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3 dias para morir - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 La paranoia invisible
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18: Capítulo 18: La paranoia invisible 18: Capítulo 18: La paranoia invisible Anya se levantó del suelo del baño, con la camisa mojada por las lágrimas y la frente fría contra el espejo.

Había llorado por sí misma, por la humillación del destino, por el amor que la había convertido en una esclava de los diez segundos.

Pero el llanto se detuvo abruptamente, reemplazado por la calma brutal de la necesidad.

Hoy era el Día 1.

La muerte, fuera cual fuera su método, esperaba al Día 3.

Salió del baño, su rostro una máscara de compostura.

Gabriel estaba sentado en el sofá, con la laptop abierta.

Levantó la vista, notando sus ojos ligeramente rojos.

—¿Todo bien, cariño?

Te tardaste mucho —preguntó, con genuina preocupación.

—Sí.

Solo un pequeño mareo.

Creo que la falta de azúcar me está afectando.

El tema de la dieta me tiene un poco sensible —mintió Anya, acercándose a él y dándole un beso rápido en la mejilla, cuidando meticulosamente de no cruzar sus ojos.

Gabriel la abrazó.

—No quiero que hagas la dieta si te hace sentir mal.

—No, no.

Me siento bien, te lo juro.

Solo necesito un café y volver a la realidad.

¿Qué planes tienes para mí, novio?

Gabriel sonrió, aliviado por su cambio de humor.

—Tengo que ir a la oficina.

El tema de los planos para Dubois me tiene absorbido.

Quiero trabajar sin distracciones hasta el almuerzo.

¿Quieres acompañarme de nuevo?

Anya sintió una punzada de pánico.

La oficina, el camino, el entorno público.

El Día 1 estaba lleno de trampas invisibles.

Pero negarse levantaría sospechas.

—Me parece excelente, pero hoy, mi misión es diferente —dijo Anya, con una sonrisa conspiradora—.

Tienes que trabajar, y yo tengo que desempacar las semillas y tónicos que compré para la dieta.

Si no lo hago, se me olvidará, y la dieta fallará.

Era una excusa perfecta.

La mantenía en el apartamento, el entorno controlado, lejos del peligro en la calle.

—Está bien, cariño.

Te dejo sola para que hagas tu magia botánica.

Vuelvo a almorzar —dijo Gabriel, dándole un beso en la frente.

Anya lo vio irse.

El sonido de la puerta al cerrarse resonó como el tic-tac de su reloj condenado.

Estaba sola.

El Día 1 se convirtió en una tortura de quietud.

El apartamento de Gabriel, tan familiar y seguro, ahora se sentía como un escenario de terror silencioso.

Cada objeto se transformó en una amenaza potencial que podía desencadenar el absurdo final del ciclo anterior.

El Cuchillo de Cocina: Se acercó al bloque de cuchillos con una lentitud glacial.

La visión del cuchillo de Raquel ya estaba obsoleta, pero ¿y si el destino había escogido una nueva herramienta?

¿Una caída estúpida?

¿Un corte accidental que se infectaba y causaba septicemia?

Desconfió del filo pulido, del peso exacto en su mano.

Los cuchillos necesitan de alguien para usarse.

Ella los puso todos, excepto el de untar mantequilla, en la parte más alta del armario, lejos de su vista y de la de Gabriel.

Las Escaleras: El apartamento de Gabriel era espacioso, con una escalera metálica que conducía a un pequeño balcón interior.

Anya la miró fijamente.

Un resbalón.

Un tobillo torcido.

Un golpe en la cabeza que no era fatal en el momento, pero que se agravaba al Día 3.

Se acercó y pasó la aspiradora dos veces en cada escalón, obsesionada con la idea de una caída de las escaleras.

No podía quitarlas, pero podía vigilar su higiene.

La Ventana: El gran ventanal del salón era hermoso, pero aterrador.

Una barandilla de cristal separaba el interior del vacío de la ciudad.

Un golpe accidental.

Un cristal roto.

¿Se resbalaría por el balcón en un momento de descuido?

Se obligó a sentarse lejos, hipnotizada por la idea de que la vida era tan frágil que una simple distracción podía ser la sentencia de muerte.

La Caja en el Armario: La caja vacía de la mudanza de Gabriel.

¿Qué contenía el peligro?

¿Un objeto que le caía en la cabeza?

¿Una araña venenosa que había entrado?

La revisó, sintiendo la textura de cartón, sintiendo el vacío que llenaba.

La cerró y la puso en el trastero.

Se movió por la casa como una coreógrafa de la muerte, ajustando cojines, moviendo adornos, tratando de sellar cada grieta por donde el absurdo de la muerte pudiera filtrarse.

A media tarde, la urgencia de ver a Gabriel se hizo irresistible.

