¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!! - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- ¡¡¡TE AMO, ESTÜPIDO IDOL!!!
- Capítulo 5 - 5 Capitulo 5 Una ayuda extranjera
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Capitulo 5: Una ayuda extranjera.
5: Capitulo 5: Una ayuda extranjera.
—¿Sur?
—susurré.
La palabra flotaba en el aire viciado de la cafetería, un eco extraño en medio del silencio que había dejado Zen.
Me quedé paralizada, con la imagen de un trozo de cilantro cayendo de sus dedos grabada en mi retina.
El mundo se había congelado ante su presencia.
Las miradas ya no eran solo de burla, ahora tenían una capa de confusión y asombro.
El Príncipe de Hielo, que nunca se involucraba con nadie, se había propuesto intervenir.
Pero el mundo de las ideas es de duración momentánea, ya que la humillación volvió con toda su fuerza.
Estaba empapada, cubierta de comida, y ahora era el centro de un nuevo tipo de espectáculo.
Tenía que salir de aquí.
Con un esfuerzo que me pareció sobrehumano, me levanté del suelo.
El sonido del agua en mis zapatos raspó el suelo, y mis tímpanos en el proceso.
Sin devolver la mirada a nadie, comencé a caminar hacia la salida.
Cada paso era una tortura, sentía los ojos de todos clavados en mi espalda, en mi pelo goteando, en la mancha de pasta de mi falda.
Terminé de nuevo en el mismo baño de antes, mi único santuario en este infierno de mármol.
Me encerré en el último cubículo, el más alejado de la puerta, y por fin, me derrumbé.
Me deslicé por la pared hasta sentarme en el suelo frío, abrazando mis rodillas.
Por un momento, solo respiré.
Inhalé.
Exhalé.
Intenté mantener el control.
Y entonces, como una presa que finalmente cede, me derrumbé.
Las lágrimas que había contenido con tanta fuerza finalmente brotaron, calientes y furiosas.
Lloré en silencio, con sollozos ahogados que sacudían todo mi cuerpo.
Mordí mi mano para no hacer ruido, los dientes presionando contra la piel hasta que dolió.
“Mamá.” El pensamiento llegó como un cuchillo.
La vi en mi mente, despidiéndome en la puerta.
Esas manos ásperas por el trabajo, limpiándose en el delantal.
Esos ojos brillando con lágrimas de orgullo que no dejaba caer.
“Mi niña en Hathor.” ¿Qué pensaría ahora?
¿Qué le diría?
“Mamá, no pude.
Me echaron agua.
Me restregaron comida.
Me miraron como si fuera basura porque nací en el lugar equivocado.” Un sollozo más fuerte se me escapó.
Podría irme.
Podría tomar el tren de vuelta, llegar a casa, decirles que Hathor no era para mí.
Ellos lo entenderían.
Papá pondría su mano en mi hombro y diría: “Hiciste tu mejor esfuerzo, eso es suficiente.” Mamá prepararía mi comida favorita y no haría preguntas.
Pero entonces…
¿qué?
Volvería a la misma vida.
Al mismo departamento pequeño.
A las mismas oportunidades limitadas.
Y mamá seguiría limpiando casas ajenas, y papá seguiría trabajando dobles turnos, y yo…
yo seguiría siendo la chica con talento que casi lo logró.
La ilusión se desvanecería.
Esa chispa en sus ojos cuando me vieron partir, esa esperanza de que su hija tendría algo mejor, algo más…
se apagaría.
Y nunca volvería.
Apreté mis rodillas con más fuerza contra mi pecho, sintiendo cómo el aire se me escapaba.
“Estoy sola aquí.” La verdad me golpeó con fuerza renovada.
No por ser becada.
No por ser pobre.
Sino por haber nacido en el lugar equivocado, con los padres equivocados, en la vida equivocada.
Nada de lo que hiciera cambiaría eso.
Podía ganar todos los concursos del mundo, podía tomar las fotos más perfectas, y seguiría siendo la chica que no pertenecía.
Los sollozos se intensificaron.
Ya no me importaba el ruido.
No sé cuánto tiempo pasó.
Tal vez cinco minutos.
Tal vez ocho.
El tiempo se había vuelto líquido, derramándose sin sentido.
Lentamente, muy lentamente, el llanto comenzó a calmarse.
Los sollozos se espaciaron.
