¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- ¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!!
- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 Juramento en el Baño
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Capítulo 3: Juramento en el Baño.
3: Capítulo 3: Juramento en el Baño.
El sobre se sentía pesado en mi mochila, un secreto de papel que quemaba a través de la tela.
Me quedé allí, en medio de la biblioteca que se suponía era mi refugio, sintiendo un centenar de ojos sobre mí, o al menos, la memoria de ellos.
Los susurros volvían a empezar, y sabía que yo era el tema principal.
La becada torpe que se había enfrentado a dos miembros de NEON7.
No podía quedarme allí.
Con un movimiento brusco, me di la vuelta y caminé, casi corrí, hacia la salida.
No miré a nadie, pero sentía sus miradas como pequeños alfileres en mi espalda.
Mis pasos resonaban con demasiada fuerza en el silencio que mi escena había provocado.
Necesitaba un lugar para desaparecer.
Un lugar sin sofás de terciopelo ni testigos.
El baño.
El gran ecualizador de todas las escuelas del mundo.
Encontré uno al final de un pasillo secundario y me encerré en él.
El contraste era casi cómico.
Fuera, el lujo de Hathor.
Dentro, el olor universal a desinfectante de limón y la fría e impersonal privacidad del mármol blanco.
Me apoyé contra la puerta, dejando que mi cabeza cayera hacia atrás con un golpe sordo.
Y entonces, sin querer, volví a esa mañana.
La cocina olía a arroz recién hecho y kimchi fermentado.
El vapor del arroz subía en espirales perezosas desde la olla arrocera, empañando ligeramente la ventana que daba al edificio de enfrente.
Mamá había puesto la mesa con lo que teníamos: arroz blanco en tres tazones desparejos, kimchi casero en un plato de cerámica desportillado, un huevo frito para cada uno y una pequeña cacerola con sopa de algas.
—¿Segura que no quieres más?
—preguntó mamá por tercera vez, señalando el arroz con su cuchara de madera.
—Mamá, ya comí suficiente —respondí, aunque mi estómago protestaba lo contrario.
Quedaba solo una rebanada de pan tostado en el mostrador, solitaria y algo quemada en los bordes.
Papá terminó su café de un trago, dejando la taza con un golpe suave.
—¿Llevas la cámara?
—preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Siempre hacía la misma pregunta.
—Claro —toqué mi mochila, sintiendo el peso familiar del estuche de cuero—.
No iría a ningún lado sin ella.
Sus ojos se suavizaron.
Esa Leica M3 era lo único que quedaba de mi abuelo, y papá había pasado meses modificándola, adaptándole un sensor digital, una pantalla, convirtiendo una reliquia en algo funcional.
Era su forma de decir que creía en mí.
—Mi niña en Hathor…
—susurró mamá, y esta vez no pudo evitar que su voz temblara ligeramente.
Se limpió las manos en el delantal, aunque ya estaban secas.
Tomé la rebanada de pan, envolviéndola en una servilleta.
—Es solo el primer día —dije, intentando sonar casual, aunque mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podían escucharlo—.
Seguro tienen una cafetería increíble, pero esto…
esto es suerte.
Para el camino.
Mamá me abrazó en la puerta.
Olía a detergente barato y a esa crema de manos de aloe que compraba en el mercado.
Papá me revolvió el pelo, algo que odiaba pero que hoy dejé pasar.
—Hazlos ver quién eres —dijo.
Confiándome sus energías y esperanza.
Y yo le creí.
En ese momento, realmente creí que lo haría.
Abrí los ojos.
El baño de Hathor me devolvió la mirada: mármol impecable, espejos sin una sola mancha, grifos dorados que probablemente costaban más que nuestra mesa de la cocina.
Me arrastré hasta el lavabo y me enfrenté a mi reflejo.
Una chica con el pelo despeinado, los ojos demasiado abiertos y una enorme mancha de café marrón que se extendía por su pecho como un mapa de su humillación.
La tela del uniforme de segunda mano se pegaba a mi piel, todavía húmeda.
Olía a especias caras y a fracaso.
Un gruñido bajo escapó de mi garganta.
Cerré los ojos otra vez.
No quería recordar, pero mi mente no me dejaba en paz.
El autobús traqueteaba por las calles de Seúl, llevándome cada vez más cerca de la estación del tren.
