¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 13
- Inicio
- Todas las novelas
- ¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!!
- Capítulo 13 - 13 Capitulo 13 El Nuevo Grupo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: Capitulo 13: El Nuevo Grupo.
13: Capitulo 13: El Nuevo Grupo.
El camino al aula 1-A no era muy diferente al anterior, seguía casi la misma ruta, solo que este estaba más cerca de la cafetería y olía aún más fuerte a café.
¿Por qué les encantaría tanto ese café de 5000 dólares?
No he visto a ni un solo alumno sin una de esas tazas.
Claro, si me resto de la ecuación.
Observándolos a través de mi lente mental, todos sostenían sus tazas de la misma manera: con dos dedos y el meñique debajo, como si fuera un ritual sagrado.
La porcelana blanca creaba un contraste perfecto contra sus uniformes azules, y la forma en que el vapor se elevaba en espirales perfectas habría hecho una fotografía hermosa si no fuera por lo pretencioso del conjunto.
Una ventaja más de los 1-A era que entraban a las 9:00 en lugar de las 8:00.
Qué suerte, porque me perdí buscando el salón durante una hora.
Era irónico: fue la puerta donde Mary me dejó el primer día, donde me rechazó.
Pero ahora sí pertenezco aquí.
—Quién pensaría que el traje que compramos era de la clase A —musité recordando mi uniforme de segunda mano—.
Creo que la chaqueta no debía estar incluida —aunque en mi defensa no se veía para nada igual que la de Jhin.
Lo más seguro es que ninguno de ellos conozca el valor de clase, es como si no fueran conscientes del mundo al no saber resaltar.
Seguramente todos buscan eso, con dinero, con calificaciones, con belleza.
Pero tiene sentido…
ni yo sé por qué estoy aquí.
Me detuve frente a la puerta de mi nueva clase, una puerta con un marco de bronce dorado que decía “1-A”.
A través del vidrio esmerilado podía ver las siluetas de algunos estudiantes en sus asientos y otros parados, rodeados por el incesante y caótico sonido de charlas distintas.
El corazón me martilleaba contra las costillas como un pájaro enjaulado tratando de escapar.
Mis palmas estaban sudorosas, mi boca seca.
Tomé una respiración profunda e inhalé.
Con una mano algo sudorosa toqué el picaporte brillante, girándolo en un solo movimiento, escuchando el clic contundente del cerrojo, hasta abrir la puerta.
El silencio instantáneo fue lo primero que me recibió.
No era un silencio de estudio concentrado, sino uno casi reverencial, roto solo por el tecleo suave de portátiles y los sorbos elegantes a sus cafés en tazas de porcelana que tintineaban suavemente contra los pupitres.
Algunas de las cabezas se giraron hacia mí con una sincronización casi coreografiada.
Sentí una docena de miradas analizándome, tasándome, catalogándome y descartándome en cuestión de segundos.
No era curiosidad lo que veía en sus ojos, sino una evaluación fría y calculada, como si fuera un espécimen que había aparecido inesperadamente en su hábitat natural.
Un chico de cabello perfectamente peinado y reloj de oro me miró de arriba abajo con una expresión que claramente decía “¿qué hace esta aquí?”.
Una chica con perlas genuinas en las orejas susurró algo a su compañera de asiento, y ambas me miraron con una mezcla de desdén y curiosidad morbosa.
Era como ser un animal en el zoológico, excepto que los visitantes no estaban impresionados por lo que veían.
Y entonces, en medio de ese mar de indiferencia helada y juicio silencioso, la vi.
Era Pariz.
Ella estaba parada frente a la ventana, viendo el paisaje de Hathor, y en cuanto sus ojos se encontraron con los míos, una sonrisa tan grande y brillante que podría derretir toda la frialdad a mi alrededor iluminó su rostro.
Me saludó con un gesto que llamó más atención de la esperada.
Por primera vez en todo el día, sentí que podía respirar.
Quizás, solo quizás, podría sobrevivir a esto.
—Oh, con que usted es la señorita Suri Kang —mencionó el profesor sentado en su escritorio mientras escuchaba el sonido de su periódico arrugarse entre sus dedos.
