¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capitulo 22 Visita Urgente
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22: Capitulo 22: Visita Urgente.
22: Capitulo 22: Visita Urgente.
—¡¿ITALIA?!
—el grito de Pariz hizo que media cafetería volteara a vernos, las conversaciones deteniéndose momentáneamente—.
¿Me estás diciendo que en una semana estarás en ITALIA con VHY?
—¡Baja la voz!
—supliqué, hundiéndome en mi asiento como si pudiera fundirme con la silla y desaparecer—.
Ya tuve suficiente drama por hoy con el escuadrón de fans en el pasillo.
—¿El escuadrón de fans?
—Pariz se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con interés y preocupación a partes iguales—.
Cuéntame todo.
No te saltes ningún detalle.
Le relaté el encuentro completo, cada palabra venenosa, cada amenaza velada, incluyendo la parte sobre cómo Eun-Ji casi me golpea.
Vi cómo la expresión de Pariz se oscurecía progresivamente, su mandíbula tensándose.
—Esas…
—murmuró cuando terminé—.
Eso es acoso, Suri.
Amenazas reales.
Eun-Ji casi te ataca físicamente.
Podrías reportarlas.
—¿A quién?
—pregunté amargamente—.
Como dijo Eun-Ji, ¿quién me creería?
Soy la becada nueva.
Ellas son…
—Ricas y conectadas —terminó Pariz con disgusto—.
Lo sé.
Pero eso no hace que esté bien.
—También te conté sobre la aparición del presidente del consejo estudiantil —le recordé—.
Cómo Mina se transformó completamente en su presencia.
Cómo detuvo a Eun-Ji con solo dos palabras.
—Interesante —murmuró Pariz, tamborileando sus dedos sobre la mesa en ese patrón que hacía cuando estaba analizando algo—.
Siempre supe que había algo más con Mina.
Nadie es tan talentosa sin un pasado.
—No me importa su historia —dije, aunque no era completamente cierto.
Parte de mí, la parte que había visto su rostro cuando su hermano la humilló, sentía una punzada de empatía no deseada—.
Solo quiero que me dejen en paz.
Que me permitan existir sin convertirlo en una guerra.
—Te dejarán en paz cuando dejes de ser una amenaza —señaló Pariz con su habitual pragmatismo—.
Y ahora, con Italia, eres más que una amenaza.
Eres su peor pesadilla: una chica normal, sin dinero ni conexiones, que tiene acceso a su ídolo de formas que ellas nunca tendrán.
Acceso real, no fabricado.
—No quiero ese acceso —protesté con vehemencia.
—Lo sé —sonrió Pariz con calidez—.
Y eso probablemente las enfurece aún más.
El hecho de que no lo valores, de que no lo desees, hace que sea aún más injusto para ellas.
Ahora, hablemos de Italia.
¿Tienes ropa adecuada?
¿Maleta?
¿Adaptadores para los enchufes europeos?
Mi rostro debió reflejar mi pánico absoluto porque Pariz suspiró con una mezcla de exasperación y afecto.
—No tienes nada de eso, ¿verdad?
—No tengo nada de eso —confirmé miserablemente—.
Ni siquiera tengo pasaporte actualizado.
Nunca he salido del país.
Apenas he salido de Seúl.
—Está bien —dijo Pariz, sacando su teléfono como un arma secreta—.
Mi tía vive en Milán, ¿recuerdas?
Le pediré que te envíe una lista de lo esencial.
Qué llevar, qué evitar, cómo comportarte.
Y no te preocupes por la ropa, podemos compartir.
Somos casi de la misma talla.
Hizo una pausa, mirándome de arriba abajo con ojo crítico.
—Exceptuando por el busto, claro.
Pero eso lo podemos arreglar con la costura correcta.
—Pariz, no puedo aceptar…
—Claro que puedes —me interrumpió con firmeza—.
Para eso están las amigas.
Además, es una inversión.
Cuando vuelvas de Italia me traes una focaccia original.
Y chocolate.
Mucho chocolate italiano.
Le sonreí, sintiendo cómo algo cálido se expandía en mi pecho, contrarrestando el frío que las amenazas de Mina habían dejado.
Agradecida por su apoyo incondicional, por tener a alguien en mi esquina.
