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¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El Desastre del Café
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2: Capítulo 2: El Desastre del Café.

2: Capítulo 2: El Desastre del Café.

La palabra “asco” rebotó en las paredes del pasillo desierto, persiguiendo a Mary mientras sus tacones se desvanecían en la distancia.

Me quedé allí, paralizada, sintiendo el peso de esa única sílaba como si fuera un golpe físico.

El pomo dorado de la puerta de mi salón brillaba con burla silenciosa, un trofeo de un mundo al que claramente no pertenecía.

Apreté la mandíbula hasta sentir el dolor punzante, y mis dedos se tensaron, arrugando la tela de mi falda hasta convertirla en un puño de nudillos pálidos.

—No…

no te atrevas a llorar —musité apenas con fuerzas en los labios—.

No les darás ese lujo.

Respiré hondo, llenando mis pulmones de su aroma personalizado.

—Ella tenía razón…

—musité, sintiendo cómo la impotencia se me enredaba en la mente—.

No puedo desviar mis pensamientos.

No me deja olvidar.

Solo pude empujar la puerta y entrar.

El salón estaba casi vacío, pero las pocas miradas que se posaron en mí fueron rápidas, evaluadoras y despectivas.

Sus miradas me decían: ¿Qué hace ella aquí?

Parecía que ya lo sabían sin conocerme, sabían que era pobre.

Pero mientras las soportaba, algo más captó mi atención.

Cada mirada, aunque hiriente, era diferente.

Especial.

Como si detrás del desprecio hubiera algo más brillando…

¿talento?

¿ambición?

¿hambre de algo que yo no alcanzaba a comprender?

Solo hubo una mirada diferente.

Una chica sentada en el fondo, sus ojos eran más grandes y sus rasgos más marcados y menos circulares, con un corte que me recordaba a un lobo.

Era ordenado en su desorden, con puntas afiladas hechas con navaja.

Un corte por capas y un movimiento natural.

Ella lo acariciaba y peinaba constantemente, ¿nervios?

¿hábito?

No lo sé…

solo sabía que su mirada era la única que no dañaba.

Pero todas las demás solo eran clones perfectos de Mary.

Cerca de la ventana, tres chicas de uniforme diferentes formaban un triángulo perfecto.

La del centro tenía una presencia que llenaba el espacio aunque estuviera sentada.

Cabello azul recogido en una coleta alta que se balanceaba como una corona con cada movimiento de su cabeza.

Sus ojos recorrían el salón con una autoridad tranquila, no arrogante, solo…

natural.

Como si liderar fuera tan instintivo como respirar.

A su izquierda, una chica de uniforme verde la miraba con una atención absoluta, asintiendo a cada palabra que no alcanzaba a escuchar desde la puerta.

A su derecha, otra de uniforme dorado sostenía un espejo de mano, ajustándole el cabello a la chica del centro con dedos delicados, como si ese fuera el honor más grande del mundo.

—Mina, ¿vas a participar en el festival?

—escuché que la de verde preguntaba con voz esperanzada.

Algo en esa escena me incomodó, aunque no sabía exactamente qué.

La chica del centro brillaba, sin duda, pero ese brillo parecía…

contenido.

Como una planta creciendo en una maceta demasiado pequeña.

Sus amigas la rodeaban con cariño genuino, pero también con un peso invisible que parecía anclarla al suelo.

Cerré la puerta sin decir palabra.

La humillación ardía bajo mi piel como ácido.

Necesitaba hacer algo.

Algo normal.

Algo que me anclara de nuevo a la realidad que conocía.

“La biblioteca.” Necesitaba perderme entre páginas que me transportaran lejos de aquí, tal vez una comedia romántica, o una historia de fantasía.

Cualquier mundo sería mejor que este…

De seguro soy de esas pocas personas especiales que todavía leen.

Me dirigí al lugar que irónicamente Mary me había mostrado minutos antes.

Estaba buscando consuelo en campo enemigo.

Mientras caminaba, pasé junto a dos chicas doradas en medio de una conversación trivial.

—¿Ya viste el nuevo video de NEON7?

—decía una, con el pelo recogido en una coleta perfecta.

—¡Sí!

Vhy se ve DIVINO con ese traje blanco —respondió la otra, suspirando dramáticamente—.

Es mi sol de cada mañana.

—Totalmente mi favorito —declaró la de lentes poniéndose una mano en el corazón—.

Aunque Zen también me mata cuando canta solo al final.

—¿Y qué hay de DM?

—Ugh…

me gusta cómo rapea, pero comparado con Shugar…

ya sabes.

Definitivamente el último de mi lista.

—Shugar es perfecto.

No sé cómo voy a sobrevivir cuando se gradúen.

Pasé de largo, pensando en lo triviales que parecían sus preocupaciones.

La biblioteca de Hathor era otro recordatorio de que no pertenecía aquí.

Lámparas de araña de cristal colgaban del techo como constelaciones inalcanzables, los estudiantes se reclinaban en sofás de terciopelo que costaban más que un año de renta.

Ninguno tenía un libro en la mano.

Era claro que venían más por el café que por la lectura.

