¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 15
- Inicio
- Todas las novelas
- ¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!!
- Capítulo 15 - 15 Capitulo 15 El Proyecto en la Guarida del Lobo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
15: Capitulo 15: El Proyecto en la Guarida del Lobo.
15: Capitulo 15: El Proyecto en la Guarida del Lobo.
Ese día, a las seis en punto exactas, me encontraba frente a la puerta de su habitación en el edificio STARS, el complejo residencial más exclusivo dentro de la escuela Hathor, donde se alojaba una minoría de estudiantes.
Me sentía como Caperucita Roja a punto de tocar el timbre de la habitación del lobo, si Caperucita hubiera estado cargando una mochila llena de libros de arte.
Era un departamento grande, subdividido en varias secciones pequeñas.
Bueno, era obvio: estaba hecho para alojar a los siete miembros de NEON7 y cumplir todos sus caprichos.
Cuando toqué su puerta, una puerta de madera nada excepcional, escuché cómo sus pasos se acercaban.
Cuando por fin la abrió, la tensión entre nosotros era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo de mantequilla.
—Pasa —dijo sin voltear a verme.
Su habitación era sorprendentemente…
normal.
Si soy sincera, esperaba algo más egocéntrico; conociendo lo estúpido que puede ser este ídolo, creía que trabajaría en un lugar lleno de premios y pósteres de sí mismo, como un lugar que soñaría mi madre.
En cambio, encontré un espacio limpio y minimalista: una cama perfectamente hecha, un escritorio ordenado, estanterías llenas de libros que parecían sospechosamente leídos y paredes que no tenían mucha decoración.
Lo más resaltante era que en su escritorio tenía una foto del debut del grupo.
Lo que sí no era normal era su actitud.
Mientras yo me instalaba en su escritorio, extendiendo cuidadosamente los libros y cuadernos, organizando mis bolígrafos por color y empezando a sumergirme en la investigación, él se tiró en su cama como un gato perezoso, sacó su teléfono de último modelo y comenzó a desplazarse por las redes sociales con una indiferencia tan total que era casi insultante.
El sonido de sus cientos de microentretenimientos se extendió por cinco minutos…
Diez.
¡Quince!
—¿Piensas ayudar en algún momento o solo vas a decorar la habitación como un accesorio muy caro?
—le espeté después de veinte minutos de escucharlo hacer scroll; mi paciencia finalmente se había agotado.
—Tú investiga —dijo sin siquiera levantar la vista de su pantalla, su voz cargada de esa indiferencia aristocrática que me sacaba de quicio—.
Yo revisaré tu trabajo después y lo mejoraré.
Eres la becada; se te debe dar bien esto de estudiar y memorizar datos.
Apreté los dientes hasta que mi mandíbula dolió.
—Esto es un trabajo en equipo —remarqué, pronunciando cada palabra con la precisión de un cirujano.
—Y yo soy el que tiene talento natural —respondió, finalmente mirándome con esa sonrisa condescendiente que quería borrar de su cara—.
Confía en mí, lo mejoraré al final.
Tú solo…
haz lo tuyo.
Seguí trabajando, ignorándolo con toda la dignidad que pude reunir, pero mi rabia crecía con cada minuto que pasaba, como una olla a presión a punto de explotar.
Leía en voz alta un pasaje particularmente denso sobre las características del Manierismo, tratando de procesar la información, cuando él soltó un resoplido desde la cama.
—¿Qué?
—pregunté, girándome hacia él con una expresión que podría haber derretido acero.
—Nada —dijo, pero había algo en su tono—.
Es solo que la forma en que lo explicas es…
aburrida.
Muy lineal.
—¿Cómo?
—pregunté sin entender su reacción.
—Lo que digo es que le quitas toda la pasión que tenían estos artistas y lo vuelves solo texto.
Un recurso vacío para sacar un diez.
Eso fue la gota que derramó el vaso.
—¡Pues entonces, oh gran artista, ilumíname con tu sabiduría superior!
—exclamé, dejando el libro en su escritorio—.
¡Muéstrame cómo se supone que debo entender el arte!
Para mi sorpresa, se levantó de inmediato.
No con pereza, sino con una energía repentina que no había visto antes.
