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[+18] El Esclavo de mi Padre - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 El canto Ninfae
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30: El canto Ninfae 30: El canto Ninfae Dos días pasaron y no pude encontrar nada.

No por no intentar, y tampoco por no saber…

Sino porque realmente no había absolutamente nada de esa información.

¿Algo que involucraba nuestras familias, pero que no nos había tocado a ambos?

Solo había un suceso así.

Un evento que había marcado el final de nuestras interacciones amistosas y que había generado secretismo casi absoluto.

Aquel evento sobre nuestros padres.

La mujer que ambos deseaban, pero que falleció en circunstancias misteriosas.

Nunca se supo la razón de la muerte ni cómo fue.

Aparte de mi padre y el rey, no sabía tampoco quienes habían participado en ello.

No se hablaba de nada, no se mencionaba nada y tampoco había ido a ningún registro histórico aparte de una vaga mención de “falleció la antigua prometida del príncipe heredero y Lady Santhe tomó su lugar”.

Un salto y agujero negro de información.

Ni siquiera mencionaba el nombre de la primer prometida.

Es como si la hubieran borrado a ella de la faz de la tierra.

Como si nunca hubiera nacido en el reino ni fuera parte de ninguna familia.

Nada.

Antes no lo había pensado porque era un tema prohibido y olvidado por la misma falta de mención, pero eso era muy raro.

¿Qué habría pasado para llegar a tal nivel de secretismo?

—La fórmula usada para calcular los costos anuales de los salarios es…

No dejaba de jugar con el lápiz, viendo y a la vez no, el pizarrón que tenía enfrente.

Había reanudado un par de clases en vista de que todos estaban más que seguros que yo iba a casarme con un futuro jefe de familia y ahora tenía que recordar aquellas fastidiosas clases de economía para el hogar.

Debía aprender a manejar altas sumas de dinero, dividirlas correctamente y aprender a manejar una casa como la próxima Marquesa que iba a ser.

Marquesa Kozlov, nada más y nada menos.

Nadie tenía la más remota idea de mis planes y mi trato con el príncipe.

Y eso mismo era la única razón por la que ahora estaba tan tranquila y sumisa.

No importa qué, tenía un plan bajo la manga para escapar de ese compromiso, y si todo se iba al carajo con él, tenía un plan Z que sería la última carta de mi baraja.

Recientemente había hecho un par de negocios bajo mi nombre con ayuda de Cedric.

No era rica con ellos, pero no moriría de hambre gracias a ello.

Iba a escapar con el dinero que había generado y desaparecería del radar de todas esas rebeliones y conspiraciones que intentaban fraguar usando mi apellido.

Ni Sergei, ni Ike ni mi familia se aprovecharían de mí.

Iba a huir de este continente, no importa qué.

Ya no era solamente el miedo a Sergei.

Era todo lo que de golpe se había complicado con la Familia Real.

No quería ser ególatra, pero ahora mismo me sentía en el ojo de un huracán del que no me había percatado que estaba rodeandome.

Había estado en una burbuja de tranquilidad que no me había permitido ver más allá de mis narices.

Y ahora estaba pagando por ello.

Lo único que lamentaria sería lo que estaba lejos de mi visión, que giró hacia la ventana del salón.

Hasta ahí escuchaba los sonidos espantosos de los castigos a los esclavos.

Latigazos, shocks eléctricos, torturas.

Pero oculto entre todos ellos, aquel taur que ocupaba mi mente cuando no lo hacía la incógnita del misterio.

El taur había dicho que había adquirido un trabajo en la mansión que lo había hecho irremplazable, pero la cantidad de guardias me había hecho imposible bajar sin ser vista y andar a mis anchas.

Alegaban lo peligroso que era acercarse y no había podido volver con él.

Pero no podía negar el canto de mi sangre cuando sus ojos cruzaban mis recuerdos y mi deseo de embelezarme con su voz.