El murmullo de sus conversaciones era bajo y refinado, como si incluso sus susurros tuvieran pedigrí.

Los libreros no eran simples estanterías, sino obras de ebanistería talladas en maderas oscuras y brillantes.

Incluso los carritos para devolver libros parecían piezas de museo, con ruedas de bronce pulido y manijas de cuero.

Esto no se parecía en nada a la polvorienta y acogedora librería cerca de nuestro departamento.

Me sentí como un ratón de campo en una exposición de gatos persas.

Con la cabeza gacha, me abrí paso entre la multitud, fijando mi mirada en las líneas calculadas del suelo.

Estaba tan concentrada en no tropezar y en ignorar las miradas de todos, que sus conversaciones solo eran estática ante mis oídos.

Sin tiempo de reacción, dos pares de zapatos aparecieron frente a mis ojos, siguiendo la inercia de una conversación ajena a mí.

El impacto fue sordo y húmedo.

Un líquido caliente y pegajoso empapó la parte delantera de mi blusa blanca y chaqueta azul.

El café ardía contra mi piel, filtrándose a través de la tela de mi ropa.

No era solo caliente, sino que tenía un aroma ligero a vainilla que jamás había percibido en el café instantáneo que tomaba en casa.

—¡Mierda!

—exclamó una voz masculina, aguda y cargada de indignación.

Levanté la vista.

Frente a mí estaba el ángel del metro, aquel chico alto, de cabello rosa y piel perfecta.

Ese mismo rostro que mamá tenía en las portadas de revistas que yo nunca me detuve a mirar.

Pero ahora su antigua mirada serena se había transformado en la fulminante ira de un dios ofendido.

En su mano derecha sostenía una taza de cerámica blanca vacía, de la que goteaba la última gota de su contenido sobre mi uniforme ya arruinado.

—¿¡Qué, acaso no ves por dónde caminas!?

—espetó, mirando con horror la mancha marrón que se extendía por mi pecho—.

¿¡No sabes cuánto tiempo me tardé en pedir este café!?

Mientras me sobaba la cabeza y sentía cómo el líquido me quemaba la piel a través de la tela, noté que a su lado había otro chico, igual de impresionante en belleza, pero con unos ojos grandes que mostraban unas pupilas oscuras como perlas de obsidiana pulidas.

Su expresión apacible se había transformado en una de sorpresa y genuina preocupación.

A mi alrededor, el silencio se extendió como una onda.

Conversaciones interrumpidas, tazas de café dejadas en su platillo de golpe.

Todos los ojos fijos en el espectáculo: la chica nueva, empapada de café, frente a dos de los estudiantes más guapos de Hathor.

Por el rabillo del ojo, vi cómo varias chicas sacaban discretamente sus teléfonos.

Los flashes disimulados y el sonido de obturadores digitales me confirmaron que mi humillación estaba siendo inmortalizada para la posteridad digital de Hathor.

—Amigo, cálmate —dijo el chico de ojos de obsidiana con una voz suave, poniendo una mano en el hombro de su amigo.

—Pero…

ella tiró mi café…

—musitó como un niño pequeño el chico de pelo rosa antes de volverse hacia mí.

Sacudió la cabeza en un movimiento exagerado, su cabello siguiendo la inercia como en una publicidad de champú—.

Voy por otro café, nos vemos en clase, Jhin.

Cuando el chico del tren se giró para marcharse, su expresión cambió por un instante.

La máscara de indignación se deslizó, revelando algo más complejo: ¿cansancio?

¿resignación?

Fue tan breve que podría haberlo imaginado.

En la solapa de su blazer llevaba su pequeño pin plateado en forma de máscara de bufón, apretándolo con odio nostálgico.

—Sí, claro, Vhy —respondió a su amigo antes de dirigirse a mí—.

Lo lamento mucho, de verdad.

Cuando se acercó, percibí un aroma que contrastaba brutalmente con el café derramado: algo fresco y cítrico, pero con un fondo amaderado que solo podía ser un perfume hecho a medida.

El tipo de fragancia que no viene en frascos que la gente común pueda comprar.

Su actitud era tan inesperada, tan diferente a la reacción del demonio del metro.

¿Esto es amabilidad?

¿Amabilidad genuina en un mundo como este?

—Eres nueva, ¿verdad?

Mi nombre es Jhin, un gusto —mencionó extendiendo su mano.

Noté que mientras hablaba conmigo, se mordía ligeramente el labio inferior.

Un gesto casi imperceptible, pero que contrastaba con su imagen perfecta.

La tomé, sintiendo lo suave y firme de su agarre, junto al frío metal de su anillo de Loto.

Él me ayudó a levantarme, casi cargando mi peso entero.

—S-sí…

—musité, respondiendo su pregunta—.

Es mi primer día —mencioné casi como reflejo, viendo en su cara una expresión cercana a la sorpresa.

Su amabilidad era un hallazgo agradable, como un dulce de miel después de una cucharada de sal.

Pero entonces lo vi.

Su mirada recorriendo mi uniforme manchado de pies a cabeza, analizando mi situación…

él también lo hacía…

también me veía así.