Cuando volteé a verlo, no creía quién era—.
Parece que no se olvida de mí, claro, nos vemos todos los días en la estación Hathor.
El shock me golpeó como un rayo.
Era él.
El anciano del metro.
El viejo de cejas fruncidas y camisa planchada que me había llamado “gente sin modales” en mi primer día.
El mismo al que le había dicho que los ánimos de sonreír se le habían ido con el pelo.
Mi cara se puso roja como un tomate mientras los recuerdos de esa mañana se agolpaban en mi mente: mi carrera desesperada, el pan colgando de mi boca, mi respuesta sarcástica a su comentario despectivo.
Ahora estaba ahí, sentado detrás del escritorio como si fuera el dueño del mundo, con esa misma expresión arrugada que había usado conmigo en el tren.
Pero había algo más en sus ojos: reconocimiento y una pizca de diversión maliciosa, como si hubiera estado esperando este momento.
—¡Clase, denle la bienvenida a Suri Kang!
—dijo con una voz modulada que no mostraba ni calidez ni frialdad, solo una eficiencia profesional teñida de sarcasmo—.
¡Se unirá a nosotros a partir de hoy!
—su rostro giró hacia mí, sin expresión alguna—.
Solo que aquí, señorita Kang, esperamos que tenga modales.
El énfasis en “modales” fue como una bofetada pública.
Sabía exactamente a qué se refería, y por la forma en que algunos estudiantes intercambiaron miradas, era obvio que había captado la indirecta.
Mi primera impresión en esta clase ya estaba arruinada antes de que pudiera abrir la boca.
Asentí nerviosamente mientras daba el primer paso al aula, sintiendo cómo el peso de la humillación se asentaba en mis hombros como una carga física.
Mi alivio momentáneo se evaporó como agua en el desierto.
Fui en dirección a Pariz, la cual me recibió con un abrazo que se sintió como un salvavidas en medio de un naufragio.
Su calidez genuina contrastaba tanto con la frialdad del resto de la clase que casi me hizo llorar de alivio.
—No me esperaba que coincidiéramos de clase, es bueno verte aquí, amiga —dijo con una sonrisa que llegaba hasta sus ojos, y por un momento me sentí como si tuviera una oportunidad real de sobrevivir en este lugar.
Desde el escritorio, el arrugado maestro interrumpió mi conmovedora bienvenida.
Se notaba que la felicidad se le había ido con el pelo.
—¡Ey, todos, tomen asiento!
Yo por reflejo busqué mi asiento especial: al frente y en el centro.
Casualmente estaba vacío, como si me estuviera esperando.
Fui y coloqué mi mochila, acomodando las correas en la parte trasera, y tomé asiento, reclamándolo como mi trono personal.
—Oye, ¿estás segura de elegir ese asiento?
—susurró Pariz a mi lado, aún sin tomar asiento.
Había algo en su tono que me puso alerta.
—¿Por qué, acaso hay lugares asignados?
Negó con la cabeza, mientras su cabello se movía.
—No es eso, es que…
—su mensaje fue interrumpido por la campana de entrada, la cual anunciaba el ingreso oficial a clases.
Su expresión cambió a una de frustración mezclada con resignación, como cuando intentas advertir a alguien sobre un peligro pero ya es demasiado tarde.
Era la cara de alguien que sabía que algo malo iba a pasar y no había podido evitarlo—.
En ese lugar se sienta…
“¿Quién?
¡Termina, Pariz!”, gritaba en mi mente al ver que no terminaba, aunque en su rostro tenía esa expresión de impotencia total, como si hubiera fallado en una misión importante.
—¿Pariz…?
Escuché pasos acercándose fuerte en mi dirección, con zancadas abruptas que eran imposibles de ignorar.
El sonido resonaba contra el suelo de mármol como tambores de guerra.
—¿Qué haces tú aquí?
—preguntó una voz conocida, interrogando mi presencia con una autoridad que no había pedido.
Cuando volteé, la imagen que me recibió fue la menos agradable que pude esperarme.
