¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 27
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27: Capítulo 27: Aterrizaje.
27: Capítulo 27: Aterrizaje.
El sonido del jet privado alejándose se sentía igual a perder un salvavidas en medio del mar.
Nunca había estado en un aeropuerto antes, y mucho menos en uno internacional.
El Fiumicino de Roma era un monstruo de cristal y acero que zumbaba con actividad en todos los idiomas imaginables.
El olor de las panaderías y café expreso se mezclaba con los perfumes franceses y el armonioso aroma de pizzas recién horneadas.
Los anuncios resonaban en italiano, inglés, alemán, una sinfonía de destinos que me mareaba más que el jet lag.
—Esto es imposible —declaré con la boca abierta, congelada de pie ante mi nueva ubicación.
—Kang —me llamó la maestra—.
No te distraigas.
Asentí, comenzando a caminar a su dirección.
Mis pasos eran lentos y temblorosos, mis ojos rápidos y curiosos, incapaces de dejar de observar el nuevo mundo que me rodeaba.
A través de mi lente imaginario, todo adquiría potencial, potencial para una posible fotografía.
Un hombre de negocios italiano, que gesticulaba violentamente por teléfono, su corbata aflojada, con manchas de café en su camisa blanca, todo eso me contaba una historia.
Ajusté mentalmente el diafragma, buscando la profundidad de campo correcta para capturar la enormidad del lugar sin perder los detalles humanos.
Una mujer africana vestida con telas brillantes de colores imposibles caminaba con una gracia que convertía la terminal en su pasarela personal.
Mi dedo índice se curvó instintivamente, presionando un disparador invisible frente a mi ojo.
Click.
—Captura mental grabada —dije para mi misma con una sonrisa.
—Suri, en serio, te vas a perder —insistió Vhy, volteando hacia mí con una expresión entre divertida y exasperada.
Parpadee, regresando al mundo real.
Mis manos temblaban ligeramente.
No por el cansancio del viaje, sino por la sobrecarga sensorial.
Demasiados colores, demasiados rostros, demasiadas historias comprimidas en un solo espacio.
Apreté los puños, tratando de anclarme, de recordar que yo era la observadora, no la observada.
Pero incluso mientras seguía a la profesora Kim y a Vhy, mi mente no podía dejar de catalogar, de encuadrar, de buscar la foto perfecta en cada esquina.
La profesora Kim se detuvo frente a las ventanas gigantes que daban al cielo romano.
La luz de la tarde bañaba la terminal en ámbar angelical, rebotando en el cristal y creando halos luminosos alrededor de las siluetas de los viajeros.
Era el tipo de iluminación que los fotógrafos llaman “la hora dorada”, ese momento mágico donde todo parece tocado por Midas.
A través de mi lente imaginario, la profesora Kim se transformaba en una figura digna de un retrato renacentista.
Su postura impecable creaba líneas verticales fuertes contra las horizontales de las ventanas.
Su traje oscuro contrastaba con la luz cálida del fondo.
—Señorita Kang, joven Kim —dijo con su tono formal, sacando su teléfono—.
Tomemos una fotografía para conmemorar este momento.
La burbuja de mi mundo visual estalló.
Mi estómago se contrajo en un nudo familiar, denso y frío.
Las manos que segundos antes habían estado “disparando” fotos imaginarias ahora se cerraron sobre la correa de mi cámara real, aferrándose a ella como si fuera un chaleco salvavidas.
Una fotografía.
De mí.
No a través de mi lente, sino capturada por el lente de alguien más.
Mi respiración se aceleró ligeramente.
Podía sentir cómo mi postura se volvía rígida.
¿Dónde pondría las manos?
¿Sonreír con dientes o sin dientes?
¿Inclinar la cabeza?
¿Hacia qué lado?
Las piernas…
¿cómo se supone que debían estar las piernas?
Cada decisión se sentía monumental, cada ángulo un posible desastre.