Sentía como el suelo bajo mis pies se rompía, mientras un mar de vacío me llevaba entre sus olas.

“¿Todos en este mundo son iguales?” Miré mi uniforme manchado y luego el de Jhin.

El mío, de un azul ligeramente descolorido que delataba su paso por al menos una generación anterior de estudiantes.

El suyo, de un azul profundo y vibrante, con costuras perfectas que se ajustaban exactamente a su figura.

Aquí todos tenían uniformes a la medida.

Azules, verdes, dorados y rojos.

El mío se asemejaba más a un gris opaco que al azul original.

—Déjame en paz —mascullé, soltando el calor de su mano como si quemara.

Mis manos temblaban tanto que tuve que apretar los puños para disimularlo.

Sentía un zumbido en los oídos y la boca seca, como si mi cuerpo estuviera preparándose para huir o pelear.

“Ya cometí el error de confiar una vez…

no lo haré dos veces.” El chico de ojos de obsidiana, Jhin, pareció sorprendido, como si sus hechizos practicados no funcionaran.

—¿Qué pasó?

¿Hice algo malo?

—cuestionó con una mirada temblorosa, pero como si un foco se prendiera en sus pupilas, comenzó a quitarse la chaqueta, extendiéndola hacia mí—.

Ten, para que cubras la mancha y te dejen entrar a clases.

La tomé con manos temblorosas.

Era su chaqueta azul, con una tela pesada y gruesa, de calidad innegable.

En el pecho y la espalda lucía el escudo de Hathor bordado en hilo dorado.

Un calor familiar subió por mi cuello hasta mis mejillas.

Ese maldito rubor que siempre me delataba cuando estaba avergonzada.

Sus acciones parecen genuinas, pero yo sé que no es así…

aquí no es así.

—He dicho que me dejes en paz —mi voz sonó más dura de lo que pretendía—.

Puedo limpiarme sola.

No necesito la caridad de nadie.

—¿Qué?

Pero quiero ayudar.

Mi garganta ardía, pero no podía callarme.

Si lo hacía, el nudo en mi pecho me ahogaría.

—¿¡Crees que no conozco a los chicos como tú, con sus caras perfectas y tarjetas sin límite!?

¡Solo eres un niño mimado más en una escuela que los aísla de la realidad!

El rostro de Jhin cambió instantáneamente.

La calidez de sus ojos se evaporó, reemplazada por una fría incredulidad, y luego por una chispa de ira contenida.

—Bien —dijo, con la voz tensa como una cuerda a punto de romperse—.

Como quieras —me arrebató su chaqueta de las manos y me miró como si lo acabara de abofetear.

En su prisa y su enojo, un pequeño sobre blanco se deslizó del bolsillo izquierdo de la chaqueta, cayendo al suelo con un leve aleteo, aterrizando justo frente a mis pies.

Pareció no haberse dado cuenta.

La multitud, que se había detenido a observar el espectáculo como si fuera una obra de teatro, perdió el interés y volvió a sus conversaciones refinadas.

Me quedé sola en medio del pasillo, pegajosa, humillada por tercera vez en menos de una hora, y con el corazón latiendo con furia contra mis costillas.

Me agaché y recogí el sobre.

El papel era grueso y de alta calidad, casi aterciopelado al tacto.

En una esquina, grabado en tinta plateada que brillaba bajo las luces, había un logo que reconocí al instante por las vallas publicitarias y las revistas: un estilizado “N7”.

—NEON7.

Le di la vuelta con dedos temblorosos.

En el reverso, una pequeña pegatina sellaba el sobre.

Tenía otro logo, uno que también conocía, un grupo musical femenino que escuché muchas veces por la radio: una amatista de cristal facetado.

Era el logo de Amethyst.

Mi cerebro conectó los puntos a la velocidad de la luz.

El chico arrogante del café y el chico de ojos de obsidiana.

No eran simples estudiantes.

Eran miembros de una de las bandas de ídolos más famosas del país.

NEON7, la banda que había roto muchos de los récords de ventas en su único año de emisión.

La que tenía fans acampando fuera de sus conciertos durante semanas.

La que mi madre escuchaba mientras limpiaba la casa, fingiendo que aún tenía dieciséis años.

Vhy, el vocalista de voz perfecta, y Jhin, la segunda voz principal.

¿Cómo no me di cuenta antes?

Mientras miraba a Jhin alcanzar a Vhy, una parte de mí quería gritar de frustración.

Tres humillaciones en menos de una hora.

¿Era este algún tipo de récord?

¿O simplemente la bienvenida estándar para los becados en Hathor?

El estúpido que me había tirado un café encima y el caballero al que acababa de insultar no eran estudiantes cualquiera.

NEON7.

Mi cerebro procesaba la información mientras mis dedos sostenían el sobre.

La ironía era casi dolorosa: mi madre coleccionaba cada revista donde aparecían, y ahora yo había insultado a uno de ellos.

Si ella supiera que su hija ofendió a su ídolo adolescente…

me desherearía.

Rápidamente escondí el sobre en mi mochila, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie me hubiera visto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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