Se acercó a la mesa con pasos decididos, tomó un lápiz de mi estuche y una hoja limpia, y me miró directamente a los ojos por primera vez en toda la noche.
—El Manierismo no es solo “figuras alargadas y poses artificiales” —aclaró, su voz completamente diferente ahora, cargada de una pasión genuina que me tomó por sorpresa—.
Es una reacción emocional.
Es la ansiedad existencial de los artistas que vinieron después de gigantes como Miguel Ángel, Leonardo, Rafael.
Es decir: “¿cómo diablos puedo superar la perfección absoluta?”.
Así que no intentaron superarla.
La retorcieron con una intención, no la de superar lo perfecto —dijo en un tono apasionado—, sino convertir su inseguridad y ansiedad en arte puro.
Mientras hablaba, sus manos se movían por el papel con una fluidez que me hipnotizó.
No eran garabatos casuales.
Eran bocetos precisos, seguros, llenos de vida.
Dibujó primero una figura clásica del Renacimiento: perfecta, equilibrada, con proporciones ideales que parecían salidas de un manual de anatomía.
Luego, a su lado, dibujó una figura manierista.
Pero no solo la copió de un libro.
La interpretó.
Retorció sus proporciones con propósito, alargó su cuello de forma dramática, le dio una pose inestable y artificial que transmitía tensión emocional.
La diferencia era clara, instantánea, visceral.
—¿Ves?
—dijo, señalando ambos dibujos—.
Mientras el Renacimiento dice “nosotros somos perfectos”, el Manierismo dice “sabemos que no somos perfectos, y eso nos está matando por dentro”.
Me quedé sin palabras, mirando los bocetos como si fueran artefactos alienígenas.
No solo había entendido el concepto a un nivel que yo ni siquiera había rozado después de horas de lectura, sino que había encontrado una forma de comunicarlo que era mil veces más efectiva que cualquier texto académico.
Maldita sea.
El idiota arrogante era genuinamente brillante.
—Eso…
—carraspeé, intentando desesperadamente recuperar la compostura y no admitir lo impresionada que estaba—…
no está mal.
Un atisbo de sonrisa genuina apareció en su rostro, no la sonrisa de ídolo que había visto mil veces en fotos, sino algo real y espontáneo.
—Lo sé —dijo, pero esta vez sin arrogancia.
Solo con la confianza tranquila de alguien que conoce sus fortalezas.
Se levantó de la silla, acercándose a una de sus estanterías, rozando los libros apenas con las yemas de sus dedos—.
Este es —dijo, sacando uno de entre todos; se titulaba “La historia del arte” de E.
H.
Gombrich.
Cuando lo abrió, mis ojos captaron que lo hizo con un cuidado nostálgico—.
De este libro aprendí muchas cosas del arte y la diferencia entre lo técnico y lo hermoso…
por eso sé controlar lo técnico y crear la imperfección hermosa.
Mis ojos se deslizaron por su figura encorvada, una figura que mostraba algo sincero en él; no era renacentista, solo era linda.
A partir de ese momento, la dinámica entre nosotros cambió por completo.
No nos convertimos en amigos, ni mucho menos.
Seguíamos discutiendo constantemente, nuestras personalidades chocando como placas tectónicas.
Él criticaba mi enfoque “demasiado académico y sin alma”, y yo criticaba su tendencia a “priorizar la estética sobre los hechos históricos verificables”.
Pero empezamos a trabajar juntos de verdad.
Yo leía, investigaba obsesivamente, verificaba fechas y contextos históricos, le daba la base sólida de información que necesitaba.
Y él la escuchaba, realmente me escuchaba, la procesaba con esa mente brillante que había estado escondiendo detrás de la máscara de idiota y, con sus propias palabras, la traducía a un lenguaje visual que hacía que todo cobrara vida.
Llenó páginas y páginas de su cuaderno con bocetos, diagramas complejos, líneas de tiempo ilustradas que eran, a su manera, pequeñas obras de arte.
Descubrí que no solo dibujaba bien; era increíblemente inteligente, capaz de conectar ideas y conceptos de formas que a mí no se me habrían ocurrido ni en un millón de años.
