3 dias para morir - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 La Distancia Íntima
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16: Capítulo 16: La Distancia Íntima 16: Capítulo 16: La Distancia Íntima Anya abrió los ojos.
La luz de la mañana inundaba el apartamento de Gabriel, pero él no estaba en la cama.
El tic-tac de la medianoche había pasado sin incidentes.
Hoy era el Día 2.
Se incorporó, sintiendo el vacío a su lado, y escuchó el suave tecleo de una computadora en la sala.
El aroma a café recién hecho invadió la habitación, un olor a normalidad doméstica que se sentía a la vez reconfortante y peligroso.
Anya se envolvió en una sábana y caminó hacia la sala.
Gabriel estaba sentado en el sofá, ya vestido, su laptop sobre la mesa de centro y unos planos de paisajismo extendidos a un lado.
—Buenos días —dijo Gabriel, su sonrisa luminosa y sincera—.
Por primera vez, me levanté antes que tú.
El notario me dejó sin energía.
No iré a la oficina hoy.
Hoy trabajaré desde casa.
El alivio de Anya fue físico.
Un día entero de control total, sin tráfico, sin reuniones, sin contratistas.
Un día ganado.
—Aquí tienes —dijo Gabriel, ofreciéndole una taza de café humeante—.
Es mi versión de tu desayuno saludable.
Anya tomó la taza y dio un sorbo.
La calidez era perfecta, el sabor intenso.
—Mmm.
Cómo te amo.
Te quedó delicioso el café.
Las palabras se escaparon.
El ‘te amo’ que había reprimido por miedo a la profecía, que había ocultado detrás de la manipulación, había salido a la luz por un simple sorbo de café.
Sus mejillas ardieron.
El terror de la confesión accidental era casi tan fuerte como el de la visión.
Gabriel se detuvo.
Su sonrisa se amplió, pero se volvió más tierna, más reflexiva.
—Ese color te va bien en las mejillas —dijo, riendo suavemente, mientras volvía a su computadora.
Anya sintió que el momento se había salvado.
Se sentó en el borde de la cama, sujetando el café con ambas manos, intentando recuperar la compostura.
Gabriel cerró la laptop y se giró hacia ella, su tono volviéndose serio.
—Anya.
Ven aquí.
Ella caminó hacia el sofá, su corazón latiendo fuerte.
Él la tomó de las manos.
—Tengo que ser honesto contigo, cariño.
No puedo creer que lo dijeras, no tan pronto.
Me hace el hombre más feliz del mundo, ¿sabes?
Pero tengo que ser sincero.
Anya se preparó para el rechazo, para el cuestionamiento.
—¿Sincero sobre qué?
—Es extraño.
Estamos juntos todo el tiempo.
Hacemos el amor, nos abrazamos, reímos.
Es la relación más intensa que he tenido.
Pero a veces te siento…
distante.
Rara vez me miras a los ojos.
Sé que eres tímida, me lo dijiste, pero a veces parece ansiedad social.
No sé si es algo que te pasa con todo el mundo, o solo conmigo.
Solo es raro, pero de una forma linda que me hace amarte aún más.
Anya sintió el pinchazo de la verdad.
Su obsesión por evitar los diez segundos había creado una grieta en su relación, una distancia emocional que Gabriel había notado.
—Lo siento, cariño —dijo Anya, bajando la mirada para enfatizar la mentira—.
Es justo como dices.
Ansiedad social.
Es algo que he manejado toda mi vida.
Contigo es diferente porque me haces sentir segura, pero la verdad es que, si no estoy leyendo o concentrada en algo, me da pánico el contacto visual prolongado.
Me disculpo si no la he logrado controlar del todo entre nosotros.
Gabriel le levantó el mentón con el pulgar.
—Entiendo, pequeña.
No pasa nada.
Solo quería que supieras que no tienes que esconderte de mí.
Te amo por ser la caja de sorpresas más rara que he conocido.
La crisis había sido desviada.
La gran mentira sobre su poder ahora tenía un disfraz creíble.
Anya se sintió agradecida, y el alivio de haber salvado su relación por ahora fue casi tan grande como el de haber evitado una muerte.
—Ahora, tu café está frío —dijo Gabriel—.
Ve a tomar una ducha.
Anya asintió y se dirigió al baño.
Justo cuando estaba bajo el chorro de agua, sintió la presencia de Gabriel detrás de ella.
Él había abierto la puerta y se había deslizado dentro sin hacer ruido.
—Espero que no te moleste la compañía —susurró él, y el agua se sintió más caliente, más densa.
Anya se giró, con una sonrisa que era una invitación.
Su cuerpo se relajó ante la cercanía, la química entre ellos era la única cosa real en su vida.
—Y yo espero que no vengas solo a enjabonar mi espalda —respondió ella, atrayéndolo hacia su cuerpo.
Bajo el agua, la necesidad de control de Anya se disolvió en deseo puro.
El sexo se convirtió en su tregua, su liberación del destino.
Él la tomó con una urgencia que era mitad gratitud por el amor confesado y mitad la intensidad de la vida que había estado viviendo en los últimos días.
Bajo el agua caliente, no había pasado, ni futuro, ni visiones.
Solo existía el presente.
El resto de la tarde fue la perfección de la normalidad forzada.
Trabajaron juntos por un rato, con Anya ahora más relajada sobre su mirada, sabiendo que ya tenía su coartada.
Prepararon una comida saludable en pareja, rieron mientras Gabriel intentaba hacer malabares con las verduras y luego se rindieron a un maratón de películas en el sofá.
Gabriel respondió algún correo ocasional, pero su atención estaba siempre en ella.
La noche cayó.
Gabriel cenó con un apetito saludable y se fue a la cama, rendido por la felicidad y el ejercicio inesperado de su día libre.
—Ha sido un día genial, cariño.
El mejor que hemos tenido —murmuró Gabriel, antes de caer en un sueño profundo.
Anya se quedó a su lado, mirando el rostro de su novio, sintiendo una punzada de dolor puro.
Mañana era el Día 3.
—Mañana es el día —pensó, su mente enfocada en la amenaza—.Pero, aun así, me da miedo pensar en lo que viene después, pero no hay otra manera.
Solo espero que funcione.
Anya se obligó a cerrar los ojos.
Ambos dormían: Gabriel en felicidad plena, y Anya con la mente enfocada en el Día 3 y la necesidad de evitar una muerte tan absurda que ni siquiera podía nombrar.
Tenía que descifrar la sentencia y desviar el destino antes de que el sol de la mañana siguiente se pusiera sobre su novio.
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