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¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 La Guerra de Chocolate Parte I
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16: Capítulo 16: La Guerra de Chocolate Parte I.

16: Capítulo 16: La Guerra de Chocolate Parte I.

El sofá del séptimo piso del edificio STARS era, sin duda, uno de los muebles más caros de toda la preparatoria Hathor.

Cuero italiano auténtico, costuras hechas a mano, cojines rellenos con plumas de ganso europeo.

Probablemente costaba más que el salario anual de una familia promedio.

Y en este momento, K-Sey y J-Min lo estaban usando como cama de hospital para sus cuerpos destrozados.

K-Sey estaba desparramado boca arriba, con un brazo colgando del borde y la otra mano sobre su frente, como si estuviera interpretando a un héroe caído en batalla.

J-Min yacía en el otro extremo, con las piernas cruzadas sobre el reposabrazos y los lentes torcidos sobre su nariz.

—Nunca más —murmuró K-Sey, mirando al techo con ojos vidriosos—.

Nunca más vuelvo a aceptar uno de tus “proyectos simples”.

—Era simple —replicó J-Min, sin moverse—.

Construir un puente de tres metros con madera para nuestro proyecto escolar.

¿Qué tiene de complicado?

—¡Tenía que aguantar veinte libros de mitología griega!

—exclamó K-Sey, levantando apenas la cabeza—.

¡Veinte!

Yo ya me lo imaginaba todo: compraríamos trescientas paletas de hielo, me comería todas las paletas en dos semanas, y con los palitos construir el puente.

—Teníamos dos días, no dos semanas —interrumpió J-Min con voz monótona.

—¡Exacto!

—K-Sey dejó caer la cabeza de nuevo—.

Por eso dije que me sacrificaría.

Trescientas paletas al día durante dos días.

Mi estómago estaba listo y mi espíritu dispuesto.

—Tu diabetes no —añadió J-Min.

—Pero nooo —continuó K-Sey, ignorándolo—.

Tú llegaste al edificio con un camión de carga lleno de tablones de madera y un equipo completo de herramientas de carpintería.

Parecías un constructor profesional, no un estudiante de preparatoria.

J-Min se ajustó los lentes sin abrir los ojos.

—Los cálculos requerían precisión.

¿Sabes cuánto pesa un solo libro de mitología griega?

Como tres kilos de pura calentura de Zeus.

Veinte libros son sesenta kilos.

Tus palitos de paleta no habrían aguantado ni el primero.

—Pero lo logramos —murmuró K-Sey con una sonrisa débil—.

Nuestro puente aguantó más de tres toneladas.

—Tres punto dos toneladas, para ser exactos —corrigió J-Min con orgullo—.

El profesor se quedó sin palabras.

Creo que hasta lloró un poco.

—No tanto como yo —añadió K-Sey—.

Mis manos tienen más astillas que piel.

Además, ¿quién diría que la escuela tenía una prensa hidráulica para situaciones así?

—Yo no —admitió J-Min—.

Eso fue una sorpresa agradable.

Un silencio cómodo cayó sobre ellos.

El tipo de silencio que solo existe entre personas que han sobrevivido juntos a un proyecto de ingeniería innecesariamente complicado.

Entonces, como una bendición del cielo, la puerta del departamento se abrió.

DM entró con su mochila colgando de un hombro y una bolsa de papel en la mano.

Su cabello castaño estaba perfectamente peinado, como siempre, su traje casual contrastaba con el atuendo azul de sus compañeros.

—Hola, cadáveres —saludó con una sonrisa—.

¿Siguen vivos?

—Apenas —respondió K-Sey sin moverse.

—Técnicamente, sí —añadió J-Min.

DM dejó su mochila en la mesa.

El crujido de una bolsa de papel rompió la tranquilidad del salón; un sonido dulce, casi provocador, como una campana llamándolos a orar.

K-Sey y J-Min se incorporaron al mismo tiempo, como zombis resucitados por el olor de cerebros frescos.

Pero no eran cerebros lo que olían.