—Aún no puedo creer que vaya a conocer al profesor Bianchi —confesé, permitiéndome sentir emoción por primera vez desde que salí de la oficina del director—.
He leído todos sus libros.
Su análisis del Manierismo es brillante, revolucionario.
Aunque dicen que es un poco…
—¿Excéntrico?
—completó Pariz con una sonrisa traviesa—.
He oído historias.
Aparentemente una vez rechazó a un estudiante de doctorado porque llevaba una corbata que consideraba “estéticamente ofensiva” y “una afrenta al buen gusto”.
—Genial —murmuré, sintiendo cómo una nueva capa de ansiedad se añadía a las que ya cargaba—.
Dos semana con Vhy, quien me odia, y un profesor que podría rechazarme por mi sentido de la moda.
—Hablando de Vhy —dijo Pariz, bajando la voz y volviéndose súbitamente seria—.
¿Cómo vas a manejar eso?
Después de cómo te trató hoy, después de todo…
—No lo sé —admití, jugando con la correa de mi cámara—.
En la oficina del director parecía…
diferente.
Casi humano.
Mencionó que había estado en Italia, que la luz era especial para la fotografía.
Recordó que me gusta la fotografía.
—Ten cuidado, Suri —advirtió Pariz, tomando mi mano sobre la mesa—.
No olvides quién es realmente.
No dejes que un momento de amabilidad, una migaja de humanidad, te haga bajar la guardia.
Los chicos como él son expertos en mostrar exactamente lo que necesitas ver.
—Lo sé —respondí, aunque una parte de mí recordaba al Vhy que había conocido durante nuestro proyecto, el que hablaba de arte con pasión genuina, cuyos ojos se iluminaban al explicar la ansiedad existencial de los artistas manieristas—.
No te preocupes, no olvidaré quién es.
No olvidaré esta mañana.
—Bien —asintió Pariz—.
Ahora, hablemos de estrategia.
Necesitas establecer límites claros desde el principio.
Profesional, cordial, pero distante.
Como un iceberg: fría en la superficie y con el noventa por ciento de tus emociones bajo el agua, donde nadie pueda verlas.
—¿Y cómo se supone que haga eso?
—pregunté, sintiéndome abrumada—.
Él tiene todo el poder.
La fama, el dinero, las conexiones…
—No todo el poder está en sus manos —corrigió Pariz con intensidad—.
Tiene fama, dinero y privilegio, sí.
Pero no libertad.
El va a estar atrapado en su papel, será alguien artificial mientras tu te robas los reflectores siendo real.
Y en el arte, eso vale más que cualquier otra cosa.
Los artistas pueden oler la falsedad a kilómetros de distancia.
Sus palabras me dieron una confianza que no había sentido en todo el día, aunque no fui capaz de sonreír completamente.
—Tienes razón.
No voy a dejar que me intimide.
No voy a ser su sombra silenciosa.
—Esa es mi chica —sonrió Pariz con orgullo—.
Ahora, ¿qué vas a decirle a tus padres?
Mi estómago se contrajo dolorosamente ante la pregunta.
—No tengo idea.
Van a enloquecer.
—De emoción, querrás decir —corrigió Pariz con optimismo—.
¡Su hija va a Italia!
¡A representar a Hathor en una exposición nacional!
Estarán más orgullosos que un pavo real en temporada de apareamiento.
—Y preocupados —añadí, conociendo a mis padres—.
Especialmente mi padre.
No sabes cómo son.
Nunca me han dejado ir ni a un campamento escolar.
¿Italia?
Es otro planeta para ellos.
—Les explicarás que es una oportunidad única —dijo Pariz con confianza—.
Que la escuela cubre todos los gastos, absolutamente todo.
Que estarás con una profesora responsable las veinticuatro horas.
Y que esto podría asegurar tu futuro en el mundo laboral, abrir puertas que de otra forma estarían cerradas para siempre.
Asentí, aunque la ansiedad seguía ahí, agazapada en mi estómago como un gato salvaje.
—Espero que lo entiendan.
Espero que no piensen que es demasiado peligroso, demasiado lejos.
—Lo harán —aseguró Pariz con certeza—.
Porque te conocen.
Saben lo responsable que eres, lo mucho que te importa tu educación.