Trabajamos hasta pasada la medianoche, perdidos en debates sobre simbolismo religioso y técnicas de perspectiva, compartiendo ocasionalmente snacks que él había pedido al servicio a la habitación.
En algún momento, entre las discusiones sobre la angustia existencial del arte posrenacentista y los bocetos de figuras retorcidas, el cansancio me venció como una ola gigante.
Me desperté con la sensación de que algo estaba terriblemente mal.
La cama era demasiado suave.
Las sábanas olían a detergente caro en lugar del suavizante barato que usábamos en casa.
No se escuchaban las clásicas bocinas de mi madre con música a todo volumen.
Ni los conductores tocando agresivamente el claxon mientras adornaban mi mañana.
Solo un silencio cómodo que me abrazaba con manos ajenas.
Abrí los ojos lentamente y me encontré mirando un techo que definitivamente no era el mío.
—¡AHHHHHHH!
—grité, incorporándome tan rápido que casi me caigo de la cama—.
¿¡DÓNDE ESTOY!?
¿¡QUÉ PASÓ!?
¿¡POR QUÉ ESTOY EN UNA CAMA QUE NO ES MÍA!?
—¡Cállate!
—vino la respuesta inmediata desde el otro lado de la habitación—.
Te quedaste dormida, genio.
No es tan complicado de entender.
Giré la cabeza y ahí estaba Vhy, ya completamente vestido con su uniforme impecable, solo con una toalla blanca secándose el cabello húmedo.
Gotas de agua caían ocasionalmente sobre sus hombros, y el olor a champú y colonia llenaba mis fosas nasales.
—¿Me quedé…
dormida?
—repetí, mirando alrededor de la habitación como si fuera la primera vez que la veía—.
¿En tu cama?
—En MI cama —confirmó, enfatizando el pronombre posesivo con una irritación que parecía más dirigida a la situación que a mí—.
Sobre mis libros de arte, por cierto.
Espero que no hayas babeado sobre el Vasari.
La realidad me golpeó como un martillo.
Había dormido en la cama de Vhy.
En la cama del chico que me odiaba.
En la cama del ídolo más famoso de la escuela.
—¡Oh, Dios mío!
—exclamé, saltando de la cama como si estuviera en llamas—.
¡Tengo que irme!
¡Tengo que cambiarme!
¡Mi uniforme huele a sudor y a desesperación académica!
—No te preocupes por eso —dijo Vhy con una indiferencia que me desconcertó—.
Ya ordené otro uniforme.
Llegará en diez minutos.
Me quedé mirándolo como si acabara de decir que había ordenado un dragón.
—¿Ordenaste…
un uniforme?
¿Así como quien ordena pizza?
—Sí —respondió, como si fuera lo más normal del mundo—.
Tú concéntrate en arreglarte.
Tenemos un proyecto que entregar en menos de dos horas, y no pienso llegar tarde por tu crisis existencial matutina.
Pasó la toalla por su cabello una vez más antes de colgarla perfectamente en un gancho.
Al estirarse, se tronó un poco la espalda y el cuello mientras susurraba: “Voy a necesitar un masaje”.
—El baño está al fondo del pasillo —señaló hacia una puerta que no había notado la noche anterior—.
Hay cepillos de dientes desechables en el cajón de arriba.
Y antes de que preguntes, sí, también hay productos para el cabello que no huelen a farmacia barata.
Me quedé parada ahí, procesando la surrealidad de la situación.
—¿Por qué estás siendo…
gentil?
—pregunté, genuinamente confundida.
Se detuvo en el proceso de ajustarse la corbata y me miró con esa expresión que ya empezaba a reconocer: la de alguien que está haciendo un esfuerzo consciente por ser paciente.
—Porque tenemos una presentación en dos horas, y necesito que estés presentable.
No por ti, sino por MI nota —aclaró, volviendo a su tono habitual—.
Ahora muévete.
El tiempo no se detiene porque hayas tenido tus crisis.
Ese día, nuestra presentación fue un éxito rotundo que ninguno de los dos había anticipado.
Mi investigación meticulosa era la columna vertebral sólida, pero sus dibujos y la adaptación de mi información a un lenguaje artístico proyectaban alma en el aula, como si fueran narrados por los mismísimos artistas ya fallecidos.
