Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

3 dias para morir - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. 3 dias para morir
  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 El Viaje al Patio Trasero
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Capítulo 19: El Viaje al Patio Trasero 19: Capítulo 19: El Viaje al Patio Trasero Anya despertó en la mañana del Día 2 con el peso frío de la sentencia sobre su pecho.

La medianoche había pasado, el reloj había avanzado.

Hoy no era un día de evasión, sino un día de confrontación.

Hoy tenían una cita con la muerte.

Se prepararon en un silencio sombrío.

Gabriel estaba visiblemente afectado.

Su dolor era el de un hombre que, aunque liberado de una relación tóxica, sentía la culpa y la tristeza por una vida joven que terminó en suicidio.

Anya, por su parte, se movía como una sombra, eligiendo un vestido negro que le ofreciera la menor cantidad de distracciones posibles.

Cada movimiento de Gabriel era analizado.

¿Se atascó la cremallera?

¿Tropezó con el borde de la alfombra?

Cualquier descuido era un punto de entrada para el absurdo.

—Debemos irnos.

El cementerio está a las afueras —dijo Gabriel, tomando las llaves del coche.

Anya sintió que el aire se le iba de los pulmones.

El coche.

La peor de todas las trampas, porque ofrecía cien posibilidades por segundo.

El viaje en coche era otra tortura de posibilidades.

Se sentó en el asiento del copiloto, abrochándose el cinturón con una lentitud meticulosa.

El motor encendió, y el rugido era, para Anya, un gong fúnebre.

Mientras Gabriel se concentraba en la carretera, su mente, la de Anya, se desbocó, catalogando los peligros que pasaban: Choques: Cada taxi que se acercaba por la izquierda era un potencial accidente lateral.

Cada conductor distraído que zigzagueaba era una colisión frontal.

Escombros: El neumático de un camión que pasaba levantó una piedra.

Anya se encogió.

¿Podría una simple piedra romper el parabrisas y golpear la sien de Gabriel?

Estructuras: Un camión de plataforma, mal amarrado, transportaba un cartel publicitario gigante.

La brisa lo agitó.

Anya apretó la mandíbula, viendo el marco metálico caer sobre el techo de su coche.

Choques, anuncios gigantes que caen.

El Día 3: Si él conducía hoy, significaba que estaría acostumbrado a tomar el coche.

Si él conduce el Día 3…

mejor no imaginarlo.

El destino podría simplemente permitirle llegar ileso al cementerio, solo para castigarla mañana en su ruta habitual.

Anya cerró los ojos y se obligó a concentrarse en la voz de Gabriel, que hablaba en voz baja sobre la tristeza de la situación y lo mucho que le dolía la familia Rivera.

Ella solo asentía, ofreciéndole su mano.

La tomó, y el calor de su palma era la única cosa real en su universo de paranoia.

Llegaron al cementerio a las afueras de la ciudad.

El lugar era vasto, lleno de árboles viejos y un silencio solemne que no era paz, sino resignación.

La tumba de Raquel estaba rodeada de arreglos florales y de un círculo pequeño pero influyente de la élite de la ciudad: gente de negocios, galeristas y, por supuesto, la familia Rivera.

Gabriel y Anya se quedaron al fondo del grupo, dando un respetuoso espacio a los dolientes más cercanos.

Anya observó el entorno, la multitud.

No había asesinos a la vista, ni dulces envenenados en las manos de nadie.

Solo dolor.

Pero el miedo de Anya se mantenía: el cementerio era el patio trasero de la muerte.

Un lugar donde un destino absurdo era la norma.

Después de que el ataúd descendió lentamente a la tierra, Gabriel la tomó del brazo y se acercaron para ofrecer sus condolencias.

El padre de Raquel, el señor Rivera, un hombre mayor y con un rostro roto por el dolor, se enderezó para recibir a Gabriel.

—Gabriel.

Gracias por venir.

Significa mucho —dijo el señor Rivera, abrazando brevemente a Gabriel.

—Lo siento profundamente, señor —respondió Gabriel, con la voz ahogada.

El señor Rivera se apartó y miró a Anya.

Su expresión se suavizó.

—Tú debes ser Anya.

Gabriel me ha hablado de ti.

Me alegra que estés aquí.

Anya asintió, incapaz de decir más que un suave “Lo siento mucho”.

—Gabriel —continuó el señor Rivera, poniendo una mano en el hombro de Gabriel—.

Eres un gran hombre.

Siempre has sido decente con mi hija, incluso cuando las cosas se pusieron difíciles.

Ella…

no pudo con la presión.

Pero tú, jovencita —dirigió sus ojos a Anya—.

Tienes a tu lado a un hombre de valor.

Cuídalo.

El peso de esas palabras golpeó a Anya.

Un gran hombre.

Cuídalo.

Una carga impuesta por el padre de la mujer que había visto intentar asesinar a Gabriel.

Después de unos minutos más de respetuosa presencia, se retiraron y se dirigieron al coche.

El viaje de vuelta fue un calvario de relectura de peligros.

El Día 2, el entierro, había transcurrido sin incidentes.

De vuelta en el apartamento, en la seguridad del sofá, Gabriel se relajó, exhausto.

—Qué día, Anya —suspiró, abrazándola.

Ella lo abrazó con todas sus fuerzas.

El alivio era un veneno que no podía permitirse tomar.

Anya cerró los ojos, la calma de Gabriel contrastaba con la tormenta en su mente.

Ella se obligó a hacer un conteo.

Había sumado la paranoia del coche, las amenazas de la casa, los desvíos de la oficina.

—Accidentes, veneno, asfixia, cuchillos, atropellos, caídas, incendios…

—Pensó, su mente catalogando los ciclos pasados y los peligros potenciales del entorno.

El número se formó en la oscuridad de su mente, un testimonio aterrador de su obsesión: He visto o imaginado 769 formas en que puede morir aquí, en la calle o en su oficina.

Y, aun así, su verdad más dolorosa se mantenía, inmutable: y aun así no me siento más cerca de poder frenar a la muerte…

La medianoche se acercaba.

El Día 2 terminaría pronto.

Mañana no habría un lugar seguro, ni una nueva visión que la salvara.

Solo sé que mañana es el último día de su vida, a menos que yo logre evitarlo.

Anya se aferró a Gabriel, sabiendo que, en menos de una hora, amanecería el Día 3.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo