3 dias para morir - Capítulo 13
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13: Capítulo 13: La Propuesta 13: Capítulo 13: La Propuesta Anya entró en la tienda naturista con la adrenalina todavía recorriendo su cuerpo.
Hoy era el Día 3, y aunque su ropa estaba manchada de tierra y su corazón latía por el susto, había ganado.
Había roto el atropello de la acera.
Mientras compraba semillas y tónicos que no necesitaba, una extraña calma la invadió.
La muerte siempre esperaba, pero ella siempre intervenía.
Gabriel estaba a salvo en la oficina del notario, lejos de los coches descontrolados, envuelto en la burocracia de los contratos.
Alrededor de las 12:30 p.m., su teléfono vibró con un mensaje de Gabriel.
Gabriel: Lo siento, cariño.
La junta se prolongará un poco.
El notario insiste en que vayamos a comer con el Sr.
Dubois.
Asuntos de clientes importantes.
Toma un taxi de vuelta a mi apartamento.
Lo compensaré por la tarde .
Te amo.
Anya sintió una calma profunda.
No era solo que la hora de la muerte había pasado, sino que la agenda de Gabriel se había vuelto tan normal y mundana que el destino no podía intervenir.
Un almuerzo de negocios con el notario y un cliente no era un escenario propicio para un francotirador o un dulce envenenado.
Estaba convencida de que la muerte había sido burlada, al menos por este ciclo.
Terminó las compras y pidió un taxi de regreso al apartamento de Gabriel.
Cayó la tarde.
Anya había pasado horas en el apartamento, limpiando meticulosamente sus ropas y preparando una cena balanceada y deliciosa.
El apartamento olía a seguridad y a especias.
Alrededor de las 7:00 p.m., Gabriel regresó.
Estaba visiblemente cansado, pero triunfante.
—Anya, mi salvadora —dijo, dejándose caer en el sofá.
La besó con una dulzura profunda—.
Eres un sueño.
El trato está cerrado, es nuestro.
Y le encantó a Dubois que viniera mi “esposa” a asegurarse de que comiera saludable.
Anya se rio, ayudándolo a aflojarse la corbata.
—¿Tu esposa?
—Tuve que poner alguna excusa para la ensalada de col que te traje.
Créeme, esa gente vive de la carne y el vino tinto.
Cenaron en la mesa de la cocina.
Gabriel, relajado, comenzó a contar todos los detalles del contrato: los planos, la cláusula del notario, la sorpresa de Dubois.
Cuando terminó, se reclinó en la silla, tomó la mano de Anya, y su sonrisa se volvió seria.
—Oye.
Siempre soy yo hablando y hablando.
De negocios, de paisajes, clientes, ex novias, de dietas que no esperaba.
Hizo una pausa, mirándola con una intensidad que la hizo temblar.
—Tengo la sensación de que nos saltamos algo.
Parece que vivimos juntos entre tu apartamento y el mío y ni siquiera he preguntado por tu trabajo.
Has de creer que soy un idiota.
Anya sonrió, su corazón latiendo por la sinceridad en sus ojos.
—No lo eres.
Solo un poco distraído.
—¿Y bien?
—El día que me viste en el café, justo acababa de renunciar.
Era bibliotecaria.
No pagaba mucho, pero lo disfrutaba.
Mi padre sigue ayudándome económicamente, no pienses que estoy aquí para poder comer gratis o algo así.
Gabriel soltó una carcajada profunda.
—¡Jamás lo pensaría, mi amor!
Pero…
antes de que me cuentes más, quiero saberlo todo y me refiero a todo, sobre tus estudios y tu infancia, tu color favorito, tu comida preferida antes de la dieta.
Hizo una pausa y la besó suavemente.
—Pero primero…Te dije que nos habíamos saltado algo.
Anya asintió, su garganta seca.
Este era un momento real, sin manipulación.
—Sí, lo mencionaste.
¿Qué nos saltamos, Gabriel?
Él le acarició el rostro, sus ojos oscuros fijos en los de ella.
—Mírame.
Anya alzó la mirada.
El contacto visual se hizo.
Esta vez, la inició él, buscando la verdad en ella.
Ella lo mantuvo.
Un segundo.
Dos segundos.
La calidez.
La electricidad.
—Anya, sé que ya parecemos un matrimonio, pero quiero que esto sea en serio.
Seis segundos.
Siete segundos.
Su sonrisa se suavizó, llena de una promesa infinita.
—¿Quieres ser mi novia?
Ocho segundos.
Nueve segundos…
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