¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capitulo 4 El Príncipe de Ojos de Hielo
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4: Capitulo 4: El Príncipe de Ojos de Hielo.
4: Capitulo 4: El Príncipe de Ojos de Hielo.
“Salí del baño con una armadura de determinación recién forjada, pero la realidad es que una armadura invisible no te protege de las miradas.” La mancha de café en mi pecho era un faro, atrayendo la atención de todos los barcos que navegaban por los pasillos de Hathor.
Cada risita ahogada, cada mirada de reojo, se sentía como una flecha dirigida directamente a mí.
¿Qué es lo mejor que se hace en estos casos?
Según las películas que ve mi padre, una retirada estratégica.
¿Pero dónde encuentro una trinchera en este campo de batalla?
—El almuerzo —recordé.
Tenía que comer algo, aunque solo fuera para demostrarme a mí misma que podía realizar una función humana básica en este ambiente hostil.
Me dirigí directamente a la barra del “menú de emergencia”, sintiendo el peso de mi condición de becada con cada paso.
El menú consistía en una ensalada con pollo y una botella de agua con distintos sabores.
—Hasta su menú gratuito se ve delicioso.
Lo tomé sin decir ni una palabra más, buscando la mesa más alejada y solitaria en esta sabana, en un rincón oscuro que parecía diseñado para gente como yo.
Apenas había colocado la ensalada de pollo en la mesa cuando una sombra alargada y deformada por varias luces doradas cayó sobre mi espacio.
—Vaya, vaya.
Miren lo que arrastró el gato.
Levanté la vista.
Era Mary.
Y esta vez no venía sola.
Detrás de ella había dos chicas más, sus secuaces, ambas con la misma sonrisa depredadora y el mismo uniforme color dorado.
—¿Disfrutando de tu almuerzo gourmet?
—preguntó Mary, su voz goteando un falso dulzor que era más venenoso que el insulto directo.
Su mirada se fijó en la mancha de mi blusa, deformando su sonrisa—.
Oh, qué desastre.
Parece que tuviste un pequeño accidente.
Aunque, para ser justos, esa mancha de café probablemente cuesta más que todo tu atuendo.
—Déjame en paz, Mary —respondí, mi voz más firme de lo que me sentía, y procedí a sentarme.
Mary soltó una risita aguda que resonó en el silencio que se estaba formando a nuestro alrededor.
—Uy, la becada tiene garras.
Qué adorable.
Pero claro que es de mi incumbencia.
Verás, cuando una don nadie como tú no solo se cuela en nuestra escuela, sino que además se atreve a faltarle el respeto a nuestros reyes y en especial a nuestro precioso Vhy-oppa, se convierte en asunto de todas.
Al escucharla decir “Vhy-oppa” se me revolvió el estómago.
—¡Yo no le falté el respeto a nadie!
¡Él me tiró el café encima!
—repliqué, aunque sabía que era inútil.
—¡Mentira!
—chilló una de sus clones, una chica con dos coletas que rebotaban con su indignación—.
¡Todas vimos cómo te le abalanzaste!
¡Seguro que lo hiciste a propósito para llamar su atención, sucia sasaeng!
La palabra sasaeng —”fan obsesiva y acosadora”— me golpeó como una bofetada.
—¡No soy una sasaeng!
¡Ni siquiera me gustan!
—mentí a medias.
Bueno, Shugar me parecía el más perfecto para tomar fotos, pero no era el momento de matizar.
—¡Peor aún!
—exclamó la segunda clon, dramáticamente—.
¡Insultas a nuestros príncipes!
¿Sabes cuántas chicas matarían por estar en tu lugar?
¿De tomar esa chaqueta exclusiva?
¿Y tú lo desperdicias?
Mary se inclinó sobre la mesa, su sonrisa desapareció.
—Hay que enseñarte una lección sobre tu lugar aquí.
Con una señal de cabeza, una de las chicas abrió una botella de agua con gas y la vació lentamente sobre mi cabeza.
El agua fría me recorrió el pelo y la espalda, un shock helado que me dejó sin aliento.
La otra chica tomó mi plato de ensalada de pollo y, con una sonrisa cruel, lo volcó sobre mi regazo.
Pero no se detuvo ahí.
Con la mano, restregó las verduras y el aderezo aceitoso contra la tela de mi falda.