Era chocolate.

Chocolate belga.

Con ganache.

Y un toque sutil de café.

El aroma llenó el departamento como una ola invisible, golpeándolos directamente en el alma.

K-Sey cerró los ojos y suspiró como si acabara de escuchar la voz de un ángel.

J-Min se quitó los lentes y los limpió lentamente, como si necesitara procesar lo que sus sentidos le estaban diciendo.

—¿Eso es…

—comenzó K-Sey.

—Pastel de chocolate —terminó J-Min, su voz temblando ligeramente.

DM sacó una caja blanca de la bolsa y la abrió con cuidado.

Dentro, perfectamente cortada y envuelta en papel encerado, había una rebanada de pastel de chocolate.

La cobertura brillaba bajo las luces del departamento, y pequeñas virutas de chocolate decoraban la parte superior como copos de nieve oscuros.

K-Sey y J-Min se levantaron del sofá al mismo tiempo, moviéndose como si estuvieran en trance.

—DM —dijo K-Sey con voz reverente—.

Hermano.

Amigo.

Compañero de grupo.

¿Podrías…

podrías compartir un pedacito?

—Solo un bocado —añadió J-Min, juntando las manos como si estuviera rezando—.

Un bocado microscópico.

DM cerró la caja con un chasquido seco.

—No.

K-Sey y J-Min se quedaron congelados, como si acabaran de recibir una bofetada invisible.

—¿No?

—repitieron al unísono, con voces que sonaban como las de dos niños a los que les acababan de negar el postre.

—No —confirmó DM, guardando la caja de nuevo en la bolsa con movimientos deliberadamente lentos, como si estuviera disfrutando cada segundo de su tortura.

—Pero DM —K-Sey se levantó del sofá, tambaleándose como un zombie—.

Hermano.

Amigo.

Compañero de grupo.

Hemos pasado por tanto juntos.

¿Recuerdas cuando te ayudé con tu proyecto de química y casi explotó el laboratorio?

—Eso no fue ayudar —dijo DM—.

Eso fue casi asesinato involuntario.

—¡Detalles!

—K-Sey agitó la mano—.

El punto es que somos hermanos.

Y los hermanos comparten.

—Especialmente el chocolate —añadió J-Min, poniéndose de pie también—.

El chocolate belga.

Con ganache.

Y café.

DM los miró a ambos con una expresión que oscilaba entre la diversión y la exasperación.

—Vhy me lo encargó específicamente —dijo, caminando hacia el refrigerador—.

Dijo que era importante.

Él nunca pide cosas así, así que debe ser especial.

—¡Pero Vhy ni siquiera come chocolate!

—protestó J-Min, siguiéndolo como un cachorro desesperado—.

¡Él es más de pastel de café!

¡Siempre pide pastel de café!

¿Por qué de repente pediría chocolate?

¡No tiene sentido!

¡Es como si Einstein de repente dijera que dos más dos son cinco!

DM se detuvo frente al refrigerador y se giró lentamente, mirando a J-Min con una ceja levantada.

—¿Acabas de comparar las preferencias de pastel de Vhy con las matemáticas básicas?

—¡Sí!

—J-Min se ajustó los lentes con fervor—.

¡Porque es igual de ilógico!

—Tiene un punto —dijo K-Sey, asintiendo solemnemente.

DM suspiró, abrió el refrigerador, y metió la bolsa con el pastel.

Luego cerró la puerta y se giró hacia ellos con los brazos cruzados.

—Miren —llamó—.

No sé para quién es el pastel.

No sé por qué Vhy lo pidió.

Pero me lo pidió, y yo se lo compré.

Fin de la historia.

—Pero…

—comenzó K-Sey.

—Fin.

De.

La.

Historia —repitió DM, enfatizando cada palabra.

K-Sey y J-Min intercambiaron una mirada desesperada.

—¿Ni siquiera un pedacito?

—preguntó K-Sey con voz lastimera—.

¿Un bocado microscópico?

¿Una migaja?

—No.

—¿Qué tal si solo lo olemos?

