3 dias para morir - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 El Contador de Diez Segundos
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1: Capítulo 1: El Contador de Diez Segundos 1: Capítulo 1: El Contador de Diez Segundos Anya conocía el miedo, pero el miedo no la conocía a ella.
Era una sombra tranquila, una chica de café y libros que se sentaba siempre cerca de la ventana, pero nunca mirando directamente hacia la calle.
Su piel morena, cálida como el café que bebía, y su cabello castaño caían como un escudo.
Tenía veinticinco años y había aprendido una verdad incómoda: la gente era un reloj de arena, y si mirabas el tiempo suficiente, podías ver cuándo se agotaría la arena.
Diez segundos.
Ese era su límite, su maldición, su particular habilidad que la había convertido en una ermitaña social.
Si mantenía contacto visual directo con una persona por diez segundos exactos, su mente se abría a una pequeña, brutal y no solicitada ventana al futuro: los siguientes tres días de esa persona.
Por eso, Anya no miraba.
En el mostrador, sus ojos estaban en los menús; al pagar, en las manos.
En una conversación, en los hombros, el cuello, la pared.
En los últimos años, había visto futuros horribles: traiciones a sangre fría, despidos devastadores, y una vez, la cara de un amable anciano justo antes de un infarto.
Se había prometido a sí misma no volver a mirar, no intentar manipular el destino.
Hoy, la paz de su rincón en la cafetería se rompió.
—Disculpa, ¿tienes hora?
Mi teléfono murió.
La voz era profunda y suave, como el terciopelo que forraba el interior de una caja de joyas.
Anya levantó la vista solo lo suficiente para ver unos zapatos impecablemente limpios y unos vaqueros.
Su corazón dio un vuelco.
Era una pregunta inofensiva, pero sentirlo tan cerca era casi un ataque a su sistema.
—Sí, son las cuatro y cuarto —respondió, sin levantar la cabeza más allá de su taza.
Su voz era apenas un murmullo.
—Gracias.
Por cierto, soy Gabriel.
Anya sintió que él se sentaba en la silla frente a ella sin pedir permiso.
Se atrevió a alzar un poco más la mirada.
Sus ojos oscuros, casi negros, eran profundos y curiosos, enmarcados por un cabello castaño ligeramente despeinado.
Piel trigueña, con una sonrisa que la hacía sentir estúpidamente normal.
Él no se inmutó por su timidez.
—¿Estás leyendo algo interesante o eres de las que usan el libro como excusa para evitar hablar con extraños?
Una pequeña risa escapó de Anya, un sonido que casi había olvidado cómo hacer.
—Quizás un poco de ambas.
Es un libro sobre botánica.
—Botánica, ¿eh?
Fascinante.
Yo estoy en el negocio de… evitar que el césped se muera.
Soy paisajista —Gabriel se rió, y Anya se dio cuenta de que no había forma de alejarlo de manera educada.
Por un momento, se permitió un respiro.
Él era tan naturalmente amable que sus defensas cayeron.
Hablaron de banalidades: el clima de la ciudad, la peor película que habían visto, por qué el café de esa tienda era superior al de la competencia.
Anya notó cómo él gesticulaba con las manos, y cómo el sol resaltaba pequeños destellos dorados en su cabello.
Pasó media hora volando.
Gabriel era divertido, inteligente, y por primera vez en años, Anya no se sentía como una anomalía.
Se sintió… conectada.
—Ha sido la mejor media hora de mi semana —dijo Gabriel, levantándose con una expresión de arrepentimiento—.
Pero tengo una reunión que no puedo evitar.
Anya sintió una punzada de tristeza.
La conexión se iba.
—Lo entiendo.
—Dame tu número.
Lo siento si soy demasiado directo, pero no quiero que te conviertas en un recuerdo borroso de una chica guapísima que leía sobre flores.
El coqueteo era sencillo, real.
Ella tomó su móvil y asintió, su corazón acelerado no por el pánico, sino por algo más cálido.
—Dame tu teléfono.
Mientras él lo desbloqueaba y se lo entregaba, sus manos se rozaron.
Fue como si un interruptor se hubiera activado.
Sus ojos se encontraron.
Anya no tuvo tiempo de reaccionar.
Por primera vez en una conversación, no miró la pared, ni su nariz, ni sus labios.
Lo miró a los ojos.
Un segundo.
Dos segundos.
Los ojos de Gabriel eran un pozo, y por un instante, se perdió en la calidez que emanaban.
Era la mirada más honesta, más penetrante que había recibido.
Ella se sintió fascinada, hipnotizada.
Todo lo que había aprendido, toda su disciplina, se desvaneció.
Cinco segundos.
Seis segundos.
Él sonrió, una sonrisa lenta y dulce.
El mundo exterior se apagó.
Nueve segundos.
Diez segundos.
¡No!
Demasiado tarde.
El chasquido fue instantáneo y brutal.
Su visión se inundó.
No eran solo imágenes borrosas.
Era una película de terror.
Un reloj marcando la medianoche.
El sonido de neumáticos chirriando sobre asfalto mojado.
Luces de sirena rojas y azules bailando sobre una placa de metal retorcida.
Un olor corrosivo a gasolina y lluvia.
Y luego, el primer plano: la cara de Gabriel.
Su hermosa piel trigueña, manchada de sangre y pálida.
Sus ojos, antes llenos de vida, ahora vacíos.
Murió.
Gabriel morirá en tres días.
Anya parpadeó, volviendo a la cafetería.
La sonrisa de Gabriel seguía allí, genuina y ajena al destino que acababa de ver.
—¿Estás bien?
—preguntó él, preocupado.
Anya apenas pudo respirar.
Tres días.
Había pasado de una atracción inocente a una misión imposible en diez segundos.
—Sí… sí, claro.
Ya está.
Anya —dijo, devolviéndole el móvil.
—Anya.
Qué nombre tan bonito.
Te deje una llamada perdida para que tengas mi número.
Te llamo mañana —dijo Gabriel, dándole un último apretón de manos antes de desaparecer por la puerta.
Anya se quedó sola, temblando.
Había fallado en su regla.
Había visto el futuro.
Y lo peor de todo: por primera vez en su vida, sintió que no solo quería salvar una vida, sino mantener esa vida.
Tenía setenta y dos horas.
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