Él estaba en su oficina, un lugar que ella había validado como “seguro” en el ciclo anterior.

Pero el miedo, la nueva paranoia, le susurraba que el peligro no estaba en el edificio, sino en la ruta.

Ella había pasado los últimos ciclos intentando manipular sus horarios, evitando que condujera, que caminara, que se quedara quieto.

Ahora, cualquier pretexto para ir a verlo, para “acompañarlo”, significaba ver mil maneras de morir en el camino y un centenar más en su oficina.

¿Un incendio?

¿Un accidente con el ascensor?

¿Un ataque al corazón por un mal café?

No quería ver 1000 maneras de morir en el camino y un centenar más en su oficina.

Prefirió quedarse en el apartamento de Gabriel sola, tratando de conservar la poca cordura que le quedaba, sin exponerse a una nueva visión inútil en medio de la tarde.

Cuando Gabriel regresó, alrededor de las 7:00 p.m., encontró a Anya exhausta en el sofá, con el libro de metafísica en el regazo, pero con los ojos cerrados.

—Cariño, ¿todo bien?

Te ves muy cansada —dijo Gabriel, quitándose la corbata.

—Sí.

Solo un día de intensa meditación sobre la causalidad —mintió Anya, levantándose.

Su voz sonaba artificialmente alegre—.

Me muero de hambre.

¿Cenamos algo sano?

Comieron en silencio.

Anya se esforzó por hablar de sus planes, de su futuro, llenando el espacio con palabras que intentaban borrar la sentencia del Día 3.

A las 9:30 p.m., el teléfono de Gabriel vibró.

Era una llamada.

Él la tomó inmediatamente y su semblante cambió.

La risa se desvaneció, reemplazada por la conmoción y una tristeza absoluta.

—Sí…

sí, soy yo.

No puedo creerlo…

Yo…

lo siento mucho, señor.

Lo siento infinitamente.

Anya lo miró fijamente.

El terror se disolvió en una curiosidad fría.

¿Qué otra desgracia podía haber entrado en su vida, a solo horas del final?

Gabriel colgó, sus manos temblando ligeramente.

Se pasó la mano por el cabello, incapaz de mirar a Anya.

—Era el padre de Raquel —murmuró Gabriel, su voz apenas un susurro.

Anya sintió un nudo en el estómago, pero la frialdad del destino era su único escudo.

—Quería que yo lo supiera de su propia voz, y no por la mentira que pronto saldrá en los medios.

Me dijo que…

que hace varios días, Raquel se suicidó.

Apenas recuperaron el cuerpo después de autopsias e investigaciones.

Gabriel levantó la vista, sus ojos oscuros llenos de dolor genuino.

—Los medios mentirán.

Una mentira pagada para mantener el nombre de la familia: un accidente de tránsito.

El destino había completado el ciclo de Raquel.

El suicidio que Anya había visto en la visión del cuchillo.

La ironía del destino era la única constante.

—Mañana…

—continuó Gabriel, tomando una respiración profunda—.

Mañana enterrarán su cuerpo en el cementerio a las afueras de la ciudad.

El señor Rivera espera que asista a despedirme.

Gabriel aceptó.

El padre de Raquel lo había llamado para darle el pésame y pedirle que estuviera allí, no como pareja, sino como un amigo importante que ya había sido desvinculado de la familia antes del suceso.

—Anya…

—dijo Gabriel, su mirada volviéndose suplicante—.

¿Podrías acompañarme?

—Claro que sí, mi amor —respondió Anya, acercándose a él, consolándolo.

Gabriel le tomó la mano.

—La familia Rivera siempre ha sido prudente y mesurada.

Me dijo que tu presencia no causará un escándalo.

Ellos ya saben que desde hace meses no éramos pareja y que mi vida ha continuado contigo.

Te necesito a mi lado.

Anya aceptó, con la calma exterior de una novia que apoya a su pareja.

Pero por dentro, sintió la ironía, el desafío, otro escupitajo en la cara.

El destino se había superado.

Había desviado el atropello, el veneno, y ahora la llamaba a su propio terreno.

La muerte nos llama a un cementerio, a su patio trasero, en el Día 2.

Anya miró el rostro angustiado de Gabriel, su amado, su sentenciado.

La medianoche se acercaba.

Anya sabía que estaba completamente a ciegas, que la ausencia de la visión indicaba que la sentencia estaba aún programada para antes del final del Día 3.

El cementerio no era una oportunidad, sino una burla exponencial, un ambiente descontrolado lleno de gente desconocida.

Ella tenía que acompañarlo para estar a su lado, ver que no pudiera provocar nada con consecuencias fatales para el día siguiente, sabiendo que no vería la forma de la muerte.

El Día 2, un entierro, el Día 3, el juicio final.

Ella estaría lista.

La ironía no podría vencerla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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