—Yo…
prefiero no salir en fotos, profesora —logré decir, abrazando mi cámara contra mi pecho como si fuera un escudo—.
Además, yo soy la fotógrafa.
Yo debería tomarlas.
Era una excusa pobre y ambas lo sabíamos.
Pero era más fácil que admitir la verdad: que la idea de ser inmortalizada en una fotografía, de quedar congelada en un momento donde podría salir con los ojos cerrados, o con una expresión extraña, o simplemente…
fea…
me aterrorizaba.
Detrás de la cámara, yo controlaba la narrativa.
Frente a ella, no.
La profesora Kim ladeó la cabeza, observándome con esos ojos penetrantes que parecían catalogar cada microexpresión en mi rostro.
Por un momento pensé que insistiría, que me obligaría a pararme junto a ellos y sonreír como una persona normal lo haría.
En su lugar, su expresión se suavizó casi imperceptiblemente.
—Entiendo —respondió finalmente, su voz perdiendo ese tono formal y ganando algo más cálido—.
Entonces, ¿serías tan amable de tomarme una fotografía a mí?
Allí, junto a la ventana.
Me gustaría tener un recuerdo de Roma dándome la bienvenida.
Asentí, agradecida por el cambio de enfoque.
Mis dedos ya estaban ajustando la configuración de mi cámara antes de que mi cerebro procesara completamente el movimiento.
Esto era seguro.
Esto era familiar.
Me posicioné, encontrando el ángulo correcto.
A través del visor, el mundo se reducía a líneas, formas y luz.
No había espacio para la ansiedad aquí, solo para la composición.
Ajusté el enfoque, observé cómo la luz natural creaba un contorno suave alrededor de la silueta de la profesora Kim.
Ella se veía majestuosa contra el cielo italiano.
Su postura era impecable como siempre, cada cabello perfectamente en su lugar, su traje sin una sola arruga a pesar del vuelo de doce horas.
Parecía una ejecutiva de esas revistas elegantes, alguien completamente en control de su mundo.
Click.
—Perfecta —murmuré, bajando la cámara para revisar la imagen en la pantalla.
Al menos detrás de la cámara, yo tenía el control.
Yo decidía qué se veía y qué no.
Yo elegía el momento exacto, el encuadre preciso.
Nadie podía juzgar si mi sonrisa era suficientemente natural, si mi pose era la correcta, si yo era…
suficiente.
—Ahora el joven Kim —anunció la profesora, y antes de que Vhy pudiera protestar, lo había arrastrado junto a ella frente a las ventanas—.
Vamos, no seas tímido.
Una fotografía con tu profesora no te hará daño.
Observé a través del visor cómo el cuerpo de Vhy cambiaba.
No fue algo consciente.
Lo supe de inmediato, porque yo reconocía las transformaciones, los cambios sutiles cuando alguien se preparaba para ser visto.
Era como ver a un actor entrar en personaje, pero sucediendo en microsegundos.
Sus hombros se cuadraron, no de forma obvia, sino con ese ajuste milimétrico que solo alguien que pasaba horas estudiando composición corporal notaría.
Ángulo exacto para que la línea de su postura fuera elegante pero accesible.
Su cabeza se ladeó cuarenta y cinco grados, el ángulo matemáticamente perfecto que todos los modelos conocen, el que hace que la mandíbula se vea definida sin parecer agresiva, que los ojos capturen la luz sin producir sombras desfavorecedoras.
Una mano se deslizó casualmente al bolsillo de su pantalón mientras la otra colgaba con una relajación que era cualquier cosa menos natural.
Era demasiado perfecta, demasiado estudiada.
La posición exacta de los dedos, ligeramente curvados, el codo en el ángulo preciso que alargaba visualmente su brazo.
Y su sonrisa…
Dios, esa sonrisa.
No llegaba a sus ojos, pero era tan perfectamente calibrada que cualquiera que viera la foto pensaría que era genuina.
