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3 dias para morir - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 El Permiso en Cuidados Intensivos
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22: Capítulo 22: El Permiso en Cuidados Intensivos 22: Capítulo 22: El Permiso en Cuidados Intensivos La mañana del Día 2 trajo consigo una mejoría notable para Anya.

La fiebre había bajado, la niebla de la anestesia se disipaba y, aunque la punzada en el hombro seguía presente, el impulso de moverse era más fuerte que el dolor.

Tenía que verlo.

A su lado, su padre se había quedado dormido en una incómoda silla de visitante.

Anya lo despertó con suavidad.

—Papá —dijo, intentando incorporarse.

El movimiento fue un error, y una mueca cruzó su rostro.

—¡Quieta, mi amor!

¿Qué necesitas?

—dijo su padre, despertando asustado.

—Necesito ver a Gabriel.

Por favor, ayúdame.

—Anya, no.

Tienes que descansar más.

La bala no te dañó de gravedad, pero también tuviste cirugía.

Necesitas recuperarte.

Anya lo miró con los ojos llenos de una tristeza que iba más allá del dolor físico.

Su desesperación no era por ver a un novio, sino por desmantelar un ciclo de muerte.

—Papá, por favor, él está solo.

Necesito verlo, tomar su mano.

Necesito saber que está bien, que no está…

que no sienta que lo hemos dejado.

En ese momento, la enfermera del turno de la mañana, una mujer de mediana edad con una expresión severa pero bondadosa, entró para tomarle los signos vitales.

Escuchó la súplica de Anya.

—Debería descansar, señorita —dijo la enfermera, ajustando el monitor—.

Él no sabe que está solo.

Aún no despierta.

Anya sintió que el corazón le latía con fuerza.

La palabra “solo” resonaba con la sentencia de su visión.

—El personal sigue tratando de encontrar a un familiar cercano o a un amigo —continuó la enfermera, con un tono de ligera frustración profesional—.

Pero su novio parece un ermitaño.

Ni sus clientes le conocen amigos cercanos.

Anya lloró, las lágrimas cayendo silenciosamente.

Su desesperación se desbordó.

—¡Déjeme verlo!

—imploró—.

Déjeme estar a su lado, que sienta mi mano y sepa que no está solo.

La enfermera dudó, mirando la vía intravenosa conectada al brazo de Anya.

—Tengo que solicitar permiso, señorita.

Usted también es una paciente, y tiene medicación por vía intravenosa.

Y Cuidados Intensivos es una zona estéril.

Si nada compromete la sala, veré si es posible.

El padre de Anya, al ver la agonía de su hija, la abrazó, sin saber qué más hacer.

La enfermera se retiró.

Los minutos se estiraron en una espera insoportable.

Anya solo podía rezar para que el destino no actuara en la soledad.

Diez minutos después, la enfermera regresó con la que se sintió como la mejor noticia del ciclo.

—Tengo buenas noticias, señorita.

No será necesario desconectarla.

Podemos darle un trípode móvil para la intravenosa.

Tiene quince minutos.

Póngase la bata de visitante.

Anya sintió una oleada de euforia.

Con manos temblorosas y la ayuda de su padre y la enfermera, se puso la bata.

Con el trípode rodando a su lado, subieron un piso.

La necesidad de proteger a Gabriel le daba una fuerza que su cuerpo herido no tenía.

La sala de Cuidados Intensivos era silenciosa y fría.

La enfermera la guio a la habitación de Gabriel.

Había sido limpiada meticulosamente.

Antes de entrar le pusieron guantes, mascarilla, y una protección plástica en la zona del brazo, cubriendo la intravenosa, después de eso, la dejaron estar a su lado.

Gabriel estaba inmóvil, pálido, conectado a un sinfín de monitores y tubos.

Se veía frágil, vulnerable.

Anya se acercó lentamente, sintiendo que el pecho se le oprimía.

Era la escena de su visión, pero esta vez, ella estaba aquí.

Se sentó en el pequeño taburete junto a su cama.

Con guantes puestos, tomó la mano de Gabriel.

Su piel estaba fría, pero su pulso era estable, fuerte.

Las lágrimas cayeron y mojaron su mascarilla.

Su voz era apenas un susurro que se perdía en el suave pitido de los monitores.

—¿Cómo te salvo?

—repetía una y otra vez, apretando su mano—.

¿Cómo te saco de aquí con vida?

¿Cómo puedo detener un ataque al corazón?

Anya se inclinó y apoyó la frente en el borde de la cama, la desesperación agotándola.

—Si no es posible salvarte —susurró, con una promesa grabada a fuego—.

Te prometo que estaré a tu lado.

No mereces morir en soledad.

Anya se quedó en silencio, sosteniendo la mano de Gabriel, dejando que las lágrimas cayeran.

Su mente, la de la metafísica, se debatía en el absurdo de su poder.

—Quisiera saber por qué el destino me puso en tu camino.

Si fue para salvarte o solo para verte morir —murmuró, su voz apenas una queja ahogada—.

Por qué me dio lo que más quería solo para quitármelo.

Por favor, Gabriel…

no me dejes.

Anya se quedó así por horas, su promesa sellada en el frío contacto de sus guantes sobre la piel de él.

El tiempo avanzaba hacia la medianoche, el final del Día 2.

Cuando dieron las 9:00 p.m., otra enfermera, con la misma pulcritud y mascarilla, entró en la habitación.

—Lo siento, mi niña.

Aquí no puede haber visitas después de las nueve —dijo con amabilidad profesional, comprobando los monitores.

Anya sintió un sudor frío bajando por su columna.

De 9:00 p.m.

hasta medianoche…

solo.

Si ese es el horario elegido por la Muerte…

no podré cumplir mi promesa.

Anya miró a la enfermera, con los ojos llenos de terror.

—Si algo pasa por la noche…

La enfermera respondió de inmediato, con la tranquilidad que solo la experiencia de Cuidados Intensivos da.

—Tranquila, mi niña.

Estamos aquí.

El cubículo de enfermería está a solo dos puertas.

Si cualquier monitor hace ruido, lo sabremos y llegaremos enseguida.

Ve a descansar.

Anya obedeció de mala gana.

Se despidió de Gabriel con un último beso en la mano, sintiendo que la alejaban de su propia misión.

Al regresar a su cuarto, rompió en llanto.

Lloró hasta quedarse dormida, ante la mirada llena de impotencia de su padre que veía el corazón roto de su hija.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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