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¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capitulo 10 Refugio del perdón
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10: Capitulo 10: Refugio del perdón.

10: Capitulo 10: Refugio del perdón.

La alarma sonó a las 6:29 de la mañana, un pitido agudo que atravesó mis sueños inquietos como un cuchillo.

No había dormido bien.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Vhy con esa sonrisa arrogante, esa mirada que me hacía sentir como si no valiera nada.

Y peor aún, veía a Jhin.

Su expresión cuando me arrebato la chaqueta de las manos.

Esos ojos llenos de odio o…

¿decepción?

—Niños mimados —musité, apagando la alarma con un golpe más fuerte de lo necesario.

Pero las palabras sonaron huecas.

Vacías.

Porque en el fondo sabía la verdad: él había intentado ayudarme.

Y yo lo había rechazado de la peor manera posible.

—Creo que fui una idiota…

—susurré al techo de mi cuarto—.

Él me trató bien…

Y el sobre.

El maldito sobre blanco que había estado quemando mi mochila desde ayer.

Cada vez que lo veía, recordaba ese momento en el pasillo.

El momento en que me sentí menos que nada.

El momento en que vi monstruos en rostros humanos.

“Era mi cadena al pasado” Me senté en la cama, las sábanas enredadas alrededor de mis piernas como cadenas.

Tenía que devolver el sobre.

Tenía que disculparme.

Pero la sola idea de enfrentarme a ellos otra vez hacía que mi estómago se retorciera.

“Llegaré temprano”, decidí.

“Tan temprano que no haya nadie.

Evitaré a todos.” Con esa determinación frágil, salí de la cama.

El uniforme que Pariz me prestó seguía siendo lo mejor que había tenido.

Me lo puse con cuidado, sintiendo la diferencia de telas contra mi piel.

Era como ponerse una armadura.

Como convertirme en alguien que pertenecía.

Luego tomé la chaqueta que me habían dado ayer en dirección.

Roja.

“Clase 1-D”, había dicho la señora de administración con tono aburrido, sin siquiera levantar la vista de su computadora.

No estaría con Pariz en 1-A.

Tampoco con Mary y su corte de chicas perfectas.

Estaría en 1-D, en los registros de éxitos de Hathor ninguno a salido de la clase D.

Aunque veía esa chaqueta con recelo, había algo claro, era mía.

No prestada.

No de segunda mano.

Mía.

Me la puse y me miré en el pequeño espejo de mi cuarto.

La chica que me devolvió la mirada parecía…

incompleta.

—Espero no encontrarme a ninguno de esos dos…

—susurré, aunque una parte pequeña y traidora de mí sabía que no podía evitarlos para siempre.

Salí de mi cuarto y pasé frente al armario del pasillo.

El abuelo lo había convertido en un mini cuarto oscuro improvisado.

Era pequeño, apenas cabía yo y las cubetas de revelador, pero era suficiente.

Abrí la puerta y el olor a químicos me recibió como un abrazo fantasma.

Fijador, revelador, ácido acético.

El olor de la magia.

“Buenos días, abuelo”, pensé, como siempre hacía.

El armario no respondió, pero el tablón del piso crujió suavemente.

Me gustaba pensar que era él, diciéndome que me cuidara.

Las paredes estaban forradas con fotografías que había tomado a lo largo de los ocho años que he tenido la cámara: flores silvestres creciendo entre grietas de concreto, gatos callejeros con miradas demasiado humanas, sombras interesantes proyectadas por edificios abandonados.

Mi pequeño museo personal.

Mi historia en blanco y negro.

—Cuando regrese, prometo traer muchas fotos —le dije al vacío—.

Del campus, de los edificios, de todo.

En especial de insectos lindos.

Agarré dos rollos de película vírgenes y los metí en mi mochila.

Mis dedos rozaron algo en el bolsillo lateral.

El sobre.

Lo saqué, mirándolo con el ceño fruncido.

Blanco, arrugado, con ese logo elegante: N7.

Cada vez que lo veía, mi estómago se contraía.

“Hoy”, me prometí.

“Hoy se lo devuelvo.” Lo volví a meter en el bolsillo y cerré la puerta del cuarto oscuro con cuidado.

Sintiéndome traicionada, como si mi promesa fuera un mantra de consuelo, el único pilar de mi estorboso orgullo.

En la cocina, mamá ya estaba preparando el desayuno.