Y si necesitas apoyo moral cuando se lo digas, cuenta conmigo.
Puedo ir contigo.
Le sonreí, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con aparecer, pero esta vez de gratitud.
—Gracias, Pariz.
No sé qué haría sin ti.
—Probablemente tomarías decisiones terribles —bromeó, pero su sonrisa era cálida—.
Ahora, vamos a la biblioteca.
Necesitas comenzar a investigar sobre el Manierismo como si tu vida dependiera de ello.
—Mi beca depende de ello —corregí con gravedad.
—Exacto —asintió Pariz, poniéndose de pie y extendiendo su mano—.
Y no vamos a dejar que un ídol con complejo de superioridad, ni un club de fans psicóticas, ni nadie te la quite.
¿Entendido?
Tomé su mano, sintiendo su fuerza, y me puse de pie.
—Entendido.
Mientras caminábamos hacia la biblioteca, mi mente era un torbellino de emociones: miedo por las amenazas de Mina, ansiedad por el viaje, emoción por Italia, confusión sobre Vhy.
Pero por encima de todo, había determinación.
No iba a dejar que nadie me quitara esta oportunidad.
No Mina, no Vhy, no mis propios miedos.
Italia me esperaba.
Y yo iba a estar lista.
Esa noche, después de una intensa sesión de investigación en la biblioteca escolar, y que me obligaron a dejarla, no sin antes llevarme nueve libros de arte.
Me encontraba en mi pequeño cuarto, recostada en una de las orillas de mi sofá individual con la espalda en C boca arriba casi golpeándome con el suelo.
Rodeada de todos estos hermosos libros sobre el Manierismo, además de copias a blanco y negro de mapas de ciudades italianas ya marcados con plumones rojos.
Estaba tan concentrada leyendo pasajes sobre la “figura serpentinata” de Pontormo en “Las 200 obras de Miguel Ángel explicadas a minucioso detalle”.
—Así que las serpentinitas dan dinamismo a una obra artística…
—murmuré curiosa, mientras veía las imágenes de referencia—.
Dan esa tensión, ese movimiento y elegancia tan características en obras manieristas como el Juicio Final de Miguel Ángel.
Estaba tan concentrada en aquella tensión manierista que apenas me percaté de la campana del timbre.
Probablemente era la señora del 3B pidiendo dos cucharadas de azúcar otra vez, o quizás el repartidor con el pedido de componentes de mi padre.
Después de una larga sesión de estudio me permití cerrar “Historia del Arte Barroco: Edición Extendida” de un golpe seco, dispuesta a por fin relajarme.
Mis ojos ardían como si hubiera estado mirando directamente al sol del Renacimiento.
Me levanté del sofá, sintiendo cómo mis articulaciones crujían como las bisagras oxidadas de Herón de Alejandría, y evitando tropezar con “Técnicas de Pintura al Óleo del Siglo XVI”.
En mi idea de cambiar mi pesado uniforme por una cómoda pijama rosa con estampado de conejos, regalo de mis tías que insistía en que me veía “adorable”, fui interrumpida por un GRITO.
Un grito agudo, mezcla de sorpresa y emoción, que solo podía pertenecer a una persona a 300 kilómetros a la redonda.
Mi madre.
Seguido inmediatamente por su voz entrecortada: —¡Oh, Dios mío!
¡Oh, Dios mío!
¡Tú eres…
tú eres…!
Me levanté de un salto de mi cama, aun abrochándome los botones inferiores de el pijama.
—¿¡Qué estaba pasando!?
—puede ser un ladrón, o peor aun—.
Un accidente culinario —corrí hacia la entrada, solo para quedarme congelada en el pasillo como una estatua mal hecha.
Allí, en el umbral de nuestra modesta puerta, Vhy.
En nuestro edificio de apartamentos de clase media, con su abrigo de diseñador y su pelo perfectamente peinado, parecía un personaje de fantasía que había atravesado accidentalmente un portal dimensional.
Mi madre estaba hiperventilando, una mano en el pecho, la otra aferrándose al marco de la puerta como si temiera desmayarse.
—Suri —dijo Vhy al verme, su voz sorprendentemente normal, aunque noté cómo sus dedos tamborileaban nerviosamente contra su costado.
