¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 14
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14: Capítulo 14: Un Equipo Inesperado.
14: Capítulo 14: Un Equipo Inesperado.
Apenas habían pasado dos días desde mi transferencia a la clase 1-A.
Dos días que se sintieron como seis años de tortura china, con la mirada de Vhy perforando mi costado derecho como un láser de precisión quirúrgica y la de Jhin como la de un conejo atrapado en los faros de un coche cada vez que accidentalmente hacía contacto visual.
La última clase del día se arrastraba como melaza fría.
Arte Europeo con el profesor Woo, mi némesis personal de la estación Hathor convertido en mi tutor académico.
Sobrevivía a base de pasarme notas microscópicas con Pariz y contar obsesivamente los minutos que faltaban para que sonara la campana de salida.
“Ya domino la teoría, con eso es suficiente”.
Pensé que ya había tocado fondo en esta nueva realidad, pero el destino, con su retorcido y sádico sentido del humor, me demostró una vez más que siempre se puede cavar más hondo en el pozo de la miseria.
El profesor Woo se aclaró la garganta con esa teatralidad casi melodiosa.
El sonido cortó las conversaciones matutinas, llamándonos a ver.
—Muy bien, clase —anunció, ajustándose los lentes con una sonrisa que prometía problemas—.
Su primer trabajo del semestre hoy dará inicio.
Tendrán hasta el lunes para entregarme un análisis comparativo profundo de dos movimientos artísticos contrastantes.
Se trabajará en parejas, calificaré su calidad general, impresiónenme.
Un murmullo de emoción recorrió el aula como una ola.
Escuché susurros de “¡perfecto!” y “ya sé con quién trabajar”.
Todas las miradas recaían en los dos ídolos sentados a mi lado, como si fueran leones listos para cazar.
Yo en cambio solo le guiñé un ojo a mi compañera de al lado, Pariz, la cual entre sus dedos giraba un lápiz en círculos perfectos.
El profesor nos miró a todos con seriedad antes de aclararse la garganta—.
Para evitar favoritismos y asegurar que todos salgan de su zona de confort —continuó el profesor, con una sonrisa maliciosa que sabía, con absoluta certeza—, las parejas serán asignadas según su número de asiento.
Los compañeros de fila trabajarán juntos.
El mundo se detuvo.
El aire se espesó hasta volverse irrespirable.
El tiempo se ralentizó como en esas escenas de películas donde el protagonista está a punto de recibir una bala.
Empecé a ver mi fila, la fila del frente y los seis asientos ocupados.
En el primero, al lado de Jhin, una chica festejaba como si ganara la lotería, y en el tercer y cuarto asiento Vhy y yo…
Volteé a ver a Pariz, la cual rápidamente comenzó a escribir un pequeño papel.
“¿Un mensaje?, ¿por qué?” Al acabar, arrancó la hoja de su libreta, doblándola en cuatro, pasándomela por debajo del pupitre.
Al abrirlo decía “Por favor, intenta no romperle la cara.” Como en una película de terror de bajo presupuesto, mi cabeza comenzó a girar, lenta, inexorablemente, hacia mi derecha.
Cada grado de rotación se sentía como una eternidad.
Al mismo tiempo, con una sincronización que habría sido cómica en otras circunstancias, sentí un movimiento a mi lado.
La cabeza de Vhy también estaba girando, con la misma lentitud agónica, hacia mí.
Nuestros ojos se encontraron.
No hubo palabras.
No hubo sonido.
Solo un entendimiento mutuo y absoluto de puro, concentrado horror.
“Genial.
Mi némesis de asiento iba a ser mi compañero en el primer proyecto del semestre.” La clase terminó con el sonido habitual de sillas arrastrándose y conversaciones animadas sobre planes de trabajo.
Mientras todos se agrupaban naturalmente con sus nuevos compañeros, intercambiando números de teléfono y acordando horarios, Vhy y yo permanecimos en nuestros asientos como dos estatuas vivientes.
El aula se fue vaciando gradualmente hasta que solo quedamos nosotros dos y el eco de nuestro silencio incómodo.
Finalmente, después de lo que se sintió como una era geológica, decidí romper el hielo antes de que se convirtiera en una glaciación completa.
—Bueno —dije, cerrando mi cuaderno con más fuerza de la necesaria—.
Supongo que tenemos que hablar de cuándo y dónde hacer esto.
Tenemos hasta el lunes, así que tenemos el fin de semana completo.
¿Qué tal en la biblioteca?
—propuse, tratando de sonar profesional—.
Hoy a las cuatro.
—No puedo —respondió inmediatamente, sin mirarme.
—¿No puedes?
—repetí, sintiendo cómo mi paciencia comenzaba a evaporarse—.
¿Por qué no?
—Tengo trabajo.
Me quedé mirándolo como si acabara de decir que tenía que ir a alimentar a su unicornio.
—¿Trabajo?
—repetí la palabra como si fuera un término extranjero e impensable—.
¿Tú?
¿Sí estás hablando del concepto revolucionario en el que la gente intercambia su tiempo y energía por dinero?
Me miró con indignación, como si le hubiera gritado al oído “No creo que alguien como tú trabaje”, aunque desde un punto sí lo hice.
—Sí, trabajo —dijo entre dientes—.
Grabaciones, ensayos, sesiones de fotos.
Cosas que mantienen tu música favorita en los top de ventas.
—Está bien —dije, respirando profundo—.
¿Y el sábado a qué hora sales?
