¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 La Estación Hathor
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1: Capítulo 1: La Estación Hathor.
1: Capítulo 1: La Estación Hathor.
“El tren llegó antes de lo esperado.
Como casi todo lo bueno en mi vida.
Y yo, como siempre, casi lo pierdo…” Corrí por el andén del metro con el corazón latiéndome en las sienes y una rebanada de pan tostado a medio morder colgando de mis labios, casi como una bandera de rendición.
El asfalto vibraba bajo mis zapatillas gastadas, una cuenta atrás que no podía permitirme perder.
—¡Espere!
—grité al aire, con la voz ahogada por el esfuerzo y el pan tostado.
Cargué todas mis fuerzas sobre mis rodillas, saltando en el último segundo y aterrizando con la gracia de un saco de patatas sobre el piso del vagón.
Con un agudo pitido, las puertas se cerraron detrás de mí, sellando mi entrada a un nuevo mundo.
Mis piernas temblaban, mi mochila resbalaba por mi pequeño hombro, y mi uniforme de segunda mano se me pegaba al cuerpo por el sudor de la carrera.
Me apoyé contra la puerta, intentando recuperar el aliento perdido.
—Debería…
hacer…
más…
ejercicio…
—musité para mí misma, casi sin poder sostener el aire.
Aunque no sé si el uniforme se me pegaba de esta forma por el sudor de la carrera o porque medía dos tallas menos que mi ropa convencional.
Pero qué importa, fue para lo único que nos alcanzó.
Cuando logré recuperar la compostura, mi mirada se cruzó con la de un señor sentado con la espalda recta como una regla.
Al analizarme, su rostro se tensó, formando una mirada de desprecio.
“No me digas que es de esos viejos de cejas fruncidas y camisa planchada que parecen odiar por principio cualquier cosa menor de cuarenta años.” —Gente sin modales…
—pronunció con un desdén que resbalaba desde su bigote canoso hasta su barbilla.
Sus palabras fueron mi primer saludo en este nuevo capítulo de mi vida.
Ya las había escuchado muchas veces antes.
Pero hoy no…
hoy no me las iba a tragar con el resto de mi pan tostado.
Lo miré fijamente, con la espalda recta, clavándole mi lente imaginario sobre su cabeza; calvo y arrugado hasta el brillo, igual que una bombilla malhumorada.
—Y usted qué, anciano —repliqué sin retroceder—.
¿Los ánimos de sonreír se le fueron con el pelo o qué?
El señor frunció la boca, formando una pequeña y arrugada “o”, como si le hubiera escupido con la mirada.
Pero no dijo nada.
Lo consideré victoria para mí.
Fue entonces cuando, desde el otro lado del vagón, escuché una risa suave, casi musical.
Levanté la vista hacia la parte trasera del vagón.
Un chico de cabello rosa, rostro impecable y expresión apacible parecía haberlo escuchado todo.
Se cubría la boca con una mano de dedos largos y delicados, intentando contenerse, pero sus hombros cubiertos por una chaqueta azul con el logo de la preparatoria temblaban ligeramente.
La luz de la ventana iluminó pequeños dijes de máscaras venecianas con forma de bufón, repartidos por cada prenda de ropa: uno en el blazer de su chaqueta, otro en el cuello de su camisa y uno pequeño, casi imaginario, que brillaba en su oreja, cubierto por su llamativo pelo.
Pero esa misma luz también iluminó su perfil y, por un instante, mi mundo se detuvo.
Era hermoso.
No de la forma tradicional, sino como si hubiera sido esculpido por un artista y luego puesto en la portada de una revista de lujo.
Su piel parecía suave incluso desde la distancia, y sus ojos…
tenían esa calma de quien está acostumbrado a que todo y todos lo admiren.
Sin embargo, no se notaba arrogante.
Ni desinteresado.
Simplemente…
acostumbrado.
Como si la belleza fuera parte de su rutina diaria, como cepillarse los dientes.
Solo apartó la mirada y siguió observando el paisaje pasar, ajeno a mi escrutinio, como si esa vista fuera el mayor privilegio.
Me dejé caer en un asiento vacío, acomodándome torpemente el uniforme.
Todavía tenía escondida la etiqueta bajo el cuello, rascándome la nuca.
