¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capitulo 29 Reto familiar Parte I
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33: Capitulo 29: Reto familiar Parte I.
33: Capitulo 29: Reto familiar Parte I.
—¡Esto es ridículo!
—murmuró J-Min, ajustándose las gafas de sol tamaño familiar que amenazaban con deslizarse por su nariz—.
¿Por qué tengo que llevar esta camisa hawaiana?
Según mis cálculos, el patrón de flores aumenta nuestra visibilidad en un 78.3% en lugar de disminuirla.
Es estadísticamente imposible pasar desapercibidos.
—Porque es un disfraz perfecto —respondió Shugar, acomodándose su propia gorra de béisbol con peluca incorporada mientras consultaba el manual de “Disfraces Perfectos para Idols” que había comprado por linea—.
Nadie buscaría a NEON7 en personas vestidas con tan mal gusto.
Es psicología inversa avanzada.
Los seis miembros de NEON7 se encontraban en la entrada de la Feria Anual de Primavera, todos disfrazados con lo que Shugar había denominado “atuendos estratégicamente horribles”.
—Qué lástima que Vhy no esté aquí —comentó K-Sey, ajustando su sombrero de paja tan grande que creaba su propio microclima—.
Le habría encantado mi camiseta de jirafas.
—Está en Italia —respondió Shugar, pasando una mano por su camiseta tie-dye que parecía haber sido teñida durante un accidente en una fábrica de arcoíris—.
Con esa chica becada de la academia.
—Específicamente en Roma —precisó J-Min, consultando su reloj calculadora—.
Según mis cálculos, considerando la diferencia horaria, el tiempo promedio de visita a monumentos históricos y la tendencia de Vhy a perderse en ciudades nuevas, ahora mismo debe estar discutiendo con algún guía turístico sobre el nombre de alguna calle.
Jhin sacó un anzuelo particularmente grande de uno de los innumerables bolsillos de su chaleco de pescador, casi enganchando a un niño que pasaba.
—Este disfraz tiene autenticidad histórica —declaró con orgullo—.
Está inspirado en los pescadores del Mediterráneo que yo mismo estudié cuando trabajé como biólogo marino en…
—Nunca fuiste biólogo marino —interrumpió J-Min sin levantar la vista de su calculadora.
—Los detalles son irrelevantes —respondió Jhin con un gesto desdeñoso que casi lanza otro anzuelo al aire—.
Lo importante es la credibilidad del personaje.
Zen tiró de su sudadera oversized con estampado de gatos espaciales, su expresión oscilando entre aburrimiento cósmico y resignación existencial.
—¿Era necesario que mi sudadera tuviera gatos con cascos de astronauta?
—preguntó, señalando un felino particularmente perturbado que parecía estar cuestionando sus decisiones de vida—.
Literalmente dice “Meow-stronauta” en la espalda.
—Es adorable —insistió Shugar, consultando rápidamente el capítulo “Cómo Manejar a Miembros con Tendencias Emo” en su manual—.
Además, contradice completamente tu personalidad, lo que refuerza nuestro disfraz.
—Recuerden las reglas —continuó Shugar, sacando una lista laminada y plastificada de su bolsillo—.
Regla número uno: nada de autógrafos.
Regla número dos: nada de selfies.
Regla número tres: nada de comportarse como idols.
Regla número cuatro: mantener una distancia mínima de seguridad de 1.5 metros entre nosotros para no parecer un grupo.
Regla número cinco…
—¿Normales?
—Jhin interrumpió, señalando el atuendo de K-Sey con un dedo acusador—.
Parece un espantapájaros con crisis existencial que acaba de descubrir la filosofía zen.
—¡Oye!
—protestó K-Sey, ajustándose el sombrero con dignidad ofendida—.
Este es un look vintage auténtico.
Lo vi en Pinterest en la carpeta “Granjeros con Estilo: Temporada de verano”.