—El sábado no puedo, es el día más pesado de la semana, pero el domingo voy a tratar de salir temprano.
¿Te parece bien a las seis?
—Mmm, a las seis…
el domingo la biblioteca cierra a las siete, no creo que en una hora nos dé tiempo de acabar —dije mientras acariciaba mi barbilla—.
¿Qué tal mi casa entonces?
Mientras tú vas a trabajar el sábado, yo aprovecho y voy por los libros, así cuando nos reunamos el domingo podremos hacer el proyecto sin problemas.
—Ja, definitivamente no —me interrumpió desviando la mirada.
—¿Por qué?
En mi casa tendremos los libros necesarios, además de café instantáneo, a ti te gusta el café.
Él me volteó a ver con seriedad—.
Me ves tan unidimensional.
Con un café barato no me compras.
—¿En serio?
—Mi voz subió una octava—.
¿Qué tiene de malo mi casa?
¿Crees que te va a dar alguna enfermedad de pobres?
Se quedó callado, pero su expresión lo decía todo.
—Perfecto —dije, aunque pensándolo mejor, mi madre no nos dejaría trabajar.
Gracias, Vhy, hiciste por fin algo bien por el equipo, aunque fuese sin querer.
—¿Qué tal en un cibercafé?
Hay bancas, tú seguro sabes cómo usar las computadoras y pues puedo llevar los libros como ya tengo planeado, además de comprar café, aunque no sea tan caro.
—Trabajar en un lugar así de público, no creo —dijo en automático.
Jalándome del pelo hacia el pupitre—.
Entonces, ¿dónde diablos podemos trabajar, su alteza, en Marte?
Porque aparentemente todos los lugares normales donde la gente normal hace trabajos normales están fuera de tu zona de confort.
Su rostro se endureció como mármol, y por un momento, la máscara de ídolo perfecto se agrietó en su rostro, solo para revelar algo que no esperaba ver: frustración genuina, cansancio real, y algo que se parecía peligrosamente a la vulnerabilidad.
—No es eso —dijo, su voz más baja pero cargada de una intensidad que me hizo retroceder mentalmente—.
No puedo ir a lugares públicos, no porque no quiera, sino porque no puedo…
—¿A qué te refieres?
—respondí, mientras escuchaba la sinceridad de su voz.
Se calló, su boca estaba apretada como si hubiera chupado un limón.
—Vhy…
—¡Tengo miedo!
¿Entiendes…?
—dijo con toda la tensión de sus cuerdas bucales.
“Miedo a qué, en Hathor siempre está en público…
pero cerrado…”—.
Miedo a que un reportero con un teleobjetivo me saque una foto bostezando y que el titular estrella de mañana sea “VHY DE NEON7: ¿ADICCIÓN SECRETA A LAS DROGAS?” o “ÍDOLO K-POP EN DECADENCIA: LAS FOTOS QUE LO CONFIRMAN”.
Se detuvo, respirando hondo como si acabara de correr una maratón.
Cuando continuó, su voz se volvió más baja, más seria, despojada de toda pretensión.
—Estar atrapado todos los días en una burbuja es…
aburrido.
Sé que es peligroso salir, especialmente con mi nivel de fama y los reporteros buscando cualquier excusa para manchar mi nombre y hacer crecer el suyo.
—¿Y el día en que te vi en la estación Hathor?
Él me volteó a ver directo a los ojos, para luego desviar la mirada.
—Yo ese día…
—hizo una pausa, como si le costara sacar las palabras de la garganta—…
solo quería…
solo quería ver un poco del mundo real.
Respirar, sabes…
respirar un aire que no estuviera filtrado por mánagers y guardaespaldas.
Me quedé en silencio, completamente desarmada por esta confesión inesperada.
Era la primera cosa genuinamente honesta, la primera grieta real en su fachada de ídolo que había visto.
En mi pecho algo dolía…
me hizo sentir como una completa idiota por todos los juicios que había hecho sobre él.
—Vhy…
yo no sab…
—pero al intentar hablar, al intentar decir algo para entenderlo, su cuello reaccionó, tensando sus músculos, levantando su rostro de aquella mirada baja.
—No digas nada…
—dijo casi suspirando—.
Yo decidí mi vida al continuar con el espectáculo —su cuello igual que antes volvió a su debilidad, flaqueando contra el peso, volviendo a caer junto a sus hombros—.
No…
no me mires así, ¡no quiero que me vuelvan a mirar así!
¿Vuelvan…?
—.
Pero Vhy…
—¡YA!
—gritó mientras dirigía su mano a su pecho como reflejo—.
Solo…
solo tú y yo…
en el edificio STARS.
El domingo en mi habitación.
A las seis —dijo finalmente, su tono ahora cargado de resignación—.
Es la única opción que tengo —inhaló un poco de aire antes de detenerse en el marco de la puerta—.
Que no se te olviden los libros, o si no, te tocará ir a casa a pie.
Mi garganta se cerró ante sus palabras.
¿Qué le pasa?
¿Por qué ese cambio de actitud?
—Bueno —murmuré, sintiéndome extrañamente culpable—.
Al menos no es en Marte.
Antes de cerrar la puerta tras de sí, una pequeña risa se escapó de sus labios, como si se sorprendiera de mi actitud tras su arrebato.
Mis ojos captaron un hoyuelo en su mejilla, como si esta vez él no buscó la perfección.
—Esa era mi segunda opción —terminó, cerrando la puerta.
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