¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capitulo 30 Reto familiar Parte II
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34: Capitulo 30: Reto familiar Parte II.
34: Capitulo 30: Reto familiar Parte II.
—Repasemos lo que tenemos claro —declaró J-Min con la libreta de Shugar en mano—.
Tenemos que ganar cuatro monedas doradas para canjearlas por la señorita manchitas.
—Sí, pero hay un niño que me la quiere robar —reclamó K-Sey, apretando los puños con determinación dramática.
—No olvido cómo mi padre me cacheteaba con pescados cada vez que me portaba así —declaró Jhin sobándose los cachetes con nostalgia traumática.
—¿Qué no era tu abuelo?
—preguntó Shugar, levantando una ceja mientras consultaba su manual en la sección “Cómo Detectar Inconsistencias en las Historias Familiares de tus Amigos Sin Llamarlos Mentirosos Directamente”.
—Los dos —respondió Jhin con absoluta seriedad actoral—.
Era una tradición familiar.
El pescado pasaba de generación en generación.
Tenía nombre y todo: Slappy, el pez disciplinario.
—¡Ya dejen de perder el tiempo!
—gritó J-Min exaltado por la situación, ajustándose las gafas que se deslizaban por su nariz debido al sudor provocado por la camisa hawaiana—.
Tenemos que llegar al siguiente juego lo más rápido posible antes de que…
De la familia de al lado, la ¿joven?
madre se acercó a ellos con un caminar que parecía ensayado.
—Hola jóvenes…
exóticos…
—saludó con una voz que fingía ser aguda pero sonaba como un violín desafinado—.
Me parece que tenemos objetivos similares.
—Hablas de conseguir a la señorita manchi…
—Conseguir al general girafos —interrumpió—.
Así que les propongo un “reto familiar”.
El simple vibrar de la oración hiso que todos voltearan a verlos, rodeándolos en un circulo de miradas juiciosas.
Al llegar a el puesto principal, el señor de bigote viviente se alerto como una araña, saltó de su estación de trabajo con una pizarra ya garabateada, como si hubiera estado esperando toda su vida este momento.
—¡Alguien dijo “reto familiar”!
—al llegar clavó el pizarrón en la arena de la feria con tal fuerza que hizo vibrar el suelo.
—Reto familiar —repitió viendo el pizarrón con la reverencia de un profeta ante textos sagrados—.
Donde dos familias luchan por un mismo objetivo, llenarme los bolsill…
un peluche para el ganador.
—¿Y en qué consiste eso de reto familiar?
—preguntó Shugar fingiendo un tono de voz grueso.
—Gracias por preguntar chico con problemas en la garganta —respondió el hombre, acariciando su bigote que pareció ronronear en respuesta—.
Los participantes tendrán que superar los juegos que reto familiar les proporcionará, consiguiendo las monedas doradas para canjearlas por el peluche de turno.
Comenzará con un apretón de manos de los participantes.
—¿Estás seguro K-Sey?
—preguntó J-Min preocupado—.
No e planeado nada aun, corremos un riesgo innecesario.
—Gracias por la preocupación…
pero es algo que necesito hacer —respondió K-Sey con una determinación digna de un héroe de película enfrentándose al villano final, mientras su sombrero se balanceaba peligrosamente con cada movimiento de cabeza.
El niño frente a él sostenía una sonrisa arrogante semejante a la de un pequeño dictador en entrenamiento, extendiendo su pequeña mano al idol con cubrebocas.
K-Sey la tomó aceptando el desafío, mientras el hombre del bigote hacía sonar una trompeta que sacó de su chaleco.
En ese preciso momento, el teléfono de Shugar vibró.
Lo sacó discretamente y vio un mensaje de Vhy: “¿Cómo va todo?
Aquí en Italia me están enseñando a hacer pizza.
¿Ustedes qué hacen?
Espero que no estén metidos en alguna locura…” Adjunta había una foto de Vhy alado de una chica llenos de harina hasta en las pestañas y una sonrisa de oreja a oreja.
—Nada importante —murmuró Shugar guardando el teléfono—.
