¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 30
- Inicio
- Todas las novelas
- ¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!!
- Capítulo 30 - 30 Capitulo 30 Cornetto con chocolate
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
30: Capitulo 30: Cornetto con chocolate.
30: Capitulo 30: Cornetto con chocolate.
El sonido de la puerta abriéndose me sacó de un sueño donde Bianchi me perseguía con una campana gigante gritando “FALLITO” mientras yo corría por pasillos infinitos del Louvre.
Abrí los ojos a medias, mi cerebro todavía procesando la transición de pesadilla a realidad.
Una figura oscura entraba a la habitación.
Alta.
Encapuchada.
Con algo en las manos.
Mi cerebro lo analizó en un chispazo, apretando cada parte de mi cuerpo al instante—.
¡Ahhh, Vhy entró un ladrón!
—logré gritar, sintiendo como mis pulmones se vaciaban—.
¡Por favor ayúdame!
El ladrón frente a mí entró en pánico al escuchar mi reacción, soltando lo que tenía en las manos, sonando como una hoja doblándose—.
¡Soy yo, soy yo!
—declaró quitándose rápidamente la capucha y prendiendo las luces, revelando un cabello negro despeinado.
Mi cabeza se curvó ante la reacción del asaltante—.
¿Te-te co-conozco?
—tartamudeé agarrando como arma una botella vacía de la maestra Kim—.
T-te advierto, sé usarla, creo.
Pero en ese instante el chico se arrancó el cubrebocas negro, luego los lentes oscuros—.
Soy yo, Suri —terminó, arrancándose la peluca negra, dejándome ver su cabello rosa.
Era Vhy, no un ladrón.
—Dios mío —jadeé, dejando en el suelo la botella vacía—.
Pensé que eras un ladrón.
O un asesino.
O ambos.
—Lo siento, lo siento —dijo, recogiendo la bolsa de papel del suelo, dejándola sobre la pequeña mesa junto a la ventana—.
Pensé que estabas despierta.
Son las siete.
—Las siete —repetí, dejándome caer de vuelta en la almohada—.
Desde que entré a la clase 1-A me he levantado más tarde, ya sabes, porque entramos a las 9:00.
—Lo sé —respondió, comenzando a sacar cosas de la bolsa con movimientos eficientes—.
Yo me levanté a las cinco.
Me incorporé lentamente, observándolo.
Había algo en la forma en que se movía —preciso, medido, como si cada gesto hubiera sido coreografiado— que me hizo darme cuenta de que probablemente se había movido así toda su vida.
O al menos, desde que se convirtió en un idol.
—¿A las cinco?
—cuestioné—.
¿Por qué alguien se levantaría voluntariamente a las cinco de la mañana?
—Rutina de ejercicio —explicó como si fuera lo más obvio del mundo—.
Sesenta minutos de cardio, treinta de peso corporal, veinte de estiramiento.
Ya solo me falta volverme a bañar, pero antes compré pan para el desayuno.
Hizo una pausa, sus manos deteniéndose sobre la bolsa por un momento.
—Necesitaba más pan integral para mi dieta —añadió, pero había algo en su tono.
Algo que sonaba casi…
ensayado.
Por supuesto que Vhy, el idol perfecto, se levantaba a las cinco de la mañana incluso en vacaciones educativas en Italia para mantener su rutina de ejercicio con precisión militar.
—¿Y el disfraz?
—pregunté, señalando la pila de accesorios de espía en la cama junto a él—.
Pareces un agente secreto comprando inteligencia clasificada, no pan.
—Oh —se pasó una mano por el cabello, ligeramente avergonzado.
Era la primera expresión genuinamente desprevenida que le había visto—.
No puedo salir sin…
esto.
Si alguien me reconoce, sería un caos.
Fans, fotos, autógrafos.
No podría volver en horas.
Lo dijo casualmente.
Prácticamente.
Pero había algo debajo —un peso, una resignación— que me hizo detenerme.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo eso?
—pregunté antes de poder detenerme—.
Lo del disfraz.
Me miró, sorprendido por la pregunta.
—Desde…
—se detuvo, pensando—.
Desde mi debut, creo.
Cuando entré a los NEONS y nos volvimos de nuevo…
conocidos.
Al principio intentaba salir normal.
Gorra, lentes de sol.
Pero no era suficiente.
Alguien siempre me reconocía.
Y entonces…
No terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
—Entonces dejaste de ser tú cuando sales —completé suavemente.
Algo cruzó por su rostro.
Algo vulnerable que desapareció tan rápido que casi pensé que lo había imaginado.
—Es más fácil así —dijo finalmente con una sonrisa, volviendo a sacar cosas de la bolsa—.
Más seguro.
Para mí y para los demás.
Había algo profundamente triste en eso.
En la idea de que salir a comprar pan requería convertirse en otra persona primero.
