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¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capitulo 31 Carrera Romana
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31: Capitulo 31: Carrera Romana.

31: Capitulo 31: Carrera Romana.

Después de ese momento de intimidad mutua, donde los dos disfrutamos de un dulce prohibido, nos dimos cuenta de la hora.

El reloj de Vhy marcaba las 8:17.

¡Las 8:17!

El profesor Bianchi nos quería a las 8:00 en punto.

—¡Suri, ya vamos tarde!

—me gritó Vhy, ya a mitad de las escaleras, su voz subiendo una octava con el pánico—.

¡Mañana te preparas otro chocolate!

—¡Pero ni siquiera terminé de beberlo!

—protesté, dejando la taza y tomando mi cámara al mismo tiempo, derramando un poco de chocolate en el suelo en el proceso—.

¡Maldición!

Bajé las escaleras a tropezones mientras Vhy me esperaba abajo, saltando de un pie al otro como si el suelo estuviera en llamas.

—Vamos, vamos, vamos —repetía como si bajar 50 escalones no le quitara el aire.

Con los pulmones vaciados.

—¡Es…

pe…

ra…

me…!

—logré responder.

Pero antes de caer rendida él tomó mi mano.

—Falta poco —me alentó—.

T-te ayudaré un poco.

Un molesto rubor rojo se comenzó a asomar por mis mejillas, y sin querer, apreté un poco más su agarre.

Como un gancho que no se quería soltar.

Pasamos por la recepción a toda velocidad.

Atravesamos la puerta gigante, saliendo al deslumbrante sol de la mañana romana.

Y ahí estaba.

La profesora Kim.

Recargada contra un auto negro y reluciente que definitivamente no había estado ahí ayer, con los brazos cruzados y una expresión que solo podía describirse como “estoy molesta pero no lo demuestro”.

Perfecta como siempre en público: cabello recogido en un moño impecable, maquillaje que ocultaba milagrosamente cualquier rastro de resaca, ropa planchada.

Pero sus ojos…

sus ojos contaban otra historia.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, la serena expresión profesional en su rostro se desmoronó como un castillo de naipes, dejando solo furia pura y sin filtrar.

Tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

Los lentes de sol estaban justo en un ángulo que nos permitía ver sus pupilas dilatadas y furiosas.

Su postura gritaba “estoy a punto de cometer un asesinato y será justificado ante cualquier corte”.

—Diecisiete minutos tarde —dijo en cuanto estuvimos a distancia de escucha, su voz ronca pero llena de una indignación que podría haber derretido acero—.

Les dije ocho.

Cero.

Cero.

—Técnicamente son las 8:16 —señaló Vhy, mirando su reloj con la precisión de alguien que claramente no valoraba su vida—.

Faltan diecisiete segundos para las 8:17.

La profesora Kim lo miró como si acabara de firmar su sentencia de muerte.

—No me importan los segundos, Kim —gruñó, apretando su termo con tanta fuerza que pensé que lo rompería—.

Me importa que me hicieron esperar.

Aquí.

Afuera.

Bajo este sol asesino que está tratando activamente de quemarme viva y empeorar mi dolor de cabeza.

Suspiró dramáticamente, tomando un largo sorbo de su termo, que por el olor claramente no contenía café.

O si lo contenía, tenía un porcentaje significativo de algo más fuerte.

—Lo sentimos, profesora —dije, tratando de sonar genuinamente arrepentida pero fallando miserablemente porque Vhy estaba haciendo una mueca a mi lado que claramente estaba tratando de contener la risa, lo cual me estaba contagiando peligrosamente.

—¿Se están riendo?

—preguntó ella, bajándose los lentes de sol lentamente para mirarnos directamente con ojos inyectados de sangre que habían visto demasiado grappa y muy poco sueño—.

¿Les parece gracioso torturar a una pobre e indefensa mujer con resaca?

—No, profesora —dijimos al unísono, pero nuestras voces temblaban con risa contenida que amenazaba con explotar en cualquier momento.

—Mentirosos —murmuró, volviéndose hacia el auto y abriendo la puerta del conductor con más fuerza de la necesaria—.

Jóvenes mentirosos sin respeto por el sufrimiento ajeno.

Pero vi la esquina de su boca curvarse.

Solo un milímetro.

Casi imperceptible.