Ocho minutos.
Solo ocho minutos separaban mi mundo del de ellos.
Pegué la frente contra la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba.
Mi barrio, con sus edificios de ladrillo desgastado y los puestos de comida callejera, se iba difuminando.
En su lugar, estructuras de cristal comenzaban a elevarse como gigantes fríos y brillantes.
Carteles publicitarios del tamaño de edificios.
Autos que nunca había visto más que en revistas.
Era aquella ciudad de luces neon donde encontré la fotografía que me dio la victoria.
Mis dedos apenas rozaron el cristal, con la ternura de quien acaricia un recuerdo, era una dulce nostalgia.
En mi regazo, mi cuaderno gastado estaba abierto en la página donde había pegado el recorte del periódico.
“VACANTE DISPONIBLE EN PREPARATORIA HATHOR.” Todavía recordaba el momento exacto en que lo vi.
Había sido dos semanas después de ganar el concurso.
Estaba en una cabina telefónica, a punto de llamar a casa para avisar que llegaría tarde, cuando un señor mayor, calvo y arrugado hasta el brillo como una bombilla vieja, chocó conmigo sin mirarme.
Su periódico cayó al suelo.
—Disculpe —murmuré, agachándome a recogerlo.
Él ni siquiera volteó.
Solo extendió la mano, tomó el periódico que le ofrecía, y se fue arrastrando los pies.
Pero yo lo vi.
Una hoja suelta de su periódico se resbalo hasta caer en mis pies.
Intente llamarlo, pero no se detuvo, como si no le importara realmente.
En ese momento mi mirada se poso sobre un pequeño recuadro en la sección de anuncios importantes.
La vacante y un número para llamar.
Lo marqué en esa misma cabina con manos temblorosas.
—Tengo la beca completa para cubrir la cuota mensual —musite casi sin poder sostener el aire en mis pulmones—.
Si aun esta la bacante disponible…
¡podre entrar a Hathor!
Destino, pensé entonces.
Esto es destino.
En el autobús, sonreía como idiota mientras veía los edificios de cristal multiplicarse.
Imaginaba Hathor llena de estudiantes talentosos, profesores que apreciarían mi trabajo, compañeros que entenderían lo que significaba amar algo con desesperación.
Imaginaba que mi talento sería suficiente.
Qué estúpida fui.
Abrí los ojos.
Las lágrimas estaban ahí, justo en el borde de mis parpados, ardiendo.
—Estúpidos —susurré al reflejo—.
Mimados, arrogantes…
—hice una pausa, mordiéndome el labio—.
Estúpida.
Estúpida e ingenua por haber creído…
Mary.
Su sonrisa perfecta transformándose en asco.
“Eres pobre.
Qué asco.” Vhy.
Su indignación por un café derramado, como si mi existencia fuera un inconveniente.
Jhin.
Esa piedad en sus ojos.
Esa maldita piedad que dolía más que cualquier insulto.
Y los flashes.
Los susurros.
Las miradas.
Apreté los puños sobre el lavabo hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
Mi respiración se volvió irregular, entrecortada.
El nudo en mi garganta se apretaba cada vez más.
“No llores.
No llores.
No les des ese maldito lujo.” Pero las lágrimas ya estaban ahí, nublando mi visión.
Y entonces recordé la foto.
La noche del concurso, llovía.
Una de esas lluvias de Seúl que convertía la ciudad en un cuadro impresionista, donde cada luz de neón se estiraba y sangraba en el pavimento mojado.
Yo estaba en Myeongdong, con mi Leica colgando del cuello, empapada hasta los huesos pero sin importarme.
Buscaba algo.
No sabía qué, pero lo sabría cuando lo viera.
Y entonces lo vi.
Una mujer mayor, sentada en el suelo bajo un toldo de plástico transparente.
Frente a ella, un cartón con caligrafía temblorosa.
A su alrededor, la ciudad palpitaba: luces de neón reflejándose en charcos, paraguas moviéndose como un río de colores, edificios brillando como constelaciones caídas.
Y la gente.
Docenas de personas pasaban junto a ella.
Todos miraban.
Todos.
Sus rostros, distorsionados por la lluvia en mi lente, mostraban lo mismo: lástima.
Disculpa silenciosa.
Algunos desviaban la mirada rápidamente.