La respiración se estabilizó.
Las lágrimas seguían cayendo, pero más suaves ahora, casi por inercia.
Me quedé allí, exhausta, vacía.
Solo quedó un frío.
Un vacío helado que llenó el espacio donde antes había estado el dolor.
—¿Cómo lo lograré…?
—musitaron mis labios con un sonido casi inexistente.
Estaba intentando encontrar la fuerza para levantarme cuando escuché el sonido de la puerta del baño abrirse, seguido de unos pasos ligeros.
Contuve la respiración.
¿Mary había vuelto?
Con cada resonar de su tacón mis brazos se apretaban con más fuerza contra mis rodillas, aplastando mi pecho.
Los pasos se detuvieron justo frente a mi cubículo.
Esperé el insulto, la burla.
Pero en su lugar, escuché una voz clara y tranquila, con un acento marcado que arrastraba las erres y endurecía las consonantes.
Era un acento alemán.
—¿Estás bien ahí dentro?
Puedo escucharte respirar, sabes.
La voz era desconocida.
No era Mary ni una de sus copias.
—Vete —respondí con voz ronca, la garganta dolorida por el llanto.
Hubo una pausa.
Esperaba que se fuera, pero en lugar de eso, escuché un suave ruido, como de tela.
—Mira, sé que no me conoces, pero vi lo que pasó.
Fue asqueroso —declaró, el acento extranjero dándole un tono cortante a sus palabras—.
No puedes quedarte ahí para siempre.
Y definitivamente no puedes volver a clase así.
De repente, un conjunto de ropa doblada apareció por encima de la puerta del cubículo, sostenido por una mano con las uñas pintadas de un elegante color burdeos.
—Ten.
Es un repuesto.
Debería quedarte bien —continuó, mientras golpeaba rítmicamente la puerta con el dedo índice, un tap-tap-tap impaciente.
Me quedé mirando la ropa, atónita.
Era un uniforme de élite, limpio y perfecto.
¿Quién era esta persona?
¿Era otra trampa?
—¿Por qué?
—pregunté, mi voz apenas un susurro.
—¿Por qué, qué?
Tómalo, es un regalo —respondió la voz, con un tono que sonaba genuino.
Lentamente, me puse de pie y tomé la ropa.
La tela era suave y pesada, nada que ver con mi uniforme de segunda mano.
Olía a lavanda y a algún detergente caro que no reconocí.
—Ábreme —dijo la voz, con un toque de impaciencia—.
No voy a morderte.
Bueno, a menos que me lo pidas.
Una pequeña risa ahogada se me escapó de mis labios.
Era tan absurdo que me hizo sentir un poco mejor.
Con dedos temblorosos, deslicé el cerrojo y abrí la puerta.
Apoyada contra la pared de enfrente estaba la dueña de la voz.
Era la chica de corte de lobo.
Sus ojos avellana me escanearon de arriba abajo, pero no con juicio, sino con una especie de evaluación práctica.
Llevaba el uniforme con chaqueta azul, pero en ella no parecía un disfraz de poder, sino simplemente ropa.
Una mochila de diseñador colgaba de un hombro con despreocupación, como si aquello no le importara.
Lo que más me llamó la atención fue cómo no dejaba de reordenar los objetos del lavabo —jabón, toallas de papel, incluso el pequeño jarrón decorativo— alineándolos perfectamente en ángulos rectos.
Lo hacía casi inconscientemente, mientras hablaba.
—Mucho mejor —dijo, asintiendo—.
Mucho gusto, Pariz Langner.
—Suri Kang —respondí, todavía sosteniendo el uniforme como si fuera un salvavidas.
—Lo sé.
Eres la comidilla de la escuela ahora mismo —mencionó con una sonrisa, aunque en su rostro la sonrisa se deshizo como si hubiera reflexionado sus palabras—.
¡Perdón, no era mi intención decirlo así!
Era extraña, parece una persona ordenada aunque algo torpe.
Una risa se formó en mis labios, pintando mi rostro.
—¿Y cómo me conocen?
Mi reacción pareció relajarla.
—Como la becada que se enfrentó a NEON7 y sobrevivió al ataque de las arpías.
Si lo piensas suena con potencial de K-drama.
Antes de que pudiera responder, la puerta del baño se abrió de golpe.
Ambas nos tensamos.