Yo volteé a ver el auto negro y brillante donde había entrado, buscando en mi mente algún recuerdo de él.

No recordaba haber visto este auto ayer.

Ni anteayer.

—Maestra, ¿desde cuándo tenemos un auto?

—pregunté, acercándome cautelosamente.

—Hathor nos lo proporcionó esta mañana —respondió, señalando con el pulgar hacia la parte de atrás mientras se acomodaba en el asiento del conductor—.

Súbanse.

Hoy no amanecí muy contestona y prefiero mantenerlo así.

Vhy y yo intercambiamos miradas de alarma.

—¿Es…

seguro que usted conduzca?

—preguntó Vhy con la delicadeza de alguien desactivando una bomba, sin querer voltear a ver directamente a la profesora—.

Podríamos pedir un taxi.

O caminar.

Roma es hermosa a pie.

Muy…

saludable.

La profesora Kim ya lo estaba matando con la mirada a través del espejo retrovisor.

—Solo decía, maestra…

—} se rindió a mitad de la frase, abriendo la puerta trasera y entrando al auto con la resignación de alguien aceptando su destino.

Yo quise seguirlo, pero la maestra me detuvo con un gesto de su mano.

—Suri, no conozco Roma —dijo, su voz tomando un tono peligrosamente dulce—.

Necesito que me ayudes con el mapa.

Siéntate adelante.

—Claro, maestra —dije con una sonrisa nerviosa, tomando el asiento del copiloto.

Ella me pasó su celular, ya desbloqueado.

—Entra a Maps y dime por dónde empiezo —ordenó, encendiendo el motor.

—Claro, maestra —dije, mirando la pantalla con concentración—.

¿Pero…

qué botón es Maps exactamente?

—pregunté presionando por instinto el botón de apagar.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Vhy y yo cambiamos lugares con la velocidad de soldados siguiendo órdenes, yo quedándome sola en la parte de atrás, abrochándome el cinturón con manos temblorosas mientras veía cómo Vhy, ahora en el asiento del copiloto, usaba el teléfono como un maestro de la tecnología.

—Bien —dijo Vhy, su dedo deslizándose por la pantalla con la confianza de alguien que había navegado por ciudades extranjeras más veces de las que podía contar—.

Necesitamos tomar Via del Corso hacia el norte, luego girar en…

—Entendido —interrumpió la profesora Kim, pisando el acelerador.

El auto salió disparado como si hubiera sido lanzado desde una catapulta.

Mi cabeza se estrelló contra el respaldo del asiento.

Mis manos volaron instintivamente a agarrar lo que fuera —el cinturón de seguridad, el asiento de adelante, mi propia vida—.

A través de la ventana, vi cómo el hotel se convertía en un borrón de color ocre.

—¡PROFESORA!

—grité, mi voz subiendo tres octavas—.

¡EL LÍMITE DE VELOCIDAD!

—¿Qué límite?

—respondió ella, sus ojos fijos en la carretera con una intensidad que no había visto desde que nos regañó por el incidente del bidet—.

Solo veo sugerencias.

Vhy, aferrado al tablero con ambas manos, tenía los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.

—Maestra, con todo respeto —dijo, su voz temblando—, creo que “sugerencias” es una interpretación muy…

liberal de las leyes de tránsito italianas.

—Las leyes de tránsito italianas son más sugerencias que leyes —respondió ella, esquivando un scooter con tanta cercanía que pude ver la expresión de terror absoluto en el rostro del conductor—.

Créeme, llevo tres días aquí.

Ya entendí cómo funciona esto.

—¡TRES DÍAS NO ES SUFICIENTE PARA ENTENDER NADA!

—grité desde atrás, aferrándome al cinturón de seguridad como si fuera lo único manteniéndome con vida.

Que probablemente lo era.

Entramos a Via del Corso, una de las calles principales de Roma, y mi cerebro apenas tuvo tiempo de procesar la belleza arquitectónica antes de que el terror absoluto tomara control.

Edificios barrocos de color crema y terracota se alzaban a ambos lados, sus fachadas adornadas con balcones de hierro forjado donde la ropa colgaba como banderas de rendición.

Tiendas de diseñador alternaban con cafeterías antiguas, sus toldos a rayas creando patrones de sombra en la calle adoquinada.

Turistas caminaban por las aceras, tomando fotos, completamente ajenos al misil guiado disfrazado de sedán negro que pasaba a centímetros de ellos.

