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¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capitulo 28 La llegada al Hotel
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28: Capitulo 28: La llegada al Hotel.

28: Capitulo 28: La llegada al Hotel.

El viaje desde el aeropuerto hasta el hotel me dio tiempo para observar Roma a través de las ventanas tintadas de la camioneta.

Mi lente imaginario trabajaba sin parar.

Edificios color ocre y terracota se apilaban uno contra otro como libros antiguos en una biblioteca.

Composición: líneas verticales interrumpidas por balcones de hierro forjado, ropa colgando como banderas de rendición doméstica.

Scooters se tejían entre el tráfico con una confianza suicida, sus conductores gesticulando con una mano mientras la otra apenas tocaba el manubrio.

Movimiento congelado, barrido intencional, sensación de caos organizado.

Fuentes aparecían en cada plaza, esculturas de mármol escupiendo agua que había estado fluyendo desde antes de que mi país siquiera fuera un concepto.

Luz rebotando en el agua, gotas suspendidas en el aire como joyas líquidas.

Velocidad de obturación alta, apertura amplia.

El hotel apareció como una aparición de otro siglo.

Un edificio del siglo XVIII cerca de la Piazza Navona que parecía haber sido diseñado específicamente para intimidar a una chica de clase trabajadora de Seúl.

La fachada de estuco amarillo pálido estaba adornada con molduras barrocas y ventanas arqueadas que reflejaban el cielo azul imposible de Roma.

El equipo de filmación nos esperaba en la entrada, un grupo de hombres y mujeres con chalecos llenos de bolsillos, cargando equipos que probablemente costaban más que todo lo que mi familia había ganado en una década.

El lobby era más intimidante que el exterior.

Columnas de mármol travertino sostenían un techo con frescos del siglo XVIII que probablemente valían más que todo mi barrio en Seúl.

Los frescos mostraban escenas mitológicas: dioses reclinándose en nubes, ninfas huyendo de sátiros, el tipo de arte que había estudiado en libros pero nunca pensé que vería decorando casualmente el techo de un hotel.

A través de mi lente imaginario, todo se volvía aún más surrealista.

Ángulo contrapicado, lente gran angular, capturando la enormidad arquitectónica que hacía que los humanos pareciéramos hormigas.

Los empleados vestían uniformes de un azul oscuro con detalles blancos, moviéndose con una gracia que hacía que cada acción pareciera parte de una coreografía cuidadosamente ensayada.

Intenté comportarme con naturalidad mientras nos registrábamos, como si estuviera acostumbrada a hoteles de cinco estrellas.

Como si esto fuera normal para mí.

Como si no estuviera completamente fuera de mi elemento.

Intenté copiar esa casualidad estudiada.

Apoyé mi codo sobre el mostrador de mármol, tratando de lucir sofisticada.

Como si hacer checking en hoteles italianos fuera algo que hacía todos los días.

Como si fuera el tipo de persona que pertenecía a lugares como este.

Mi codo golpeó algo.

Un jarrón.

No era cualquier jarrón.

Era de porcelana china, probablemente de la dinastía Qing, con ese característico azul cobalto y las escenas pastorales pintadas a mano que lo hacían valer probablemente tanto como un apartamento completo en Seúl.

Se tambaleó.

Todo sucedió en cámara lenta, esa cruel distorsión temporal que el cerebro crea durante momentos de pánico puro.

Vi el horror floreciendo en los ojos del recepcionista, sus manos extendiéndose pero estando demasiado lejos, demasiado tarde.

Vi el jarrón inclinándose, inclinándose, a punto de caer y estrellarse contra el suelo de mosaico En mi intento desesperado de atraparlo, mi mano golpeó lo que resultó ser el botón rojo de la alarma de incendios.

Un estruendo ensordecedor llenó el lobby.

Luces rojas comenzaron a parpadear.

Empleados y huéspedes corrieron en todas direcciones mientras yo me quedaba paralizada, sosteniendo el jarrón salvado con una expresión de horror puro.

