3 Alfas suplican por los trillizos que nunca quisieron - Capítulo 52
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52: Capítulo 52: Propagándose como veneno 52: Capítulo 52: Propagándose como veneno POV de Bella
Todo el viaje de vuelta fue una tortura.
No dejaban de temblarme las manos mientras me aferraba al teléfono, desesperada por ver a mis hijos de nuevo.
Pero bajo ese pánico maternal, otro miedo me carcomía: la inevitable tormenta de cotilleos que se desataría por lo que acababa de pasar.
Su peso me oprimía el pecho como una piedra.
Cuando llegamos a la suite, ver a los guerreros armados apostados fuera me trajo un breve momento de alivio.
Mis bebés estaban protegidos.
Eso tenía que significar algo.
Prácticamente entré corriendo por la puerta principal, y al instante vi a Hugo caminando de un lado a otro sobre la alfombra.
Se movía como un animal enjaulado, con su habitual compostura completamente hecha añicos.
Decir que estaba ansioso no era suficiente.
El hombre parecía a punto de estallar.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, se quedó petrificado.
Su mirada se clavó en la mía con una intensidad que hizo que se me encogiera el estómago.
Casi podía ver las preguntas ardiendo tras sus ojos.
Era obvio que había visto la retransmisión en directo o los clips que ya circulaban por internet.
Sabía cómo funcionaban estas cosas: una vez que algo llegaba a internet, se extendía como la pólvora.
Sin decir palabra, pasé a su lado y corrí hacia la habitación de mis hijos.
En el momento en que entré, mi corazón por fin empezó a calmarse.
Allí estaban: mis tres pequeños milagros, completamente absortos en sus creaciones de Lego.
—¡Mami, mira lo que he hecho!
—canturreó Leah desde su cama, mostrando un elaborado castillo con evidente orgullo.
Los platos vacíos esparcidos por la habitación me indicaron que Hugo los había alimentado bien.
Me senté junto a Leah y atraje su pequeño cuerpo contra el mío, inspirando su aroma familiar.
Un suspiro tembloroso se me escapó antes de que pudiera evitarlo.
El terror de haber estado a punto de perderlos me golpeó de nuevo, haciendo que me ardieran los ojos con lágrimas no derramadas.
—Mami, ¿por qué estás triste?
—preguntó Leah, y su voz inocente me partió el alma.
Me aparté lo justo para enmarcar su cara con mis manos y le di un suave beso en la frente.
—¡Eh!
¡Eso no es justo!
¿Por qué la abrazas a ella primero?
—protestó la voz indignada de Tara desde el otro lado de la habitación, donde estaba sentada con los brazos cruzados y un puchero dramático.
A pesar de todo, una risa brotó de mi pecho.
Abrí los brazos de par en par, llamándola con un movimiento de dedos.
Vino corriendo de inmediato, y Zack se nos unió en silencio, subiéndose a mi regazo mientras sus hermanas se acomodaban a cada lado.
—¿Cómo se sienten mis bebés?
¿Están mejor?
—pregunté, estudiando sus caras con atención.
—¡Estamos genial, Mami!
El Tío Hugo fue muy divertido.
¡Nos preparó comida y nos contó las historias más geniales de monstruos y dragones!
—dijo Leah con entusiasmo, con los ojos brillantes de emoción.
Tara asintió con entusiasmo, pero me di cuenta del silencio de Zack.
Mi hijo menor siempre había sido el más perspicaz.
—¿Y tú, cariño?
¿También te divertiste con el Tío Hugo?
—pregunté, acariciándole el pelo con suavidad.
—Supongo…, pero es un tío un poco raro —murmuró Zack, con el ceño fruncido por la confusión.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Raro cómo?
¿Hizo algo que te hiciera sentir incómodo?
—Bueno, se enfadó mucho de repente —explicó Zack en voz baja—.
Nos dijo que siguiéramos jugando y luego salió corriendo.
Lo vi por la rendija de la puerta: hacía ruidos de enfado y se golpeaba la mano.
Lo comprendí al instante.
Hugo debía de haber visto la retransmisión.
Pero su reacción seguía desconcertándome.
¿Por qué le importaba tanto?
No estábamos juntos.
Nunca habíamos sido más que amigos.
Si el vínculo de pareja estaba causando estos celos, eso se podía solucionar.
No tenía por qué complicarlo todo.
—A veces los adultos se preocupan por cosas que no tienen nada que ver con la gente que los rodea —expliqué con suavidad—.
No significa que el Tío Hugo sea raro, solo está lidiando con problemas de adultos que son difíciles de entender.
Quería que Zack viera a Hugo con justicia.
A pesar de todo, todavía recordaba al hombre que conocí: alguien que sentía todo profundamente, a veces demasiado.
—Bueno, sigan construyendo ustedes tres.
Vuelvo enseguida, ¿de acuerdo?
—besé la cabeza de cada uno antes de levantarme.
En cuanto entré en el salón, la temperatura pareció bajar diez grados.
Hugo y Derek estaban uno frente al otro como fuerzas opuestas, con el aire entre ellos crepitando con una hostilidad apenas contenida.
—¿Quieres explicar qué demonios fue eso?
—la voz de Hugo cortó el silencio como una cuchilla.
Derek se enderezó, con la mandíbula apretada en un gesto de desafío.
—No tengo ni idea de a qué te refieres.
Pensé que nos darías las gracias por traer a los niños a casa sanos y salvos.
No podía creer que Derek se hiciera el tonto.
Hasta yo sabía exactamente por qué Hugo estaba furioso.
—No insultes mi inteligencia —gruñó Hugo—.
Hay unas imágenes circulando que plantean serias dudas.
Se me heló la sangre.
Así que de verdad había clips difundiéndose.
—Ella estaba enferma.
La ayudé.
Luego me puse enfermo yo, y ella me devolvió el favor.
Fin de la historia —respondió Derek, con un tono exasperantemente informal.
Pero sabía que esa explicación no sería suficiente.
No cuando las imágenes mostraban lo que mostraban.
—¿Metiéndole la lengua hasta la garganta?
—la voz de Hugo se elevó casi hasta ser un grito.
Jadeé de forma audible, atrayendo la atención de ambos.
La mirada ardiente de Hugo se desvió de Derek a mí, con las manos apretadas a los costados.
—Tu mujer me ha estado acribillando el teléfono —continuó, con la voz chorreando asco—.
Primero, la gente los ve a los dos solos en un dormitorio, sentados en la misma cama.
Luego te ven besarla.
Y, por último, se dan cuenta de que ella lleva tu camisa en lugar de su propia ropa.
Así que dime, Derek…, ¿qué pasó exactamente con la ropa de Bella?
Cada palabra se sintió como un golpe físico.
Por la forma en que expuso las pruebas, pude ver lo condenatorio que parecía todo.
Busqué a tientas mi teléfono y lo encendí con manos temblorosas.
Ambos hombres guardaron silencio mientras yo revisaba los clips virales que ya se extendían como veneno.
Las imágenes eran devastadoras.
Un vídeo nítido del momento en que los labios de Derek tocaron los míos.
Duró quizá tres segundos, pero fue más que suficiente para que el mundo sacara sus propias conclusiones.
Y esas conclusiones eran completamente erróneas.
Pero como nadie sabía nada sobre el ardor del vínculo de pareja que había enloquecido a nuestros lobos, ninguna otra explicación los satisfaría.
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