Solo Vhy presumiendo que está en Italia mientras nosotros nos jugamos la vida por un peluche.
—¡Que comience el primer reto familiar!
—anunció con voz de presentador de circo—.
¡La barra engrasada!
Señaló hacia una estructura donde una barra horizontal brillaba con una capa de grasa tan espesa que se veía marrón.
—El desafío es simple —explicó el hombre—.
Colgarse durante un minuto completo sin caer, llorar o cuestionar sus decisiones de vida.
¿Quiénes serán los idio…
valientes que la enfrentaran?
J-Min dio un paso adelante, ajustándose las gafas con determinación científica.
—Yo lo haré —declaró, sacando una pequeña libreta donde ya había dibujado un diagrama de fuerzas y vectores—.
Según mis cálculos, si mantengo un ángulo preciso de agarre y distribuyo mi peso corporal siguiendo la secuencia de Fibonacci, puedo maximizar mi tiempo de resistencia.
Pero antes de que pudiera continuar, la niña de la familia dio un salto hacia adelante, aterrizando en posición de superhéroe con un pequeño cráter formándose bajo sus pies.
—Yo también —dijo con una voz dulce que contrastaba con sus bíceps que parecían pequeñas montañas bajo su piel—.
Me gusta colgarme.
Es como volar, pero al revés.
El encargado explicó las reglas mientras untaba más grasa en la barra, sonriendo con el sadismo propio de quien disfruta del sufrimiento ajeno como pasatiempo.
A la señal, ambos saltaron y se agarraron de la barra.
J-Min adoptó una postura perfectamente calculada, su rostro una máscara de concentración mientras murmuraba ecuaciones diferenciales.
La niña, por su parte, se colgó con una mano mientras con la otra sacaba un pequeño libro y comenzaba a leer tranquilamente.
Los primeros treinta segundos fueron bien para J-Min, quien mantenía su posición con precisión milimétrica.
Pero entonces, la grasa comenzó a hacer su trabajo, y sus dedos empezaron a resbalar como si la barra estuviera hecha de mantequilla derretida.
—¡Resiste, J-Min!
—gritó Jhin—.
¡Piensa en todas esas horas jugando videojuegos!
¡Tus pulgares son legendarios!
¡Recuerda cuando rompiste el récord en “Guital Hero III” usando solo tres dedos!
—Los…
pulgares…
no son…
relevantes…
en este…
contexto —jadeó J-Min, su rostro contorsionándose en una expresión que los científicos podrían estudiar como “dolor matemático”—.
La…
fricción…
está…
disminuyendo…
exponencialmente…
A los cuarenta y cinco segundos, J-Min comenzó a balancearse como un péndulo descontrolado, sus piernas pataleando en el aire como si intentara pedalear una bicicleta invisible.
Sus gafas se deslizaron hasta la punta de su nariz, dándole el aspecto de un bibliotecario en crisis existencial.
—¡Estoy…
recalculando!
—gritó, mientras sus dedos perdían la batalla contra la física—.
¡Necesito…
más…
variables!
Finalmente, a los cuarenta y ocho segundos, J-Min cayó al suelo con la gracia de una calculadora científica lanzada desde un quinto piso, aterrizando en una posición que sugería que estaba reconsiderando todas sus decisiones de vida.
—¡Mis dedos!
—exclamó, mirándolos como si fueran extraños—.
¡No puedo sentirlos!
¡Adios Guital Hero!
La niña, mientras tanto, cerró su libro, se balanceó elegantemente y realizó un triple mortal hacia atrás antes de aterrizar en una posición perfecta, recibiendo una puntuación imaginaria de 10 de todos los jueces invisibles.
—¡Mi pequeña Soo-han!
—exclamó el padre, sacando rápidamente un pañuelo para secarse lágrimas de orgullo—.
¡Puede colgarse de cualquier cosa desde que tenía dos años!
¡Una vez la encontramos durmiendo en el techo, agarrada solo con los dedos meñiques!
—Un punto para nosotros —declaró la niña con satisfacción, mirando a J-Min con una sonrisa que prometía más humillaciones—.
Tal vez deberías considerar colgar algo más que ecuaciones en tu pared, calculadora con patas.