—En “Espantapájaros anime”, seguramente —murmuró DM, ganándose una mirada fulminante de K-Sey—.
¿Qué?
Solo digo que si el objetivo es pasar desapercibidos, tú pareces el protagonista de un anime sobre un granjero que descubre que puede hablar con las plantas.
—Bueno, ¿entramos o seguimos criticando la moda de K-Sey?
—preguntó Jhin, ajustándose las gafas de sol mientras sacaba un anzuelo de uno de sus bolsillos—.
Porque podría hacer ambas cosas todo el día.
De hecho, cuando trabajaba como crítico de moda en Milán…
—Nunca trabajaste como crítico de moda en Milán —interrumpió J-Min sin levantar la vista de su teléfono, donde estaba calculando la trayectoria óptima para visitar todos los puestos de la feria con el mínimo gasto energético—.
Hace dos horas dijiste que eras chef en un crucero, y la anterior que fuiste entrenador de delfines.
—Fui muchas cosas antes de ser un simple pescador —respondió Jhin con dignidad herida—.
No es mi culpa que tu mente matemática no pueda comprender la complejidad de mi pasado.
Entraron a la feria, inmediatamente envueltos en una sinfonía de luces, música, risas y el aroma irresistible de comida frita.
Para idols acostumbrados a dietas estrictas, era como entrar al paraíso prohibido.
—Zen y yo vamos por helados —anunció DM, ya arrastrando a Zen hacia un puesto con un letrero que prometía “36 sabores diferentes y cero calorías”.
—¡Recuerden, bajo perfil!
—les gritó Shugar, aunque ya se habían perdido entre la multitud—.
Y no más de dos bolas por persona.
¡Y nada de toppings!
¡Y…!
—Ya se fueron, Shugar —señaló J-Min, ajustando sus gafas—.
Según mis cálculos, la probabilidad de que sigan tus instrucciones es aproximadamente del menos uno, ¿Cómo que negativo?
—Bueno, ¿qué hacemos primero?
—preguntó Jhin, mirando alrededor con la emoción de un niño en una tienda de dulces mientras sacaba una red de pesca de su bolsillo trasero—.
¿Sabían que una vez pesqué un tiburón con mis propias manos en el Mar de China?
—¿No era un calamar gigante en el Pacífico?
—preguntó Shugar con una ceja levantada.
—No conoces todas mis azayas joven Shugar —declaro Jhin sacudiendo el ansuelo.
—Si, por qué evoluciona con cada retelling —murmuró J-Min.
Fue entonces cuando K-Sey lo vio.
Allí, colgado en un puesto de premios, el peluche más magnífico que jamás había contemplado: una jirafa de peluche gigante, con manchas doradas sobre felpa amarilla, ojos brillantes y una sonrisa que parecía decir “llévame a casa o lloraré todas las noches pensando en ti”.
—Ella —susurró K-Sey, señalando el peluche con la reverencia que otros reservan para obras de arte renacentistas o el último modelo de smartphone—.
La necesito en mi vida.
Es…
es mi alma gemela en forma de peluche.
J-Min siguió su mirada y asintió comprensivamente, ya calculando el costo-beneficio de la situación.
—De acuerdo, vamos a comprarla.
Ya estaba sacando su billetera y una calculadora de bolsillo cuando K-Sey lo detuvo con un gesto dramático que casi derriba a un niño que pasaba.
—¡NO!
—exclamó, como si J-Min hubiera sugerido vender sus riñones en el mercado negro—.
No podemos simplemente comprarla.
Tenemos que ganarla.
Es la ley sagrada e inviolable de la feria.
J-Min parpadeó confundido, guardando su calculadora.
—¿La ley de qué?
—De la feria —repitió K-Sey con la solemnidad de un sacerdote recitando textos sagrados—.
Los peluches deben ser ganados, no comprados.
Es una cuestión de honor, de destino, de conexión cósmica entre el peluche y su futuro dueño.
Si lo compramos, nunca sabrá que lo merecemos.