Si escapaba…

¿Podría llevarlo conmigo?

—¡Lady Ivory!

—El maestro me gritó tal vez por tercera vez y eso rompió mi concentración, dejando caer el lápiz a la mesa y al suelo.

—Sé que ya sabe estas fórmulas y sus futuros deberes, pero al menos podría fingir poner atención.

Podía ver la irritación del maestro tras sus lentes, pero yo estaba más cansada por las altas horas de la noche a las que me había quedado dormida por leer incansablemente cualquier libro de historia.

—Una disculpa, maestro, pero me siento cansada.

Deberemos cortar las clases temprano hoy.

—Me levanté de la mesa a pesar de la escandalizada mirada de mi maestro y solo le ofrecí una corta reverencia.

—Si me disculpa…

Salí ignorando las quejas del hombre.

Ninguno de mis padres estaría contento cuando se enteraran de eso, pero mi poca atención a cosas que ya sabía no podía importarme menos.

Fui al jardín, bajo el árbol más grande del limitado terreno que poseíamos –eso por vivir en la capital–; el enorme sauce.

Sus hojas caidas siempre habían sido como cortinas para ocultar lo que estuviera en su base.

Un escondite perfecto en el que podía ver llegar a todos y no cualquiera podría llegar a verme.

Era el lugar más tranquilo en la mansión.

El lugar donde más paz encontraba.

Aquí a veces podía tener una inspiración tranquila de las cosas.

Con el aire otoñal soplando suavemente, me recosté sobre el pasto y dejé que mi cabeza se despejara lentamente.

No podía seguir trabajando a ese ritmo agotador.

Necesitaba una hora de descanso.

Cerré los ojos y empecé a tararear una suave melodía.

Siente en tu frente mi dulce caricia, como un susurro que todo ilumina.

Cierro tus miedos, abro tu paz, y en mis abrazos te dormirás.

La repetí con suavidad, vaciando la mente como si fuera un mantra.

Mientras mi voz viajaba con el viento, algunos pajaritos empezaron a acercarse.

Me encantaba verlos mientras me quedaba quieta ahí, y me gustaba pensar que era por mi canto que venían y se quedaban.

Eventualmente empecé a quedarme dormida de verdad, con mi canto reemplazado por el de las aves.

No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando escuché un aleteo desesperado y cuando abrí los ojos todas se habían marchado…

Dejando en su lugar…

—No tienes ningún instinto de supervivencia, ¿No, gatita?

—Sus ojos dorados derretían los confines más oscuros de mi cabeza, y sé que al menos mi cuerpo podía sentirse igual.

Cálido, hecho agua.

Recuerdos olvidados de caricias y mordidas volvieron a mi como si dejara que el agua se asentara y pudiera ver lo que había abajo.

Placer.

—¿Por qué tenerlo en mi propio hogar?

—No sé qué fue lo que me impulsó; tal vez el sueño.

Pero levanté la mano y pasé los dedos sobre su mejilla.

Era increíblemente suave, excepto donde le crecía la sombra de su preciosa barba negra.

Y aunque parecía estar sucio de la cara por la razón que fuere, su olor seguía sin ser desagradable.

Me llenó las cosas nasales con su aroma a café…

Y eso mismo fue lo que terminó por despabilarme del sueño.

Abrí los ojos con más sorpresa, pero aún no terminaba de llegar el mensaje a la cabeza.

Estaba ahí.

Ni siquiera a un metro de distancia.

Estaba literalmente con su rostro a escasos centímetros de distancia, observandome con esos hipnóticos ojos que ahora parecían estar dilatados, como los de un gato que ve algo que le gusta.

Mi corazón se apretujó solo por esa comparación, y esperaba que fuera cierto.

Bajé los dedos hasta su mandíbula y cuando mis ojos enfocaron sus labios, fue como si un hechizo se rompiera entre ambos.