Ni los dueños originales se la quitaron y, por garantía de autenticidad, fue la mejor opción.
Tragué saliva y susurré: —Primer día…
Abrí mi mochila, sacando mi cuaderno gastado.
Revisé por décima vez los datos sobre la escuela, como si leerlos de nuevo pudiera hacerlos más reales.
La preparatoria Hathor.
Desde su nombre, ya es especial.
Se escribe “Hathor”, como la diosa egipcia del amor, la danza, la música y la belleza, pero se pronuncia Hanthor, dándose un aire más sofisticado.
Fundada hace más de cien años.
En sus aulas se formaron ministros, herederos de empresas transnacionales, artistas, modelos, y…
bueno, gente que jamás pensaría en hablarme.
La institución realiza viajes recurrentes a Europa.
Tiene canchas de cada deporte que se te ocurra, hasta de Ullamaliztli, que no tengo idea de qué es, pero quiero tomarle una fotografía.
Y hasta tienen un teatro privado con cupo para mil personas.
Y allí iba yo…
con mi pan mordido, mi mochila remendada y mi vieja cámara.
“¿Y cómo llegaste ahí?”, te preguntarás.
Después de años de estudiar sin descanso, de noches en vela y de sacrificar fines de semana, conseguí ganar el primer lugar estatal en el concurso de fotografía.
Me premiaron con una beca de estudio total.
Y como si el destino se hubiera puesto romántico, una vacante se abrió justo para mí en la preparatoria de mis sueños.
No me imagino la cara de los patrocinadores al ver en cuál preparatoria fui aceptada.
Desde los altavoces del tren, una voz femenina aterciopelada dio mi tan esperada noticia: —Hemos llegado a la estación Hathor.
Al salir del vagón fui recibida por un andén reluciente, con paredes grises y un suelo blanco como el mármol.
—¿Qué tan rica debe ser una escuela para tener su propia estación de tren?
—pregunté en voz baja, como quien lanza un pensamiento al aire.
—Mejor pregúntate qué tan ricos son sus alumnos que ni la usan —declaró una voz femenina llegando a mi lado, clara y confiada.
Era una chica de cabello dorado, perfectamente ondulado.
Llevaba el uniforme de forma elegante, como si hubiera sido diseñado a medida para ella, con una pequeña diferencia al mío: el suyo tenía una chaqueta dorada.
Sus labios eran delgados y rosados, y sus dientes, una hilera perfecta de perlas.
—Viajar en ese tren para muchos es como querer viajar en el andén 9 3/4 —declaró con una sonrisa—.
Soy Mary.
Un gusto —extendió la mano.
—Ah…
mu-mucho gusto.
Soy Suri —acepté el apretón, sintiendo lo suave de su piel—.
Es mi primer día.
—Lo sé.
Se te nota —rio suavemente, una risa que no se parecía en nada a la del chico de pelo rosa; esta era más controlada, más social—.
Me gusta recibir a los nuevos, aunque no es normal encontrar a un nuevo de la clase 1-A —con una sonrisa hizo un leve movimiento de mano mientras comenzaba a alejarse—.
Ven, te mostraré el campus.
Una rara sensación se plantó en mi garganta.
—¿Clase 1-A?
—musité confundida.
Aún no me asignan clase según yo.
Durante la siguiente hora, Mary fue mi guía en el paraíso de Hathor.
Hablaba con una soltura y una elegancia tan naturales que no parecíamos de la misma edad.
El aire dentro de Hathor era diferente.
No olía a escuela, a tiza y a adolescentes encerrados.
Olía a maderas nobles, a perfumes caros y a algo que solo podía describir como dinero viejo.
Un aroma a privilegio que se había acumulado durante generaciones.
Mis zapatos chirriaban contra el suelo inmaculado, un sonido que parecía amplificarse en los techos altos.
A mi alrededor, las risas de los estudiantes tenían un timbre particular, como si incluso su alegría fuera exclusiva, educada en las mejores escuelas de etiqueta.
—¿Siempre huele así?
—pregunté, inhalando profundamente.
—¿A qué te refieres?
—A…
no sé, como a vainilla y a cuero nuevo.
Mary sonrió.
—Ah, eso.