—¡EVACUAZIONE!

¡EVACUAZIONE!

—gritaba alguien.

El agua de los regadores comenzó a caer, empapando el mármol, los frescos, los huéspedes elegantes que ahora chillaban y corrían hacia las salidas.

—Impresionante —comentó Vhy a mi lado, completamente imperturbable mientras el agua le caía por el cabello—.

Llevamos exactamente siete minutos en el hotel y ya has causado una evacuación de emergencia.

—¡No fue mi intención!

—grité sobre el sonido de la alarma, aún abrazando el jarrón.

La profesora Kim, quien milagrosamente había desaparecido justo antes del incidente, reapareció cuando los técnicos finalmente silenciaron la alarma.

Su cabello estaba ligeramente despeinado, su chaqueta mojada, y olía sospechosamente a grappa.

En su mano llevaba una copa medio vacía que definitivamente no había conseguido en el bar del hotel.

—¿Qué me perdí?

—preguntó, ajustándose la corbata con una mano mientras con la otra terminaba su bebida.

—Nada importante —respondió Vhy, mientras yo seguía disculpándome profusamente con el gerente del hotel, quien me miraba como si fuera una catástrofe natural personificada—.

Solo Suri declarando guerra al sistema de seguridad italiano.

—Y ganando, aparentemente —añadió la profesora, mirando el lobby empapado con algo que parecía impresión.

Después de que me prohibieran acercarme a cualquier botón, palanca o interruptor del hotel, y después de que la profesora Kim “generosamente” ofreciera pagar los daños con la tarjeta de la universidad, finalmente pudimos subir a nuestras habitaciones.

—El profesor Bianchi es una eminencia en el estudio del Manierismo —explicó la profesora mientras subíamos en el elevador—.

Un académico respetado internacionalmente, con publicaciones en las revistas más prestigiosas.

Espero que se comporten a la altura —añadió, y luego, asegurándose de que solo nosotros la escuchábamos—.

Y si alguien pregunta, no me vieron beber.

Nunca.

Y definitivamente no me vieron bailar con esa estatua de Neptuno en el lobby.

—¿Pero cuándo la vimos bailar con…?

—intentó preguntar Vhy.

—¡Nunca!

—insistió con vehemencia, presionando el botón de su piso con más fuerza de la necesaria—.

Eso nunca sucedió.

¿Entendido?

—Entendido —dijimos al mismo tiempo.

Cuando las puertas se cerraron detrás de ella, Vhy y yo nos miramos.

—Me alegro de nunca a ver visto eso —declaré.

—Absolutamente —asintió Vhy—.

Seria…

perturbador.

Nuestra habitación era más grande que todo mi apartamento en Seúl.

La cama parecía diseñada para una familia de cinco, con sábanas de un blanco tan puro que me daba miedo tocarlas.

Las cortinas de terciopelo carmesí enmarcaban ventanas que daban a un patio interior con una fuente del siglo XVII.

El baño tenía más grifos y botones de los que sabía manejar, todo en mármol italiano y accesorios dorados que probablemente eran oro real.

Y frente al inodoro había un artefacto de porcelana que me dejó completamente perpleja.

Estaba contemplándolo, inclinando la cabeza de un lado a otro como si cambiar el ángulo fuera a revelar su propósito, cuando escuché un golpe en la puerta.

Era Vhy, ya cambiado con ropa fresca, entrando a nuestra habitación compartida.

—¿Necesitas ayuda con algo?

—preguntó, y luego notó lo que estaba mirando—.

Ah, el bidet.

—¿El qué?

—El bidet —repitió, acercándose—.

Es para…

um…

limpiarse después de usar el baño.

—¿Como un lavamanos para el trasero?

—pregunté, y de inmediato me arrepentí de mi elección de palabras.

Para mi sorpresa, Vhy escupío una carcajada, no la risa educada que usaba en las entrevistas, sino una risa real que lo hacía sonar años más joven.

—Exactamente así.