La inclinación exacta de los labios, mostrando justo la cantidad correcta de dientes.
La arruga calculada en las comisuras, sugiriendo calidez sin comprometer la estructura facial.
Era la sonrisa de las portadas de revistas, de los posters, de los comerciales de televisión.
Era una mentira hermosa.
A través del lente, enfoqué en los detalles que la mayoría no vería.
La tensión casi imperceptible en su cuello, los tendones apenas visibles bajo la piel.
La forma en que sus dedos se curvaban ligeramente dentro del bolsillo, como si se estuviera aferrando a algo invisible, anclándose.
Los músculos alrededor de sus ojos, contraídos de una manera que no coincidía con su sonrisa.
Click.
Capturé la máscara.
Pero también capturé lo que había debajo, aunque dudaba que alguien más lo notara en la fotografía final.
Era como esas pinturas manieristas que había estado estudiando, donde la artificialidad era tan elaborada que terminaba revelando una verdad más profunda sobre la naturaleza de la representación misma.
—Excelente —aplaudió la profesora Kim, genuinamente complacida—.
Realmente eres fotogénico, joven Kim.
Cuando bajé la cámara, vi que Vhy ya había abandonado la pose.
La transformación inversa fue igual de rápida.
Sus hombros se habían encorvado ligeramente, apenas perceptible, pero suficiente para parecer más joven.
La tensión en su mandíbula se relajó.
Sus manos, ahora libres del bolsillo, se movieron con una torpeza que nunca habrían mostrado dos segundos antes.
Era como si acabara de soltar un peso invisible pero agotador.
Él estaba atrapado frente a la cámara de la misma manera que yo lo estaba detrás de ella.
—¿Lista para capturar toda la belleza de Roma?
—me preguntó la profesora Kim, interrumpiendo el momento.
—Sí —respondí, ajustando la correa de mi cámara sobre mi hombro—.
Eso es exactamente lo que planeo hacer.
Continuamos caminando, la profesora siempre dos pasos al frente.
—No crees que la profesora Kim es genial —le murmuré en voz baja a Vhy—.
Sigue fresca y elegante aún con ese pesado viaje.
Pensé que todo transcurriría con normalidad.
La profesora Kim mantendría su compostura impecable, nosotros seríamos estudiantes educados y agradecidos, y el viaje comenzaría con la clase de elegancia que este entorno parecía exigir.
Pero apenas el asistente se alejó lo suficiente, algo extraño sucedió.
La profesora miró a ambos lados como una espía en una película de bajo presupuesto, exagerando cada movimiento de su cabeza.
Se aseguró de que ningún otro adulto, particularmente ningún otro miembro del personal o académico, estuviera cerca.
Y entonces, con un movimiento tan fluido que casi parecía ensayado se deshizo de su corbata.
No fue un simple aflojamiento.
Fue una liberación.
El tipo de gesto que habla de horas de restricción finalmente terminadas.
—Por fin —murmuró, y su voz había perdido toda la formalidad educada de segundos atrás—.
Doce horas sin una gota de alcohol.
Un récord personal que no pienso repetir ni en mi próxima vida.
Sus dedos se hundieron en su cabello perfectamente recogido.
Vi cómo las horquillas salían una por una, cayendo en su mano con pequeños destellos metálicos.
El moño se deshizo, liberando una cascada de cabello que cayó sobre sus hombros en ondas que hablaban de haber estado contenidas demasiado tiempo.
Miré a Vhy.
Sus ojos se habían abierto tanto que parecían a punto de salirse de sus órbitas, toda su compostura de idol evaporándose ante la visión de nuestra profesora transformándose frente a nosotros.
La profesora Kim —siempre el epítome de la compostura y profesionalidad— sacó una petaca plateada de su bolso de diseñador.
Y dio un trago.
No fue un sorbo delicado.
Fue un trago largo, profundo, el tipo de trago que sugería una relación íntima y duradera con el contenido de esa petaca.