Es el ambientador personalizado de la escuela.
Lo fabrican en Francia exclusivamente para Hathor.
Dicen que mejora la concentración y el rendimiento académico.
“Por supuesto que tenían su propio olor.
Es Hathor.” Pensé, inhalando hondo con una sonrisa.
—Esta es la cafetería.
Aquí comerás todos los días.
Mis ojos se clavaron en el menú digital sobre el mostrador.
—¿Una taza de café…
cinco mil dólares por un café?
—Jeje, sí, es delicioso.
Pero si se te olvida el dinero, la escuela tiene un menú…
gratuito…
es limitado, claro, pero sirve para emergencias —me guiñó el ojo con una amabilidad que me pareció actuada.
La forma en que dijo “emergencias” fue tan sutil que apenas lo noté.
Seguimos caminando por un pasillo con suelo de mármol tan pulido que podía ver mi reflejo distorsionado.
A nuestro lado, vitrinas de cristal exhibían trofeos y reconocimientos que parecían más obras de arte que premios escolares.
Sin embargo, un detalle inquietante captó mi atención: ninguno de aquellos laureles era reciente; el más actual databa de cuatro años atrás.
—Y aquí está la sala de descanso para estudiantes —dijo Mary, abriendo una puerta doble con gesto teatral.
Mis ojos se desorbitaron.
Aquello no era una sala de descanso; era un lounge de lujo con sofás de cuero italiano, una barra de café atendida por un barista uniformado, y estudiantes que parecían salidos de una revista de moda.
—¿Eso es una fuente…
de chocolate?
—pregunté, señalando una estructura dorada en el centro.
Mary asintió con una pequeña risa.
—Sí, pero solo la encienden los martes y jueves.
Los lunes tenemos fondue de queso importado, los miércoles pastel verdens beste kake noruego y los viernes helado artesanal.
Ya sabes, para no aburrirnos.
—¿Solo queso?
—dije desanimada.
—Tienes razón —declaró—.
Es injusto que se lo guarden para un solo día, voy a proponer que lo den todos los días.
Buena idea, Suri.
Me quedé congelada.
A eso no me refería.
¿Acaso no sabe cuánto vale ese pastel?
Antes de poder decir algo, una chica pasó junto a nosotras hablando por teléfono: —…entonces le dije a papá que si no me compraba el yate nuevo para mi cumpleaños, no iría a Mónaco este verano…
Mary asintió como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Es Clarissa.
Su padre es dueño de tres islas privadas.
Pero es un poco tacaña, ¿sabes?
El año pasado solo donó cinco millones a la escuela.
Pasamos junto a una sala de música donde alguien tocaba un piano de cola.
Las notas flotaban por el pasillo como gotas de cristal, tan perfectas que dolían como el hielo.
—Me encanta escuchar al presidente tocar, ¿es muy bueno no crees?
—me dijo mientras lo veíamos por la ventana.
Un chico de pelo negro y ojos ámbar con una chaqueta azul.
Pero un detalle distintivo, en su cuello, un listón dorado conectaba los lados de su chaqueta—.
Bueno, continuemos.
—Y aquí está la fuente central —continuó Mary—, construida por el abuelo del fundador.
Dicen que quien lanza una moneda aquí, encuentra su propósito antes de graduarse.
—¿Lo hiciste?
—Claro, pero con una moneda de oro.
El bronce da mala suerte —dijo, sonriendo sin aparente malicia.
“…¿U-una mo-moneda de o-o-oro?” —Y aquí está la piscina olímpica —señaló Mary hacia una estructura de cristal.
—¿Tienen una piscina olímpica?
—Oh, en realidad tenemos tres.
Esta es para natación competitiva, la otra es para clases de buceo, y la tercera…
—hizo una pausa—.
Bueno, esa es solo para selfies.
Está climatizada y tiene una iluminación especial.
Tal vez te guste.
Parpadeé varias veces.
—¿Me estás diciendo que tienen una piscina…
solo para tomarse fotos?
—Claro —respondió como si fuera lo más normal del mundo—.
Aunque hay que reservarla con dos semanas de antelación.
Y los jueves es exclusiva para influencers con más de un millón de seguidores.
No pude evitar reírme, pensando que era una broma.