Aunque nunca lo había escuchado descrito de esa manera.

—¿Y cómo funciona exactamente?

—pregunté, mirando los diversos controles como si fueran los botones de un transbordador espacial.

—Bueno, yo…

—comenzó, y por primera vez desde que lo conocía, el gran Vhy de NEON7 parecía genuinamente incómodo—.

En realidad, nunca he usado uno.

En los hoteles de lujo siempre hay uno, pero…

—¿Nunca?

—lo interrumpí, sorprendida—.

Pero has viajado por todo el mundo.

—Sí, pero eso no significa que…

—se detuvo, pasándose una mano por el cabello—.

Mira, algunas cosas simplemente nunca aprendes porque te da demasiada vergüenza preguntar.

Nos quedamos mirando el misterioso artefacto como si fuera un objeto alienígena dejado por una civilización perdida.

—Debe tener instrucciones en algún lado —dije, agachándome para buscar debajo del borde—.

Todo tiene instrucciones.

—A menos que asuman que es tan obvio que no las necesitas —señaló Vhy.

—Nada es obvio cuando se trata de fontanería europea —respondí con firmeza.

Vhy se agachó junto a mí, inspeccionando los controles.

—Este parece el control de temperatura —dijo, señalando una perilla—.

Y este probablemente regula la presión.

—¿Probablemente?

—repetí—.

No me gusta esa palabra en este contexto.

—Bueno, solo hay una forma de averiguarlo —dijo Vhy, extendiendo la mano hacia la perilla.

—¡Espera!

—lo detuve—.

¿Y si sale con mucha presión y empapa todo el baño?

—No creo que…

Pero antes de que pudiera terminar, mi codo golpeó accidentalmente una palanca lateral.

Un chorro de agua salió disparado del bidet con la fuerza de una manguera de bomberos, golpeándonos a ambos directamente en la cara.

Gritamos al mismo tiempo, tratando de cerrar el agua mientras nos empapábamos completamente.

Vhy resbaló en el piso mojado, arrastrándome con él.

Caímos en un revoltijo de extremidades mojadas, el agua aún saliendo como un géiser descontrolado.

—¡LA PERILLA!

—grité—.

¡GIRA LA PERILLA!

—¡ESTOY TRATANDO!

—respondió Vhy, extendiendo el brazo mientras yo accidentalmente le pisaba la mano.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad pero probablemente fueron solo treinta segundos, el agua se detuvo.

Nos quedamos tendidos en el suelo del baño, completamente empapados, respirando pesadamente.

—Supongo que en internet tiene las respuestas —dije finalmente, escupiendo agua.

—Probablemente —asintió Vhy, aún tirado en el suelo—.

Aunque preferiría que esa búsqueda no quedara en mi historial.

Nos miramos y, simultáneamente, comenzamos a reír.

No fue la risa educada y contenida de dos conocidos, sino la risa histérica de dos personas que acababan de sobrevivir a una batalla contra un artefacto de baño.

—¿Sabes qué es lo peor?

—dijo Vhy entre risas—.

Que tenemos que cambiarnos de nuevo.

Y la reunión es en una hora.

—¿Sabes qué es lo peor de lo peor?

—añadí—.

Que probablemente el equipo de filmación escuchó todo y ahora está grabando fuera de la puerta.

Nos quedamos en silencio un momento, escuchando.

Efectivamente, se oían risas amortiguadas desde el pasillo.

Una hora después, secos y vestidos con ropa limpia, nos dirigimos a la Academia de Bellas Artes.

La reunión con el profesor Bianchi estaba programada para las cuatro de la tarde en la biblioteca de la academia.

Llegué quince minutos antes, nerviosa pero emocionada, con Vhy y la profesora Kim.

El equipo de filmación ya estaba instalado, ajustando luces y probando micrófonos.

El edificio era una maravilla renacentista, con pasillos llenos de esculturas clásicas y reproducciones de obras maestras.