Pariz se movió rápidamente, colocándose entre la puerta y yo, como un escudo.
Pero solo era una chica con uniforme rojo, al vernos, murmuró una disculpa y salió apresurada.
—¡Cobarde!
—reclamó Pariz agitando la mano desordenadamente, volviendo a su posición—.
Probablemente una de las espías de Mary.
Examiné el uniforme con cautela, buscando alguna trampa oculta.
Lo olí, lo sacudí, incluso revisé las costuras.
—¿Qué haces?
—preguntó Pariz, levantando una ceja.
—Verificando que no tenga polvo pica-pica o algo peor —respondí honestamente.
Pariz soltó una carcajada, un sonido sorprendentemente cálido que contrastaba con su apariencia fría y dominante.
—Eres lista.
Me gusta eso.
Pero no, no soy como ellas.
No desperdicio mi dinero en estupideces mezquinas —con su mano hizo un movimiento de dedos, indicando que me acercase.
Colocó su mano en mis hombros, hablándome directo al oído—.
¿No crees que sería más eficiente tirártelo por arriba de los baños?
Así ni siquiera me verías.
—¿¡Qué!?
—dije, viendo como ella comenzó a reír a carcajadas.
—Es una broma; aquí no todos queremos mostrar superioridad —sus carcajadas continuaron hasta llegar a mí.
Su risa era contagiosa.
Con solo oírla te invitaba a reír con ella.
Me cambié allí mismo, en el cubículo, dándole la espalda.
El uniforme se deslizó sobre mi piel como una caricia, tan diferente de la aspereza a la que estaba acostumbrada.
La tela tenía peso.
Calidad.
Presencia.
—¿Te queda bien?
¿No tienes alguna molestia?
—preguntó Pariz desde afuera.
Salí del cubículo y me acerqué al espejo.
Y me detuve.
La chica que me devolvió la mirada no era yo.
O tal vez sí lo era, pero una versión que nunca había visto.
El uniforme se ajustaba perfectamente, las costuras limpias, la tela impecable cayendo con peso elegante sobre mis hombros.
No había etiqueta raspándome el cuello.
No había mancha de café.
No había rastro de la chica que había entrado llorando.
Por un segundo —solo un segundo— me sentí como una diosa.
“Así se sienten ellos siempre”, pensé, tocando la tela con reverencia.
“Esto es lo que significa pertenecer.
Esto es lo que significa tener poder.” La transformación era casi mágica.
Como si el uniforme me hubiera dado no solo una segunda piel, sino una segunda identidad.
Pero entonces mis ojos se encontraron con los míos en el reflejo.
Rojos.
Hinchados.
Derrotados.
La ilusión se rompió como cristal.
El uniforme era hermoso.
Pero yo seguía siendo la misma chica debajo de él.
La que había llorado en el suelo.
La que no pertenecía.
La armadura era prestada, y tarde o temprano tendría que devolverla.
—A decir verdad, siento el pecho algo apretado, pero estoy acostumbrada —dije, desviando la mirada del espejo antes de que Pariz notara el brillo de lágrimas nuevas amenazando con caer.
—Pues es mi uniforme de repuesto, pero si te molesta, lo puedo arreglar —de la nada sacó hilo y una aguja de su mochila—.
Solo dame un minuto.
Al terminar de coser, noté cómo mi cuerpo se relajaba ligeramente.
Era como si el uniforme nuevo me hubiera dado una pequeña dosis de confianza, un escudo contra las miradas.
—Gracias —dije, ajustándome el uniforme—.
De verdad.
—De nada —respondió ella, con una sonrisa genuina, mientras guardaba con precisión el manojo de hilo y la aguja en un estuche transparente de plástico—.
Ahora, ¿qué hacemos con esto?
Señaló el montón arrugado y sucio de mi antiguo uniforme.
Lo recogí con la punta de los dedos, metiéndolo en la bolsa de plástico, al abrir mi mochila que por suerte se salvó de la masacre.
Mis dedos rozaron el sobre de papel grueso que había escondido antes.
Pariz, con sus ojos de halcón, lo notó.
—Oye, ¿y eso?
Parece importante.
Saqué el sobre, el logo “N7” brillando bajo las luces del baño.
La cara de Pariz cambió por completo.
Sus ojos se abrieron como platos, y se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro conspirador.
—No puede ser.