—Para que aprendas a no manchar la ropa de otros —dijo, su voz llena de veneno.
La humillación era total.
Agua goteando de mi pelo, café seco en mi pecho, y ahora comida restregada en mi falda.
Las risas a mi alrededor se multiplicaban.
Alguien gritó “¡Foto, foto!” y varios teléfonos se levantaron.
Conversaciones se detenían solo para observar el espectáculo.
Yo era el entretenimiento del almuerzo.
El circo del día.
El murmullo crecía como una ola, alimentándose de mi vergüenza.
Y entonces, en medio de ese caos de crueldad, los vi.
Al otro lado de la cafetería, entrando por la puerta principal, estaban Vhy y Jhin.
Mi corazón dio un salto involuntario.
Un salto estúpido, irracional, desesperado.
Ellos.
A pesar de todo —del café derramado, de los insultos, de mi propia rabia— una parte primitiva de mí se aferró a ellos como si fueran salvavidas en medio del océano.
Porque ellos sabían.
Ellos entendían lo que era esto.
Vivían en este mundo de apariencias y crueldad, pero también conocían el otro lado.
¿Verdad?
Nuestras miradas se cruzaron.
Yo, en aquel suelo húmedo, con comida en el regazo y agua goteando de mi cabello, solo buscaba desesperadamente que me vieran.
Que me entendieran.
Y si podían…
que me ayudaran.
Vhy me vio primero.
Sus ojos se posaron en mí, recorrieron la escena: Mary y sus secuaces, el agua, la comida, las risas.
Su rostro no mostró ninguna emoción.
Ni sorpresa.
Ni disgusto.
Ni siquiera curiosidad.
Solo…
nada.
Su expresión era de una fría e impenetrable indiferencia, como si yo fuera una mancha en la pared.
Algo desagradable pero insignificante.
Aunque, por un instante, apenas perceptible, sus labios temblaron.
¿Disgusto?
¿Incomodidad?
No lo sé.
Porque en el siguiente segundo, apartó la vista.
Simplemente me borró de su campo visual.
Mi corazón se detuvo, sintiendo su total indiferencia como una estaca en el corazón.
—No.
Está bien.
Él nunca se detendría por mí…
Pero entonces miré a Jhin.
Jhin, que me había ofrecido su chaqueta.
Jhin, con su perfume caro y su anillo de perla amatista y esos ojos de obsidiana que, por un momento, habían parecido genuinos.
Él también me vio.
Y su máscara se rompió.
Vi el shock atravesar su rostro como un relámpago.
Vi cómo sus ojos se abrían, cómo su cuerpo entero se tensaba.
Vi el momento exacto en que comprendió lo que estaba pasando.
Y algo más: culpa.
Reconocimiento.
Como si supiera que esto, de alguna forma retorcida, estaba conectado con lo que había ocurrido entre nosotros.
Su pie derecho se movió hacia adelante.
Un paso.
Solo uno.
“Va a venir.
Va a ayudarme.” pensé, mientras se formaba una sonrisa en mis labios.
La esperanza floreció en mi pecho como una flor estúpida y frágil.
Porque ahora lo entendía.
Ahora, sentada en este suelo húmedo y humillante, lo comprendía todo con una claridad brutal: Jhin había querido ayudarme en la biblioteca.
No había sido piedad condescendiente.
Había sido…
real.
Genuino.
Él había visto a una persona en problemas y había extendido la mano.
Y yo se la había escupido.
“Pero me volverá a ayudar”, pensé con desesperación.
“Tiene que hacerlo.
Porque eso es lo que él hace.” Jhin dio otro medio paso.
Y entonces Vhy extendió la mano y la puso sobre su hombro.
El movimiento fue casual, casi perezoso.
Pero el efecto fue inmediato.
Jhin se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible.
Vhy se inclinó hacia él, susurrándole algo al oído.
No pude escuchar las palabras, pero vi cómo los hombros de Jhin se hundían.
Vi cómo su mandíbula se apretaba.
Vi cómo, lentamente, bajaba la cabeza.
Y luego, simplemente…
se fue.
Los dos se fueron.
Caminaron hacia el otro lado de la cafetería, hacia su mesa privada, donde las luces eran más suaves y el aire probablemente olía mejor.
Vhy no volvió a mirar atrás.
Jhin…
Jhin miró una vez, solo una, por encima de su hombro.
