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3 dias para morir - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 El Último Desvío a Pie
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12: Capítulo 12: El Último Desvío a Pie 12: Capítulo 12: El Último Desvío a Pie Anya se despertó en el Día 3, con la convicción grabada a fuego en el pecho: hoy era el día en que Gabriel moriría en la acera, atropellado por un coche.

La ausencia de visión era su sentencia de muerte más clara.

Tenía que evitar la caminata.

Tenía que evitar esa esquina.

Gabriel se levantó alegremente, tarareando una canción.

—Buenos días, mi jefa de dieta.

Es un gran día para cerrar el trato con el notario.

Anya forzó una sonrisa, mientras su mente trabajaba a la velocidad de la luz.

Necesitaba una coartada perfecta para acompañarlo, ya que la oficina del notario no estaba en su ruta habitual.

Rápidamente, tomó su móvil.

Abrió la aplicación de mapas y ubicó la oficina de Gabriel, luego hizo zoom en los alrededores.

Bingo.

Una tienda naturista.

La excusa perfecta.

—Cariño, ¿te acuerdas de mi dieta?

—dijo Anya, entrando a la cocina donde él preparaba avena.

—Claro que sí.

La estamos cumpliendo a la perfección, gracias a ti.

—Exacto.

Y necesito tu ayuda hoy.

Hay una tienda naturista increíble cerca de la oficina del notario.

Tienen las semillas y los suplementos que necesito para terminar la semana.

¿Podrías hacerme el favor de llevarme?

No tardaré más de veinte minutos.

Gabriel la miró, entre divertido y resignado.

—Me estoy volviendo tu chófer y tu guardaespaldas dietético.

Pero vale, vamos.

Es la forma más rápida de volver aquí y seguir con el postre saludable que me prometiste para la cena.

Anya sintió una oleada de alivio.

Plan de desvío activado: ella iba con él.

Eso significaba que no iría solo, ni caminando.

Salieron en dirección al centro de la ciudad.

Era una mañana brillante, lo que hacía que la muerte se sintiera aún más injusta.

Se subieron a un taxi que Gabriel detuvo en la calle.

—Calle Madero, Notaria 43, por favor —indicó Gabriel al conductor.

El viaje comenzó tranquilo.

Anya se concentró en la conversación, riendo de los chistes de Gabriel, pero sus ojos estaban fijos en el reloj.

Las 9:40 a.m.

pasaron.

La hora del atropello se acercaba.

De repente, a unas pocas cuadras de la zona de su trabajo, el tráfico se detuvo por completo.

Las bocinas comenzaron a sonar.

Un coche de policía, con las luces apagadas, pero visiblemente chocado, bloqueaba la avenida.

—Maldita sea.

Un accidente —murmuró Gabriel, frustrado—.

Llego tarde a mi cita con el notario.

Anya se inclinó hacia la ventana.

La fila de coches era interminable.

El destino había intervenido de nuevo, haciendo que el taxi fuera inservible.

—No te preocupes, yo espero —dijo Anya, sintiendo que el pánico le secaba la boca.

Gabriel sacó su billetera.

—No puedo esperar.

Ya estamos cerca.

Gabriel pagó el taxi.

Anya.

Iremos a pie.

No falta mucho, gracias a ti, siento como si estuviera en forma.

Además, tú necesitas llegar a tu tienda.

El terror se apoderó de Anya.

No había visión, pero el destino había forzado la caminata fatal.

La muerte estaba a pie.

—No… no estoy segura —dijo Anya, intentando sonar dudosa—.

Parece lejos.

—Estamos a solo cinco minutos caminando, cariño.

No seas floja —dijo Gabriel, abriendo la puerta.

Anya no tuvo más opción que salir del taxi.

Discutir más o inventar una excusa dramática solo levantaría las sospechas de Gabriel, y la última cosa que necesitaba era que él la abandonara por extraña.

—Vale.