J-Min miró a Shugar en busca de ayuda, pero este solo se encogió de hombros mientras consultaba discretamente su manual de “Cómo Manejar a Compañeros con Obsesiones Extrañas”.
—Cuando se pone así, es mejor seguirle la corriente —explicó Jhin—.
La última vez que intenté razonar con él sobre por qué no debería poner kétchup en el ramen, me dio una conferencia de 40 minutos sobre la libertad culinaria y luego escribió una canción de siete minutos titulada ‘Condimento de Mi Corazón’ que, debo admitir, fue sorprendentemente conmovedora.
—Los eunucos imperiales estarían orgullosos —se a sinceró K-Sey.
Se acercaron al puesto donde estaba la jirafa.
Un hombre con un chaleco a rayas y un bigote que parecía tener vida propia, y posiblemente su propio código postal, los recibió.
El bigote se movía de manera hipnótica, como si estuviera tratando de comunicarse en código morse.
—¡Bienvenidos, jóvenes aventureros!
—exclamó con un entusiasmo teatral que sugería que o amaba profundamente su trabajo o estaba considerando seriamente un cambio de carrera hacia el teatro musical—.
¿Interesados en algún premio?
¿Quizás un pequeño recuerdo de este mágico día?
¿Un testigo silencioso de vuestra valentía y destreza?
—La jirafa —respondió K-Sey sin dudar, señalando el peluche con la intensidad de quien identifica a su alma gemela en una multitud—.
¿Cuánto cuesta en términos de habilidad, sudor y posiblemente lágrimas?
—Ah, la Señorita Manchitas —dijo el hombre, acariciando su bigote que pareció ronronear en respuesta—.
Un premio especial.
La reina de mi colección.
La joya de mi corona peluchil.
Necesitan cuatro monedas doradas para reclamarla.
—¿Monedas doradas?
—preguntó J-Min, ya sacando su teléfono para buscar la tasa de cambio actual entre wones a oro.
El hombre señaló un cartel escrito aparentemente con la sangre de anteriores concursantes: “NUEVO SISTEMA REVOLUCIONARIO: Gana juegos, obtén monedas doradas, canjea premios.
¡La diversión está garantizada, los premios no!
No se aceptan reclamaciones, quejas, llantos ni amenazas legales.” —Es nuestro nuevo modelo de negocio —explicó con el orgullo de un científico loco presentando su último invento—.
Ganas monedas doradas en los juegos y luego las canjeas por premios.
Más justo, más divertido, más rentable…
para nosotros.
Principalmente para nosotros.
Casi exclusivamente para nosotros, si somos honestos.
—¿Y dónde conseguimos estas monedas?
—preguntó Shugar, ya tomando notas en una pequeña libreta titulada “como masajear con aceite de coco” que rápidamente ocultó al notar las miradas de sus compañeros.
—En cualquiera de nuestros juegos de habilidad —respondió el hombre, señalando los puestos alrededor con un gesto tan amplio que casi golpea a un niño que pasaba—.
Cada juego que ganes te da una moneda dorada.
Simple, ¿verdad?
Como robarle un caramelo a un bebé, pero esto si es legal…
creo.
K-Sey asintió con determinación, sus ojos brillando con una misión sagrada—.
Lo haremos.
Ganaremos esa jirafa.
Es mi destino.
Puedo sentirlo en mis huesos.
—Excelente —sonrió el hombre, su bigote formando lo que parecía ser una sonrisa independiente—.
Les recomiendo empezar por el puesto de derribar botellas.
Es el más fácil…
teóricamente.
En la práctica, es más difícil que hacer que un gato se bañe voluntariamente.
Mientras se alejaban, J-Min susurró—: ¿Por qué no simplemente compramos la jirafa en una tienda?
Según mis cálculos, el costo-beneficio de gastar tiempo y dinero en estos juegos versus comprar directamente el peluche favorece claramente la segunda opción en un ratio de 7.8 a 1.