La cara seria de Mary me confirmó que no lo era.
—También tenemos un profesor de poses acuáticas —añadió—.
Fue medallista olímpico, pero ahora enseña cómo salpicar agua sin arruinar el maquillaje.
Me llevó también a ver los salones de arte, el jardín central con flores que nunca había visto —de las cuales saqué hermosas fotos—, y hasta los dormitorios privados que parecían suites de hotel.
Todo era sacado de un dorama de lujo.
Mientras caminábamos por un pasillo, Mary fijó su vista en mi mochila.
—¿Y esa cámara?
—preguntó, señalando el bulto que sobresalía—.
Parece…
antigua.
Instintivamente, llevé mi mano hacia el estuche, protegiendo el único tesoro verdadero que poseía.
—Es una Leica M3 de 1954 modificada —respondí con orgullo—.
Era de mi abuelo, pero mi padre la adaptó con un sensor y una pantalla digital.
Estoy segura de que ningún coleccionista ha visto una igual.
Mary la miró con curiosidad, como quien observa un artefacto arqueológico.
—Oh, qué…
vintage —pronunció la palabra con dificultad, arrugando ligeramente la nariz—.
Muy auténtico.
Aunque, ¿no sería más fácil usar el último iPhone?
Tiene 108 megapíxeles y filtros automáticos.
—No es lo mismo —defendí, acariciando el estuche de cuero gastado—.
Esta cámara tiene alma.
Cada foto es un pequeño milagro.
—Si tú lo dices —sonrió con condescendencia—.
Mi padre me regaló una Hasselblad digital el mes pasado.
Costó más que un auto, pero apenas la he usado.
Quería que entrara a ese tonto concurso de fotografía.
Hubieras visto la cara que puso cuando la tiré por la ventana.
Fue muy divertido.
Quedé pasmada al escuchar esas palabras.
Esa cámara seguro valía más que un año de alquiler.
—Sí, ya me lo imagino…
—Bueno, sígueme —continuó.
Pasamos frente a una puerta con una pequeña placa: “Cuarto Oscuro – Laboratorio Fotográfico”.
Me detuve un segundo, sintiendo cómo mi corazón daba un pequeño brinco.
Un cuarto oscuro real.
No pude evitar sonreír comparándolo con el pequeño armario que teníamos en casa.
—Y por último —Mary se detuvo frente a una gran puerta de madera con detalles dorados—, este será tu salón.
Ahí empieza todo.
—Wow…
No sabía que una preparatoria podía ser tan grande.
Mary sonrió.
—Sí, yo también me sorprendí la primera vez.
Hubo una pausa.
El ambiente cambió sutilmente.
—Oye, Suri…
¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Tu familia también recibió la invitación al cóctel de bienvenida para padres donadores?
Ya sabes, por el inicio de año.
La pregunta flotó en el aire, inocente en su formulación, pero cargada de intención.
—¿Qué cóctel?
No…
yo entré por una beca.
El aire se congeló.
La sonrisa de Mary permaneció en su rostro, pero ahora era una máscara vacía, una mueca de cortesía.
Sus ojos recorrieron mi ropa, desde mis zapatillas gastadas hasta mi mochila remendada.
Ya no me miraba.
Me analizaba.
Me tasaba.
Y en su voz, ya no quedaba ni un rastro de la calidez de antes.
—Oh.
Ya veo.
Eres pobre.
Sus pupilas, antes brillantes, se volvieron opacas, adoptando una oscuridad fría como el mármol del suelo.
Entonces se dio la vuelta.
El sonido de sus tacones caros sobre el mármol pulido marcó el ritmo exacto de mi corazón congelándose.
Y como si fuera una ocurrencia tardía, lanzó su última palabra por encima del hombro.
—Qué asco.
Se alejó, dejándome sola en el enorme pasillo, frente a la puerta de mi nuevo salón.
Apreté los puños, sintiendo cómo la mandíbula se me tensaba hasta doler.
“No importa”, me dije a mí misma, una mentira que necesitaba creer.
—No vine a hacer amigos…
Vine a graduarme y obtener el listón de clases de Hathor…
REFLEXIONES DE LOS CREADORES TRH_ Esta será una historia con actualizaciones semanales, todos los domingos.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com