¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capitulo 32 Café sin Azúcar Antes de una Prueba
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36: Capitulo 32: Café sin Azúcar Antes de una Prueba.
36: Capitulo 32: Café sin Azúcar Antes de una Prueba.
El silencio de la mañana romana era casi tangible.
Los rayos del sol se filtraban perezosamente a través de las cortinas del lujoso hotel, creando patrones dorados sobre la cama gigante donde Suri dormía.
Su posición era un caos artístico: extremidades extendidas en ángulos imposibles, como si su cuerpo estuviera recreando inconscientemente “La Madonna del cuello largo” de Parmigianino, con esa tensión y desequilibrio característicos.
La cobija, que alguna vez cubrió ordenadamente el colchón, ahora era un mar arrugado con islas de tela que apenas cubrían partes aleatorias de su cuerpo.
Sus ronquidos, suaves pero constantes, tenían un ritmo casi musical.
A pocos metros, en el sofá de diseñador italiano, Vhy dormía con una precisión que parecía calculada matemáticamente.
Su cuerpo formaba una línea recta perfecta, las manos cruzadas elegantemente sobre su pecho como una figura de Bronzino, con esa frialdad calculada y esa perfección casi inquietante.
Su respiración, controlada y nasal, apenas movía su pecho.
Su rostro, cubierto por una capa meticulosamente aplicada de productos para el cuidado de la piel, brillaba bajo la luz matutina como si estuviera iluminado desde dentro, recordando los rostros marmóreos y perfectos de los retratos manieristas.
El contraste entre ellos no podría ser más evidente.
La paz matutina se rompió cuando la puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo que hizo temblar los cuadros.
—¡BUENOS DÍAS, MIS PEQUEÑOS ALUMNOS EXPLOTADOS!
—la voz de la Maestra Kim resonó por toda la habitación.
Salté de la cama como si me hubieran electrocutado, enredándome con la sábana y cayendo al suelo en un bulto confuso.
Vhy, por su parte, abrió los ojos instantáneamente, pero permaneció inmóvil durante tres segundos exactos antes de incorporarse con la gracia que lo caracteriza.
La Maestra Kim era un espectáculo en sí misma.
Su cabello, normalmente perfecto, parecía haber sido peinado por un ventilador industrial.
Su ropa —una blusa blanca de seda italiana con varios botones estratégicamente desabrochados y una falda que claramente había pasado la noche en el suelo— estaba tan arrugada que parecía un mapa topográfico.
En su mano derecha sostenía una botella de Limoncello a medio terminar.
—¿Maestra Kim?
—pregunté, frotándome los ojos con incredulidad—.
¿Está…
bien?
—¡Nunca he estado mejor!
—exclamó ella, dando un trago directamente de la botella—.
¡Roma es mágica!
¡La ciudad eterna!
¡La cuna del arte que estudiamos!
¡Y las fiestas son de otro nivel!
—añadió con una risa que sugería que había experimentado dichas fiestas hasta hace muy poco.
Vhy observaba la escena con una mezcla de horror y fascinación clínica.
—Maestra, son las…
—consultó su reloj de pulsera— 8:27 de la mañana.
—¡La hora perfecta para comenzar a vivir el arte!
—respondió ella, haciendo un gesto tan amplio que casi derrama el Limoncello sobre una alfombra—.
Esta bebida si que es arte —declaro dándole un beso a la botella.
Tres golpes precisos en la puerta interrumpieron lo que prometía ser un discurso sobre el arte de vivir en extremos.
Pero como si alguien hubiera presionado un botón de reinicio en su cabeza.
La maestra Kim dio un salto como gato, cayendo en un armario casualmente abierto.
No estoy segura como lo hizo, pero en menos de un parpadeo ella salió del armario, volviendo a ser perfecta.
Su postura se endereza, su expresión se recompuso incluso su maquillaje, y de alguna manera físicamente imposible, su ropa pareció alisarse, cualquier mancha o arruga se había desvanecido.
Incluso el aroma a alcohol fue reemplazado por un delicado perfume de rosas.
—Si…
es una bruja —declaro Vhy tallándose los ojos.
—Adelante —dijo con una voz melodiosa y controlada que no tenía nada que ver con los gritos de hace unos segundos.
Un mesero impecablemente vestido entró con una reverencia sutil.
—Buenos días, signora, signorina, signore —saludó con acento italiano—.
Solo quería informarles que el desayuno comenzará en dos horas.
El chef ha preparado un menú especial para los invitados del Maestro Bianchi.
—Gracias, eso es muy amable —respondió la Maestra Kim con una sonrisa digna de una embajadora cultural—.
Estaremos allí puntualmente.
El mesero asintió, lanzó una mirada curiosa a la botella de Limoncello que ahora estaba misteriosamente cubriendo el lugar de un jarrón.