Frente a mí, el chico de pelo rosa, Vhy, el idiota del café, se postraba casualmente con otra taza de café en la mano.
Su presencia llenaba el espacio como si fuera el dueño no solo del asiento, sino de toda la clase.
Sus ojos mostraban una sorpresa inesperada, no con ira, solo sorpresa, como si dijeran “¿Esto no me lo esperaba?”.
Pero había algo más en su postura, algo que mi ojo entrenado para capturar momentos genuinos pudo detectar.
Una tensión casi imperceptible en sus hombros, una rigidez en la forma en que sostenía su mochila con una sola mano.
Los otros estudiantes notaron la tensión inmediatamente.
Vi intercambios de miradas cargadas de expectativa, susurros discretos que se extendían como ondas en un estanque, sonrisas que no llegaban a los ojos pero que prometían entretenimiento.
Era como si hubieran detectado sangre en el agua y estuvieran esperando a ver qué tipo de espectáculo se desarrollaría.
Algunos incluso dejaron las pantallas de sus chats, girándose completamente para tener una mejor vista del drama que estaba a punto de desarrollarse.
—Pues…
el director me cambió a esta clase —respondí, tratando de sonar más confiada de lo que me sentía.
—Sí, sí, sí, sí.
¿Pero estás en mi lugar?
Sentí cómo la saliva se detuvo en mi garganta.
Con que de esto me querías advertir, Pariz.
Ahora qué le digo…
¿Se lo doy…?
¿Me cambio…?
Espera, ¿por qué?
Yo también tengo una chaqueta azul, también soy de esta clase, yo soy de esta escuela.
Aunque tú seas considerado el rey de la escuela, para mí ni a barón llegas.
—¿Acaso te importa?
Oh qué, ¿al reycito no le gusta juntarse con la podredumbre?
—vi la incomodidad en su mirada, como todos ahora lo observaban a él.
Era fácil notar las gotas de sudor que empezaban a bajar por su frente.
Ya quería ver su reacción, su rabieta de niño pequeño frente a todos—.
No me digas, acaso, ¿me estás empezando a tomar impo…
No llegué a terminar la palabra.
El sonido que salió de su garganta no fue una risa.
Fue algo mucho peor.
Un resoplido bajo, un soplo de aire por la nariz lleno de un desprecio que me golpeó más fuerte que cualquier grito.
Mis palabras no habían dado en el blanco; simplemente le habían parecido…
divertidas.
Como el ladrido de un perro pequeño que cree que puede intimidar a un lobo.
Sus movimientos se volvieron lentos, deliberados, como los de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
Dejó su café sobre el pupitre que reclamaba como suyo.
El clac seco de la porcelana contra la madera resonó en el silencio sepulcral de la clase como un martillo judicial.
Fue un punto final, un acto de posesión territorial que no admitía discusión.
Entonces, se inclinó hacia mí.
Mi instinto me gritó que me echara hacia atrás, pero me obligué a quedarme quieta, a no darle la satisfacción de verme retroceder.
No era una postura amenazante en el sentido físico, era confidencial, íntima, como si fuera a contarme un secreto, y eso lo hacía mil veces más humillante.
El olor a café caro y a una colonia que seguramente costaba más que mi cámara llenó el poco espacio que quedaba entre nosotros, creando una burbuja de intimidad forzada que me hizo sentir claustrofóbica.
Su voz fue un susurro helado, venenoso, destinado solo para mí pero lo suficientemente audible para que los estudiantes más cercanos pudieran captar cada palabra.
—¿Importancia?
—repitió, probando la palabra como si fuera algo de mal gusto en su boca—.
No te confundas.
Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo sentir como si estuviera siendo diseccionada—.
Un insecto que se cuela en mi habitación también capta mi atención.
Y eso no le da “importancia”, eso solo lo convierte en una molestia.
“Molestia.” Las palabras se quedaron suspendidas en el aire como dagas, apuñalándome repetidamente.
No me había insultado simplemente.
Me había deshumanizado completamente, me había reducido a algo que se aplasta con un zapato y luego se olvida.
