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¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capitulo 11 Un Nuevo Escenario
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11: Capitulo 11: Un Nuevo Escenario.

11: Capitulo 11: Un Nuevo Escenario.

Un mundo de luces y fantasía se contenía en una pantalla de apenas veinte pulgadas, un universo de luces LED que parpadeaban en azules eléctricos y rojos carmesí, rodeados por un humo artificial que olía a químicos dulces incluso a través de la pantalla de cristal.

Con el rugido ensordecedor de miles de almas reunidas por un solo grupo, coreando su nombre como un mantra religioso, gritaban al unísono: ¡NEON7!

¡NEON7!

En el escenario, detrás de ese gris opaco, siete figuras se movían como dioses esculpidos en talento y perfección, cada uno un planeta en una rotación perfectamente coreografiada, bañados en el calor abrasador de los reflectores que convertían cada gota de sudor en diamantes bajo las luces.

Un narrador omnisciente podría describir la escena como una quimera espacial, pero yo solo era capaz de verlo como una fotógrafa: era una composición perfecta, tenía que admitirlo.

La canción, un himno que hablaba de la alegría y la gratitud por las pequeñas cosas de la vida, especialmente en un contexto de pandemia donde las reuniones y actividades sociales se vieron limitadas, llegaba a su puente, y el foco principal —un haz de luz dorada y cálida— se posaba sobre Vhy.

Él era el centro, el sol.

Su voz cálida como una manta, impecable y cargada de una emoción milimétricamente estudiada, se elevaba por encima de la instrumentación como humo que se eleva hacia el cielo.

Cada gesto era perfecto: la forma en que inclinaba la cabeza hacia la izquierda, cómo sus ojos se cerraban por exactamente dos segundos en las partes más emotivas, el modo en que su mano derecha se movía hacia su corazón en el momento preciso del clímax.

A su lado, Jhin, el mercurio del grupo, tomaba la segunda voz.

Su tono, más emocional y expresivo, era casi tan meloso como miel derramándose sobre terciopelo.

Tenía este tic de morderse ligeramente el labio inferior antes de empezar una nota, y su sonrisa —esa sonrisa que parecía un secreto compartido con cada fan— siempre aparecía exactamente tres segundos después de cada verso.

Entonces, la melodía se rompía como si alguien hubiera golpeado un cristal contra su puño.

Marte había llegado, y con un beat crudo y pesado tomaba el control.

DM avanzaba al frente con pasos que hacían temblar el escenario.

Él era la fuerza bruta, el trueno que sientes en el pecho antes de escucharlo.

Su rap era afilado como una navaja, con la cadencia y la agresividad del hip-hop estadounidense más puro.

No bailaba, se movía, con un lenguaje corporal poderoso y agresivo, que usaba cada músculo de su cuerpo.

Sus brazos cortaban el aire como espadas, su postura se expandía para llenar todo el espacio disponible, dando peso físico a cada una de sus rimas.

Era un Eminem nacido en Seúl, pero con la precisión técnica que solo la industria coreana podía pulir.

Inmediatamente después, el ritmo se volvía más complejo, más técnico, como un rompecabezas musical, y Neptuno tomaba el relevo.

Su estilo era la antítesis perfecta de DM; donde DM era fuego salvaje, Shugar era una llama controlada.

Era el arquitecto del ritmo y estética, cada palabra colocada con la precisión de un cirujano.

Su rap era comercialmente perfecto, con rimas que encajaban como piezas de un mecanismo suizo y notas que se deslizaban suavemente de una a otra.

Era el ideal del rap coreano: impecable, adictivo, y diseñado para quedarse pegado en tu cabeza durante días.

Mientras los raperos dominaban el frente del escenario, en el fondo, K-Sey y J-Min se convertían en un espejo perfecto, dos reflejos de una misma alma.

Sus voces secundarias eran el eco que daba cuerpo y profundidad a la canción, pero su verdadero dominio estaba en el movimiento.

Tenían una sincronía que desafiaba las leyes de la física.

Igual que los planetas Júpiter y Urano, K-Sey tenía esta forma de inclinar la cabeza exactamente al mismo ángulo que J-Min, pero en dirección opuesta, creando una simetría perfecta.

Cada ángulo, cada giro, cada salto ejecutado con una perfección que dejaba sin aliento, era como ver a dos almas unidas.

