3 dias para morir - Capítulo 17
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17: Capítulo 17: La Huida 17: Capítulo 17: La Huida Anya despertó en la mañana del Día 3, con la certeza grabada a fuego de que hoy era el día de la sentencia.
Se obligó a levantarse, su cuerpo moviéndose con la inercia de una autómata.
Gabriel ya estaba despierto, y la recibió con un beso en la frente.
—Buenos días, mi amor.
El cliente no ha llamado ni ha dicho nada más.
Parece que tenemos un día más a solas, ¿no te parece excelente?
Anya sonrió, un poco incómoda, pero no dejó que se notara.
El terror de su visión era ahora solo un rumor en su mente, algo tan absurdo que casi se sentía como un mal sueño.
Pasó la mañana sentada junto a Gabriel en el sofá, su libro abierto, sus dedos moviéndose de manera ansiosa sobre las páginas.
Él trabajaba, y ella fingía leer, mientras su mirada se desviaba constantemente hacia el celular, confirmando la hora una y otra vez.
El tiempo se arrastró, pesado y silencioso.
El almuerzo pasó sin incidentes.
Gabriel seguía absorto en los planos de paisajismo, y ella se obligaba a disfrutar de su presencia, a aferrarse a cada caricia, sabiendo que podrían ser las últimas.
Alrededor de las 6:00 de la tarde, la hora fatídica se acercaba.
Anya se levantó, sintiendo que la claustrofobia la invadía.
Si la visión era cierta, si la muerte se ejecutaba esa noche.
No podía permitir que ese fuera el final, ya había enfrentado al destino antes y lo haría de nuevo, tantas veces como fuera necesario.
Revisó el celular con una exageración fingida de incredulidad.
—¡No puede ser!
¿Justo ahora?
—exclamó.
Gabriel levantó la cabeza, dejando su laptop.
—¿Pasa algo?
—Sí.
Mi padre —dijo Anya, con una rapidez que no pudo disimular—.
Me acaba de dejar un mensaje.
Tuvo un problema con las tuberías en mi apartamento.
Parece que es serio.
Tengo que ir a arreglarlo, si no, se inundará todo el edificio.
Era la mentira más elaborada que había usado.
Tuberías, agua, emergencia.
Todo para explicar su huida.
Gabriel se puso de pie, preocupado.
—¿Te vas?
Permíteme llevarte —¿Tuberías, dices?
Puedo ir contigo.
Puedo ayudarte.
Soy paisajista, pero sé de drenaje, no sería mi primer trabajo de fontanería.
—¡No!
—dijo Anya, acercándose a la puerta y agarrando su bolso.
Su voz era desesperada, casi histérica—.
No, por favor, quédate.
Es un caos total.
La tubería es lo de menos.
Mi padre está histérico, y la última vez que pasó, yo fui la única que pudo calmarlo.
Te prometo que te llamo tan pronto como termine.
Volveré mañana por la mañana.
Gabriel, aunque visiblemente decepcionado, cedió ante el pánico de ella.
—Está bien, cariño.
Pero prométeme que no te irás sola.
Yo te pido un taxi.
Y no me hagas esperar demasiado.
—Te lo prometo —dijo Anya, besándolo con una ferocidad que era una mezcla de amor y despedida—.
En cuanto esto termine, vuelvo aquí.
Anya esperó el taxi fuera del departamento de Gabriel, sintiendo el peso de la culpa, y se fue a su casa.
La noche fue larga.
Anya se encerró en su propio apartamento, mirando las paredes y sintiendo que su vida entera era un guion para un drama absurdo, una novela, para el sádico entretenimiento de alguien más.
Intentó concentrarse en la metafísica, en las leyes de la causalidad, pero solo pensaba en la visión.
—No había razón.
No había manera de que eso pasara.
Era imposible que ese fuera el final —pensó, caminando por la sala.
Su mente le siguió jugando malas pasadas hasta que por fin el cansancio la venció.
Anya despertó en la soledad de su departamento con un mensaje de Gabriel: ¿Todo bien, cariño?
Ella sonrió, aliviada, y respondió el mensaje: Sí, amor, voy en camino.
Tomó un taxi y se dirigió al apartamento de Gabriel.
Llegó en poco menos de una hora, su corazón latiendo por la esperanza de que el sacrificio de la noche en solitario hubiera sido suficiente.
Gabriel la recibió como el novio amoroso que era.
—¡Anya!
Volviste.
Ya estaba preocupado.
Ven aquí.
Gabriel la abrazó y la besó.
La besó con el alivio de la distancia.
Anya se separó, lista para enfrentar la verdad.
Sus ojos se fijaron en los de él.
Sin miedo, sino con la necesidad de la absolución.
Tenía que saber.
Un segundo.
Dos segundos.
Diez segundos.
Nada.
… No hubo chasquido.
No hubo visión.
Solo la calidez de su mirada.
El rostro de Anya se congeló.
El terror se apoderó de su cuerpo, más absoluto que nunca.
Había roto un ciclo más de muertes, sí, pero no el destino.
La sentencia de muerte seguía en pie.
Y ahora, el reloj marcaba tres días, pero ella estaba completamente a ciegas.
—Necesito usar el baño, vuelvo en un momento, Gabriel —dijo, con voz tensa.
Anya entró, cerró la puerta y se miró al espejo, donde su rostro palidecía.
Se mente fija en la visión del ciclo anterior… —No había razón.
No había manera de que eso pasara.
Era imposible que ese fuera el final —pensó, tocándose la garganta—.
Yo jamás lo dañaría.
Se inclinó sobre el lavabo, su voz se hizo un susurro de horror.
—Pero lo vi.
Eran mis manos en su cuello, lo asfixiaba hasta matarlo en la sala de su apartamento…
yo jamás podría hacerlo, es el hombre que amo…
… —Solo hay una explicación lógica, si es que queda algo de lógica en mi puta vida.
—Esta visión… fue el destino —murmuró, la voz temblando—.
La misma muerte.
Escupiéndome en la cara.
Burlándose de mí, obligándome a alejarme de él justo en la noche crucial, cuando debo mirarlo, obligándome a enfrentarla a ciegas en nuevo ciclo.
Estúpida maldición, estúpida regla, tres putos días empezando al día siguiente, no es justo…
Anya se derrumbó en el baño, cubierta en lágrimas.
El Día 1 había comenzado y ella estaba en el abismo.
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