Nuestros ojos se encontraron por última vez.
Y yo vi mi propia condena reflejada en ellos.
“Me abandonaron.” La frase resonó en mi cabeza como una campana de muerte.
“Me abandonaron.” Y lo peor, lo absolutamente devastador, era que sabía que era mi culpa.
Yo lo había empujado lejos.
Yo le había gritado.
Yo lo había llamado mimado, niño rico, todo lo que mi orgullo herido había podido escupir.
Y cuando él me había mirado con esos ojos llenos de ira y decepción, yo había sentido una satisfacción enfermiza.
Ahora, esa satisfacción se había convertido en cenizas.
La carta.
El sobre con los logos de N7 y Amethyst seguía en mi mochila.
Podría devolvérselo.
Podría disculparme.
—Debería disculparme —confesé casi sin aire, mientras mi mente formaba una palabra clara y urgente: Discúlpame.
Pero incluso mientras la pensaba, sabía que no lo haría.
No podía.
Porque devolverle la carta sería admitir que había perdido.
Que ellos tenían razón.
Que yo no pertenecía aquí.
Y eso…
eso no podía hacerlo.
Así que me quedé allí, en ese limbo horrible entre el arrepentimiento y el orgullo, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía.
Una lágrima se formó en la esquina de mi ojo.
Una sola.
No era por ellos.
No era por Vhy con su indiferencia helada, ni siquiera por Jhin con su abandono cobarde.
Era por mí.
Por la chica estúpida que había tomado la decisión equivocada y ahora estaba pagando el precio.
Por la chica que se había convencido de que no necesitaba ayuda de nadie, solo para descubrir que sí, que desesperadamente sí la necesitaba.
La lágrima rodó por mi mejilla, mezclándose con el agua que ya empapaba mi rostro.
Nadie la vio.
El agua con gas me había dado esa pequeña misericordia.
Mary seguía hablando, diciendo algo sobre lecciones y respeto, pero sus palabras eran solo ruido estático.
Abrí la boca.
Un último intento desesperado, patético, de llamarlos.
De decir algo.
De hacer que volvieran.
Por favor…
Pero lo único que salió fue un sonido ahogado, estrangulado, apenas audible.
Mi garganta se había cerrado por completo, sellada por la vergüenza y el dolor.
Jhin desapareció de mi vista, tragado por el gentío y la luz suave de su mundo inalcanzable.
Y yo me quedé allí, rota.
—Ahora discúlpate, mugrosa —dijo Mary, mientras abría otra botella de agua.
El nudo en mi pecho se mantenía firme como el de un marinero.
—No lo…
no lo…
—las palabras apenas salían—.
¡No lo haré!
La sonrisa de Mary se ensanchó, más larga, más deforme.
—Entonces aún no aprendes la lección.
Levantó la botella sobre mi cabeza.
Y entonces, como si alguien hubiera presionado un botón de mute, la cafetería entera cayó en silencio.
Las risas se ahogaron a media carcajada.
Los teléfonos se bajaron.
Las conversaciones murieron en los labios de la gente.
Hasta Mary se congeló, con la botella suspendida en el aire.
El cambio fue tan abrupto, tan absoluto, que por un momento pensé que me había quedado sorda.
Pero no.
Era otra cosa.
Sentía el miedo de todos dirigido hacia una sola persona.
Una voz fría y cortante como el hielo atravesó el silencio.
—¿No tienen nada mejor que hacer?
No era una pregunta.
Era un insulto envuelto en sintaxis interrogativa.
Todos se giraron.
Apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión de absoluto aburrimiento, había un chico de uniforme azul.
Su pelo negro caía sobre sus ojos de un azul tan claro que parecían cristales.
Pero no era su belleza lo que silenciaba la sala.
Era su mirada.
Fría.
Tan fría que parecía succionar el calor del ambiente.
Sus ojos no me miraban a mí.
No miraban a su alrededor con curiosidad o interés.
Miraban directamente a Mary y a sus clones, y en esa mirada había un desprecio tan puro, tan absoluto, que casi se podía tocar.
En algún lugar del fondo, escuché un susurro emocionado: —Es Zen…
el príncipe de ojos de hielo.
Zen.
Así que ese era su nombre.
—Zen-oppa…
—susurró Mary, y de repente toda su actitud de matona se desvaneció como humo.