Su voz, la voz que usaba en sus conciertos para cautivar audiencias, la estaba usando para explicar la “ansiedad existencial” del Manierismo.
Ese día vi por primera vez a un ídolo como lo que es: un artista.
Al final, obtuvimos la nota más alta de la clase, algo que esperaba después del esfuerzo que hicimos.
Al salir del aula, mientras yo guardaba mis cosas con una mezcla de alivio y orgullo que no había sentido en mucho tiempo, él me alcanzó en el pasillo.
—Oye —dijo, y su voz tenía un tono diferente.
Esperé un insulto, algún comentario sarcástico para restablecer el equilibrio de poder entre nosotros, pero su respuesta fue diferente—.
No estuvo mal —dijo, casi a regañadientes, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico—.
Para ser un trabajo en equipo con…
bueno, contigo.
Y con eso, se dio la vuelta, tronándose el cuello una segunda vez, y se fue, dejándome plantada en medio del pasillo, con la nota más alta del curso en la mano y más confundida que nunca sobre el chico que acababa de ayudarme a conseguirla.
Porque, por primera vez desde que lo conocía, Vhy había sido…
humano.
Y eso me aterraba más que cuando era solo un idiota arrogante.
— La sala de prácticas estaba en silencio, salvo por el zumbido bajo del aire acondicionado y el sonido de una toalla secando el sudor del cuello de Vhy.
Habían terminado un ensayo nocturno y el cansancio se sentía en el aire.
Shugar estaba apoyado contra la pared de espejos, observando el reflejo de Vhy con una expresión pensativa.
—Oye, Vhy —llamó Shugar, su voz tranquila rompiendo el silencio.
—Mmm —respondió Vhy, sin girarse, concentrado en estirar un músculo de la pantorrilla.
—Estuve pensando en lo del otro día.
Lo de tu proyecto con la becada.
Vhy se detuvo por una fracción de segundo antes de continuar su estiramiento—.
¿Qué hay que pensar?
Sacamos la nota más alta.
Fin de la historia.
—No me refiero a eso —interrumpió Shugar, su tono siempre analítico, curioso—.
Me refiero a después.
Vi cómo se quedaron hasta tarde y cómo ella se quedó dormida en tu escritorio.
Vhy finalmente se giró, su rostro una máscara de indiferencia—.
¿Y cuál es el problema?
—Mi pregunta es: ¿por qué te rebajaste y la moviste, dejándole tu cama y tus sábanas, mientras tú te ibas a la sala a dormirte en el sofá?
—terminó Shugar, sin apartar la vista de él.
Vhy resopló, como si la pregunta fuera la cosa más estúpida que había oído.
Se encogió de hombros, intentando restarle importancia al asunto con un gesto casual.
—Solo no podía dejarla dormir en el suelo; seguro se hubiera enfermado.
—Ah —pronunció Shugar, mientras inclinaba su cabeza cuarenta y cinco grados.
Vhy lo miró con recelo—.
¿”Ah”, qué?
Habría sido un problema si la becada se enferma por mi culpa.
Además de no haber podido entregar el proyecto, habría miles de preguntas de la mánager.
Lo hice solo porque era lo lógico.
Shugar asintió lentamente, como si estuviera catalogando la respuesta en un archivo mental—.
Interesante.
—No es interesante —replicó Vhy, su tono un poco más a la defensiva de lo necesario—.
Es práctico.
—No, es interesante —insistió Shugar, empujándose para separarse de la pared—.
Es interesante que, para alguien que se esfuerza tanto en demostrar que no le importa nada, se preocupe por la salud de alguien que supuestamente es solo una “molestia”.
Shugar le dio una última mirada, una que parecía ver a través de todas las capas de arrogancia que Vhy había construido a su alrededor.
—Me gustaría entenderlo.
En fin, nos vemos mañana.
—Y con eso, su compañero salió de la sala de prácticas, dejando a Vhy solo en medio de la habitación, mirando su propio reflejo en el espejo con una expresión indescifrable.
—No es interesante…
—replicó Vhy, continuando con sus estiramientos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com