En cuanto la puerta se cerró, la Maestra Kim exhaló profundamente.
—Necesito una ducha —declaró, dirigiéndose al baño con la dignidad de una reina que acaba de recordar que tiene obligaciones reales.
—Ella es un misterio cuántico ¿No crees?
—menciono Vhy con un tono bromista—.
¿Crees que me podrá enseñar esa habilidad?
—¿Cual, volver botellas de Limoncello en jarrones improvisados?
—ambos reímos, entendiendo lo absurdo de la situación.
Pero antes de que pudieras tan siquiera cavar nuestras carcajadas, la maestra Kim ya estaba saliendo del baño, perfecta como siempre, con un traje formal sin arugas que remarcaba su figura y una toalla secando su cabello con cuidado.
—Que me ven, no tenemos tiempo que perder —con esas palabras dejo su toalla en un bote de ropa sucia y salió de la habitación.
—Si…
es un misterio cósmico —admití viendo su perfección—.
Bueno hay que bañarnos.
Vhy se levantó del sofá con un movimiento fluido.
—Yo primero, si no te importa —dijo, tomando su neceser meticulosamente organizado—.
Mi rutina matutina requiere precisión y tiempo.
Asentí, aun sin estar segura que estaba en la realidad.
Vhy ocupó el baño durante lo que juré fueron horas, aun que el reloj en la pared marcaba “cincuenta y siete minutos exactos”.
Cuando finalmente salió, parecía recién salido de una sesión fotográfica: cabello perfectamente estilizado, piel radiante, y ropa que parecía haber sido planchada sobre su cuerpo.
—Todo tuyo —anunció con una sonrisa satisfecha.
Entré al baño y casi grité al ver el arsenal de productos de belleza desplegados en perfecto orden sobre el mármol del lavabo.
—¡¿QUÉ ES TODO ESTO?!
—exclamé, asomando la cabeza por la puerta—.
¡Parece que robaste una fabrica de belleza!
—Están organizados para usarse en orden —respondió Vhy con calma—.
Limpiador, tónico, sérum de vitamina C, hidratante, protector solar.
Los de la derecha son opcionales pero recomendables.
Usa los que gustes.
Miré los productos como si fueran jeroglíficos incomprensibles.
—Bueno, están en orden —dije, dispuesta a usarlos, salí quince minutos después con el cabello húmedo y la cara increíblemente suave.
Vhy me esperaba en el sofá, revisando su teléfono con expresión concentrada.
—La Maestra Kim dice que nos espera en el comedor —informó sin levantar la vista—.
Aparentemente, el Maestro Bianchi tiene planes para nosotros hoy.
—Mientras no elije que almorzar todo bien —admira con miedo.
—No, creo —declaro—.
Creo que se inclinara a mas a planes para nuestro estudio.
—¿Planes buenos o planes locos?
—pregunté, buscando mis zapatos bajo la cama.
—Con Bianchi, ¿hay diferencia?
—respondió Vhy con una sonrisa enigmática.
Mientras caminábamos por los pasillos del hotel, no podía dejar de maravillarme ante la opulencia del lugar.
Cada rincón parecía diseñado para impresionar: frescos en los techos, mármol en los suelos, y antigüedades que probablemente deberían estar en museos.
Lo que más llamaba mi atención eran los elementos arquitectónicos extraños: escaleras que parecían no llevar a ninguna parte, columnas con proporciones exageradas, y nichos decorados con estatuas en posturas imposibles.
—Este lugar es ridículo —murmuré, sacando discretamente mi cámara para capturar una escalera particularmente absurda que daba a una pared—.
¿Crees que todos los artistas viven así?
—Solo los que tienen mecenas millonarios o venden sus obras por millones —respondió Vhy pragmáticamente, ajustando instintivamente su postura al notar un grupo de turistas que lo miraban con curiosidad—.
O los que tienen conexiones con la alta sociedad romana desde hace generaciones, como Bianchi.
—Estudio en Hathor, no me sorprende.
El comedor era impresionante.
Bajo un techo abovedado con frescos que representaban escenas mitológicas, mesas cubiertas con manteles blancos inmaculados esperaban a los comensales.
La Maestra Kim ya estaba sentada, milagrosamente recuperada y con aspecto profesional, consultando su tablet mientras tomaba notas.
—Ah, mis estudiantes favoritos —saludó cuando nos vio, como si no nos hubiera despertado gritando horas antes—.
Siéntense, el desayuno aquí es delicioso.
Un camarero se materializó junto a nosotros casi instantáneamente.
—¿Qué desean ordenar?
—preguntó en un coreano con acento musical.
Examiné el menú con cautela, evitando cuidadosamente cualquier plato que mencionara órganos animales o ingredientes crudos.
Mi estómago no está preparado para aventuras culinarias a primera hora de la mañana.