A través de mi lente imaginario, todo era composición perfecta arruinada por velocidad mortal.

Líneas arquitectónicas borrosas.

Personas convertidas en manchas de color.

La luz de la mañana rebotando en ventanas que pasaban demasiado rápido para enfocar.

—Gira a la izquierda en doscientos metros —instruyó Vhy, su voz sorprendentemente calmada para alguien que claramente estaba contemplando su mortalidad—.

Hacia Via del Babuino.

—Perfecto —respondió la profesora Kim, y no disminuyó la velocidad ni un poco.

—¡PROFESORA, DOSCIENTOS METROS SIGNIFICA QUE TIENE QUE EMPEZAR A FRENAR!

—grité.

—Sé lo que significa —respondió, y en el último segundo posible, giró el volante.

Las llantas chillaron.

Mi cuerpo se lanzó hacia la izquierda, el cinturón de seguridad siendo lo único que me impedía estrellarme contra la ventana.

Vhy soltó un sonido que solo podía describirse como un chillido masculino de terror puro.

Y entonces estábamos en Via del Babuino, una calle más estrecha flanqueada por galerías de arte y boutiques de lujo.

Las paredes de los edificios estaban tan cerca que sentí que podía tocarlas si bajaba la ventana.

Lo cual no iba a hacer porque necesitaba ambas manos para aferrarme a la vida.

—Esta calle es hermosa —comentó la profesora Kim casualmente, como si estuviéramos en un tour turístico tranquilo y no en una persecución de película de acción—.

Miren esas esculturas en las fachadas.

Muy del siglo XVII.

—¡NO PUEDO MIRAR NADA PORQUE ESTOY OCUPADA REZANDO!

—respondí.

Un Vespa rojo apareció de la nada, su conductor —un joven italiano con cabello negro engominado hacia atrás y una chaqueta de cuero que gritaba “protagonista de película italiana”— aceleró junto a nosotros.

Nos miró, sonrió con esa confianza arrogante que solo los italianos pueden lograr, y aceleró más.

Nos rebasó.

El silencio en el auto fue absoluto.

La profesora Kim, quien había estado manejando con una especie de caos controlado, se quedó completamente quieta.

Sus manos apretaron el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Su mandíbula se tensó.

—¿Ese mocoso acaba de…?

—murmuró, su voz peligrosamente baja.

—Profesora —dijo Vhy con cautela, reconociendo el tono—.

No vale la pena.

Él es local.

Conoce las calles.

Probablemente ha manejado aquí toda su vida.

No hay razón para…

—Agárrense —interrumpió la profesora Kim.

Y pisó el acelerador hasta el fondo.

—¡NO, NO, NO, NO!

—grité, pero ya era demasiado tarde.

El auto rugió como un animal liberado de su jaula.

La velocidad aumentó de “peligrosa” a “absolutamente suicida” en cuestión de segundos.

Los edificios se convirtieron en líneas verticales borrosas.

Las personas en las aceras eran manchas de color que aparecían y desaparecían.

El Vespa estaba adelante, su conductor mirando hacia atrás con una sonrisa confiada que claramente decía “los turistas nunca pueden seguirme”.

Pero no conocía a la profesora Kim.

No conocía a una mujer que había convertido la resaca en un estado permanente de existencia sin perder un ápice de su elegancia profesional.

No conocía a una mujer cuyo orgullo era más grande que su sentido común.

Nos acercamos al Vespa.

Cinco metros.

Cuatro.

Tres.

El conductor italiano finalmente notó que lo estábamos alcanzando.

Su expresión de confianza arrogante se transformó en sorpresa, luego en algo que podría haber sido respeto, o terror, o una mezcla de ambos.

Aceleró más.

La profesora Kim aceleró más.

—¡Esto es una locura!

—gritó Vhy, aferrándose al tablero—.

¡Vamos a morir en Roma!

¡Mi carrera apenas está comenzando!

¡Ni siquiera he ganado un Daesang!

—¡Yo ni siquiera he besado a alguien!

—grité sin pensar, y en cuanto las palabras salieron de mi boca me arrepentí profundamente.

Hubo un segundo de silencio.

—¿En serio?

—preguntó Vhy, girándose para mirarme con una expresión entre sorprendido y…

¿divertido?—.