Sus ojos se posaron brevemente en mi pijama de conejos y vi cómo se tensaba ligeramente, como si no supiera si mirar—.
Suri…
necesitamos hablar.
—¿V-Vhy…?
—logré articular, mi cerebro funcionando a la velocidad de una tortuga con sobrepeso—.
¿Qué…
cómo…?
—¿Lo conoces?
—chilló mi madre, girándose hacia mí con ojos tan abiertos que temí que se le salieran—.
¿¡Conoces a Vhy de NEON7!?
—Es…
un compañero de clase —respondí débilmente, casi con vergüenza.
—¿Compañero de clase?
—repitió mi madre, como si acabara de decir que era mi mascota—.
¿Vhy de NEON7 es tu compañero de clase y nunca lo dijiste?
Vhy, para mi sorpresa, hizo una reverencia formal hacia mi madre.
—Señora Kang, lamento presentarme sin avisar.
Soy Vhy Kim, compañero de clase de su dulce hija en Hathor.
Mi madre, que parecía a punto de desmayarse, logró hacer una reverencia torpe en respuesta.
—Oh, por favor, pasa, pasa.
Nuestra casa es muy humilde, pero…
—Mamá —la interrumpí, recuperando finalmente mi capacidad de hablar—.
¿Podrías darnos un momento?
Vhy y yo tenemos que hablar.
—¡Por supuesto, por supuesto!
—exclamó, retrocediendo como quien se aparta de una celebridad para no contaminarla con su normalidad—.
Prepararé chocolate y galletas.
¿Te gusta el té, Vhy-ssi?
—Mamá —repetí, más firmemente esta vez.
—Está bien —dijo, retrocediendo hacia la cocina, aunque sin dejar de mirar a Vhy—.
Estaré…
estaré por aquí si necesitan algo.
Una vez que mi madre desapareció en la cocina, aunque podía sentir su presencia acechando, probablemente escuchando cada palabra, me giré hacia Vhy.
—¿Qué haces aquí?
—pregunté en voz baja—.
¿Cómo sabes dónde vivo?
—La profesora Kim me dio tu dirección —respondió, mirando alrededor con curiosidad mal disimulada—.
Intenté contactarte antes, pero no tienes teléfono registrado en la base de datos del proyecto.
—Tal vez porque no tengo teléfono —admití, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas como un termómetro en verano—.
Concepto revolucionario, lo sé.
Vhy tuvo la decencia de parecer avergonzado.
—Lo siento, no lo sabía.
—No lo dudo —murmuré—.
¿Qué es tan urgente que no podía esperar hasta mañana en la biblioteca?
¿Se acabó el gel para el cabello en todo Seúl?
—Es sobre el proyecto —respondió vagamente, evitando mi mirada.
—¿Qué pasa con el proyecto?
—Preferiría…
—se detuvo, mirando hacia la cocina—.
Decirlo en un lugar mas privado.
—Vhy, me estás asustando.
¿Qué está pasando?
—Hay…
situaciones que necesitamos discutir —dijo, tocándose nerviosamente el cuello—.
Con el viaje.
Con el proyecto.
Necesitamos hablar en privado.
Genial.
Justo cuando pensé que mi vida no podía ser más complicada, el universo decide añadir drama de telenovela coreana.
—¿Qué tipo de complicaciones?
—Preferiría no hablar aquí —dijo, lanzando otra mirada significativa hacia la cocina, donde podía escuchar a mi madre moviéndose frenéticamente, probablemente preparando cada bocadillo que teníamos en casa.
Dudé.
La idea de salir con Vhy me ponía más nerviosa que un gato antes de vallarse.
Pero su expresión parecía genuinamente preocupada, y si había problemas con el proyecto…
—Está bien —cedí finalmente—.
Déjame tomar mis cosas y tal vez cambiarme.
Mientras recogía mis libros y mi mochila, escuché a Vhy charlar educadamente con mi madre, quien había reaparecido con una bandeja de chocolate y galletas extra chispas que nunca había visto en la casa.
—¿Quién quiere galletas?
—preguntó alzando la bandeja a nosotros—.
Son galletas especiales —declaró—.
Son especiales por sobrevivir a Suri y mi esposo.
Mi madre se acercó de un salto a mi compañero susurrándole algo al oído.