—sugirió J-Min—.

Solo abrimos la caja, inhalamos profundamente, y cerramos.

Ni siquiera lo tocamos.

—No.

—¿Podemos al menos mirar la caja?

—intentó K-Sey—.

Solo…

solo para recordar que la belleza existe en el mundo.

—No —terminó, cerrando la puerta con un golpe suave—.

Ahora, si me disculpan, tengo que ir a buscar algo que olvidé en mi habitación.

No toquen el pastel.

Y con eso, DM salió del comedor, dejando a K-Sey y J-Min solos con sus pensamientos y el refrigerador.

Los dos se miraron.

El silencio se extendió entre ellos, pesado y lleno de posibilidades.

—Estás pensando lo mismo que yo, ¿verdad?

—preguntó K-Sey lentamente.

—Depende —respondió J-Min, ajustándose los lentes—.

¿Estás pensando en cómo ese pastel es probablemente la única fuente de más de cinco gramos de azúcar en todo el edificio?

—Sí.

—¿Y en cómo después de un día tan pesado, lo único que queremos es una rebanada de felicidad cubierta de chocolate?

—Sí.

—¿Y en cómo técnicamente no sería robo si lo tomamos prestado y luego le compramos otro a Vhy?

—Exactamente.

J-Min se puso de pie, con una expresión seria que contrastaba cómicamente con la conversación que acababan de tener.

—Entonces sí, estoy pensando lo mismo que tú.

K-Sey también se levantó, con una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.

—¿Sabes qué significa esto, verdad?

J-Min asintió solemnemente.

—Significa que tenemos que robar el pastel.

—Otra vez —añadió K-Sey con un suspiro dramático.

—Otra vez —confirmó J-Min.

Se miraron por un momento más, y luego, sin decir otra palabra, se dirigieron a la habitación de K-Sey.

Era hora de planear un atraco.

La habitación de K-Sey era un caos organizado.

Pósters de películas de todo tipo cubrían las paredes, una colección de figuras de acción estaba perfectamente alineada en un estante, y su cama estaba cubierta de cojines con formas de animales.

En el escritorio, una lámpara de lava burbujeaba perezosamente.

J-Min cerró la puerta detrás de ellos y se dirigió inmediatamente al escritorio, apartando los cojines de la silla y sentándose con la postura de un general preparándose para la guerra.

—Muy bien —dijo, sacando un cuaderno y un bolígrafo de su bolsillo—.

Necesitamos un plan.

—Un plan brillante —añadió K-Sey, sentándose en el borde de su cama—.

Un plan perfecto.

Un plan que DM nunca vea venir.

—Exacto —J-Min comenzó a dibujar un diagrama rápido del departamento—.

Primero, necesitamos que DM salga del edificio.

Sin él aquí, tenemos acceso libre al refrigerador.

—¿Y cómo logramos eso?

—preguntó K-Sey, inclinándose hacia adelante.

J-Min se quedó en silencio por un momento, tamborileando el bolígrafo contra el cuaderno.

Luego, una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—Su cartera.

—¿Su cartera?

—Su cartera —repitió J-Min, con los ojos brillando detrás de sus lentes—.

DM es meticuloso.

Siempre revisa que tenga su cartera antes de salir.

Si de repente no la encuentra…

—Pensará que la perdió en algún lugar —terminó K-Sey, con una sonrisa creciendo en su rostro—.

Y saldrá a buscarla.

—Exactamente —J-Min garabateó notas rápidas—.

Escondemos su cartera, esperamos a que se dé cuenta, y cuando salga a buscarla, nosotros atacamos.

K-Sey se frotó las manos con entusiasmo.

—Me gusta.

Me gusta mucho.

¿Dónde la escondemos?

—En mi habitación —dijo J-Min—.

Es el último lugar donde buscaría.

Además, si por alguna razón sospecha, yo puedo distraerlo con ecuaciones matemáticas.

Sabes que se confunde cuando hablo de números con más de veintidós dígitos.

—Perfecto —K-Sey se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro—.

