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3 dias para morir - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 La Cuenta Regresiva Final
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23: Capítulo 23: La Cuenta Regresiva Final 23: Capítulo 23: La Cuenta Regresiva Final El despertar de Anya fue un salto, no un despertar.

Salió de la oscuridad con un jadeo, su corazón martilleando contra su costilla magullada.

Salió de la pesadilla con la imagen recurrente del monitor aplanándose.

Se sentó en la cama, la intravenosa balanceándose peligrosamente en el trípode.

Había dormido pocas horas, pero el descanso era un lujo que no podía permitirse.

“Papá,” susurró.

Su padre, que había velado por ella toda la noche, aún dormía.

Anya miró el reloj de la pared.

6:45 a.m.

Había pasado una noche más.

Gabriel seguía solo en su habitación, no había noticias nuevas.

El destino preparaba el golpe final para el día 3.

Pero eso solo significaba una cosa: el final era ahora inminente, programado para algún momento del Día.

El dolor en su hombro era un recordatorio constante, pero ella lo ignoró.

El verdadero dolor era la agonía de la espera.

Cada minuto era una eternidad.

Intentó obligarse a descansar, pero la idea de que Gabriel estaba a un piso de distancia, acercándose a su fecha límite, la mantenía tensa como una cuerda de violín.

A las 7:30 a.m., una enfermera entró para darle los medicamentos del desayuno y el analgésico.

—No quiero el calmante, gracias —dijo Anya, con voz firme.

—Señorita, necesita el analgésico.

Tuvo una herida grave —insistió la enfermera.

—No.

Necesito estar lúcida.

Por favor, solo quiero mi alta y el permiso para visitar.

La enfermera, acostumbrada al drama hospitalario, suspiró, pero tomó nota.

El dolor no era una opción, la consciencia era su única arma.

El padre de Anya despertó, aliviado de verla despierta, pero preocupado por su negación a la medicación.

—Anya, ¿por qué no te tomas algo?

Estás temblando.

—Porque si tomo algo, no podré pensar, papá.

Y hoy necesito pensar más que nunca.

Su padre se limitó a mirarla preocupado.

8:00 a.m.

El momento de la verdad.

Anya se obligó a levantarse, arrastrando el trípode intravenoso.

El esfuerzo fue agotador, pero la promesa a Gabriel era más fuerte.

La misma enfermera del turno de noche la interceptó en el pasillo, con una sonrisa cansada pero genuina.

—Felicidades, señorita.

Pasó la noche sin novedad.

Su novio está estable, igual que ayer.

El alivio la inundó, pero fue fugaz.

Estable.

Solo eso.

El destino no iba a cometer un error tan obvio.

—Por favor, necesito verlo ahora.

Quiero estar con él.

—Claro.

Solo recuerde el protocolo, lavado de manos, guantes y mascarilla.

Pero le ruego que no se agite.

Anya fue escoltada de nuevo al piso de Cuidados Intensivos.

Al entrar en el cubículo de Gabriel, sintió el mismo escalofrío.

Parecía una estatua pálida, pero su pulso seguía firme, el monitor cantando su ritmo constante.

Ella tomó su mano.

Esta vez, la desesperación se transformó en estrategia.

—Gabriel, mi amor.

Escúchame —susurró, inclinándose cerca de él—.

La muerte ya no es un coche ni un cuchillo.

Es un paro.

Es tu corazón.

No puedo dejarte solo, no hoy.

Anya se enderezó.

Había pasado de la metafísica a la medicina.

¿Cómo se detiene un paro cardiorrespiratorio?

Con desfibriladores, con RCP, con alguien que se dé cuenta en el momento exacto.

La promesa de la enfermera (“llegaremos enseguida”) no era suficiente.

Enseguida es demasiado tarde para la sentencia del Día 3.

Su nueva misión era clara: Permanecer a su lado hasta el final del día 3, monitorearlo, salvarlo ella misma si era necesario.

Salió del cubículo y fue directamente a la estación de enfermeras, donde el médico de guardia revisaba unos expedientes.

—Doctor, necesito mi alta —dijo Anya, con la voz firme a pesar del dolor.

El médico levantó la vista, irritado.

—Señorita, está fuera de discusión.

Usted fue herida de bala.

Necesita monitoreo y antibióticos intravenosos.

—Lo entiendo, doctor.

Pero escúcheme bien —la voz de Anya se endureció con la autoridad que le daba su secreto—.

Ustedes están cuidando a Gabriel, sí.

Pero la amenaza para él ya no es la bala.

Es una emergencia cardíaca.

Es un riesgo que no está en los monitores.

La enfermera que había hablado de la soledad se acercó, curiosa.

—¿De qué está hablando, señorita?

Sus signos vitales son perfectos.

—Estoy hablando de que él está solo —dijo Anya, y la verdad se sintió como una liberación—.

Ustedes lo han dicho, no localizaron familiares o amigos.

Y si él despierta y me ve a mí, su novia, a su lado, sus posibilidades de luchar, su ritmo cardíaco, se estabilizarán.

Pero si lo dejan solo esta noche, él morirá.

Anya se quitó la mascarilla, revelando su rostro aún pálido.

La verdad se filtraba a través de sus palabras.

—Doctor, mi herida está en mi hombro, no compromete mi vida.

Pero la soledad de Gabriel, sí.

Si me dan mi alta, puedo estar legalmente con él durante las horas críticas de la noche.

Puedo ser su acompañante, puedo ser la persona que vea la primera señal antes de que el monitor grite.

Por favor, necesito mi alta ahora.

No puedo dejarlo morir solo, tengo que estar ahí cuidándolo.

Su súplica no era solo la de una novia, sino la de una mujer que entendía la causalidad mejor que cualquier doctor.

El médico dudó, mirando el expediente de ella y el de Gabriel.

La situación era inusual, pero la desesperación de Anya era palpable.

El juego final contra el destino acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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