Pero entonces, la música se desvanecía casi por completo, dejando solo una nota de sintetizador suspendida en el aire como el silencio antes de una tormenta de nieve.

Un único foco azul hielo, frío y penetrante, iluminó a…

¿Saturno?

No, iluminó a Zen.

Si Vhy era el sol, Zen era el vacío del espacio profundo.

Su voz emergió, gruesa, profunda, un terciopelo oscuro que parecía vibrar directamente en el pecho de quien la escuchaba.

No cantaba, sentenciaba.

Sus letras, penetrantes y melancólicas, llenaban el estadio no con volumen, sino con peso emocional.

Era la única voz capaz de resaltar en el silencio absoluto, el único capaz de opacar al sol en el día.

Congelaba el mundo entero, un príncipe de hielo, que robaba corazones no con sonrisas ensayadas, sino con una indiferencia devastadoramente hermosa.

Cada que parpadeaba, en ese fragmento de tiempo, solo sentía que perdía años de su magia.

Magia de hielo.

Y había algo más en Zen, algo que mi ojo fotográfico captaba pero que no podía definir completamente.

Mientras los otros parecían planetas, él parecía estar…

existiendo.

Como si hubiera encontrado una forma de ser una parte de él dentro de la performance, una grieta vacía en la fachada perfecta que yo siempre buscaba con mi lente.

El rugido del estadio en la pantalla fue reemplazado por el grito emocionado de mi madre, una mujer de cuarenta y tantos años agitando un lightstick oficial de NEON7 con más energía que cualquier adolescente que yo conociera.

—¡Ese es mi Zen!

¡Ay, congélame a mí, mi amor!

—exclamó, con los ojos pegados al televisor como si pudiera absorberlo a través de la retina.

Tenía puesta una camiseta con un N7 en letras doradas que se desvanecían en rosas.

Suspiré desde mi rincón del sofá, aferrándome a la calidez de mi taza de chocolate caliente de sobre.

Nuestra pequeña casa se sentía aún más pequeña con el televisor a todo volumen.

No podía evitarlo, mi mirada profesional descomponía el espectáculo en elementos visuales.

Donde otros veían esa quimera espacial, yo solo veía técnicas que aprender: composición, iluminación, dirección escénica.

Un espectáculo meticulosamente diseñado para provocar emociones específicas.

—¿Viste eso, hija?

—exclamó mi madre con una mano en el pecho—.

¡La mirada de Vhy!

¡Fue directo a mi alma!

—Mmm —murmuré, refugiándome en mi chocolate—.

Muy efectivo.

—¿Efectivo?

¡Es puro talento natural!

¡Y esa sonrisa de Jhin!

¡Ese niño va a ser mi muerte!

Quise explicarle que lo que ella veía como espontáneo era producto de incontables horas de práctica, como un lienzo perfeccionado pincelada tras pincelada.

Admiraba la técnica, pero buscaba esas grietas donde se filtra la autenticidad, esos momentos no calculados que revelan al ser humano detrás del ídolo.

—¿No crees que K-Sey está más delgado?

—continuó, inclinándose hacia la pantalla—.

Espero que esté comiendo bien.

—Mamá, son prácticamente desconocidos para nosotras —le recordé, sabiendo que era inútil.

—¡Para mí son como hijos!

¡Especialmente Zen!

¡Mira ese rostro!

Y entonces, cuando la voz de Zen llenó nuestra pequeña sala, algo cambió.

Incluso yo, con toda mi distancia crítica, sentí un escalofrío.

Su voz tenía una cualidad que rompía el molde perfecto, una honestidad que contrastaba con la pulida fachada del grupo.

Como encontrar una fotografía sin retoques en un catálogo de modelos: inesperada, auténtica, inquietante.

Por un instante olvidé que estaba analizando y simplemente…

sentí.

La canción terminó en una explosión de confeti y luces.

Mi madre aplaudía con lágrimas genuinas.

—¡Son increíbles!

—exclamó, buscando el control—.

Voy a repetirlo.

¡Tienes que ver cuando Jhin alcanza esa nota alta!

Miré el reloj de la pared, uno barato que habíamos comprado en el mercado y que se atrasaba cinco minutos cada semana.

Las siete y media.