Entonces, el plan es: Fase Uno, esconder la cartera.

Fase Dos, esperar a que DM se dé cuenta.

Fase Tres, esperar a que salga.

Fase Cuatro…

Se detuvo, frunciendo el ceño.

—Espera.

¿Y si el refrigerador está cerrado con llave?

J-Min levantó la vista de su cuaderno, parpadeando.

—¿Por qué estaría cerrado con llave?

—No lo sé —admitió K-Sey—.

Pero DM es inteligente.

Muy inteligente.

¿Y si sospecha que intentaremos algo?

Los dos se miraron, y por un momento, el pánico brilló en sus ojos.

—No —dijo J-Min finalmente, sacudiendo la cabeza—.

DM confía en nosotros.

Somos sus amigos, casi hermanos.

No cerraría el refrigerador con llave.

—Tienes razón —K-Sey suspiró aliviado—.

Estoy siendo paranoico.

—Bien —J-Min volvió a su diagrama—.

Entonces, Fase Cuatro: abrimos el refrigerador, tomamos el pastel, y lo disfrutamos en la gloria de nuestra victoria.

—Suena perfecto —K-Sey extendió su mano—.

Me alegra haberlo simplificado, tus doce fases eran un exceso.

J-Min se rascó la nuca avergonzado—.

Mínimo agreguemos la fase nueve.

—¿Cuál?

¿Donde íbamos al polo norte y entrenábamos con monjes calvos para adaptarnos a la temperatura del refrigerador?

—Esa era la fase siete —terminó J-Min sin poderlo ver a los ojos—.

La nueve era cuando íbamos a Rusia en invierno para ser soldados invernales con nuestra nueva resistencia al frío.

—¿Estamos de acuerdo en que eso es inútil?

J-Min estrechó su mano sin firmeza.

—Estamos de acuerdo —confirmó, soltando su mano—.

Pero nunca se sabe cuándo necesitaremos ser soldados.

—Solo si nuestra compañía quiere que ganemos fama de ídolos patrióticos.

Diez minutos después, K-Sey y J-Min estaban de vuelta en la sala común, actuando con la naturalidad de dos actores ganadores del Oscar.

DM estaba sentado en el sofá, revisando su teléfono con una expresión relajada.

Su mochila estaba en el suelo junto a él, y su cartera…

su cartera estaba en la mesa de centro, justo al alcance.

K-Sey y J-Min intercambiaron una mirada rápida.

—Oye, DM —dijo K-Sey con voz casual, sentándose en el sofá opuesto—.

¿Ya terminaste lo que tenías que hacer?

—Casi —respondió DM sin levantar la vista—.

Solo estoy revisando unos mensajes.

—Genial, genial —K-Sey asintió, tratando de no mirar la cartera—.

Oye, J-Min, ¿me ayudas con algo en mi habitación?

Necesito mover un mueble.

—¿Un mueble?

—J-Min parpadeó, confundido por un segundo, antes de captar la indirecta—.

Oh, sí, claro.

Un mueble.

Muy pesado.

Necesito…

necesito usar mis conocimientos de física para…

para calcular el mejor ángulo de elevación.

DM levantó la vista, frunciendo el ceño.

—¿Necesitas física para mover un mueble?

—cuestionó DM volteando a ver a J-Min.

En cuestión de milisegundos K-Sey tomó la cartera sin hacer ruido—.

Es un mueble muy complicado —dijo K-Sey rápidamente, poniéndose de pie—.

Vamos, J-Min.

Los dos salieron de la sala común con pasos apresurados, dejando a DM con una expresión de confusión en el rostro, pero continuó con el asunto de su celular.

En cuanto estuvieron fuera de vista, K-Sey agarró a J-Min del brazo.

—¿Física?

¿En serio?

—¡Me puse nervioso!

—susurró J-Min—.

Además, técnicamente es cierto.

Todo movimiento requiere física.

—Como sea —K-Sey sacudió la cabeza—.

Ya tenemos la cartera.