—¡Porque no sería lo mismo!
—respondió K-Sey, escandalizado como si J-Min hubiera sugerido reemplazar el oxígeno por algo menos tradicional—.
Necesito ganarla.
Será una historia que contaré a mis nietos: “¿Ven esta jirafa?
La gané en una feria cuando era joven y famoso, pero estaba disfrazado de granjero anime.
Fue el día que aprendí el verdadero significado del amor incondicional entre un hombre y su peluche.” —No tienes remedio —suspiró J-Min, pero sonrió.
Se dirigieron al puesto de derribar botellas, donde una pirámide de seis botellas metálicas desafiaba a los participantes con la arrogancia silenciosa de quien sabe que está amañado.
Una familia ya estaba allí: un padre corpulento con brazos del tamaño de troncos de secuoya y una camiseta que decía “Papá Oso”, aunque claramente “Papá Gorila” habría sido más preciso, una madre de aspecto severo pero elegante con un peinado tan perfecto que parecía desafiar las leyes de la física, un niño de unos 12 años con expresión de superioridad y una camiseta que proclamaba “Futuro Dictador Mundial”, y una niña de 10 que, sorprendentemente, parecía estar haciendo flexiones con una sola mano mientras esperaba su turno.
—Tres intentos por 5,000 wones —anunció el encargado, un hombre flaco con cara de quien ha visto demasiadas botellas no caer—.
Derriba todas las botellas de un tiro y ganas una moneda dorada.
Fácil como respirar.
—Yo primero —se ofreció K-Sey, pagando y recibiendo tres pelotas que parecían sospechosamente más pesadas en un lado.
Se posicionó con la seriedad de quien está a punto de lanzar el Anillo Único al Monte del Destino, respiró hondo, apuntó…
y lanzó la pelota con tanta fuerza que rebotó en la lona trasera, golpeó un poste, rebotó en el techo, casi noqueó a un payaso que pasaba, y finalmente regresó como un bumerán directamente hacia su cara, obligándolo a agacharse en el último segundo.
—Quizás un poco menos de entusiasmo y un poco más de física newtoniana —sugirió Shugar, consultando rápidamente el capítulo “Cómo Lanzar Objetos Sin Causar Daños Colaterales” en su manual.
K-Sey lo intentó de nuevo, esta vez con menos fuerza, pero la pelota apenas rozó la pirámide, haciendo que una sola botella se tambaleara dramáticamente antes de decidir que no valía la pena el esfuerzo de caerse.
—Esto es más difícil de lo que parece —murmuró, preparándose para su último intento mientras miraba las botellas como si lo hubieran insultado personalmente.
Antes de que pudiera lanzar, J-Min lo detuvo con la autoridad de quien acaba de tener una epifanía matemática.
—Espera, déjame calcular esto —dijo, agachándose y comenzando a dibujar en el suelo con un palo que encontró, creando un diagrama tan complejo que un físico cuántico habría pedido aclaraciones.
Trazó ángulos, flechas, ecuaciones diferenciales, y lo que parecía ser una representación a escala del sistema solar, murmurando para sí mismo mientras todos lo observaban con una mezcla de confusión, asombro y creciente preocupación por su salud mental.
—De acuerdo —dijo finalmente, levantándose con la satisfacción de un genio incomprendido—.
Basándome en la masa aproximada de las botellas, la resistencia del aire, la velocidad del viento, la rotación de la Tierra, y la trayectoria óptima considerando la curvatura espacio-tiempo en esta específica ubicación geográfica, debes lanzar la pelota a una velocidad de exactamente 15.73 metros por segundo, con un ángulo de 42.53 grados, apuntando exactamente 3.7 centímetros a la izquierda de la botella central inferior, mientras mantienes tu centro de gravedad a 87.2 centímetros del suelo.
K-Sey asintió, absorbiendo la información como si fuera la clave del universo en lugar de instrucciones ridículamente complicadas para un juego de feria.