De golpe su mano sujetó mi muñeca y la alejó de si, haciéndome dar un brinco de la sorpresa y por fin hacerme reaccionar.

—¿Q-qué haces aquí…?

—Estaba del lado de los jardines.

Aquí no debería haber nadie, menos aún un esclavo.

Si alguien lo veía…

—¡No deberías estar aquí!

—Estoy consciente de ello, princesita.

—Su voz grave ahora parecía irritada.

Desvió los ojos a mi derecha y casi suelto un grito en vez del respingo que salió de mi garganta.

Las aves no eran lo único que se había acercado.

Y no sé si se habían marchado por el esclavo o por aquello que estaba plácidamente echado a mi lado.

Un hipogrifo.

Su enorme cabeza de águila descansaba a unos 10 centímetros de mi mano que mantenía sobre la hierba.

Su enorme y letal pico era del tamaño de la punta de mi dedo hasta el antebrazo y su cabeza fácilmente era del tamaño de mi torso.

Tenía las alas plegadas y su cuerpo mitad águila y mitad león, estaban echados junto al árbol.

Las patas traseras de león las tenía estiradas plácidamente y movía la cola sin preocupación alguna.

Bueno, es que yo no era ningún peligro para él como lo era conmigo.

—¿C-cómo…?

—Sshh…

No lo despiertes.

—El esclavo puso dos dedos sobre mis labios y yo obedecí sin rechistar.

No quería verlo despierto y que me arrancara la cabeza.

—¿Por qué lo atrajiste?

Volteé a verlo con incredulidad.

—¿Lo atraje?

¿De qué demonios hablas?

—Susurré con prisas, pero por el rabillo del ojo noté movimiento de la enorme bestia.

—¿Eres tonta?

—Me susurró igual con molestia, y yo me sentí todavía más irritada.

—Cantaste.

¿Qué esperabas que sucediera?

Lo ví con más confusión de la que podía expresar.

Y él se dió cuenta, porque sus facciones cambiaron de estar enojado, a sorprendido y luego a frustrado.

—¿Es que no te han enseñado nada?

—Parecía que estaba gruñendo.

Probablemente era cierto.

Pero con eso, el hipogrifo empezó a agitarse en su sueño y yo empecé a sentir mi cuerpo tensarse como un resorte.

—Shh…

Solo no hagas…

Movimientos bruscos.

El ojo del enorme felino aviar se abrió de golpe y su penetrante ojo amarillo nos enfocó a ambos.

Lentamente, se alzó levantando la cabeza y yo estaba que perdía la habilidad de respirar.

Se puso de pie y media casi tres metros en toda su longitud.

Nos enfocó con ambos ojos, pero más específicamente a mí, que aún no me había movido.

—Ven…

Levántate y mantén la cabeza abajo.

—Me susurró, pero casi termino gritandole si estaba loco.

—Si no lo haces…

Lo ofenderás.

Y entonces sí se pondrá agresivo.

Tragué saliva y mejor me guardé mis pensamientos.

Hice lo que me decía, bajando la vista hacia sus poderosas garras delanteras.

Se mantenían quitas, pero podía notar cada músculo con demasiada atención.

Me atreví a respirar un poco cuando estube de pie y escuché algo agitarse.

Fue el hipogrifo sacudiéndose el cuerpo.

—Bien…

Levanta la cara y…

Deja que te reconozca.

Propiamente ahora.

—Sentí mi cuerpo temblar un poco, pero respiré profundo y obedecí.

Casi de inmediato, el hipogrifo agachó la cabeza a olerme y solté un respingo cuando su pico tocó mi brazo.

—Eso fue rápido.

No hubo agresividad en su gesto, descubrí rápido.

Se parecía más bien…

Un perrito pidiendo por atención.

Porque lo hizo de nuevo.

Un empujón a mi brazo, bajó a la mano y olisqueó.

Por inercia la levanté y acaricié su pico hasta lo que supuse sería su frente y con suavidad pasé la mano por su cabeza.