Que ser Vhy significaba nunca poder simplemente…
ser.
Me levanté de la cama, todavía en mi pijama de conejos rosas.
—¿Me compraste pan a mí también?
—pregunté, acercándome a la mesa, queriendo romper el momento de tensión.
—Por supuesto —respondió, y su voz recuperó ese tono más ligero—.
No sabía qué te gustaba, así que compré variedad.
Hay focaccia, ciabatta, un cornetto de chocolate que el panadero recomendó…
Mientras hablaba, organizaba todo con una precisión que bordeaba lo obsesivo.
El pan en un lado, servilletas perfectamente dobladas, dos platos que había sacado de algún lugar, mantequilla, mermelada.
Todo medido, todo en su lugar.
Cada elemento estaba a la misma distancia del otro.
Las servilletas dobladas en triángulos perfectos.
Los platos alineados con el borde de la mesa.
Era hermoso y un poco perturbador.
—Vhy —dije lentamente—, ¿acabas de…
prepararme el desayuno?
Se detuvo, como si apenas se diera cuenta de lo que había hecho.
Miró la mesa, luego a mí, luego de vuelta a la mesa.
—Yo…
supongo que sí —admitió, y por primera vez desde que lo conocí, parecía genuinamente desconcertado consigo mismo—.
Es un hábito.
Siempre preparo mis comidas con precisión.
Las porciones correctas, el balance nutricional…
Se detuvo, mirando el despliegue de pan y dulces que definitivamente no seguían ningún plan nutricional estricto.
—Aunque esto no es exactamente mi desayuno usual —añadió con una pequeña sonrisa que parecía casi…
tímida.
Había algo inesperadamente dulce en eso.
En la idea de que había salido, disfrazado como un espía, a las cinco de la mañana, y había pensado en mí.
En lo que podría gustarme.
—¿Qué es tu desayuno usual?
—pregunté, sentándome en una de las sillas.
—Claras de huevo, avena medida, frutas específicas en cantidades específicas, suplementos —recitó como si fuera una lista de supermercado—.
A veces me permiten medio aguacate si he quemado suficientes calorías.
La forma en que dijo “me permiten” me golpeó.
—¿Quién te permite?
—pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—La compañía.
Nuestro nutricionista.
El entrenador —enumeró—.
Nos pesan cada semana.
Si subes más de medio kilo, tienes que explicar por qué.
Si bajas demasiado, también.
Hay un rango.
Un rango muy específico donde se supone que debes existir.
Lo dijo tan casual como si fuera normal.
Como si todos los chicos de dieciséis años fueran monitoreados semanalmente por su peso corporal, como si sus cuerpos fueran propiedad de alguien más.
—Eso suena…
—comencé, buscando la palabra correcta.
—¿Triste?
—ofreció, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—.
Sí.
Supongo que sí.
Hubo un momento de silencio.
Él de pie junto a la mesa, yo sentada, ambos mirando el despliegue de pan italiano que representaba todo lo que él no podía tener normalmente.
—Estás en Italia —dije finalmente, tomando el cornetto de chocolate y partiéndolo por la mitad—.
En Roma.
La ciudad del carbohidrato feliz.
Come el pan, Vhy.
Le extendí la mitad del cornetto.
Me miró.
Luego al cornetto.
Luego de vuelta a mí.
—No puedo —dijo automáticamente, pero sus ojos no dejaban de mirar el chocolate que se derretía ligeramente en mis dedos.
—¿No puedes, o te dijeron que no puedes?
—pregunté.
Eso lo detuvo.
Abrió la boca para responder, luego la cerró.
—Yo…
—comenzó, luego se detuvo—.
No sé cuál es la diferencia ya.
Y ahí estaba.
La verdad cruda debajo de toda la perfección pulida.
—La diferencia —dije suavemente— es que uno es una elección, y el otro es una jaula.
Nos miramos por un largo momento.
Pude ver el conflicto en sus ojos.
Años de entrenamiento, de disciplina, de control, luchando contra algo más simple: el deseo de ser solo un adolescente comiendo pan en Italia.
Lentamente, con la cautela de alguien desactivando una bomba, extendió la mano y tomó la mitad del cornetto.
Se lo llevó a la boca.
Mordió.
La expresión en su rostro fue de rendición inmediata.
Cerró los ojos.
Sus hombros, que siempre estaban tan tensos, se relajaron una fracción.
—Dios —murmuró, y había algo casi reverente en su voz—.
Está increíble.
—Te lo dije.
Abrió los ojos, y había algo diferente en ellos.
Algo más suave.
—¿Sabes cuándo fue la última vez que comí algo solo porque quería?
—preguntó, y no sonaba como una pregunta retórica.
—No lo recuerdo —admitió, y la tristeza en su voz era palpable—.