Se posicionó, respiró hondo, visualizó la trayectoria, ajustó su postura según las especificaciones de J-Min, calculó mentalmente la velocidad…
y lanzó.
La pelota voló en una parábola perfecta…
y pasó limpiamente entre dos botellas sin tocar ninguna, como si las botellas tuvieran su propio campo de fuerza.
—Creo que me equivoqué —dijo J-Min, rascándose la cabeza mientras revisaba frenéticamente sus cálculos—.
Olvidé considerar la anomalía gravitacional causada por la masa del señor de los algodones de azúcar a nuestra derecha.
—No son tus cálculos —respondió K-Sey con una sabiduría inesperada—.
En mi ejecución.
La teoría era perfecta, pero mi brazo es más artístico que matemático.
Se volvió hacia el encargado con la determinación de quien no aceptará la derrota—.
¿Puedo intentarlo de nuevo?
Tras pagar por tres intentos más.
y hacer que J-Min guardara silenciosamente su calculadora, K-Sey se concentró intensamente.
Esta vez, ignoró los cálculos, las ecuaciones y la física cuántica, y simplemente lanzó la pelota con instinto puro, como si estuviera lanzando su corazón hacia la jirafa de sus sueños.
¡CRASH!
Las botellas cayeron como dominós en una exhibición particularmente dramática.
—¡Lo hice!
—exclamó K-Sey, saltando de alegría con tanto entusiasmo que su sombrero de paja salió volando y aterrizó en la cabeza de un niño que pasaba, quien inmediatamente fue declarado “el nuevo espantapájaros del pueblo” por sus amigos—.
¡Lo hice!
¡El poder del amor por los peluches conquista todo!
El encargado le entregó una moneda dorada con la reluctancia de quien entrega un riñón, que K-Sey sostuvo como si fuera el Santo Grial, el Anillo Único y el último trozo de pizza combinados.
—Tres más —dijo, guardando la moneda cuidadosamente en un bolsillo especial de su mono que había etiquetado como “Tesoro Dorado – No tocar bajo pena de muerte o peor, un sermón sobre la importancia de los peluches en el desarrollo emocional”.
Fue entonces cuando el padre de la familia dio un paso adelante, sus músculos amenazando con romper las costuras de su camiseta “Papá Oso” con cada movimiento.
—Apártense, aficionados —dijo con una voz que parecía salir de las profundidades de una caverna habitada por osos radioactivos—.
Así es como lo hace un profesional.
Pagó por sus intentos, tomó una pelota que pareció encogerse de miedo en su mano gigante, y con un rugido que habría intimidado a un tiranosaurio rex, la lanzó con tanta fuerza que no solo derribó las botellas, sino que también dejó una pequeña abolladura en la lona trasera, provocó una mini onda expansiva que despeinó a todos en un radio de tres metros, y posiblemente alteró ligeramente la rotación de la Tierra.
—¡JA!
—exclamó, recibiendo su moneda dorada con la satisfacción de quien acaba de demostrar su superioridad genética—.
¡ESO ES FUERZA!
¡NO SUS ECUASIONES DE NIÑAS!
—le grito en la cara a J-Min.
—Impresionante —admitió Shugar, discretamente consultando el capítulo “Cómo Manejar a Hombres con Exceso de Masculinidad Tóxica” en su manual—.
Pero aún necesitamos tres moneda más para la Señorita Manchitas.
—¿Señorita Manchitas?
—se burló el niño de la familia, su voz cargada de desdén preadolescente—.
Qué nombre tan estúpido —menciono recibiendo su primera moneda—.
Ese peluche será mío y se convertirá en el general girafos.
K-Sey se tensó visiblemente, y por un momento pareció que iba a defender el honor de su futura jirafa con violencia, pero Shugar lo detuvo con una mano firme en el hombro.
—Esto es una guerra —menciono sosteniendo su única moneda dorada—.
Una guerra por manchitas.
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