Mientras esperábamos en el pasillo antes de entrar a la biblioteca, me detuve frente a una reproducción del “Autorretrato en espejo convexo” de Parmigianino.

La mano distorsionada del artista dominaba el primer plano, exageradamente grande, mientras su rostro aparecía pequeño y lejano en el fondo.

Todo el mundo del pintor había sido deformado por el espejo, transformado en algo artificial, manierista.

—Interesante, ¿verdad?

—comentó Vhy, deteniéndose junto a mí—.

Todo está distorsionado, pero de alguna manera sigue siendo él.

—Es como si estuviera diciendo que nunca podemos realmente vernos a nosotros mismos como somos —murmuré—.

Solo versiones distorsionadas, reflejadas.

—O tal vez —añadió Vhy en voz baja— está diciendo que todas las versiones son reales.

La distorsionada y la que creemos que es verdadera.

Lo miré, sorprendida por la profundidad del comentario.

Él seguía mirando la pintura, y me pregunté si estaba pensando en todas las máscaras que usaba, en la diferencia entre el Vhy que sonreía para las cámaras y el que había reído conmigo en el suelo del baño.

—Recuerden —nos instruyó el director del documental cuando finalmente entramos a la biblioteca—, queremos que todo parezca natural.

Solo sean ustedes mismos.

—¿Ser yo misma mientras me filman?

—murmuré—.

Claro, tan fácil como bailar flamenco con un panda.

—Al menos tú puedes —musitó Vhy, viendo la cámara de película profesional con una expresión que no pude descifrar—.

Yo tengo que mantener…

—se detuvo, como si hubiera dicho demasiado.

—¿Sonrisa perfecta, postura perfecta, respuestas perfectas?

—terminé por él.

Me miró, sorprendido.

—Algo así.

—Tu vida suena agotadora —comenté.

—No tienes idea —respondió, y por un momento vi algo en sus ojos que parecía casi…

vulnerable.

Como si acabara de quitarse la máscara por un segundo y me hubiera permitido ver lo que había detrás.

La biblioteca era espectacular.

Estantes de madera oscura subían hasta un techo pintado con frescos del siglo XVIII.

Las mesas de lectura eran de mármol verde, y el olor a libros antiguos y cera de abejas llenaba el aire.

Luz dorada entraba por ventanas arqueadas, creando patrones en el suelo de mosaico.

Las cuatro se convirtieron en las cuatro y media.

Luego en las cinco menos cuarto.

La tensión crecía en la sala con cada minuto que pasaba.

La profesora Kim, quien había estado bebiendo “agua” de una botella que claramente contenía algo más fuerte, tamborileaba impaciente con los dedos sobre una de las mesas de madera.

El sonido resonaba en el silencio como un metrónomo marcando nuestra incomodidad creciente.

—Quizás hubo algún malentendido con la hora —sugirió, manteniendo su compostura profesional frente al equipo de filmación, aunque noté cómo miraba disimuladamente su reloj cada treinta segundos.

El director del documental comenzaba a lucir frustrado.

Uno de los camarógrafos bostezó.

El equipo de sonido revisaba sus equipos por tercera vez.

—El profesor Bianchi tiene fama de ser…

particular con el tiempo —comentó en voz baja uno de los asistentes italianos—.

Mi prima estudió con él hace dos años.

Dijo que una vez hizo esperar a un ministro de cultura durante cuatro horas.

—¿Cuatro horas?

—repetí, incrédula.

—Y cuando finalmente apareció, lo regañó por llegar temprano y alterar su horario —añadió el asistente con una sonrisa nerviosa.

Vhy y yo intercambiamos miradas de preocupación.

A las cinco en punto, cuando la paciencia de todos estaba al límite y el director del documental amenazaba con desmontar el equipo, las puertas dobles de la biblioteca se abrieron con tal fuerza que varios libros cayeron de sus estantes cercanos.

El sonido del impacto resonó como un trueno en el espacio sagrado.

—A llegado —declaro el camarógrafo—.

Bianchi a llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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