Por eso disfrutaré de esta dulzura.
Tomó otro bocado, más grande esta vez.
Menos cauteloso.
—Esto es una rebelión muy pequeña —comenté, tratando de aligerar el momento—.
Media cornetto de chocolate.
—Todas las revoluciones empiezan pequeñas —respondió, y había un destello de humor en sus ojos que no había visto antes.
Nos sentamos juntos en la pequeña mesa, comiendo pan italiano en silencio cómodo.
Él con porciones cuidadosamente pequeñas al principio, luego gradualmente más grandes.
Yo sin ninguna vergüenza, saboreando cada bocado.
—¿Puedo preguntarte algo?
—dijo después de un rato.
—Claro.
—Antier, cuando la maestra Kim quiso una foto con nosotros…
te pusiste tensa.
Como si hubiera tocado un botón rojo.
Me detuve a medio bocado.
No había pensado que alguien lo hubiera notado.
—Yo…
—comencé, luego me detuve—.
Es complicado.
—No tienes que explicar —dijo rápidamente—.
Solo…
lo noté.
Y pensé que tal vez entendía.
—¿Entendías qué?
—Lo de esconderse detrás de algo —respondió, mirando su cornetto—.
Tú detrás de tu cámara.
Yo detrás de…
todo esto.
Gesticuló vagamente hacia sí mismo.
Su cara perfecta.
Su cuerpo controlado.
Su persona cuidadosamente construida.
Tenía razón.
Maldita sea, tenía razón.
—No quise salir en la foto porque…
—las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—.
Porque si estoy detrás de la cámara, nadie me mira a mí.
Miran lo que yo les muestro.
Es más seguro así.
—¿Más seguro que qué?
—Que ser vista —admití, y fue la primera vez que lo había dicho en voz alta—.
Que ser juzgada directamente.
Si mi foto es mala, es la foto la que falla.
No yo.
Vhy asintió lentamente, como si cada palabra resonara con algo en él.
—Entiendo eso —dijo—.
Completamente.
—¿Sí?
—Vhy, el idol, puede ser perfecto —explicó—.
Puede bailar perfectamente, cantar perfectamente, sonreír perfectamente.
Y si algo sale mal, bueno, es Vhy el que falló.
No yo.
El yo real está…
en algún lugar debajo.
A salvo.
Intocado.
—Excepto que no funciona así, ¿verdad?
—dije suavemente—.
Porque eventualmente la máscara se vuelve tan pesada que no recuerdas cómo es tu cara real debajo.
Me miró, y había algo en sus ojos que parecía gratitud.
Como si hubiera puesto en palabras algo que él había sentido pero nunca había podido articular.
—No —concordó—.
No funciona así.
Nos quedamos en silencio por un momento, el peso de nuestras confesiones mutuas flotando entre nosotros.
Entonces me levanté, rompiendo el momento antes de que se volviera demasiado pesado.
—Voy a preparar algo de beber —anuncié, dirigiéndome a mi maleta—.
¿Quieres…?
Me detuve.
Sobres.
Montones de sobres de chocolate caliente instantáneo, cuidadosamente metidos entre mi ropa.
Reconocí la marca inmediatamente: mi favorita, la que mi padre siempre compraba porque sabía que yo prefería el chocolate sobre el café.
Algo se apretó en mi pecho.
—¿Qué pasa?
—preguntó Vhy, acercándose.
—Mi padre —dije, mi voz saliendo más suave de lo que pretendía—.
Los metió a escondidas.
Saqué uno de los sobres, sosteniéndolo como si fuera algo precioso.
Que lo era.
—¿Chocolate caliente?
—preguntó Vhy.
—A mí no me gusta el café —expliqué, y de repente sentí la necesidad de explicar, de justificar—.
Todo el mundo asume que sí porque soy estudiante y fotógrafa, pero yo…
prefiero el chocolate.
Mi padre siempre dice que tengo gustos de niña de diez años.
Miré el sobre en mi mano, recordando.
—Antes de que saliera para el aeropuerto, él estaba…
preocupado.
Preguntándome si tenía todo, si había empacado suficiente ropa, si llevaba mi cámara y rollos extra.
Hice una pausa, sintiendo un nudo en la garganta.
—Y todo el tiempo, él estaba metiendo estos sobres en mi maleta.
Sin decirme.
Porque sabía que los querría.
Que me harían sentir…
en casa.
Cuando levanté la vista, Vhy me estaba mirando con una expresión que no pude descifrar completamente.
Había algo suave en ella.
Algo casi…
anhelante.
—Eso es…
—comenzó, luego se detuvo, como si estuviera buscando las palabras correctas—.
Eso es realmente hermoso, Suri.
—¿Sí?
—Que alguien te conozca así —dijo, y había algo en su voz que sonaba hueco—.