Tan rápido como se inclinó, se enderezó.
La máscara de indiferencia perfecta volvió a su rostro como si nunca se hubiera ido, como si los últimos treinta segundos hubieran sido una alucinación.
El cambio fue tan rápido y completo que me hizo dudar de si el veneno que acababa de escupir había sido real.
Su voz…
su voz volvió a un volumen normal, lo suficientemente alto para que toda la clase lo escuchara, con un tono casual que contrastaba brutalmente con la crueldad de sus palabras anteriores.
—Ahora, si ya terminaste tu berrinche, ese es mi asiento —.
Mi berrinche…
había volteado la situación completamente, pintándome a mí como la niña irracional que había montado un espectáculo por nada—.
Qué esperas, ¿necesitas un mapa para encontrar el tuyo?
Los susurros y las risitas ahogadas que recorrieron el aula fueron la confirmación de su victoria total.
Me había ejecutado públicamente, no con un grito o una pelea, sino con unas pocas palabras perfectamente afiladas que me cortaron más profundo que cualquier golpe físico.
Me sentí pequeña, estúpida y completamente derrotada.
Me levanté del pupitre, tomando mi mochila con una sola mano temblorosa.
Él me miraba como un idiota ganador, con esa sonrisa apenas perceptible que decía que había disfrutado cada segundo de mi humillación.
Su rostro, su perfecto rostro…
¡lo quiero destruir!
Mi único impulso era mover mi mano hacia su rostro y darle una muestra del daño que él me había provocado.
La rabia corrió por mis venas como lava, nublando mi visión y haciendo que mis músculos se tensaran para el ataque.
Pero antes de que pudiera cumplir mi misión de venganza, mi mano fue detenida con un fuerte agarre.
Era Pariz quien la había tomado, sus dedos envolviendo mi muñeca con una firmeza sorprendente.
—Déjalo…
no le tomes importancia —susurró a mi oído, su voz cargada de preocupación genuina.
Mientras comenzábamos a alejarnos del lugar, una idea brillante cruzó mi mente como un rayo de luz en la oscuridad.
—No…
—musité mientras veía el rostro preocupado de Pariz—.
Si mi presencia lo molesta…
—dije volteando a ver un asiento al lado de él—.
Entonces disfrutaré eso.
Solté su agarre con determinación renovada, dirigiéndome hacia el asiento continuo al de Vhy y sentándome con toda la dignidad que pude reunir.
Su sorpresa fue inmediata y deliciosa de presenciar.
—¿¡Qué!?
—gritó cuando me vio instalándome cómodamente—.
¿Qué haces?
—Nada, tomando “mi asiento”, de lejos no miro la pizarra —respondí con una sonrisa que esperaba fuera tan irritante como la suya.
Su sorpresa e irritación eran tales que no pudo sostenerme la mirada.
Era tierno y un completo estúpido a la vez.
—Muy bien —dijo el profesor dejando su periódico y volviéndose hacia la pizarra interactiva con una sonrisa que pretendía algo.
Su voz cortó el aire como una guillotina—.
Como les dije la clase pasada, estos asientos son permanentes para todo el año académico.
No habrá cambios bajo ninguna circunstancia.
La palabra “permanentes” resonó en mi cabeza como una campana fúnebre, rebotando contra las paredes de mi cráneo hasta convertirse en un eco ensordecedor.
Permanentes.
No era una prueba temporal que pudiera soportar por unos días hasta que las cosas se calmaran.
No era una situación que pudiera cambiar si me portaba bien o si encontraba una excusa convincente.
Era una sentencia de por vida, o al menos por el resto del año escolar.
La realidad me golpeó como un martillo: iba a pasar los próximos meses sentada al lado de Vhy, soportando su presencia, sus comentarios, su desprecio diario.
El aire se volvió más espeso, como si alguien hubiera robado todo el oxígeno del aula.
Sentí que me congelaba mientras giraba mi cuello en dirección a Vhy, como si fuera un movimiento en cámara lenta.
Lentamente, como si el movimiento le costara un esfuerzo considerable, Vhy igualmente giró la cabeza hacia mí.
