3 Alfas: Predestinada a uno, Burlada por uno, pero Compañera de uno - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 El regalo de Karl
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31: Capítulo 31: El regalo de Karl 31: Capítulo 31: El regalo de Karl Puse los ojos en blanco para mis adentros cuando Karl entró en la habitación del hospital.
«Este tipo nunca me da tregua», pensé, pero por fuera sonreí como si me alegrara de verlo.
No eran los únicos que podían ser hipócritas.
¿Acaso no me sonreían a la cara y se burlaban a mis espaldas de lo asquerosa que era?
Entonces yo podía hacerles lo mismo.
—Hola, Val —me saludó Karl con una sonrisa, acercándose a mi cama.
Se me revolvió el estómago y casi vomito con solo mirar esa cara hipócrita.
Sin embargo, me contuve.
Todavía lo necesitaba.
Si iba a quedarme en la manada un día más, necesitaba a Karl para ese día.
Antes de que Karl llegara a la manada hace tres años y fingiera hacerse mi amigo, me enfrentaba a torturas peores de las que sufría ahora.
Recibía palizas a diario como si fueran una dosis de medicina.
Cualquiera de la manada, incluso los omegas, podían patearme al pasar sin motivo alguno y nadie decía nada.
Fue solo después de que Karl se acercara a mí que aquellos lobos de estatus inferior no se atrevieron a tocarme de nuevo.
El tormento continuó por parte de aquellos con algo de poder, como Innocent y su séquito, Mike, el futuro alfa, y otros que tenían cierta posición en la manada.
Además, como esta gente le guardaba las apariencias a Karl, también suavizaron el tormento y visitaba la mazmorra menos veces cada mes.
La mayor parte del tiempo, solo me abofeteaban y pateaban mientras hacía mis tareas.
—Hola, Karl.
¿Cómo estás?
—respondí con una sonrisa perfecta, igual que antes.
—Yo debería preguntarte eso.
¿Cómo estás?
—preguntó Karl mientras me recorría con la mirada.
Por suerte, estaba cubierta con una manta; de lo contrario, no habría podido ocultar el asco que sentía.
Desde que oí aquella conversación entre Karl y Mike, siempre pienso que están buscando la manera de acostarse conmigo, y que uno de ellos me mire como si estuviera evaluando mercancía me hacía sentir incómoda.
Sin embargo, no podía demostrarlo.
—Estoy mejor que antes.
El doc dijo que debería quedarme en cama unos días para recuperarme mejor.
Solo me preocupa meterme en problemas por no hacer mis tareas en la casa de la manada —me lamenté.
Por supuesto, no me preocupaba eso, pero no podía negar que, con la forma en que el alfa y los demás le encontraban pegas a todo lo que hacía y usaban diversas excusas para castigarme, eran capaces de acusarme de perezosa y de no hacer mi trabajo mientras me recuperaba.
—No te preocupes por eso.
Yo me encargo —me aseguró Karl, y le dediqué una sonrisa radiante.
—Gracias, Karl.
—No hay por qué dar las gracias.
Somos amigos.
Por cierto, imaginé que te aburrirías aquí tumbada sin hacer nada, así que te he traído un portátil.
Recuerdo que te enseñé a usarlo.
Puedes usarlo para pasar el rato.
No necesitas devolverlo cuando salgas del hospital.
Considéralo un regalo de disculpa por no haber podido protegerte bien esta vez.
Karl de verdad se estaba dando muchos aires.
¿Quién se creía que era para autoproclamarse mi protector?
Pero el portátil era un regalo bienvenido.
Llevaba mucho tiempo interesada en los ordenadores y, cuando Karl me enseñó cosas sobre negocios e informática, le pedí que me consiguiera libros sobre ciencias de la computación.
Aunque solo podía leerlos a la luz de las velas por la noche cuando terminaba mis tareas, he leído un buen número de esos libros.
La cosa es que Karl siempre pensó que coleccionar libros solo me hacía sentir más humana.
Nunca creyó que de verdad los leyera o los entendiera.
Como había aprendido desde joven a mantener un perfil bajo y no llamar la atención, ni siquiera de Karl, a quien consideraba un amigo, nunca le hice saber que entendía esos libros.
De hecho, simplemente le dejé pensar que los coleccionaba por diversión.
De esta manera, me compró libros aún más avanzados para hacerme sentir mejor.
Sin embargo, esto solo amplió mi reserva de conocimientos.
Por desgracia, todo lo que sabía eran conocimientos teóricos y no había tenido la oportunidad de hacer nada práctico.
Ahora que alguien me había traído la herramienta que necesitaba para mis prácticas, ¿cómo no iba a estar feliz?
—Gracias, Karl, no tienes ni idea de cómo me siento al estar así, ociosa en la cama.
—Vale, el portátil está conectado a un servidor de internet privado, así que puedes usar internet como te enseñé en cualquier momento sin preocuparte —me recordó Karl, y por segunda vez desde que entró, volví a poner los ojos en blanco para mis adentros.
¿Cuántas medallas más necesitaba colgarse?
Tenía que seguir recordándome que fue él quien me enseñó, pero no tenía ni idea de que, antes de que ejecutaran a mi padre, yo ya usaba su ordenador para jugar y hacer tests en línea.
Lo que pasó fue que, cuando Karl mostró interés en ser mi amigo, no quise espantarlo, así que fingí no saber nada y dejé que me enseñara.
Y, sin embargo, ahora se comportaba como si fuera mi salvador supremo.
Qué irónico, teniendo en cuenta sus planes para mí.
Pero aun así agradecía la conexión a internet.
De lo contrario, no habría podido hacer nada útil ni siquiera con el portátil.
—Gracias por planearlo todo para mí —le dije a Karl antes de que se levantara.
—No hay de qué.
Tengo que irme ya.
Volveré a verte más tarde.
Como siempre, me frotó la cabeza y se marchó.
Durante todo el tiempo que Karl estuvo allí, Anita y su amiga permanecieron sentadas en el sofá en silencio.
Sin embargo, él se comportó como si no las hubiera visto.
Tenía una actitud altiva y soberbia, como si estuviera fuera del alcance de la gente común.
Lo habría admirado si no supiera que su carácter estaba podrido hasta la médula.
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