—Panini con jamón y queso, por favor —pedí finalmente, optando por lo más reconocible.
—Frittata con verduras de temporada y una ensalada de frutas —ordenó Vhy con la confianza de quien ha investigado la gastronomía local antes de viajar.
—Excelentes elecciones —aprobó el camarero—.
Les traeré café de cortesía mientras esperan.
El café llegó en pequeñas tazas de porcelana, negro y humeante.
—Muchas gracias —declare, tomándolo con cuidado y respeto.
Pero al tomar un sorbo casi me atraganto—.
¡Esto es puro café!
—exclamé—.
¿Dónde está el azúcar?
—Es espresso italiano —explicó la Maestra Kim—.
Se aprecia mejor sin adulterar su sabor.
—¿Y su café maestra?
—pregunte, confundida.
—Yo y traigo “agua” —declaro, apuntándole a su termo negro con una sonrisa curveada.
Observé con envidia cómo Vhy disfrutaba su café con expresión de placer.
Cuando se levantó brevemente para hablar con el camarero, noté que su taza olía diferente al regresar.
—¿Puedo probar el tuyo?
—pregunté con curiosidad.
Vhy dudó un momento pero cedió.
Acerqué la taza a mi nariz, detectando un sutil aroma a vainilla, pero al probarlo, el sabor seguía siendo intensamente amargo.
—¿Cómo puedes tomarlo así?
—pregunté, devolviéndole la taza con una mueca—.
No sabe bien sin azúcar.
—No como mucha azúcar —respondió simplemente—.
Ya estoy acostumbrado.
Sus palabras me sorprendieron, recuerdo cuando intente dejar la azúcar, no aguante ni una semana.
Al terminar ese pensamiento Marco apareció en la entrada del comedor.
El asistente de Bianchi, siempre impecable en su traje negro, escaneó la sala hasta localizarnos.
—Buenos días —saludó con formalidad cuando llegó a nuestra mesa—.
El Maestro Bianchi solicita su presencia inmediatamente.
Si han terminado de desayunar…
—Pero ni siquiera nos han traído la comida —protesté.
Mi estómago gruñó en señal de apoyo.
Marco consultó su reloj con precisión milimétrica.
—El arte no espera, y Bianchi tampoco —respondió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.
Les aseguro que valdrá la pena.
Con resignación, seguimos a Marco fuera del hotel, donde una visión surrealista nos esperaba: una limusina blanca tan larga que parecía desafiar las leyes de la física y el sentido común.
El vehículo, de dos pisos y aproximadamente ocho metros de longitud, ocupaba casi toda la calle, provocando miradas de asombro de los transeúntes.
—Esto no puede ser legal —murmuró Vhy, ajustándose instintivamente las gafas de sol al notar que algunos peatones comenzaban a reconocerlo.
—En Roma, con suficiente dinero y apellido, muchas cosas son posibles, igual que en Hathor creo saber—respondió Marco enigmáticamente—.
Y no se preocupe, Signor Vhy, los vidrios son polarizados precisamente para proteger su privacidad.
Una de las ventanas polarizadas comenzó a descender con una lentitud ceremonial.
Tras lo que pareció una eternidad, apareció el rostro sonriente del Maestro Bianchi.
Su cabello plateado estaba peinado hacia atrás con precisión matemática, y sus gafas de sol reflejaban el mundo exterior como espejos.
—¡Mis jóvenes aprendices!
—exclamó con entusiasmo teatral—.
¡Qué maravilloso día para comenzar nuestra inmersión en el manierismo!
Por favor, únanse a mí en este humilde transporte.
Marco abrió la puerta, revelando un interior que parecía más una galería de arte móvil que un automóvil: asientos de cuero blanco, una pequeña fuente en el centro, y reproducciones de obras en las paredes.
—Bienvenidos a mi oficina móvil —declaró Bianchi cuando todos estuvimos dentro—.
Hoy comenzaremos con una dinámica especial para entender el espíritu del manierismo.
Marco dejó escapar una risita conocedora, como si estuviera anticipando un chiste particularmente bueno.
—¿Qué tipo de dinámica?
—pregunté con una mezcla de curiosidad y aprensión.
—Una que combina tradición, técnica y subversión —respondió Bianchi con un gesto amplio—.
Tres elementos fundamentales del manierismo.
La limusina se detuvo frente a un edificio modesto con un letrero que decía “Pizzeria Da Luigi – Dal 1932”.
El contraste entre el vehículo extravagante y el restaurante familiar no podía ser más marcado.
—¿Vamos a…
comer pizza?
—preguntó Vhy, claramente confundido.
—¡Mejor aún!
—exclamó Bianchi, saliendo del vehículo con un movimiento fluido—.
¡Vamos a CREAR UNA PIZZININI!
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