Su garganta se movía con cada trago, uno, dos, tres, cuatro segundos.
Me pregunté si realmente estaba respirando.
Cuando finalmente bajó la petaca, suspiró con una satisfacción que rayaba en lo indecente.
—¿Qué?
—preguntó al notar nuestras expresiones congeladas, nuestras bocas ligeramente abiertas en shock sincronizado—.
¿Nunca han visto a una mujer disfrutar de un buen whisky escocés de 18 años?
Limpió el borde de la petaca con el dorso de su mano, un gesto sorprendentemente vulgar viniendo de alguien que usualmente comía con la postura de la realeza.
—Deberían probar el Macallan, es delicioso —continuó, cerrando con tapadera su petaca—.
Aunque pensándolo bien, aún son menores de edad.
Qué lástima.
—Pero profesora —musitó Vhy, y su voz sonaba estrangulada, como si estuviera presenciando algo que su cerebro se negaba a procesar—.
Estamos en un viaje escolar.
No podemos faltarle el respeto a una de las tierras del arte.
La profesora Kim lo miró como si acabara de decir algo adorablemente ingenuo.
—Escúchame bien, mocoso —dijo, y el término de cariño sonaba tan fuera de lugar en su boca que casi me reí—.
Solo acepté este viaje por dos razones, y ambas vienen en botella.
Se acercó a él, señalándolo con un dedo acusador pero sin verdadera malicia.
—Primero: probar el auténtico limoncello de la costa Amalfitana.
Segundo: la grappa del norte de Italia, esa que hacen los monjes en los monasterios escondidos en las montañas.
El arte para mí es un bonus —añadió, encogiéndose de hombros—, aunque no lo crean.
Se volvió hacia ambos, su expresión volviéndose seria de una manera que era de algún modo más amenazante sin su fachada profesional.
—Y si alguno de ustedes menciona esto a cualquier persona —añadió, señalándonos con la petaca como si fuera un arma—, negaré todo y los suspenderé tan rápido que sus cabezas darán vueltas hasta el próximo semestre.
¿Entendido?
—Entendido —logramos murmurar al unísono.
Justo en ese momento, como invocado por el universo para probar un punto sobre las dualidades humanas, un hombre con traje impecable y una insignia dorada del Ministerio de Cultura italiano se acercó a nosotros con una sonrisa profesional.
Lo que sucedió a continuación desafió todas las leyes conocidas de la física, el tiempo y la realidad misma.
En un parpadeo —literalmente un parpadeo— la profesora Kim se transformó.
No, transformó no era la palabra correcta.
Se recompuso.
Como si fuera un holograma que simplemente había parpadeado y cambiado de imagen.
Su cabello estaba recogido.
Perfectamente.
Cada mechón en su lugar, las horquillas invisibles pero claramente de vuelta en posición.
Su corbata estaba anudada con precisión militar alrededor de su cuello.
Su chaqueta, que había estado ligeramente arrugada, ahora estaba abotonada y sin una sola arruga visible.
Su postura había vuelto a esa línea vertical perfecta que implicaba años de clases de etiqueta.
Ni rastro de la mujer despreocupada y sedienta de alcohol de segundos antes.
—Buongiorno —saludó al representante con una reverencia formal tan perfecta, tan elegante, que me pregunté seriamente si había imaginado los últimos dos minutos completos—.
È un onore essere qui.
L’Italia è sempre stata una fonte di ispirazione per i nostri studenti.
Su italiano era impecable, su tono mesurado y profesional.
Me incliné hacia Vhy y susurré, sin mover apenas los labios: —¿Acabas de ver…?
—Sí —respondió él en voz igualmente baja, sus ojos aún fijos en la profesora como si estuviera viendo un fantasma—.
Es una bruja.
Tiene que serlo.
No hay otra explicación.
—O quizás todos usamos máscaras —murmuré, casi para mí misma, pensando en su pose perfecta para la foto de hace minutos—.
