3 dias para morir - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El Despertar
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21: Capítulo 21: El Despertar 21: Capítulo 21: El Despertar El despertar de Anya fue un proceso lento y doloroso, un regreso forzado desde la neblina dulce de la anestesia a la cruda realidad de una cama de hospital.
La luz blanca y estéril hería sus ojos.
Sintió un dolor sordo y punzante cerca del hombro y una pesadez abrumadora en la cabeza.
Levantó la mano y tocó el grueso vendaje que cubría la herida de bala.
—¿Anya?
Cariño, despacio.
La voz de su padre la envolvió.
Estaba sentado junto a ella, con el rostro arrugado por la preocupación y el cansancio.
La presencia de su padre, le dio la fuerza necesaria para articular la pregunta que ardía en su mente.
—Papá…
¿Qué…
qué día es?
Él le acarició la mano, besándola suavemente.
—Tranquila, mi amor.
Es miércoles.
El miércoles.
El calendario se asentó en su mente.
Día 1.
El contador se había reiniciado con el sonido del disparo.
La sentencia de Gabriel esperaba, implacable, al Día 3.
—Gabriel —logró balbucear, su voz áspera—.
¿Cómo está Gabriel?
El rostro de su padre se ensombreció de nuevo.
—Ha estado en cirugía toda la noche.
La bala hizo bastante daño, mi amor.
Los médicos dicen que tuvo suerte, la bala te atravesó limpiamente…
y por eso, no fue letal para él.
Tú le salvaste la vida, Anya.
Eres una heroína.
La verdad la golpeó con una fuerza que superó el dolor físico.
Ella se interpuso, su cuerpo amortiguó el impacto, evitando la muerte inmediata.
Había ganado el primer round, pero había pagado el precio de su propia inmovilidad.
En ese momento, la cortina se deslizó y dos oficiales de policía entraron en la habitación.
Uno era alto y fornido, el otro joven y con un cuaderno en la mano.
—Disculpe, señor.
Necesitamos hablar con la paciente a solas —dijo el oficial fornido.
El padre de Anya se puso de pie de inmediato, la furia encendiéndose en sus ojos.
—¡No puede ser!
Mi hija acaba de despertar de una cirugía.
¿Es que no pueden tener un poco de empatía?
Vuelvan más tarde.
Anya lo calmó, sintiendo que la adrenalina tomaba el control.
Necesitaba hablar, necesitaba saber más sobre lo sucedido.
—Tranquilo, papá.
Estoy bien, puedo hablar con ellos.
Su padre los miró con profundo enojo antes de ceder.
Besó la frente de Anya y salió de la habitación, lanzando una última mirada de advertencia a los oficiales.
Anya les contó la versión que ya había preparado: el padre de Raquel, ebrio, irrumpiendo en el apartamento, completamente alterado por el suicidio de Raquel.
El oficial más joven frunció el ceño, revisando su cuaderno.
—Vimos la nota en los medios, señorita.
Fue clasificado como muerte accidental.
Un accidente de tráfico.
Anya sintió una oleada de frialdad y exasperación.
El pretexto de la familia Rivera para mantener limpio su apellido era perfecto.
—Oficial, piénselo.
Si fue una muerte accidental, ¿tiene sentido que el padre de la víctima, un hombre de negocios haya intentado matar al exnovio de su hija antes de suicidarse?
¿Por un accidente?
Ella mantuvo su mirada, a pesar de la punzada en el hombro.
Su voz era débil, pero su lógica, aplastante.
—Primero investiguen con sus superiores, o manden a alguien con autoridad suficiente para conocer la historia completa.
Investiguen por qué los medios tienen que proteger el nombre de una familia que acaba de perder a su hija.
Los policías se miraron, visiblemente ofendidos por la reprimenda, pero con la duda grabada en sus rostros.
La historia de Anya, mezclada con la desesperación y el drama de una víctima, encajaba perfectamente con el motivo real que la familia intentaba ocultar: el suicidio de Raquel.
Tomaron nota, prometieron volver y se retiraron.
El padre de Anya regresó, consolándola de nuevo.
El tiempo pasó con la lentitud desesperante de un hospital.
Un par de horas después, una enfermera, con un uniforme azul claro y un semblante amable, entró en la habitación.
—Señorita, tengo buenas noticias.
El joven Gabriel ya está en recuperación en una habitación.
La cirugía fue un éxito, se encuentra estable, pero estará en cuidados intensivos por precaución.
El corazón de Anya dio un salto de esperanza y alivio.
Estable.
—Por protocolo de cuidados intensivos, solo una persona lo puede acompañar durante la noche, para evitar infecciones y asegurar el descanso.
La enfermera consultó su expediente.
—Señorita, ¿usted conoce algún familiar directo de él?
¿Algún contacto de emergencia que podamos llamar para que se quede con él?
Anya se quedó en silencio, sintiendo el frío de la sentencia final.
Ella estaba en otra cama, herida, incapaz de levantarse.
No conocía a la familia de Gabriel.
No había nadie.
En ese instante, su visión se materializó en su mente con una claridad cruel: Gabriel, solo en la sala del hospital.
Luego, Gabriel, solo en la cama del hospital.
Paro cardiorrespiratorio.
Anya cerró los ojos, las lágrimas de la impotencia fluyendo sobre sus sienes.
El destino había encontrado la manera de aislarlo, de asegurar la soledad.
—No —susurró, con la voz rota—.
No conozco a nadie.
El verdugo final no sería una bala, sino la soledad.
Gabriel podría morir en soledad.
La enfermera asintió con comprensión.
—Muy bien.
Haremos lo posible para contactar a su familia.
Avísenos si recuerda algo.
La enfermera se retiró con un movimiento de cabeza.
El padre de Anya, que había presenciado la escena con una mezcla de confusión y dolor, se sentó de nuevo, tomando su mano.
—Gabriel —dijo suavemente—.
Es tu novio, ¿verdad?
Por eso te interpusiste.
Anya asintió, las lágrimas aún tibias en sus mejillas.
—Sí, papá.
—Entonces…
aún no conoces a su familia.
Bueno, tampoco nos has presentado a nosotros.
Supongo que no han tenido tiempo para formalidades.
Anya miró la preocupación de su padre, no lo culpaba.
Ella misma sabía muy poco del hombre al que acababa de salvar, aparte de su fecha de caducidad.
—Ha sido una situación atípica, papá.
Te prometo que cuando ambos salgamos de aquí, lo llevaré a cenar contigo.
Es un buen hombre.
A mamá le hubiera gustado conocerlo.
El padre de Anya le sonrió tristemente, consolado por la promesa.
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