Suri…
¿sabes lo que tienes en tus manos?
—Es…
de NEON7, ¿verdad?
—pregunté, insegura.
Pariz negó con la cabeza, su cabello de lobo moviéndose perfectamente.
—No es solo de NEON7.
Es un sobre de Amethyst.
Y tiene el sello privado —señaló una pequeña marca en la esquina que no había notado antes—.
Eso significa que es correspondencia interna, de un miembro o de la directiva.
Altamente confidencial —me miró con una mezcla de asombro y preocupación—.
¿Dónde lo conseguiste?
—Se le cayó a Jhin cuando…
bueno, en el desastre del café.
Pariz silbó por lo bajo, un sonido agudo que resonó en las paredes del baño.
—Tienes suerte de seguir viva —dijo, solo medio en broma—.
NEON7 no son solo estudiantes aquí, son prácticamente la realeza.
Tienen su propio edificio, sus propios horarios, sus propios privilegios.
Nadie los toca, nadie los contradice.
Comenzó a reordenar nerviosamente las toallas de papel, alineándolas con precisión milimétrica.
—¿Y por qué alguien con ese poder me ayudaría?
—Zen…
bueno Zen es el más intocable de todos.
El hecho de que interviniera por ti es a lo poco inaudito.
—¿Por qué lo haría?
—pregunté, genuinamente confundida.
Pariz se encogió de hombros.
—Quién sabe.
Zen es…
diferente.
Fue el último NEON en entrar al grupo.
Los rumores dicen que no siempre tuvo tan gran estatus.
Tal vez se vio identificado contigo, pero es raro; hubo muchos otros becados en tu situación que no corrieron la misma suerte.
Me miró con curiosidad renovada.
—Debe haber visto algo en ti.
Un silencio cayó entre nosotras, pesado con preguntas sin respuesta.
Finalmente, Pariz lo rompió con una risa corta.
—Sabes, eres la primera persona en años que no me pregunta por qué hablo “así” o de dónde vengo —dijo, imitando un tono burlón en la palabra “así”.
—Oh, lo siento, yo…
—No, no —me interrumpió, con una sonrisa genuina—.
Es refrescante.
La mayoría aquí solo ve mi acento y mi apellido y piensa en la prima rara de Mary que prefiere hacer mil grullas de origami a ir a fiestas.
Así que eran primas.
Eso explicaba algunas cosas.
—¿Mary es tu prima?
—pregunté, incapaz de contenerme.
Pariz hizo una mueca, como si hubiera mordido algo amargo.
—Desafortunadamente.
La favorita de la familia, la perfecta heredera.
Yo soy la oveja negra que prefiere aprender costura a ser una buena esposa de un magnate.
Soltó una risa seca, pero pude ver el dolor detrás de ella.
—En fin —continuó, cambiando abruptamente de tema—.
Ese sobre.
Deberías deshacerte de él.
—¿Qué?
¿Por qué?
—Porque si alguien descubre que lo tienes, estarás en problemas.
Grandes problemas.
Ese tipo de correspondencia…
podría contener contratos, información confidencial, cualquier cosa.
Y si Jhin se da cuenta de que lo perdió…
Dejó la frase en el aire, pero su expresión lo decía todo.
—Pero…
—comencé, sin saber exactamente qué quería decir.
—Mira —dijo Pariz, su voz suavizándose—.
No sé qué planeas hacer con ese sobre, pero sea lo que sea, ten cuidado.
NEON7 tiene ojos y oídos en todas partes.
Miró su reloj, un modelo discreto pero obviamente caro.
—Tenemos que volver a clase.
¿Estás lista?
No lo estaba, pero asentí de todos modos.
Mientras guardaba el sobre de nuevo en mi mochila, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
¿En qué me estaba metiendo?
Pariz me esperaba en la puerta, su postura perfectamente erguida, como una bailarina de ballet.
Cuando llegué a su lado, me ofreció una sonrisa torcida.
—Por cierto —dijo, con un brillo travieso en sus ojos—.
Si alguien pregunta, ese uniforme es tuyo y siempre lo ha sido.
Será nuestro pequeño secreto.
Y sobre la chaqueta; ve a dirección, te darán un repuesto.
Y con eso, empujó la puerta y salimos juntas al pasillo, dos figuras solitarias contra el mundo brillante y cruel de Hathor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com