J-Min se quitó el sudor de la frente con una sonrisa renovada—.

Todo gracias al poder de la física.

—Ahora solo tenemos que esperar a que DM se dé cuenta y regrese a la pastelería.

Con esa idea en mente, ambos salieron y se sentaron en el gran sillón de cuero.

Pasaron treinta minutos.

Treinta minutos largos y tortuosos en los que K-Sey y J-Min tuvieron que actuar como si nada estuviera pasando, mientras DM revisaba su teléfono y ocasionalmente miraba la televisión.

Finalmente, DM se puso de pie y se estiró.

—Bueno, creo que voy a salir un rato —dijo—.

Necesito comprar algunas cosas.

K-Sey y J-Min se tensaron.

DM se acercó a la mesa de centro, buscando algo con la mirada.

Luego frunció el ceño.

—¿Han visto mi cartera?

—¿Tu cartera?

—preguntó K-Sey, con la voz un poco más aguda de lo normal—.

No, no la he visto.

—Yo tampoco —añadió J-Min, ajustándose los lentes nerviosamente.

DM comenzó a buscar en el sofá, levantando los cojines y revisando entre los pliegues.

—Estaba aquí hace un momento —murmuró—.

Estoy seguro de que la dejé en la mesa.

—Tal vez la dejaste en tu habitación —sugirió K-Sey.

—No, no —DM sacudió la cabeza—.

La tenía aquí.

La vi cuando revisé mi teléfono.

Comenzó a buscar más frenéticamente, revisando debajo de la mesa, detrás del sofá, incluso en la cocina.

—Esto no tiene sentido —dijo, con una nota de pánico en su voz—.

No puede haber desaparecido así como así.

—Tal vez…

—J-Min se aclaró la garganta—.

Tal vez la dejaste en la pastelería cuando compraste el pastel de Vhy.

DM se detuvo en seco, con los ojos abriéndose.

—La pastelería —repitió lentamente—.

Sí, sí, eso tiene sentido.

Debí haberla dejado en el mostrador cuando pagué.

Se dirigió rápidamente hacia la puerta, tomando su chaqueta.

—Vuelvo en un rato.

Si alguien pregunta, estoy en una dulce y costosa misión.

Y con eso, salió del departamento, cerrando la puerta detrás de él.

K-Sey y J-Min se quedaron inmóviles por un momento, apenas atreviéndose a respirar.

Luego, lentamente, se miraron.

—Funcionó —susurró K-Sey.

—Mis planes siempre lo hacen —replicó J-Min, con una sonrisa creciendo en su rostro.

Los dos saltaron del sofá al mismo tiempo, chocando las manos en el aire.

—¡Somos genios!

—exclamó K-Sey.

—¡Somos los mejores!

—añadió J-Min.

Se dirigieron al refrigerador con pasos rápidos, con el corazón latiendo de emoción.

K-Sey agarró la manija y tiró.

No se abrió.

Tiró de nuevo.

Nada.

—¿Qué…?

—K-Sey frunció el ceño y tiró con más fuerza.

El refrigerador no se movió.

J-Min se acercó, empujando a K-Sey a un lado, y examinó la puerta.

Sus ojos se abrieron detrás de sus lentes.

—No puede ser.

—¿Qué?

¿Qué pasa?

J-Min señaló.

Ahí, envuelto alrededor de las manijas del refrigerador, había una cadena gruesa de metal.

Y en el centro, un candado brillante.

Pegada al candado, había una nota escrita con la letra perfecta de DM: “Nunca encontrarán la llave, pequeños ladrones.” K-Sey y J-Min se miraron, con las bocas abiertas.

—Nos…

nos vio venir —murmuró K-Sey.

—Nos superó —añadió J-Min, con voz débil.

Se quedaron ahí, mirando el candado como si fuera un enemigo invencible, sintiendo cómo sus sueños de chocolate se desmoronaban.

Pero entonces, J-Min entrecerró los ojos.

—Espera —dijo lentamente—.

Espera un momento.

—¿Qué?