¿Nunca?

—¡NO ES EL MOMENTO PARA ESTA CONVERSACIÓN!

—respondí, mi cara ardiendo con un calor que no tenía nada que ver con el sol italiano.

—Concéntrate, Kim —ordenó la profesora, sus ojos nunca dejando la carretera—.

Necesito que me digas qué viene después.

—Uh…

—Vhy volvió a mirar el teléfono, su dedo temblando mientras trataba de enfocar en la pantalla—.

En trescientos metros llegaremos a la cicina de Luigi.

Es una plaza grande, circular, con un obelisco en el centro y…

—¿Circular?

—interrumpió la profesora, y había algo en su voz que me aterrorizó más que todo lo anterior—.

Perfecto.

—¿Por qué es perfecto?

—pregunté, aunque una parte de mí no quería saber la respuesta—.

¿POR QUÉ ES PERFECTO, PROFESORA?

No respondió.

Solo aceleró más.

Salimos de Via del Babuino como una bala, y de repente estábamos en Piazza del Popolo.

Y era hermosa.

Incluso en mi estado de terror absoluto, incluso con mi vida pasando frente a mis ojos, no pude evitar notarlo.

La plaza se abría ante nosotros como un anfiteatro al aire libre.

Perfectamente simétrica, diseñada por Giuseppe Valadier en el siglo XIX con esa precisión neoclásica que hacía que cada elemento estuviera en perfecto balance.

El obelisco egipcio de Ramsés II se alzaba en el centro, sus jeroglíficos de 3,000 años brillando bajo el sol de la mañana.

Fuentes gemelas flanqueaban el obelisco, el agua cayendo en cascadas que creaban arcoíris en la luz.

Tres calles convergían en la plaza como rayos de una rueda: Via del Corso por donde habíamos entrado, Via del Babuino y Via di Ripetta.

Las iglesias gemelas de Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria in Montesanto enmarcaban Via del Corso con sus cúpulas idénticas, creando una simetría que habría hecho llorar de alegría a cualquier fotógrafo.

Turistas llenaban la plaza.

Cientos de ellos.

Tomando fotos del obelisco, comiendo gelato, alimentando palomas, completamente ajenos al desastre que estaba a punto de suceder.

El Vespa entró a la plaza, su conductor claramente planeando dar la vuelta al obelisco y salir por Via di Ripetta.

La profesora Kim tenía otros planes.

—Agárrense fuerte —dijo, y había algo en su voz que sonaba casi…

¿emocionada?

—¡PROFESORA, HAY PERSONAS!

—grité—.

¡TURISTAS!

¡NIÑOS!

¡PALOMAS!

—Lo sé —respondió, girando el volante—.

Por eso voy a tener cuidado.

Su definición de “cuidado” y la mía eran aparentemente muy, muy diferentes.

Entramos a la plaza a toda velocidad.

La profesora Kim giró el volante bruscamente, y de repente estábamos dando vueltas alrededor del obelisco como si estuviéramos en una pista de carreras.

Turistas gritaban y se lanzaban fuera del camino.

Palomas explotaban en nubes de plumas grises.

Un hombre dejó caer su gelato, el cono estrellándose contra el pavimento en una explosión de pistacho.

—¡LO SIENTO!

—grité por la ventana a nadie en particular.

El Vespa estaba adelante, su conductor ahora claramente aterrorizado, mirando hacia atrás con ojos tan grandes como platos.

Aceleró, tratando de salir de la plaza.

Pero la profesora Kim era más rápida.

Con un movimiento que desafiaba todas las leyes de la física y probablemente varias leyes internacionales, cortó camino, pasando tan cerca del obelisco que pude ver los detalles de los jeroglíficos.

Nos pusimos adelante del Vespa.

El conductor italiano nos miró con una expresión que era pura incredulidad.

Levantó ambas manos del manubrio en un gesto universal de rendición, casi perdiendo el control de su Vespa en el proceso.

La profesora Kim, sin quitar las manos del volante, le hizo un gesto con la cabeza.

Un gesto de respeto.

De guerrero a guerrero.

El italiano sonrió, sacudió la cabeza con admiración, casi al punto de las lagrimas.

Y con eso tomó la salida hacia Via di Ripetta.

Nosotros continuamos hacia Via Flaminia, la calle que nos llevaría finalmente a Villa Borghese.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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