Sus ojos se posaron en mí por una fracción de segundo que se sintió como una eternidad.
Luego, con la misma lentitud deliberada, volvió a dirigir su atención a la pizarra, como si el breve reconocimiento de mi existencia hubiera sido más esfuerzo del que yo merecía.
Desde el fondo, un grupo que parecía ser la mitad de toda la población femenina de la clase gritó en un chillido agudo al escuchar lo que dijo el profesor, como si les hubieran anunciado el apocalipsis.
—¡No, profe!
—gritó una chica mientras derramaba su café en el suelo, creando un charco aromático que se extendía por las baldosas como una mancha de desesperación—.
¡Ves, Clariz, nos perdimos el lugar con Vhy por comprar tu doble café!
Lágrimas caían del rostro de esa pequeña chica llamada Clariz mientras igualmente derramaba su café, creando un desastre doble que parecía simbolizar perfectamente su tragedia personal.
—¡El segundo café era para Vhy!
¡Es su favorito y yo se lo quería dar!
—sollozó, como si hubiera perdido la oportunidad de su vida de impresionar a su ídolo.
—¡Míralo, él ya tiene uno!
—le gritó su amiga, señalando la taza que Vhy sostenía con indiferencia total hacia el drama que se desarrollaba por su causa.
La escena era tan absurdamente dramática que habría sido cómica si no fuera porque yo estaba viviendo mi propia tragedia en tiempo real.
Estas chicas estaban llorando por estar al lado de Vhy y yo ya me quería ir.
En ese momento, escuché pasos apresurados acercándose desde la entrada.
Un chico con capucha caminó con prisa evidente, disculpándose mientras se abría paso entre las estudiantes que bloqueaban su camino con su drama cafeinado.
—Disculpen, chicas, tengo que tomar asiento —dijo de forma elegante pero apresurada, tomando asiento al lado de Vhy como si fuera lo más natural del mundo—.
No debiste popularizar ese café, Vhy, ahora la escuela entera huele a él —remarcó el chico, quitándose la capucha de un movimiento.
—¿Yo qué?
Solo me gustó tomarlo, Jhin —respondió Vhy, como si fuera la cosa más inocente del mundo, completamente ajeno al caos que había causado.
Sus palabras cruzaron en mi mente, conectando finalmente en una frase completa que explicaba el misterio que me había estado molestando desde que llegué a esta sección.
—Misterio resuelto —dije en voz alta sin querer, las palabras escapando de mis labios antes de que pudiera detenerlas.
Jhin movió la cabeza, dejando atrás su atención en Vhy y dirigiendo esa mirada hacia mi presencia.
Sus ojos se agrandaron como platos cuando me reconoció, y su expresión cambió de casual a completamente horrorizada.
—¿Qu-qué hace e-ella aquí?
—tartamudeó, claramente tan sorprendido como Vhy había estado, pero con un toque adicional de pánico que me ofendió.
—Lo mismo me pregunto —dijo Vhy dándole un último sorbo a su café, como si mi presencia fuera un misterio cósmico que no valía la pena resolver.
No, no, ¡no!
Esto debe ser una mala broma.
No voy a tener que soportar a uno, sino a los dos.
El destino claramente tenía un sentido del humor muy retorcido, y yo era el blanco de su broma más cruel.
Pero a mi lado, escuché el crujido de la madera protestando por nueva atención.
Era Pariz acompañándome en mi odisea, tomando el asiento al lado de mí con una determinación que me llenó de gratitud y alivio.
—No acostumbro a sentarme enfrente, pero no te puedo dejar sola, a menos que quiera que golpees a todos —dijo con una sonrisa que mezclaba cariño genuino y exasperación maternal, como si fuera mi guardaespaldas personal asignada para evitar que cometiera homicidio en mi primer día.
El drama de las fans del café continuaba de fondo, pero ahora me parecía distante, como si estuviera viendo una película con el volumen bajo.
Mi nueva realidad era mucho más aterradora que cualquier berrinche por café derramado.
Esto era solo el primer día, y ya podía sentir que iba a ser el año más largo de mi vida.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com