J-Min se acercó más al candado, examinándolo de cerca.

—No es un candado de llave —dijo, con una sonrisa comenzando a formarse—.

Es un candado de combinación.

K-Sey se acercó, mirando el candado.

Efectivamente, en lugar de una cerradura, había cuatro ruedas con números.

—¿Un candado de combinación?

—K-Sey frunció el ceño—.

¿Y cómo se supone que adivinemos la combinación?

J-Min se enderezó, con los ojos brillando con esa luz que siempre aparecía cuando tenía una idea.

—No tenemos que adivinarla —dijo—.

Solo tenemos que verla.

—¿Verla?

¿Cómo?

—Las cámaras —J-Min señaló hacia el techo, donde una pequeña cámara de seguridad estaba montada en la esquina—.

DM instaló cámaras en todo el departamento después de que una fan se metiera en nuestro departamento por media semana.

—No me la recuerdes…

cuando la encontramos parecía un perrito callejero —miró con pena K-Sey bajo el sillón—.

No había comido nada en todo ese tiempo.

—Si podemos acceder a la grabación, podemos ver qué combinación usó.

K-Sey lo miró con admiración renovada.

—Eres un genio.

—Lo sé —J-Min ya estaba caminando hacia la sala común—.

Pero hay un problema.

—¿Cuál?

—Solo DM tiene acceso a las cámaras desde su celular.

Los dos se detuvieron, mirándose.

Se quedaron en silencio por un momento, procesando la información.

Luego, al mismo tiempo, sus cabezas se giraron hacia el sofá.

Ahí, medio escondido entre los cojines, estaba el celular de DM.

—Se lo olvidó —susurró K-Sey.

Corrieron hacia el sofá, y K-Sey agarró el celular con manos temblorosas.

—Okay, okay —dijo, mirando la pantalla—.

Ahora solo necesitamos desbloquearlo.

—¿Sabes su contraseña?

—preguntó J-Min.

—No —admitió K-Sey.

Se miraron, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a desvanecerse de nuevo.

Pero entonces, J-Min tuvo otra idea.

—Espera —dijo, con los ojos iluminándose—.

No necesitamos la contraseña.

Solo necesitamos las huellas dactilares.

—¿Las huellas dactilares?

—K-Sey frunció el ceño—.

¿Y cómo se supone que consigamos eso?

DM no está aquí.

J-Min sonrió, y fue una sonrisa que hizo que K-Sey se sintiera ligeramente incómodo.

—¿Recuerdas ese pegamento azul que compraste el mes pasado?

¿El de la película de los Pitufos?

K-Sey parpadeó.

—¿Mi pegamento de edición limitada?

¿El que está firmado por los Pitufos?

—Ese mismo —J-Min asintió—.

Si lo quemamos, el humo revelará las huellas dactilares.

Es un truco viejo que vi en una película de detectives.

K-Sey lo miró con horror.

—¿Quieres…

quieres quemar mi pegamento de edición limitada?

—Es por el pastel —dijo J-Min simplemente.

K-Sey abrió la boca para protestar, pero luego la cerró.

Miró el celular en su mano, luego el refrigerador encadenado, y finalmente suspiró.

—Está bien —dijo, con voz derrotada—.

Pero si esto no funciona, me debes un pegamento nuevo.

—Trato hecho.

K-Sey fue a su habitación y regresó con una botella de pegamento azul brillante.

La sostuvo por un momento, mirándola con tristeza, como si estuviera despidiéndose de un viejo amigo.

—Adiós, amigo mío —murmuró—.

Tu sacrificio no será en vano.

J-Min tomó el pegamento, lo abrió, y vertió una pequeña cantidad en un plato.

Luego, con cuidado, encendió un fósforo y lo acercó al pegamento.

El pegamento se encendió con una llama azul brillante, liberando un humo espeso que olía a químicos y a sueños rotos.

J-Min sostuvo el celular de DM sobre el humo, moviéndolo lentamente para que el humo cubriera toda la pantalla.