El tiempo se me había ido volando, perdido en el análisis técnico de una performance que, admitía a regañadientes, era objetivamente impresionante.

—Mamá, se me hace tarde —dije, levantándome y dejando la taza en el fregadero que siempre tenía platos acumulados.

—¡Pero, hija, ahora viene la entrevista!

¡Seguro que Jhin dice algo adorable!

¡Y Zen siempre da esas respuestas tan profundas!

—Tengo que revisar unas fotos antes de clase —mentí, poniéndome mi chaqueta roja, el color de la clase 1-D.

La verdad es que no soportaba ver las entrevistas.

Odio que personas importantes me hagan preguntas directamente, aún recuerdo cómo me congelé cuando gané el concurso de fotografía con ese presentador que me preguntaba hasta qué almorcé el mes pasado.

Ver a estos chicos responder preguntas con sonrisas ensayadas y respuestas que sonaban como si hubieran sido escritas por un comité de relaciones públicas me revolvía el estómago.

La disonancia entre las bestias escénicas que acababa de ver y los chicos de sonrisa perfecta que responderían preguntas insulsas sobre su aplicación favorita y sus rutinas de belleza era demasiado grande, demasiado artificial.

—Está bien, mi amor —dijo mi madre, ya rebobinando la actuación—.

Pero cuando llegues a casa, vamos a ver la entrevista juntas.

¡Zen mencionó que le gusta la fotografía!

Le di un beso en la mejilla, inhalando el olor familiar de nuestro único champú en su pelo, y salí del apartamento.

El aire frío de la mañana me golpeó como una bofetada, un shock que me sacó del mundo de fantasía que creaba NEON7 y me devolvió a mi realidad.

Mientras caminaba hacia la parada del tren, observando el mundo a través de mi lente mental, “Todo como un posible recuerdo”, eso decía mi abuelo.

El viaje en metro fue mi momento de transición diaria, viendo cómo el paisaje cambiaba gradualmente de edificios modestos y tiendas familiares a rascacielos relucientes y boutiques con nombres que no podía pronunciar sin que mi lengua se enredara.

Era como viajar entre dos mundos diferentes, y yo era la única pasajera que hacía ese viaje todos los días.

Llegar a los imponentes muros de la Preparatoria Hathor siempre se sentía igual: como ser una mota de polvo en un palacio de oro.

Los jardines perfectamente manicurados, las fuentes que funcionaban las 24 horas, los estudiantes cuyos uniformes mostraban su clase más alta…

todo me recordaba que yo no pertenecía aquí, que estaba aquí por gracia de una beca y nada más.

Me abrí paso entre estudiantes que hablaban de vacaciones en Europa y autos que sus padres les habían comprado para sus cumpleaños, dirigiéndome a mi casillero.

Apenas había guardado mis cosas: mi cámara analógica envuelta en su funda antigua para protegerla, y mis libros dados con la inscripción, tal vez lo más caro de mi mochila.

Cuando terminé de guardarlo todo, el altavoz del pasillo cobró vida con un pitido agudo que me hizo saltar.

—”Suri Kang, de la clase 1-D.

Preséntese en la oficina del director, por favor.

Suri Kang, a la oficina del director.” Me quedé completamente helada, con la mano todavía en la puerta del casillero, sintiendo cómo la sangre se me iba de la cara.

¿El director?

A mí nunca me llamaba el director.

Los estudiantes como yo, los becados, éramos prácticamente invisibles para la alta dirección, fantasmas que se movían por los pasillos sin ser notados.

¿Sería por entrar al cuarto oscuro sin permiso oficial completo?

¿Por la carta de Jhin que había devuelto?

¿Habría algún problema con mi beca?

Los estudiantes a mi alrededor me miraban con curiosidad, algunos susurrando entre ellos.

Podía sentir sus ojos sobre mí como reflectores, y mi instinto fue encogerme, hacerme más pequeña, desaparecer.

Sé que algo andaba mal, muy mal.

Cerré el casillero con manos temblorosas y comencé a caminar hacia la oficina del director, cada paso resonando en mis oídos como un tambor fúnebre.

El pasillo parecía más largo de lo normal, las paredes decoradas con fotografías de estudiantes exitosos y donantes importantes se sentían como si me estuvieran juzgando.

Aunque no sea una entrevista—.

Odio que me hagan preguntas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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