Su voz se volvió pequeña, nerviosa, casi infantil.
Zen ni siquiera la miró directamente.
Levantó una mano frente a su cara, como si bloqueara una luz molesta, y continuó caminando en mi dirección.
—Qué patético —declaró, su voz baja pero resonando con una autoridad que no necesitaba volumen.
No estaba defendiéndome.
Estaba despreciándolas a ellas—.
Parecen un grupo de chimpancés peleando por una banana.
Hizo una pausa.
Sus ojos azules finalmente se posaron en Mary, y ella literalmente retrocedió un paso.
—Su escándalo es vulgar y ruidoso —continuó, y cada palabra era una puñalada precisa—.
Molestan.
No había calidez en sus palabras.
No había heroísmo.
Solo un desdén tan frío que helaba.
Pero había algo más.
Algo que solo alguien observándolo con atención podría notar.
Su mandíbula se tensó, apenas un segundo.
Sus dedos, antes relajados, se apretaron brevemente antes de cruzar los brazos con aparente indiferencia.
Y cuando habló, aunque su voz mantenía ese tono helado, había una corriente subterránea de…
¿enojo?
No.
Algo más visceral.
Más protector.
—¡Pero, oppa, ella…!
—intentó justificarse una de las chicas.
—No me importa “ella” —la cortó Zen, y ahora su mirada se posó en mí.
Por un segundo.
Un solo segundo.
Y en ese segundo, vi algo que no debería haber estado allí.
Reconocimiento.
No el reconocimiento de “ah, la chica del escándalo”.
Sino algo más profundo.
Más viejo.
Pero desapareció tan rápido que pude haberlo imaginado.
—Me importa que su estupidez está arruinando mi almuerzo —terminó, volviendo su atención a Mary—.
Lárguense.
El “lárguense” fue dicho sin levantar la voz, pero tenía el peso de una orden real.
Mary y sus amigas se sonrojaron, una mezcla de vergüenza y emoción.
—¡Sí, oppa!
¡Lo sentimos, oppa!
—dijeron casi al unísono, haciendo una pequeña reverencia.
—¡Zen-oppa es tan genial!
—susurró una a la otra mientras se alejaban a toda prisa, completamente ajenas a la ironía de que el chico que las acababa de humillar era ahora su héroe.
Zen las ignoró.
Se acercó a mí, y por un momento pensé que simplemente pasaría de largo.
Pero no lo hizo.
Se agachó, poniéndose en cuclillas frente a mí.
Sus ojos de hielo me miraron directamente, y yo no pude apartar la vista.
Había algo hipnótico en esa frialdad.
—Y tú —dijo, su voz dirigida solo a mí—.
Deja de ser una víctima tan fácil.
Extendió la mano hacia mi cabello.
Instintivamente me encogí, pero él no se detuvo.
Con dedos sorprendentemente delicados, casi tiernos, quitó un pedazo de cilantro que se había enredado en mi pelo.
El contraste era brutal.
Sus palabras, frías y cortantes.
Sus acciones, cuidadosas y suaves.
Lo sostuvo entre sus dedos por un segundo, mirándolo como si fuera algo ligeramente interesante, y luego lo dejó caer al suelo.
—Cuídate, Sur.
La palabra me golpeó como un trueno.
Sur.
Por una fracción de segundo, su voz perdió ese filo.
Sonó casi…
nostálgico.
Familiar.
Como si hubiera dicho ese nombre mil veces antes, en un tiempo y lugar que yo no podía recordar.
Antes de que pudiera procesar, antes de que pudiera preguntar, Zen se puso de pie y se dio la vuelta, alejándose en la dirección opuesta con las manos en los bolsillos y esa aura de indiferencia helada intacta.
Me quedé allí, sola en mi isla de humillación, temblando no solo por el frío y la rabia, sino por la intensidad helada del chico que, sin quererlo —o tal vez queriéndolo más de lo que mostraba—, acababa de salvarme.
La cafetería volvió lentamente a la vida, murmullos susurrados llenando el vacío que Zen había dejado.
Pero yo no escuchaba nada de eso.
Solo podía repetir esa palabra en mi mente, una y otra vez.
Sur.
—¿Sur?
—susurré, sintiendo el peso extraño de ese sonido en mis labios—.
Alguien…
alguien me decía así —pero no podía recordar quién.
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