—¡Mamá!
—reclamé—.
¿Qué le estás diciendo a Vhy?
Vhy me volteó a ver con una sonrisa nerviosa.
—Que…
exótico.
Sus palabras enrojecieron mi rostro como tomate maduro.
Pero antes de poder reclamar mi dignidad, mi madre se acercó a mí con una sonrisa cómplice y me susurró al oído: —Qué muchacho tan educado y guapo.
Se nota que le gustas, mira cómo te mira.
—¡Mamá!
—susurré, sintiendo cómo mis mejillas se encendían—.
No digas esas cosas.
—Solo digo que deberías arreglarte más seguido —continuó en voz baja, ajustándome discretamente el cabello bajo la pijama—.
Una chica tan inteligente como tú merece que la vean.
Vhy le dio otra elegante reverencia a mi madre.
—Fue un honor conocerla, señora Kang —declaraba Vhy, con ese tono perfectamente modulado que usaba en entrevistas—.
Su hermosa hija es una estudiante muy talentosa y un gran ejemplo a seguir.
—Oh, siempre ha sido muy aplicada —respondió mi madre, su voz temblando ligeramente de emoción—.
Desde pequeña, siempre con sus libros y su cámara.
Nunca nos dio problemas, más que algunas peleas en primaria con Tae-Jun…
—Mamá —la interrumpí, reapareciendo con mi mochila—.
Vhy y yo tenemos que ir a la biblioteca.
Es un proyecto importante.
—¿Ahora?
—preguntó, claramente decepcionada de que no aceptara su solicitud de cupido amateur—.
Pero acabo de preparar chocolate y el té está casi listo…
—Lo siento, señora Kang —intervino Vhy con una sonrisa que habría derretido glaciares—.
Es un proyecto con fecha límite.
Pero le prometo que vendré otra vez, y entonces probaré su chocolate con mucho gusto.
Mi madre prácticamente resplandeció como si le hubieran dado un premio—.
Oh, por supuesto, por supuesto.
El deber es lo primero.
Pero vuelve cuando quieras, nuestra casa es tu casa.
En ese instante Vhy tomó una de las galletas dándole una mordida y una dulce sonrisa a mi madre.
—Es…
deliciosa.
Mientras salíamos, pude ver como Vhy sacaba un pañuelo de su bolsillo, escupiendo el pedazo de galleta extra chispas, guardando el resto en el pañuelo.
Tirando al basurero aquella belleza chocolatosa.
Ni siquiera puede fingir que le gustan las galletas caseras.
Qué triste debe ser vivir en un mundo donde todo tiene que ser perfecto.
—Lo siento por eso —murmuré una vez que estuvimos en el pasillo—.
Mi madre es un poco…
—Es encantadora —me interrumpió, y para mi sorpresa, sonaba sincero—.
Se nota que te quiere mucho.
No supe qué responder a eso, así que cambié de tema.
—¿Viniste solo?
¿Sin guardaespaldas ni nada?
—Tengo un conductor esperando abajo —respondió—.
Pero sí, vine solo.
Esto es…
personal.
Esa palabra, “personal”, hizo que mi estómago diera un vuelco como en una montaña rusa.
¿Qué podría ser tan personal que Vhy, el idol distante y arrogante, vendría a buscarme a mi casa?
Mientras bajábamos las escaleras, no pude evitar notar cómo Vhy observaba todo a su alrededor: las paredes desconchadas, las luces parpadeantes, el olor a comida que impregnaba el aire.
Este era mi mundo, tan diferente del suyo de mansiones y estudios de grabación.
Como un pez dorado en un acuario sucio.
—Entonces —dije finalmente, cuando llegamos al vestíbulo—, ¿vas a decirme de qué se trata todo esto?
Vhy me miró, y por un momento, vi algo en sus ojos que no había visto antes: miedo.
—En la biblioteca —respondió—.
Te lo explicaré todo en la biblioteca.
Y con eso, salimos al frío atardecer, dejando atrás a mi madre probablemente llamando a todas sus amigas para contarles que Vhy de NEON7 había estado en su sala de estar, mientras yo me preguntaba qué “complicaciones” podrían ser tan graves como para poner esa expresión en el rostro de alguien que vivía de aparentar perfección.
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