3 dias para morir - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 El Desvío Cancelado
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11: Capítulo 11: El Desvío Cancelado 11: Capítulo 11: El Desvío Cancelado Anya despertó en la mañana del Día 2 con una extraña sensación de triunfo.
Por primera vez en la historia de sus tres ciclos, sentía que tenía una ventaja real.
La muerte estaba programada para un atropello en una esquina específica del centro de la ciudad el Día 3, pero ella había asegurado un viaje de dos horas y media al sur.
Era simple, era seguro.
Se levantó con una ligereza que no había sentido desde su primer café con Gabriel.
Hoy se dedicaría a disfrutar de él, sabiendo que el peligro real estaba desactivado.
—Buenos días —dijo Gabriel, alcanzándola en la cocina.
La besó con una pasión suave—.
Hoy no tengo muchas reuniones.
¿Te parece si trabajamos juntos y planeamos nuestra escapada de mañana?
—Me parece perfecto —respondió Anya, sirviéndole un batido de verduras, fiel a su mentira de “dieta estricta”.
El Día 2 se desarrollaba con la normalidad que Anya siempre había anhelado.
Trabajaron codo a codo en los planos de paisajismo, se rieron de los errores de diseño y compartieron la intimidad silenciosa de una pareja establecida.
Al mediodía, el teléfono de Gabriel sonó.
Lo miró y su rostro se ensombreció de inmediato.
Era el señor Dubois, el cliente del condominio.
—Es una emergencia con el contrato —murmuró Gabriel, disculpándose y tomando la llamada en el balcón.
Anya sintió que el aire se le helaba en los pulmones.
Se acercó lo suficiente para escuchar, fingiendo organizar los planos.
—…¿Una cláusula de última hora?
Entiendo, señor Dubois…
No, no puedo firmarla sin mi abogado…
No, no, no puede esperar hasta el lunes.
El notario sale de la ciudad pasado mañana…
Gabriel colgó, con el rostro blanco de frustración y rabia.
—Maldita sea —dijo, golpeando la mesa suavemente—.
Dubois agregó una cláusula de confidencialidad de último momento.
No es importante, pero mi abogado tiene que revisarla.
El notario está libre mañana por la mañana, a las 10:00 a.m.
—¿Mañana?
—Anya sintió que el miedo la invadía, rompiendo la calma que tanto le había costado construir.
Mañana era el Día 3.
—Sí, mañana a las 10:00 a.m.
Y la oficina del notario está…
en la calle Madero, a dos cuadras de mi trabajo.
El destino se había movido.
Había cancelado el viaje de evasión y la había puesto de nuevo en el cuadrante de la muerte.
La hora no era exactamente el atropello (que sería un poco más tarde, a la hora de entrada de Gabriel), pero la ubicación era la misma: la zona de su trabajo.
—Pero ¿y nuestro viaje?
—preguntó Anya, fingiendo decepción.
—Lo siento, cariño.
No puedo arriesgar un contrato de millones por una excursión.
Lo posponemos.
Pero el lado bueno es que me tienes aquí esta noche —dijo Gabriel, intentando animarla.
Anya asintió, pero su mente estaba en llamas.
El plan de dos días se había desmoronado.
La muerte seguía programada para el Día 3, en ese mismo vecindario.
Y lo peor, si Gabriel seguía con su “dieta saludable”, caminaría a la oficina del notario.
—Vale.
Es una pena.
Pero tienes razón, el trabajo es primero —dijo Anya, recuperando la compostura con un esfuerzo sobrehumano.
Tenía que controlar la conversación.
—¿Y cómo vas a ir?
—preguntó Anya.
—Tomaré un taxi, supongo.
Es un poco lejos para el coche, y ya me acostumbré a no conducir.
Además, el tráfico es horrible a esa hora.
Anya sintió un alivio fugaz.
El taxi.
El coche la salvaría.
—Excelente idea.
Y luego volvemos aquí y nos olvidamos del mundo, ¿verdad?
—Absolutamente.
El resto de la tarde fue un engaño.
Anya se esforzó por ser la amante perfecta, riendo y coqueteando con Gabriel.
Pero en su mente, solo planeaba.
Se permitió ver una posibilidad que no podía ignorar: si la cita con el notario se cancelaba o terminaba antes, Gabriel podría decidir caminar el resto del camino hacia su oficina, manteniéndose en el área de peligro por más tiempo.
La noche llegó.
Se entregaron a la pasión.
Anya se aferró a él, sus ojos cerrados, como en cada encuentro, Gabriel siempre pensó que Anya así lo disfrutaba más, no imaginaba que solo así pudiera hacerlo en paz, sabiendo que mirarlo inevitablemente rompe tregua con el destino.
A la medianoche, el reloj interno de Anya marcó el Día 3.
La hora de la verdad.
Anya se giró para mirar a Gabriel a los ojos, con la desesperación de quien juega su última carta.
Necesitaba saber si la muerte lo había salvado, si el taxi era suficiente.
Un segundo.
Dos segundos.
La calidez.
La conexión.
Ocho segundos.
Nueve segundos.
Diez segundos.
Nada.
No hubo chasquido.
No hubo visión.
Solo la cara de Gabriel, dormido plácidamente, y la oscuridad de la habitación.
Anya regresó a la realidad con un sudor frío.
El terror la paralizó.
La ausencia de la visión era la respuesta más aterradora.
El taxi no era suficiente.
El destino no se rendiría.
El reloj de Gabriel estaba marcando menos de veinticuatro horas, lo que significaba que el atropello, o lo que fuera, seguía programado para el Día 3.
Y esta vez, estaba ciega al cómo.
Solo le quedaban unas horas para diseñar el plan de rescate más complicado hasta ahora.
Tenía que evitar que saliera de esa casa, o que llegara a esa maldita esquina.
Y todo sin revelar que la muerte lo estaba esperando justo en esa esquina.
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