El marcador ahora estaba 2-1 a favor de la familia, con ellos ganando su segunda moneda dorada.
—¡Siguiente desafío!
—anunció el hombre del bigote, que ahora llevaba un sombrero de copa lujoso que no tenía antes—.
¡La escalada mortal!
Señaló hacia una pared de escalada que se elevaba hacia el cielo como las aspiraciones de un grupo rookie viendo a NEON7 en los charts.
—¿Alguno sabe escalar?
—pregunto J-Min con una bolsa de hielo en las manos— Yo ya no ciento las manos.
—Este es mi momento —dijo Shugar con la confianza de quien ha visto tres videos de YouTube y se considera experto—.
Tengo experiencia en la escalada.
Teórica.
Pero experiencia.
Sacó de su bolsillo unos guantes que claramente habían sido comprados en una tienda de disfraces, con la etiqueta “Guantes de Escalada Profesional, Advertencia: No Son Para Escalar” aún colgando de ellos.
El padre se ofreció como voluntario, flexionando sus músculos que parecían tener músculos propios.
—Esto será pan comido —declaró, escupiendo en sus manos—.
La gravedad es solo una escusa para hombres débiles.
La competencia comenzó, y Shugar atacó la pared con el entusiasmo de quien no tiene idea de lo que está haciendo pero confía en que el poder de la amistad lo salvará.
—¡Ahh!
—exclamo al agarrarse en los dos primeros bultos y caerse al instante.
—Shugar ¿Seguro que sabes escalar?
—le pregunto Jhin decepcionado—.
Una trucha sin cola hubiera durado mas.
—Mmm, no fue como lo imagine —con un suspiro se acomodo el traje y con todas sus fuerzas, volvió a la pared.
Sus movimientos eran una extraña mezcla de técnicas vistas en películas de acción y posiblemente un documental sobre cabras montesas que vio a medianoche, antes de volver a caer —Shugar ¿estas seguro que puedes, J-Min aun le quedan cuatro dedos por sacrificar —dijo K-Sey extendiéndole la mano.
Shugar acepto su ayuda, inclinando la cabeza 45 grados—.
Solo dame una oportunidad, ya casi lo entiendo —exclamó, aferrándose a la pared como una estrella de mar nerviosa.
El padre, por su parte, simplemente clavaba sus dedos en la pared como si fuera mantequilla, avanzando lenta pero inexorablemente hacia arriba, dejando pequeños agujeros que parecían haber sido hechos por un taladro industrial.
A mitad de camino, Shugar resbaló y quedó colgando de una mano, provocando jadeos de la multitud y un pequeño grito agudo que más tarde atribuiría a “un pájaro que pasaba”.
—¡No te rindas!
—gritó K-Sey—.
¡Piensa en la Señorita Manchitas!
¡Hazlo por ella!
Shugar miró hacia abajo, luego hacia arriba, y una extraña calma se apoderó de su rostro.
Sus ojos se entrecerraron y una sonrisa conocedora apareció en sus labios.
—Ya entendí —murmuró, y de repente, como si hubiera sido poseído por el espíritu de un escalador profesional, comenzó a moverse con una gracia y precisión que contradecía completamente sus anteriores tropiezos.
Sus movimientos se volvieron fluidos, elegantes, casi hipnóticos, como si la pared y él estuvieran bailando un tango vertical.
Ascendió con tal velocidad que creó una pequeña corriente de aire, adelantando al padre que lo miraba con la boca abierta, y tocó la campana en la cima con un floreo digno de un espadachín.
—¿Qué demonios fue eso?
—preguntó J-Min cuando Shugar bajó, aterrizando con la ligereza de una pluma—.
¿Desde cuándo sabes escalar así?
—No lo sé —respondió Shugar, mirando sus manos con asombro—.
Hoy.
Agarrándole la mano, como un árbitro de lucha, K-Sey la elevo victorioso—.
¡Es el poder de la feria, y los juguetes!
—¡Empatados a dos!
—anunció el hombre del bigote, que ahora inexplicablemente llevaba una capa—.
¡El siguiente desafío decidirá quién toma la delantera!
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