Todas sus plumas se esponjaron y volvieron a su lugar y volvió a buscar más mimos.

Dioses, era un…

Cachorro gigante.

—Parece que lo enamoraste.

—¿Qué sucede?

¿Por qué vino?

¿Y por qué…?

El hipogrifo bufó y de repente soltó un picotazo al aire en dirección del esclavo.

Creo que fue porque dio un paso hacia mi.

—Ey, enorme bruto, no hice nada.

—Él le gruñó, pero el grifo no pareció gustarle.

Le soltó otro picotazo al aire, pero no hubo daño alguno.

—Es mia también.

Parpadeé.

Tarde un momento en entender sus palabras y cuando lo hice, volteé a verlo extrañada.

—¿Disculpa?

Me volteó a ver con una ceja levantada.

No dijo nada más antes de acercar la mano al pico del hipogrifo y alejarlo de mi.

Lo ví con confusión, pero algo en mi interior empezó a acelerarse.

El corazón, supuse.

—¿Qué hacías aquí?

—Fue lo que dijo en vez de responder, y yo lo ví con la misma expresión confundida, entre él y el hipogrifo.

Creo que mi pregunta fue formulada antes de siquiera pensarla, porque respondió a mi gesto.

—El trabajo que me hace importante, ¿No lo habías adivinado ya?

Su sonrisa de medio lado, llena de suficiencia me cortó la respiración de una forma muy diferente a como lo hizo despertar al lado de una montura peligrosa, pero con el mismo efecto.

—No había tenido tiempo…

Ah…

—Negué con la cabeza, girando a ver el punto en el árbol donde había estado durmiendo.

—He estado intentando encontrar información de algo…

Pero no encuentro nada.

—Solté sin pensar, pero luego las palabras del esclavo cobraron sentido.

Empecé a negar con la cabeza enérgicamente.

—Espera, ¿Entrenas hipogrifos?

—Estás dispersa hoy, gatita.

—De una bolsa que no había notado antes en su cintura, sacó un pedazo de…

Algo con carne –no quise saber qué– y se lo lanzó al hipogrifo que lo atrapó en el aire.

—No los entreno.

Los cuido.

Ningún humano puede.

El aroma los delata y se ponen agresivos con ellos.

—Su explicación tan franca me tomo desprevenida.

Creo que nunca había Sido tan claro o directo conmigo.

Solo lo acepté y volví al otro tema, sintiendo que le debía mi propia explicación.

—No puedo encontrar información sobre una época de la historia…

Y creo que de eso depende el que pueda…

Romper mi compromiso.

—Sentí un escalofrío, y noté cómo su cara cambiaba a una de tranquilidad por…

—Tu…

¿Qué?

—El gruñido fue bajo, pero bastante notorio e hizo que incluso el hipogrifo respondiera con un…

Supongo que fue un gruñido a su manera.

Fue como un bufido o un chillido a medias.

—Ya te había dicho.

—¿Y no lo has roto?

—No sé por qué se enojaba tanto…

O tal vez si, pero no quise profundizar en ello.

No se supone que debería.

—Como si fuera tan fácil.

Y ahora que tal vez puedo hacerlo…

No encuentro la manera de buscar información sobre una estúpida pregunta de un suceso histórico que todos decidieron callarse por una razón…

Bufó de repente y el gruñido desapareció.

Pero parecía que estaba evitando verme a la cara.

—¿Y por qué no haces la pregunta a los espíritus?

Eso es lo que hacen ustedes.

—¿Qué?

Sus ojos dorados volvieron a enfocarse en mí con incredulidad…

Y luego negó con la cabeza, pero luciendo derrotado.

—De verdad, tu ignorancia es inquietante.

—Con un bajo gruñido, alzó la vista hacia adelante y atrás, y tras un momento, dejó escapar un suspiro pesado.

—Vuelve aquí, antes del amanecer.

Es a la hora que hay menos guardias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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