3 dias para morir - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- 3 dias para morir
- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Maniobras de Desviación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo 2: Maniobras de Desviación 2: Capítulo 2: Maniobras de Desviación El resto de la tarde fue un torbellino de pánico silencioso.
Anya no podía dejar de repasar la visión: el auto aplastado, la lluvia, el color de la sirena.
El accidente era aterrador, pero no inevitable.
Ella tenía que evitar que Gabriel se subiera a un coche el Día 3.
A las ocho de la noche, rompiendo otra de sus reglas (nunca ser la primera en contactar), le envió un mensaje: Anya: Oye, soy Anya.
Lamento el mensaje tan tarde.
¿Me creerías si te digo que acabo de tener una “intuición” muy fuerte de que mañana vas a tener un día horrible y estresante?
Necesitas un plan B.
La respuesta fue casi inmediata: Gabriel: Eres única, Anya.
¿Y cuál es el plan B?
¿Una maratón de películas malas y helado?
Porque si es ese, estoy dentro.
Anya: Es mejor.
Necesitas que te distraigan de la rutina.
¿Qué te parece si me acompañas a buscar una pieza rara para mi proyecto de botánica?
Está en el otro lado de la ciudad, en un sitio de antigüedades.
Gabriel: Trato hecho.
El destino me ha dado una excusa perfecta para verte de nuevo.
¿Te recojo en mi coche?
El estómago de Anya se encogió.
El coche.
Anya: ¡No!
Por favor, no…Si vamos a ir, tendremos que tomar el metro o un autobús, para apreciar mejor la ciudad.
Lo sé, soy extraña.
Pero te prometo que valdrá la pena.
Gabriel: (Emoji de encogimiento de hombros).
Vale, chica misteriosa.
Mañana a las 11:00 a.m.
en la parada central.
Nos vemos.
—Plan de desvío activado —murmuró Anya, sintiendo la adrenalina de una agente secreto, no de una tímida bibliotecaria.
El día 1 transcurrió como Anya esperaba: una mezcla incómoda de flirteo y estrategia.
El metro estaba abarrotado, y el contacto constante con otros pasajeros hacía que Anya se tensara, pero al menos no era él quien conducía.
Gabriel, a su lado, estaba radiante.
Vestía una camiseta sencilla que destacaba su figura y su aroma a sándalo era tan embriagador que ella tuvo que concentrarse en la estación de metro para no perder el control.
—De verdad, no entiendo cómo puedes ser tan fanática del transporte público en una ciudad como esta —dijo Gabriel, sujetándola ligeramente por el brazo para evitar que chocara con una columna.
Ese simple toque encendió una chispa en Anya.
Era el primer contacto físico que había permitido en meses, y no fue horrible.
Fue… protector.
—Es el caos controlado —respondió Anya, forzando una sonrisa—.
Además, me da tiempo para ver a la gente.
¿Tú cómo te mueves normalmente?
—Yo uso mi coche, por supuesto.
Es mi oficina.
Un paisajista pasa todo el día en su camioneta.
Mañana, de hecho, tengo una ruta larguísima: ver una nueva propiedad en el norte de la ciudad y luego volver.
Unas tres horas de volante.
Anya sintió un escalofrío.
Mañana era el Día 2.
El accidente era el Día 3.
Pero la “ruta larguísima” ponía en riesgo el inicio de su plan.
—Eso suena agotador —dijo Anya, frunciendo el ceño—.
¿No puedes delegar esa visita?
—No, este cliente es muy importante.
Tengo que estar allí, sí o sí.
Anya sabía que tenía que actuar.
Necesitaba que ese viaje no ocurriera.
Llegaron a la tienda de antigüedades.
Mientras Gabriel estaba distraído, buscando algo “interesante” para ella, Anya inventó su próxima jugada.
—¡Anya!
Mira esto —la llamó Gabriel, sosteniendo una vieja lupa de madera.
Él estaba tan cerca que el aire que exhalaba rozó su cuello.
La atracción era un fuego lento.
Gabriel se inclinó para susurrarle algo divertido sobre el precio de la lupa, y sus ojos se clavaron en los de Anya.
—Me encantas, chica botánica.
Me encanta tu misterio —dijo, y se acercó para besarla.
El mundo se detuvo de nuevo.
La boca de Gabriel estaba a centímetros de la suya.
Era el momento perfecto para besarlo.
Para dejarse llevar.
Pero en ese instante, el recuerdo de la visión (el metal retorcido, la sangre) inundó su mente.
Si se perdía en él por diez segundos, vería el futuro fatal de nuevo, confirmando que su misión había fallado.
El terror la paralizó.
Anya se apartó bruscamente, el rechazo reflejado en su rostro, que ahora estaba ardiendo por la vergüenza y el pánico de su misión secreta.
—No… no, yo… Lo siento, Gabriel.
Es demasiado pronto.
El rostro de él se ensombreció, herido.
—Lo siento.
Me adelanté.
Es solo que… la conexión es fuerte, ¿no crees?
—Sí, lo es.
Es solo que soy… lenta.
Doy mucho miedo, ya te lo dije.
Ella tuvo que manipular la situación.
—¿Sabes qué?
—dijo Anya, recuperando la compostura con un plan rápido—.
Necesito que me hagas un favor muy, muy grande.
No sé a quién más pedirle.
—Lo que sea, Anya.
—Puedo acompañarte mañana a tu ruta y de paso…si esta bien por ti, podemos pasar al almacén de mi padre, está a las afueras de la ciudad.
Necesito recoger unas cajas enormes allí, pero mi coche está en el taller.
Es vital.
Si no lo hago mañana por la mañana, pierdo la oportunidad.
Yo te pago la gasolina, el tiempo… pero necesito que uses tu camioneta para mí.
Era una mentira burda, pero mezclada con el rechazo y su súbita necesidad, parecía la pataleta de una chica rara.
Y funcionó.
—Un favor para una chica misteriosa y hermosa.
Me parece bien —sonrió Gabriel, la herida en su orgullo curada por la oportunidad de ser un héroe—.
Olvídate del norte.
Mañana por la mañana, mi camioneta y yo estamos a tu servicio.
¿Te parece a primera hora?
Anya sintió un alivio helado.
Había desviado el plan.
Lo había salvado de su “ruta larguísima” del Día 2.
Solo quedaba el Día 3, el día de la muerte.
—Perfecto.
Te lo pagaré.
Ya verás.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com