El olor a arroz recién hecho y kimchi llenaba el espacio pequeño y cálido.

Papá estaba sentado en la mesa, tomando café y leyendo las noticias en su teléfono viejo, el único en la casa.

—Buenos días, mi niña —saludó mamá, girándose con una sonrisa—.

Te hice tu favorito: Arroz blanco con…

—No puedo, mamá —la interrumpí, agarrando una rebanada de pan de la mesa—.

No quiero llegar tarde otra vez.

La sonrisa de mamá vaciló.

—¿Otra vez?

Pero si es temprano…

—Tengo…

cosas que hacer —mentí, envolviendo el pan en una servilleta—.

Proyectos.

El cuarto oscuro de la escuela.

Ya sabes, tengo que cumplir sus expectativas.

Papá levantó la vista de su teléfono, sus ojos encontrando los míos con esa mirada que siempre sabía cuando estaba mintiendo.

Pero no dijo nada.

Solo asintió lentamente.

—Cuídate, Suri-ah —dijo mamá, su voz teñida de preocupación—.

Y…

si algo pasa, si algo está mal en esa escuela…

—Estoy bien, mamá —mentí otra vez, besándola en la mejilla—.

Todo está bien.

Te lo prometo.

Salí antes de que pudiera preguntarme más.

Antes de que las lágrimas que amenazaban con caer finalmente lo hicieran.

El barrio a las 6:40 de la mañana era un mundo diferente.

Las calles todavía estaban medio dormidas, con negocios cerrando sus cortinas metálicas y gente arrastrando los pies hacia sus trabajos.

La luz del amanecer pintaba todo de dorado suave, ese tipo de luz que los fotógrafos llaman “hora mágica”.

Caminé rápido, observando todo a través de mi lente imaginario.

Una anciana regando plantas en su balcón.

Un perro callejero estirándose bajo un poste de luz.

Un grafiti a medio terminar en una pared que decía “Los sueños no se compran”.

Cada imagen era una fotografía potencial.

Cada momento, un cuadro esperando a ser capturado.

El autobús llegó justo a las 6:48.

Subí y busqué un asiento vacío cerca de la ventana, mi lugar favorito para observar cómo el mundo cambiaba de un cuadro a otro.

—¡SURI-UNNIE!

La voz aguda atravesó el murmullo del autobús como un láser.

Todos los pasajeros voltearon a verme.

Me congelé.

Reconocí esa voz inmediatamente.

Ha-Jun, la hermana pequeña de Tae-Jun, estaba de pie en medio del pasillo, con su mochila de unicornio rebotando mientras me señalaba con entusiasmo puro.

Sus ojos brillaban como si acabara de ver a su estrella de K-pop favorita.

Detrás de ella, Tae-Jun intentaba hacerla sentar, su rostro oscilando entre la vergüenza y el cansancio de un hermano mayor que claramente no había dormido lo suficiente.

—Ha-Jun-ah, siéntate —musitó, jalándola suavemente del brazo.

—¡Pero es Suri-unnie!

—protestó, resistiéndose—.

¡La fotógrafa!

Tae-Jun finalmente logró sentarla en un asiento, luego me miró con una expresión que era mitad disculpa, mitad…

¿diversión?

Era difícil descifrar con él.

—Buenos días, Suri —dijo, su tono neutro pero con un dejo de calidez—.

Perdona a Ha-Jun.

Está emocionada porque…

bueno, ya sabes, te vio.

—Buenos días, Tae-Jun —respondí, tratando de sonar casual a pesar de que todos en el autobús seguían mirándonos.

Ha-Jun se asomó por encima del respaldo del asiento, sus ojos grandes y brillantes fijos en mí.

—Suri-unnie, ¿ya tomaste fotos de Hathor?

Apuesto a que encontraste la parte más bella del edificio.

Siempre lo haces.

Como cuando fotografiaste la casa azul de la esquina y capturaste ese detalle del balcón que nadie más nota.

Sentí un calor extraño en el pecho.

Que alguien tan pequeña prestara atención a mis fotos, que viera lo que yo intentaba capturar…

—Gracias, Ha-Jun-ah —dije, sonriendo a pesar de mí misma—.

Todavía no he fotografiado mucho de Hathor, pero cuando lo haga, te mostraré las fotos.

—¡Sí!

—Ha-Jun dio un pequeño brinco en su asiento—.

Cuando sea grande, voy a diseñar casas TAN bonitas como las que tú fotografías.

Y tú las vas a tomar en foto y…

—Ha-Jun —interrumpió Tae-Jun, su voz más firme ahora—.

Deja que Suri descanse.

Pero Ha-Jun no terminó.

Se inclinó más cerca y, con la falta de filtro característica de una niña de siete años, añadió: —Y oppa dice que eres muy inteligente y bonita, pero que él es más inteligente.

¿Es verdad, unnie?

¿Oppa es más inteligente que tú?

El silencio que siguió fue tan denso que podría haberlo fotografiado.

Tae-Jun se puso del color de un tomate maduro.

Sus ojos se abrieron como platos y por un segundo pareció que iba a desaparecer en su asiento.

—Ha-Jun —siseó—.

Eso no…

yo nunca dije…

—Sí lo dijiste —insistió Ha-Jun, completamente ajena a la catástrofe que había causado—.

Anoche le dijiste a mamá que Suri es inteligente pero que tú…

—¡Ya llegamos a tu parada!

—exclamó Tae-Jun, levantándose abruptamente a pesar de que claramente faltaban dos calles más—.

Vamos, Ha-Jun.

Rápido.

—Pero oppa, todavía no…

—Ahora —insistió, tomándola de la mano con una mezcla de urgencia y pánico mal disimulado—.

Tenemos que…

tengo que…

hay una cosa que…

¡Adiós, Suri!

Se bajaron en la siguiente parada, Tae-Jun prácticamente arrastrando a Ha-Jun, quien se despidió de mí agitando la mano con entusiasmo mientras su hermano la jalaba hacia la salida.

Justo antes de que las puertas se cerraran, Tae-Jun volteó una última vez.

Nuestras miradas se cruzaron por un segundo.

—La próxima vez que vengas a nuestra casa —gritó, con una mezcla de desafío y vergüenza—, te demostraré quién merecía ir mas a Hathor.

¡Te lo advierto!

Su actitud tan absurda logro sacarme una sonrisa—.

¡Eso espero tomate maduro!

Y entonces las puertas se cerraron y el autobús arrancó, dejándome sola con una sonrisa tonta en la cara.

Algunos pasajeros me miraban con curiosidad.

Otros sonreían, claramente entretenidos por el espectáculo.

Pero yo solo podía pensar en lo absurdo que había sido ese encuentro.

En cómo, por primera vez en días, algo me había hecho sonreír de verdad.

Tae-Jun era extraño.

Competitivo pero no cruel.

Inteligente pero torpe de maneras inesperadas.

Y su hermana…

Ha-Jun era como un rayo de sol que no sabía que quemaba.

“Quedarte en nuestra escuela no te sirve de nada.” Recordé sus palabras de la última vez que nos vimos, cuando le conté que me habían aceptado en Hathor.

No había sido amargo, solo…

honesto.

Como si supiera algo que yo no.

Tal vez tenía razón.

O tal vez no.

No lo sabría hasta que lo viviera.

Antes de llegar al metro, el miedo de ver a Vhy como ayer se planto en mis labios.

El metro no tardo en llegar, recibiéndome con una puerta mecánica abierta.

Desde una bocina, femenina y robótico voz en coreano pidió: “Favor de entrar antes de que las puertas se cierren” Con la sensación persistente en el aire, di un paso adelante, con los ojos cerrados, incapaz de abrirlos, como si mis parpados pesaran.

Cuando logre calmar mi respirar y mis parpados le dieron vista libre a mi pupila marrón lo note…

El metro estaba prácticamente vacío, comparándolo con el autobús.

Así que elegí un asiento cerca de la ventana.

El viaje fue inquieto.

No podía dejar de pensar en el sobre que llevaba en mi mochila.

Cada vez que el tren frenaba, sentía su peso como si fuera una bomba.

“Él me trató bien”, me repetía.

“Y yo lo llamé niño mimado.” Intenté distraerme observando a las personas.

La maestra Kim con su termo de agua, siempre bebiendo como si la vida dependiera de ello.

Un estudiante dormido contra la ventana, probablemente otro becado agotado por su uniforme rojo.

Y el viejo calvo y arrugado hasta el brillo, el mismo que había visto el primer día, el que me había mirado con desprecio cuando lo insulte.

Hoy ni siquiera me volteó a ver.

Solo leía su periódico con esa concentración absoluta, ajeno a mi existencia.

Me pregunté si así sería siempre.

Invisible para algunos, demasiado visible para otros.

Pero mis pensamientos siempre volvían a Jhin.

A su cara cuando le arrebaté su chaqueta.

A cómo me miró con esos ojos llenos de dolor que intentaba esconder detrás de la ira.

“Espero no encontrarme a ninguno de esos dos”, había pensado esta mañana.

Pero una parte de mí —una parte pequeña, traidora— se preguntaba si debería buscarlo.

Si debería disculparme antes de que fuera demasiado tarde.

Al salir de la estación Hathor, mantuve la mirada baja.

Mis párpados aún no lograban cargar el peso de un mundo donde no pertenecía.

“Pariz entra a las 9:00”, recordé.

“Podré verla en la hora de comer.” Eso me dio un poco de consuelo.

Al menos tenía una aliada.

Una amiga, sin dientes de oro.

Levanté la cabeza con determinación renovada y caminé hacia el edificio principal.

No hacia mi salón.

Hacia mi segundo santuario: el cuarto oscuro de la escuela.

Este era diferente al de casa.

Más grande, más equipado, con tecnología que mi abuelo solo había soñado.

Ampliadores profesionales, cubetas de acero inoxidable, químicos de calidad que no teníamos que diluir para que duraran más.

Pero también más frío, más impersonal.

Aquí no había fotografías familiares en las paredes, no había el fantasma cariñoso de mi abuelo guiándome.

Aquí era solo yo, los químicos caros, y la magia de ver aparecer imágenes en el papel.

Era mi territorio en territorio enemigo.

El único lugar en toda la escuela donde podía respirar sin sentir que alguien me estaba juzgando, donde podía ser yo misma sin disculpas ni explicaciones.

Estaba completamente inmersa en mi trabajo, viendo cómo la imagen de un árbol solitario emergía mágicamente en el papel fotográfico sumergido en el revelador.

Era como ver nacer un mundo, ver cómo la realidad se transformaba en arte ante mis ojos.

El árbol aparecía lentamente, primero como una sombra, luego con más definición, cada rama, cada hoja tomando forma con una claridad casi dolorosa…

Entonces escuché los golpes en la puerta.

Me sobresalté tanto que casi tiré la cubeta del revelador.

El corazón me dio un vuelco y se me aceleró como si hubiera corrido un maratón.

Nadie venía nunca al cuarto oscuro tan temprano.

De hecho, nadie venía nunca.

Mi primer pensamiento fue: Mary.

Tal vez había descubierto que uso el cuarto oscuro.

Tal vez había venido a echarme, a quitarme lo único bueno que tenía en este lugar.

Con el corazón martilleándome en el pecho y las manos temblando ligeramente, me sequé las manos en los vaqueros y caminé hacia la puerta.

La abrí apenas una rendija, preparándome para ver el rostro severo de Mary.

Y me quedé completamente helada.

No era Mary.

Era Jhin.

Y frente a él, DM.

Mi instinto inmediato fue cerrar la puerta de golpe y pretender que no estaba ahí.

Mi mano ya se estaba moviendo para hacerlo, el pánico corriendo por mis venas como electricidad, pero la voz de DM me detuvo.

—Suri, por favor.

¿Podemos hablar un segundo?

No te haremos nada.

Su voz era completamente diferente a lo que esperaba.

Tranquila, serena, sin rastro de la arrogancia que había visto en Vhy o la ira que había visto en Jhin.

Era…

razonable.

Humana.

Me hizo vacilar, mi mano temblando en el pomo de la puerta.

Jhin estaba detrás de DM, y parecía una persona completamente diferente a la del pasillo.

Tenía los ojos hinchados y rojos, como si no hubiera dormido en días.

El pelo, normalmente perfecto, estaba ligeramente desordenado.

La ropa arrugada.

Y no podía mirarme a los ojos.

Miraba al suelo, a sus zapatos, a las paredes, a cualquier sitio menos a mí.

Como si yo fuera el sol y él no pudiera soportar mirarme directamente.

La culpa emanaba de él en oleadas tan fuertes que casi podía sentirlas físicamente.

Era el tipo de culpa que te come por dentro, que no te deja dormir, que te persigue.

Lo reconocí inmediatamente.

Porque era la misma culpa que yo había estado cargando desde ayer.

“Si tomara una foto de él así”, pensé absurdamente, “la prensa me pagaría millones.” —¿Qué quieren?

—pregunté, y odié cómo mi voz sonaba temblorosa, vulnerable.

Quería sonar fuerte, desafiante, pero las palabras salieron pequeñas.

—Queremos disculparnos —dijo DM, y había algo en su tono que me hizo creerle inmediatamente.

No sonaba como en sus canciones, donde cada palabra estaba medida y perfecta.

Sonaba…

natural.

Real—.

Creemos que, por accidente, puedes tener algo que le pertenece a Jhin.

Fruncí el ceño.

—¿Algo suyo?

No tengo nada de ustedes.

Fue entonces cuando Jhin finalmente levantó la vista.

Sus ojos se encontraron con los míos por una fracción de segundo, y vi algo ahí que no esperaba: dolor genuino, arrepentimiento real.

Luego volvió a mirar al suelo, como si no pudiera soportar mantener el contacto visual.

—Lo siento —dijo, y las palabras salieron de su boca de forma torpe, apresurada, como si le quemaran la garganta—.

Por…

por todo.

Por cómo te traté en el pasillo.

Fui un imbécil.

Un completo imbécil.

No hay excusa para lo que hice.

De verdad…

lo siento mucho.

La disculpa me desarmó por completo.

Me quedé ahí parada, con la boca ligeramente abierta, sin saber qué decir.

Estaba preparada para una pelea, para más acusaciones, para tener que defenderme otra vez.

Había ensayado mentalmente todas las cosas que les gritaría si volvían a molestarme.

No estaba preparada para una rendición total.

Para una disculpa que sonaba tan genuina que me dolía escucharla.

—Un sobre blanco —dijo DM suavemente, llenando el silencio incómodo—.

Se le cayó del bolsillo cuando…

bueno, cuando te arrebató su chaqueta de las manos.

¿Podemos hablar de él?

La bombilla se encendió en mi cabeza como el flash de mi cámara.

El sobre que había recogido sin pensar.

El que llevaba quemando un agujero en mi mochila.

Sin decir una palabra, me di la vuelta y caminé hacia mi mochila.

Mis manos temblaban ligeramente mientras rebuscaba en el bolsillo lateral.

Estaba arrugado por haber estado doblado, pero por lo demás intacto.

Me acerqué de nuevo a la puerta y se lo tendí a Jhin, extendiendo el brazo para mantener la mayor distancia posible entre nosotros.

Jhin lo tomó como si fuera un artefacto frágil y precioso, como si fuera lo más importante del mundo.

Sus dedos rozaron los míos por un instante accidental, el contacto enviando una chispa eléctrica por mi brazo.

El alivio en su rostro era tan inmenso, tan abrumador, que era casi doloroso de ver.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que no derramó, y por un momento pareció que iba a colapsar ahí mismo.

—Gracias —susurró, su voz llena de una gratitud tan profunda—.

Gracias, no sabes lo que esto significa…

Me quedé allí, viendo cómo sus manos temblaban al sostener el sobre.

Y antes de poder detenerme, las palabras salieron de mi boca: —Lo siento.

Jhin levantó la vista, sorprendido.

—Yo…

sé que no debí tomarlo —continué, las palabras tropezándose entre sí—.

Y sé que fui horrible contigo.

Te llamé niño mimado cuando solo intentabas ayudarme.

Yo…

yo soy quien debería estar pidiendo perdón.

El silencio que siguió fue pesado, pero no incómodo.

Era el tipo de silencio donde las palabras finalmente encuentran su lugar.

Jhin me miró, realmente me miró, por primera vez desde que había llegado.

Y en sus ojos vi algo que me hizo sentir…

esperanza.

Como si tal vez, solo tal vez, esto pudiera arreglarse.

—Gracias —repitió, con una sonrisa pequeña pero genuina—.

De verdad.

Gracias.

Se quedaron allí por un momento más, y yo también, en un punto muerto extraño pero no del todo incómodo.

El sobre estaba de vuelta con su dueño.

Las disculpas habían sido ofrecidas y aceptadas tácitamente.

Pero nada estaba realmente arreglado.

Todavía había una distancia enorme entre nosotros, un abismo de desconfianza y dolor que un simple “lo siento” no podía cerrar completamente.

—Bueno —dijo Jhin, guardando el sobre con cuidado en su bolsillo—.