Algunos solo somos mejores cambiándolas que otros.
Vhy me miró con una expresión extraña, sus cejas ligeramente fruncidas.
Por un momento pensé que iba a decir algo, algo posiblemente importante o revelador.
Pero el representante del Ministerio ya nos estaba guiando hacia la salida, hablando en un italiano rápido que la profesora Kim traducía con fluidez impresionante.
El representante nos guió hacia las puertas de salida donde nos esperaba una camioneta negra y reluciente con el logo de StarMoon Entertainment en letras plateadas en el costado.
El vehículo gritaba dinero y producción de alto presupuesto.
Mientras un equipo uniformado cargaba nuestro equipaje con eficiencia coreografiada, decidí que era mi oportunidad de redimirme.
De demostrar que no era completamente inútil en este viaje internacional.
Había memorizado frases en italiano de mi guía turística.
Frases útiles para turistas.
Me acerqué al conductor, un hombre mayor con un bigote impresionante que parecía sacado de una película de mafiosos italianos.
Respiré profundo, recordando la frase que había practicado en el avión.
—¡Buongiorno!
—comencé con entusiasmo, sonriendo ampliamente—.
Ho le mutande piene di formaggio!
Lo dije con tal convicción, con tal orgullo en mi pronunciación, que por un segundo me sentí triunfante.
El hombre me miró.
Su expresión pasó por varias etapas en cuestión de segundos: confusión, comprensión, diversión reprimida, y finalmente una especie de horror entretenido.
Hubo un silencio.
Largo.
Incómodo.
A mi alrededor, podía sentir que el tiempo se había detenido.
El equipo de carga había pausado sus movimientos.
La profesora Kim había girado lentamente hacia mí.
Vhy tenía una mano sobre su boca.
—Signorina —dijo el conductor finalmente, y para mi absoluto horror, lo dijo en un coreano perfectamente comprensible, con un acento que sugería años viviendo en Corea—.
Acaba de decirme que sus calzones están llenos de queso.
Sentí que mi cara se incendiaba.
No era una metáfora.
Literalmente sentí como si alguien hubiera encendido una llama bajo mi piel.
El calor se extendió desde mi cuello hasta mi frente, probablemente tiñendo toda mi cara de un rojo brillante que rivalizaría con los tomates de los mercados italianos.
—Mi…
mi guía turística…
—balbuceé, mi voz saliendo como un chillido estrangulado—.
Creo que necesito una nueva.
Detrás de mí, Vhy no estaba ni siquiera intentando disimular su risa.
Se había doblado sobre sí mismo, una mano en su estómago, lágrimas comenzando a formarse en las esquinas de sus ojos.
Su risa era genuina, descontrolada, nada que ver con la risa educada y medida que usaba en entrevistas.
—O quizás —logró decir entre carcajadas— no deberías comprar guías turísticas en tiendas de broma.
Me arrebató mi preciada guía de las manos y me mostró la contraportada, la parte que claramente nunca había molestado en leer.
Ahí, en letras grandes y burlonas, decía: “Frases italianas para hacer el ridículo: ¡Garantizado que avergonzarás a tus amigos!” Incluso había una pequeña ilustración de una persona corriendo mientras otros la señalaban y reían.
—¿Por qué una biblioteca tendría un libro así?
—gemí, escondiendo mi cara entre mis manos, deseando que existiera un botón para desaparecer de la existencia.
El conductor, quien claramente estaba disfrutando del espectáculo más de lo que debería, nos abrió la puerta de la camioneta con una sonrisa indulgente que hablaba de años viendo turistas hacer el ridículo.
—No se preocupe, signorina —dijo, guiñándome un ojo—.
Al menos ahora sé que tiene sentido del humor.
Eso es muy italiano.
Y honestamente, en mis veinte años conduciendo, nunca había escuchado esa frase específica.
Es…
creativa.
—Gracias —murmuré débilmente—.
Supongo.
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