K-Sey observaba con una mezcla de fascinación y dolor, viendo cómo su preciado pegamento se consumía.

Después de unos segundos, J-Min apartó el celular del humo y sopló suavemente sobre la pantalla.

Y ahí, como magia, aparecieron las huellas dactilares de DM, marcadas en el polvo azul del humo.

—Funcionó —susurró J-Min, con asombro en su voz—.

Realmente funcionó.

—Por supuesto que funcionó —dijo K-Sey, tratando de sonar orgulloso a pesar de su dolor—.

Es pegamento de los Pitufos.

Es mágico.

J-Min estudió las huellas, identificando las más claras.

Observó el patrón de los remolinos y líneas, memorizando cada detalle.

Luego, con cuidado, dibujó el patrón en una hoja de papel.

—¿Qué haces?

—preguntó K-Sey.

—El sensor reconoce el patrón visual —explicó J-Min—.

Si lo recreo con suficiente precisión…

Tomó un marcador negro y comenzó a dibujar sobre su propio dedo, siguiendo exactamente el patrón de la huella de DM.

Las líneas se curvaban y giraban en espirales complejas, y J-Min trabajaba con la concentración de un artista forense.

Cuando terminó, presionó su dedo decorado sobre el sensor del celular.

La pantalla parpadeó.

Y se desbloqueó.

—¡Sí!

—exclamaron ambos al unísono, chocando las manos.

J-Min navegó rápidamente por el celular, buscando la aplicación de las cámaras de seguridad.

La encontró, la abrió, y comenzó a revisar las grabaciones.

—Aquí —dijo, señalando la pantalla—.

Esta es de hace una hora, justo antes de que llegáramos.

Reprodujo el video.

En la pantalla, podían ver a DM acercándose al refrigerador con la cadena y el candado en las manos.

Comenzó a ingresar la combinación, pero justo en ese momento, su teléfono sonó.

Se distrajo, contestó la llamada, y mientras hablaba, terminó de cerrar el candado sin darse cuenta de que la cámara había capturado la combinación en la pantalla.

4-7-2-3.

—Lo hizo sin querer —murmuró K-Sey—.

Estaba distraído con la llamada.

—Pero igualmente lo conseguimos —añadió J-Min, con Los dos la miraron en silencio por un momento.

—Sacrificamos mucha magia azul solo para este momento —soltó una lagrima K-Sey, sin saber si era por su amigo perdido o por la belleza frente a el.

K-Sey extendió la mano lentamente, tomó la caja, y la sacó del refrigerador.

La abrió con cuidado, revelando la rebanada de pastel en toda su gloria chocolatosa.

—Es hermosa —murmuró J-Min, con lágrimas en los ojos.

—Es perfecta —añadió K-Sey.

Estaban a punto de tomar un tenedor cuando escucharon un sonido detrás de ellos.

Un olfateo.

Se congelaron.

Lentamente, muy lentamente, se giraron.

Ahí, de pie en la entrada de la sala común, estaba Jhin.

Su cabello negro estaba perfectamente peinado, y llevaba una sudadera gris que le quedaba demasiado bien.

Pero lo que realmente llamaba la atención eran sus ojos, fijos en la caja de pastel con una intensidad que daba miedo.

—Ese…

—dijo Jhin lentamente, con voz peligrosamente calmada—.

Ese es el pastel de Vhy.

K-Sey y J-Min intercambiaron una mirada de pánico.

—Jhin —comenzó K-Sey, con voz temblorosa—.

Hermano.

Amigo.

Podemos explicarlo.

—Vhy me dijo que le pidió un pastel a DM —continuó Jhin, ignorándolo—.

Me dijo que era importante.

Que era para alguien especial.

Dio un paso hacia adelante, y K-Sey y J-Min dieron un paso hacia atrás.

—Y ustedes…

—los ojos de Jhin se entrecerraron—.

Ustedes iban a robárselo.

—¡No es robo!

—protestó J-Min—.

Es…

es tomar prestado.

Con intención de reemplazar.

—Es robo —dijo Jhin firmemente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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