que venía de un lugar de preocupación, pero no pude evitar tener mis dudas.
—Algo entre los dos.
—Admití sin ganas, con el estómago gruñendo.
Bueno, una excusa, supuse.
—Tenía hambre.
Ella sonrió con las pequeñas marcas de la edad al lado de sus ojos y asintió solo una vez.
—Le traeré fruta…
—Espera.
—La fruta no tranquilizaría mi hambre.
—Trae también un sándwich.
—Pero perderá el apetito para el desayuno más tarde…
—No creo.
Solo tráelo, Martha.
—Me senté en mi tocador, empezando a cepillar mi cabello.
—¿Mamá está en su habitación?
Ella solo asintió con la cabeza y yo la despedí con un movimiento de cabeza similar.
Volvió a salir de mi habitación sin hacer mucho ruido, y me quedé viendo mi reflejo con dudas.
Tenía que hablar con ella.
Si algo me decía similar a lo que me dijo el taur, pues quedaba más que confirmado…
Pero si era algo diferente, no sabría a quien creerle.
¿A mí madre que era mi familia pero que me había ocultado esto por 21 años?
¿O al taur que conocía solo de hace un par de semanas y que no sabía si desearme u odiarme?
Entre ambos no juntaban ni un voto de confianza.
Esperé a Martha para comer algo y con la saciedad lograda fui directamente a verla antes de que tuviéramos que ir al desayuno familiar.
Se sorprendió bastante de verme.
Estaba en medio de su dosis de medicina, e hice una mueca al ver la jeringa que se introducía en su brazo.
—Oh, no esperaba verte hasta después del desayuno, Diane…
—¿Podemos hablar a solas antes de eso?
—Puse los ojos en Lila, la sirvienta de mamá que le estaba poniendo la medicina.
Ella volteó a ver a mi madre mientras quitaba la aguja de su piel.
Mamá le hizo un gesto afirmativo y ella se marchó dejando las cosas de su medicina en la mesita donde estaba apoyada.
Desafortunadamente, apenas se fue, noté que los ojos de mi madre empezaron a dilatarse en su usual nivel que con los años lo había considerado como lo “normal”.
Ni siquiera recordaba cómo era verla sin estar drogada.
—¿Qué es eso que te pones?
—Indagué por primera vez en mi vida, y ella empezó a sonreír con esa expresión feliz y perdida.
Tal vez no era la mejor hora para preguntarle cosas.
—Mmm, solo una cocción para los nervios, cariño.
—Dijo con voz suave y de repente me sentí repugnada por ella.
Apenas lo notaba, pero esa habitación apestaba a hierbas y algo dulzón, como si se estuviera pudriendo algo.
—¿Querías que reanudáramos nuestra…
ah, charla de antes?
Definitivamente no era el mejor momento para preguntarle nada.
Pero ya estaba ahí.
—Te faltó lo esencial.
No me dijiste qué soy…
Qué somos.
Ella se me quedó viendo unos segundos, torciendo los labios en una pequeña mueca.
Podía ver que estaba decidiéndose sobre si responder o no.
—Te dije que no somos humanas…
Ni taur.
—Abrió y cerró el puño donde le habían inyectado aquella medicina, y sus ojos bajaron a ver sus dedos moverse.
—No necesitas saber mucho más, cariño.
No hay necesidad porque tampoco harás nada.
Voy a cuidarte para que nadie se entere.
La observé con incredulidad.
¿Iba a usar la carta del secreto?
¿A dejarme por completo en la oscuridad y dejarlo todo bajo la alfombra?
—Tienes que estar bromeando.
Hace unos días estaba que me moría de fiebre sin saber por qué.
¿Y ahora quieres que solo lo ignore y no aprenda nada de mí misma para evitar que algo similar suceda?
—No necesitas aprender nada, porque no podrás hacer nada.
Solo tenías que pasar por ese celo para madurar tu cuerpo y es todo.
El resto solo lo vas a suprimir con medicina y…
—¿¡Medicina!?
No me digas que también tengo que drogarme hasta ponerme estúpida como tú.
—Le espeté sin pensar, y casi de inmediato me arrepentí.
Sus ojos me vieron con una frialdad poco característica de ella, pero en esa muestra de emoción pude ver un extraño brillo en ellos, aunque no alcancé a ver qué era.