¡A caminar se ha dicho!

Pero vamos a paso lento, para disfrutar del paisaje —dijo Anya, tomando su brazo con una fuerza que él no notó.

Caminaron por la acera.

Anya se sentía como si estuviera caminando en un campo minado.

El miedo era total.

Su memoria era su única arma.

Recordaba la esquina del cruce.

Recordaba que Gabriel iba con una sonrisa.

Recordaba el color plateado del coche que se desvió.

—Mira, ahí está la oficina —dijo Gabriel, señalando el edificio a solo una cuadra.

Estaban a punto de llegar a la esquina.

La calle estaba llena de tráfico matutino, pero el cruce se veía despejado.

Gabriel sonrió, sacando su móvil para revisar un mensaje, distraído por la tecnología.

—¡Casi lo logramos!

Mi primer mini caminata.

Creo que deberíamos habernos bajado antes del taxi, esto es genial —dijo él, dando un paso adelante.

En ese instante, Anya vio el destello plateado.

Un sedán de lujo, ignorando un semáforo recién cambiado, tomó la curva a una velocidad imprudente.

No iba a atropellarlo directamente, sino que se desviaría por un pequeño golpe para subir a la acera, justo donde estaba Gabriel.

La visión fue como un flash fotográfico: el ángulo, el sonido de los neumáticos chirriando, el terror.

—¡NO!

—gritó Anya, y no fue un grito de advertencia, fue un grito de desesperación animal.

Ella usó toda la fuerza de su cuerpo.

Lo agarró por el brazo y tiró de él con una ferocidad que lo desequilibró.

Cayeron juntos sobre las jardineras de un edificio cercano, impactando contra la tierra y el seto.

Un segundo después, el sedán plateado pasó zumbando, subió momentáneamente a la acera y golpeó un poste de luz, a menos de un metro de donde acababan de caer.

Los gritos de la gente y el sonido del choque ahogaron todo.

Gabriel estaba jadeando, con los ojos muy abiertos.

—¡Anya!

¿Qué demonios…?

¡Casi nos mata!

—Lo sé.

Yo… yo vi la velocidad —mintió Anya, respirando con dificultad.

Su corazón latía a mil por hora, no por el ejercicio, sino por haber ganado por un segundo.

Se levantaron, sacudiéndose la tierra de la ropa.

Gabriel estaba molesto, pero vivo.

—¡Gracias a Dios!

Eres increíble, Anya.

Me salvaste, literal.

Por poco y nos mata.

Gabriel la tomó del rostro, sus ojos oscuros llenos de asombro y gratitud.

Un segundo.

Dos segundos.

La calidez de sus ojos era la única verdad.

Anya se preparó para ver el abismo, para el reinicio del reloj.

Ocho segundos.

Nueve segundos.

De repente, Gabriel rompió el contacto.

Su mirada se desvió hacia el coche estrellado.

—Bueno, ambos estamos bien.

Vaya forma de iniciar el día.

Hay que ayudar al conductor.

El hombre, que parecía confundido pero ileso, se apoyaba en el poste —Ok, pues claramente, después de una experiencia cercana a la muerte, la junta será muy fácil.

Vamos, Anya, la notaría está a la vista.

—Gabriel la tomó de la mano y caminaron los últimos metros.

—Acompáñame a la puerta.

Te veo justo después de que salgas de compras.

Anya asintió, su mente en un caos.

Había fallado en su misión de confirmar el futuro.

El reloj se había detenido y la muerte había sido desviada, pero no sabía si el ciclo se había reiniciado o si la sentencia aún pendía sobre él para las próximas horas.

Se despidió con un beso rápido, y comenzó a caminar rumbo a la tienda naturista.

Tenía que hacer compras innecesarias y, lo más importante, encontrar la forma de verlo a los ojos nuevamente antes de que terminara el día.

La incertidumbre era más aterradora que cualquier visión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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