Que alguien sepa qué te hace feliz sin que tengas que decirlo.
Que se preocupe lo suficiente como para…
hacer eso.
La forma en que lo dijo me hizo darme cuenta: nadie hacía eso por él.
—¿Tu familia…?
—comencé, luego me detuve, sin saber si era apropiado preguntar.
—Mi familia está orgullosa de mí —respondió, y sonaba como algo que había dicho mil veces en entrevistas—.
Muy orgullosa de Vhy.
—Pero —insté suavemente.
—Pero no sé si me conocen —admitió, tan bajo que casi no lo escuché—.
El yo real.
No sé si…
si hay algo que conocer ya.
A veces siento que Vhy es todo lo que queda.
El silencio que siguió fue pesado.
—Hay algo que conocer —dije finalmente, con más convicción de la que sentía—.
Tiene que haberlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque acabas de comer chocolate italiano sin calcular las calorías —respondí—.
Porque te disfrazaste de espía para comprar pan.
Porque notaste cuando me puse tensa antier.
Esas son cosas reales.
Esas cosas eres tú.
Me miró por un largo momento, y vi algo en sus ojos que podría haber sido esperanza.
O tal vez solo el reflejo de la mía.
—Gracias —dijo finalmente.
—¿Por qué?
—Por…
esto.
Por no tratarme como idol.
—¿Cómo te trato?
—Como Vhy —respondió simplemente—.
Solo Vhy.
Algo se movió en mi pecho.
Algo cálido y aterrador al mismo tiempo.
—Bueno —dije, rompiendo el momento antes de que pudiera analizarlo demasiado—.
Solo Vhy necesita ver esto.
Preparé mi chocolate caliente con el hervidor eléctrico de la habitación del hotel, el ritual familiar calmando mis nervios.
El olor dulce llenó la pequeña habitación, mezclándose con el aroma del pan.
Vhy me observaba con una expresión extraña.
—¿Qué?
—pregunté, removiendo el chocolate.
—Nada, es solo…
—se detuvo, luego continuó—.
Nunca he visto a alguien tan emocionado por chocolate caliente instantáneo.
—Es chocolate caliente bueno —defendí—.
Hay una diferencia.
—Si tú lo dices.
Se sirvió un vaso de agua.
Solo agua.
Ni siquiera con limón.
Solo agua simple de la llave.
—¿Agua?
—pregunté—.
¿En serio?
—Hidratación óptima —respondió, como si estuviera citando un manual—.
Primera cosa en la mañana, antes de cualquier otra bebida.
—Eres como un robot perfecto —murmuré, tomando un sorbo de mi chocolate.
Se detuvo a medio sorbo de su agua, y algo cruzó por su rostro.
Algo que no pude identificar completamente.
¿Dolor?
¿Resignación?
¿Cansancio?
—Es más fácil cuando todo está controlado —dijo finalmente, su voz más baja, más vulnerable que antes—.
Cuando sabes exactamente qué hacer, qué comer, cómo moverte.
No hay sorpresas.
No hay…
errores.
—Pero tampoco hay vida —respondí antes de poder detenerme.
Me miró, y por un momento pensé que se ofendería.
Pero en lugar de eso, solo asintió lentamente.
—Oye, Vhy —dije, una idea formándose.
—¿Sí?
—¿Quieres probar?
—le extendí mi taza de chocolate caliente—.
Solo un sorbo.
Para que puedas decir que lo intentaste.
Me miró como si le hubiera ofrecido veneno.
—Suri, eso probablemente tiene como doscientas calorías…
—Un sorbo —insistí—.
Veinte calorías máximo.
Veinticinco si eres generoso.
Vaciló, mirando la taza como si fuera una prueba.
Que probablemente lo era.
Entonces, lentamente, la tomó.
Bebió.
Sus ojos se cerraron por un momento.
—Está…
—comenzó.
—¿Demasiado dulce?
—me adelanté.
—Está perfecto —terminó, y había algo en su voz que sonaba casi triste.
—Bueno —dije, mi voz saliendo un poco más ronca de lo que pretendía—.
Tenemos que estar listos en cuarenta y cinco minutos o la profesora Kim nos matará.
—Cuarenta y tres minutos —corrigió Vhy, mirando su reloj, y la tensión del momento se rompió—.
Y diecinueve segundos.
—Por supuesto que sí —dije, sonriendo a pesar de mí misma.
Mientras nos preparábamos para salir —yo luchando con mi cabello, él perfectamente arreglado en veinte minutos— hubo algo diferente en el aire entre nosotros.
Algo había cambiado en esa mañana.
En esa habitación de hotel con pan italiano y chocolate caliente y confesiones que ninguno de nosotros había planeado hacer.
No sabía qué era exactamente.
Pero sabía que no podía deshacerlo.
Y una parte de mí no quería hacerlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com