—Cuidado con tus palabras, niña.
No sabes de lo que hablas.
—Su voz era un hilo tenso, pero no temblaba.
—No estoy estúpida, estoy viva.
Y estoy aquí contigo, a pesar de todo lo que eso implica.
—Se llevó la mano al rostro, de repente exhalando lento y pesado.
Cuando se la quitó, parecía haber envejecido un par de años de golpe.
—No vuelvas a mencionar esas cosas.
No busques lo que puede llegar a matarte.
Así que no quiero volver a escuchar nada de esto.
Apreté los labios y los puños.
Quería preguntarle directamente si era lo que ese taur me había dicho que era…
Pero si lo hacía, en el proceso delataría que yo había estado investigando.
Que había estado preguntando.
Y la persona a la que había acudido era casi la peor pesadilla de mamá.
No ganaría nada de delatar mi fuente de información, solo sería otra barrera que me dejaría aún más en la oscuridad.
—Si no me ibas a decir qué somos, ¿Para qué querías seguir con esta conversación?
—Murmuré entre dientes, soportando las ganas de gritarle.
Ella no sé atrevió a responder de inmediato.
—Precisamente…
para explicarte que apenas bajaran tus hormonas, el doctor te haría una evaluación y te daría tu propia medicina.
—Se levantó lentamente, viéndome con sus ojos dilatados pero firmes.
—Y te la vas a tomar, Diane.
Si no lo haces, yo misma te meteré las pastillas por la garganta si es necesario.
Parpadeé viéndola sin creerme sus palabras.
—¿Por qué?
¿Qué pasará si no me las tomo?
—Esta vez no pude ocultar la incredulidad en la voz.
—¡Porque si no te las tomas, te van a romper!
—Su exabrupto me hizo callar y dar un paso atrás.
Pocas veces veía a mi madre alzar la voz.
Pero así como explotó, volvió a bajar el volumen hasta que noté que su mano inyectada temblaba.
—Porque yo no voy a soportar que te lleven de mi lado.
—Se levantó de golpe y el ruido de la silla cortó el aire entre ambas.
No tuve palabras para eso.
Y sus ojos ya no hablaban de advertencias…
Solo había temor en ellos.
—¿No lo entiendes?
A los quentaur los escalvizan solo por ser bestias…
¿Qué crees que nos harían a nosotras si se enteraran que somos algo diferente?
¿Que pensaran que de alguna manera puedan usarnos?
No…
No había pensado en esa posibilidad.
Supongo que vivir tanto tiempo sobre un trono te hacia pensar que eras intocable.
Que nadie te haría más daño del que puede hacer la opresión y el matrimonio mal emparejado.
Vivíamos en guerra de nuevo.
Los quentaur estaban evolucionando.
¿Y nosotras?
Éramos un caso a explotar.
Sacar secretos.
Ahora tenía más sentido.
—Te vas a tomar la medicina.
Te voy a obligar si hace falta.
—Repitió ella, con una voz que ya no intentaba disimular la amenaza.
Pero ahora sabía que venía de un lugar de miedo.
—Porque prefiero tenerte drogada y presente, a lúcida y encadenada, como si solo fueras una bestia más.
Bestia.
Empezó a caminar hacia mi.
Hacia la puerta.
Pero cuando llegó a mi altura y pude oler el potente aroma a droga, un escalofrío pasó por mi cuerpo cuando puso una mano en mi hombro.
—Entiende que esto lo hago por protegerte…
Por protegernos.
Aunque tú no lo veas.
—Me dió un apretón antes de soltarme, y yo giré un poco la cabeza, sin llegar a verla totalmente.
—Ahora vamos a desayunar, que tu padre quiere hablar con nosotros…
Especialmente contigo.
—¿Por qué?
—Ya deberías haber aprendido, Diane.
—Dijo ella con un suspiro, con la voz triste.
—No preguntes.
No quieres conocer las respuestas…
Me soltó y salió de su habitación.
Pero yo no necesité más respuesta que esa.
Lo que fuera que mi padre quisiera hablar hoy conmigo, no me iba a gustar.
Así que apretando los puños a los lados, me abracé el cuerpo como si con eso pudiera protegerme de mi propia familia…
Y seguí a mi mamá al comedor.
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