Otros la sostenían un segundo más, como si eso fuera suficiente.
Pero nadie se detenía.
Nadie extendía la mano.
Todos sentían.
Nadie actuaba.
Levanté mi cámara.
Encuadré.
Y capturé ese momento exacto: la indiferencia compasiva.
El dolor hermoso de saberse visto pero no ayudado.
Esa foto me dio la victoria.
Esa foto me trajo aquí.
Abrí los ojos de golpe, y algo hizo clic en mi cabeza.
Jhin.
Jhin me había visto en el suelo, manchada de café, humillada.
Y me ofreció ayuda.
Me ofreció su chaqueta.
Me miró con esa misma lástima que yo había capturado en aquellas caras.
Y yo…
yo lo rechacé.
Le grité.
Lo insulté.
Porque no quería ser esa mujer de la foto.
No quería ser vista con lástima.
No quería ser el proyecto de caridad de nadie.
Pero al rechazarlo, ¿no me había convertido en esas personas que pasaban de largo?
¿No acababa de perpetuar el mismo ciclo que mi foto denunciaba?
La ironía me golpeó como una bofetada.
Y luego, algo más fuerte que la ironía: rabia.
Rabia contra Mary por su desprecio.
Contra Vhy por su arrogancia.
Contra Jhin por su piedad.
Pero sobre todo, rabia contra mí misma por haber creído que aquí sería diferente.
Las lágrimas estaban a un segundo de caer.
Un segundo.
Y entonces apreté los dientes tan fuerte que dolió.
No.
NO.
Esta no era yo.
La chica que se escondía en un baño a punto de llorar por un día malo.
Yo era la que había tomado esa foto bajo la lluvia mientras todos se refugiaban.
La que se había pasado noche enteras en mi cuarto oscuro revelando fotos.
La que había ganado cuando nadie esperaba que lo hiciera.
Vine aquí a ganar.
No vine a impresionar a ídolos engreídos con perfumes hechos a medida.
No vine a rogar por la aprobación de chicas como Mary.
Vine por algo más grande que todos ellos juntos.
Vine por mí.
Abrí el grifo y me eché agua fría en la cara.
El shock me despejó la mente como un latigazo.
Cuando volví a mirarme en el espejo, la mancha seguía ahí, pero ya no la veía como una marca de humillación.
La veía como una declaración de guerra.
Mi mano fue instintivamente a mi mochila.
La abrí y saqué el sobre.
N7.
Amethyst.
Lo sostuve entre mis dedos, sintiendo el papel grueso, casi aterciopelado.
La tentación de abrirlo fue intensa.
¿Qué habría dentro?
¿Una carta?
¿Letras de una canción?
¿Un secreto que podría usar?
No.
Abrirlo sería rebajarme a su nivel.
Sería demostrar que su mundo me importaba.
Pero devolverlo…
tampoco.
No después de cómo me habían tratado.
Jhin me había arrebatado su chaqueta.
Me había mirado como si fuera basura.
Que se preocupara un poco.
Que sintiera, por un segundo, lo que era perder algo.
Con una decisión repentina, volví a guardar el sobre en el bolsillo interior de mi mochila, cerrando la cremallera con un tirón definitivo.
Sería mi pequeño trofeo silencioso de este día infernal.
Un recordatorio de que yo también podía tomar algo de ellos.
Me sequé la cara con toallas de papel que, por supuesto, eran ridículamente suaves.
Alisé mi uniforme lo mejor que pude.
La mancha de café seguía siendo horrible, pero mi postura había cambiado.
Me quedé un momento más frente al espejo, mirándome directamente a los ojos.
—Ellos no saben quién soy —susurré—.
Pero lo van a descubrir.
No era una promesa vacía.
Era un juramento.
Salí del baño con la cabeza alta, ignorando la mirada curiosa de una chica que se estaba retocando el brillo de labios.
El día apenas comenzaba.
Y si esta era la bienvenida que Hathor tenía para mí, entonces que se prepararan.
Porque la chica que había capturado la indiferencia de una ciudad entera bajo la lluvia no iba a rendirse por un café derramado.
La guerra silenciosa acababa de empezar.
Y yo no pensaba perder.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES TRH_ desidi que va a ser una historia diaria o de cada 2 dias para su disfrute, gracias por el apollo
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com