Te dejamos trabajar.

Nosotros tenemos que irnos.

Simplemente asentí, todavía procesando todo lo que había pasado.

Jhin dio la vuelta y comenzó a alejarse, pero DM se quedó un segundo más.

Me miró con esos ojos oscuros y sabios que parecían ver más de lo que yo quería mostrar.

—No esperes que todo sea normal ahora —dijo con una sonrisa suave—.

No cualquier chica está en el ojo de NEON7.

De su bolsillo sacó un papel doblado con varios números escritos.

—Ten.

Es mi número.

Si otro de mis hermanos menores te molesta, no dudes en avisarme —extendió su mano y, antes de que pudiera reaccionar, me acarició la cabeza, desordenándome el pelo como si fuera su hermana menor—.

Estoy seguro de que este será un nuevo comienzo para todos.

Solo no se aloquen tanto, niños.

Me quedé congelada.

Nadie que no fuera mi familia me había tratado así de…

cariñoso.

Tan natural.

Como si no fuera “la becada pobre” sino solo…

Suri.

—Gracias —musité, tomando el papel con manos temblorosas.

DM asintió y se fue, sus pasos resonando en el silencio matutino del pasillo.

Justo antes de desaparecer por la esquina, Jhin se giró una última vez y me miró.

Había algo en su expresión, algo puro y esperanzado, antes de desvanecerse con una sonrisa que no era para mí, sino para el sobre que llevaba en su bolsillo.

Luego, desaparecieron.

Cerré la puerta del cuarto oscuro, el clic de la cerradura resonando en el silencio como un punto final.

Me apoyé contra la madera fría, el corazón todavía latiendo con fuerza, tratando de procesar lo que acababa de pasar.

El olor a químicos volvió a llenar mis pulmones, familiar y reconfortante.

Estaba de vuelta en mi santuario, pero algo había cambiado, algo fundamental.

La tregua había sido declarada.

Las armas habían sido bajadas.

Pero tenía la extraña sensación de que la guerra, lejos de terminar, apenas acababa de empezar.

Miré el papel que me había dado DM con su número.

—Pero no tengo teléfono…

—suspiré, guardándolo de todas formas en mi bolsillo.

Respiré hondo, recuperando mi compostura.

Tenía que terminar lo que había empezado.

Saqué la imagen del árbol solitario de los químicos, esperando un desastre total después de la interrupción.

La volteé.

—Imagen…

¡perfecta!

La textura que tanto había perseguido estaba ahí, cada detalle nítido y hermoso.

Las ramas se extendían como venas oscuras contra un cielo casi blanco, y la luz se filtraba a través de las hojas con una calidad etérea que había estado intentando capturar durante semanas.

Pero por la sorpresa, mis dedos resbalaron.

La imagen cayó al suelo, aterrizando en un charco de revelador derramado.

La vi deshacerse frente a mis ojos, esa textura perfecta disolviéndose como humo, las ramas del árbol sangrando en el líquido hasta convertirse en manchas grises sin forma.

—Oh no…

—me agaché, intentando salvarla, pero era demasiado tarde.

El papel se desintegraba entre mis dedos como cenizas mojadas—.

¡Qué mala broma es esta!

Me quedé ahí, en cuclillas, mirando los restos de mi trabajo perfecto arruinado por un segundo de descuido.

Era casi poético.

Había pasado semanas persiguiendo esa imagen, y la había perdido en el mismo momento en que finalmente la conseguí.

Tal vez era una señal.

Tal vez nada en Hathor podía ser perfecto sin un precio.

O tal vez el universo solo tenía un sentido del humor cruel.

Me levanté, limpié el desastre, y miré el reloj.

Las clases empezarían pronto.

Guardé mi equipo, apagué las luces rojas del cuarto oscuro, y salí al pasillo brillante de Hathor.

El día apenas comenzaba.

Y algo me decía que, a pesar de las disculpas y las treguas, las cosas estaban a punto de complicarse aún más.

.__.

N/A: Gracias por leer el primer volumen de “¡¡¡Te Amo Estúpido Idol!!!” Espero que halla sido de su agrado y estén listos para mas contenido diario.

Mi nombre es TRH_ y no olviden hacer “Cosas de dioses.” Me encantaría con todo corazón que pusieran sus comentarios de que les pareció el volumen y la historia que ya han leído, les juro que lo leo todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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